17-02-2026, 05:33 PM
Cada escalón me traía un nuevo sonido. Un paso. La música de un piano llegó hasta a mi. Otro paso. Las celebraciones de la gente. Ya casi me podía ver jugando a los dado. No, tal vez a las cartas. Continué subiendo. Sabía que no debíamos estar allí, sin embargo, no nos podíamos detener. Los piratas no cumplían las normas. Además, no todo en esta vida iba a ser sufrir. Era hora de divertirse.
Escuché las palabras de Eros, aunque mi atención estaba ya fijada en las jugadas que debía hacer a las cartas. ¿Jugarían póker en este casino? Esperaba que sí, ese día me sentía afortunado. Tal vez jugarían Blackjack. Sí, estaba seguro. Ese era un juego mucho más apropiado para un casino. Asomé la cabeza tras subir el último escalón. El ruido de las monedas chocando entre ellas me llamaba. Esa sería mi noche. Sin embargo, no pude ver el casino en plenitud, pues tan pronto como llegamos arriba un hombre parecía esperarnos con una bandeja y dos copas de vino. Mi pulso se aceleró. ¿Nos habrían detectado tan pronto?
Eros tomó una de las copas, cortés. Yo alargué la mano con cautela, dubitativo. No entendía cómo nos podían estar ofreciendo bebida tan pronto, pero tampoco quería destacar rechazando el ofrecimiento. Tomé la copa por el tallo. Hice unos giros con ella, simulando lo que tantas veces había visto hacer al Jefe Reena. Ni por asomo sabía lo que estaba haciendo, pero era un gesto que siempre me había parecido que le hacía ver sofisticado. Avancé un par de pasos. Llevé la copa hacia mis labios. Sin embargo, antes de que la copa tocase mi boca, oí una nueva celebración en una mesa cercana; apuesta ganada.
Miré por encima a los jugadores que rodeaban la mesa. Pude ver a Kiyoshi y Uker integrados entre el gentío ¿De qué tipo de juego se trataría? Me asomé con disimulo, quería mantener la compostura. Era la ruleta. No era mi juego favorito, pero sin duda estaba dando premios. Recordé al viejo Stanson cuando hablaba de las casas de apuestas que había visitado. «Cuando la ruleta está calentita, hay que darle cariño», decía. Me acerqué sin dudarlo. Me situé al costado de Kiyoshi y Uker, pero mi mente ya no estaba en ellos. Metí la mano a mi bolsillo y palpé el dinero que llevaba encima. Los últimos sucesos me habían dejado escaso de fondos. Pero aquella era mi noche, sabía que iba a ganar.
—¡5000 berries al rojo! —dije con decisión mientras lanzaba el dinero a la mesa.
Aquello era casi todo lo que tenía, pero, ¿quién iba a desaprovechar una oportunidad así. hacía meses que mis ansias de apostar se habían visto bloqueadas por la reticencia de mis compañeros a jugarse dinero. Yo necesitaba aquello. Además, mis habilidades como jugador me harían ganar. Seguro. Note el sudor surgiendo en mi frente. Estaba deseando ver girar la ruleta. Esta vez sí que ganaría. Me haría con un a buena fortuna. Podría comprarme un rifle nuevo, algún que otro libro interesante. Todo a mi alrededor parecía haber desaparecido. Incluso aquella bella melodía de piano había pasado a un segundo plano, como si solo fuese un eco lejano. Solo estábamos la ruleta y yo.
—Arg, por favor. ¿Quiere lanzar la dichosa pelotita? —gruñí con un suave golpe sobre la mesa.
No sabía dónde se habían metido mis compañeros. ¿Cuánto hacía que me había separado de Eros? Como fuese, seguro que estarían agradecidos cuando volviese con una gran montaña de dinero. Aquella era una noche de suerte. La noche de los Sepultura. Era, sin duda, mi noche.
Escuché las palabras de Eros, aunque mi atención estaba ya fijada en las jugadas que debía hacer a las cartas. ¿Jugarían póker en este casino? Esperaba que sí, ese día me sentía afortunado. Tal vez jugarían Blackjack. Sí, estaba seguro. Ese era un juego mucho más apropiado para un casino. Asomé la cabeza tras subir el último escalón. El ruido de las monedas chocando entre ellas me llamaba. Esa sería mi noche. Sin embargo, no pude ver el casino en plenitud, pues tan pronto como llegamos arriba un hombre parecía esperarnos con una bandeja y dos copas de vino. Mi pulso se aceleró. ¿Nos habrían detectado tan pronto?
Eros tomó una de las copas, cortés. Yo alargué la mano con cautela, dubitativo. No entendía cómo nos podían estar ofreciendo bebida tan pronto, pero tampoco quería destacar rechazando el ofrecimiento. Tomé la copa por el tallo. Hice unos giros con ella, simulando lo que tantas veces había visto hacer al Jefe Reena. Ni por asomo sabía lo que estaba haciendo, pero era un gesto que siempre me había parecido que le hacía ver sofisticado. Avancé un par de pasos. Llevé la copa hacia mis labios. Sin embargo, antes de que la copa tocase mi boca, oí una nueva celebración en una mesa cercana; apuesta ganada.
Miré por encima a los jugadores que rodeaban la mesa. Pude ver a Kiyoshi y Uker integrados entre el gentío ¿De qué tipo de juego se trataría? Me asomé con disimulo, quería mantener la compostura. Era la ruleta. No era mi juego favorito, pero sin duda estaba dando premios. Recordé al viejo Stanson cuando hablaba de las casas de apuestas que había visitado. «Cuando la ruleta está calentita, hay que darle cariño», decía. Me acerqué sin dudarlo. Me situé al costado de Kiyoshi y Uker, pero mi mente ya no estaba en ellos. Metí la mano a mi bolsillo y palpé el dinero que llevaba encima. Los últimos sucesos me habían dejado escaso de fondos. Pero aquella era mi noche, sabía que iba a ganar.
—¡5000 berries al rojo! —dije con decisión mientras lanzaba el dinero a la mesa.
Aquello era casi todo lo que tenía, pero, ¿quién iba a desaprovechar una oportunidad así. hacía meses que mis ansias de apostar se habían visto bloqueadas por la reticencia de mis compañeros a jugarse dinero. Yo necesitaba aquello. Además, mis habilidades como jugador me harían ganar. Seguro. Note el sudor surgiendo en mi frente. Estaba deseando ver girar la ruleta. Esta vez sí que ganaría. Me haría con un a buena fortuna. Podría comprarme un rifle nuevo, algún que otro libro interesante. Todo a mi alrededor parecía haber desaparecido. Incluso aquella bella melodía de piano había pasado a un segundo plano, como si solo fuese un eco lejano. Solo estábamos la ruleta y yo.
—Arg, por favor. ¿Quiere lanzar la dichosa pelotita? —gruñí con un suave golpe sobre la mesa.
No sabía dónde se habían metido mis compañeros. ¿Cuánto hacía que me había separado de Eros? Como fuese, seguro que estarían agradecidos cuando volviese con una gran montaña de dinero. Aquella era una noche de suerte. La noche de los Sepultura. Era, sin duda, mi noche.
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