18-02-2026, 06:43 AM
El grito al parecer sale tarde y no por falta de volumen sino por destino inevitable.
La bota ajena pisa el tomate con una convicción que la fruta no merece. El sonido es breve y húmedo. El equilibrio se rompe como una promesa mal calculada. Y ella vuela.
No es una caída vulgar. Es casi armoniosamente coreografiada. El pie se eleva, el cuerpo intenta negociar con el aire, las bolsas describen una parábola trágicamente hermosa.
Después, el suelo.
Un golpe seco. Pan disperso. Fruta que decide acompañar la escena como decoración involuntaria.
Un breve silencio se apodera de la escena.
Mi corazón tarda medio segundo en comprender que el acto dos ya está en marcha.
Me muevo.
No con prisa descontrolada —eso empeoraría todo— sino con esa velocidad medida que aprendí cuando los errores cuestan más que vergüenza. Dos zancadas largas reducen la distancia. Me inclino, calculando peso y espacio viendo que la chica es mucho mas menuda que yo.
— ¿Estás bien? — pregunto, y esta vez mi voz intenta bajar de intensidad, grave pero cercana.
La veo mejor ahora: abrigo de un hermoso color jade, bufanda que si era blanca ahora ya está un poco más cromática, guantes bermellón, y un estuche negro aún sujeto como si fuera extensión de su columna. Alrededor pan aplastado. Frambuesa abierta sobre el empedrado frío como una herida dulce.
Me arrodillo lo suficiente para quedar a su altura sin aplastar nada más en el proceso. Mis alas se tensan, quietas y disciplinadas.
Evalúo rápido: caída lateral, impacto de cadera, posible golpe en muñeca. No parece grave. El orgullo, quizás el más dañado.
Una manzana rueda entre nosotras y la detengo con dos dedos antes de que complete otra fuga dramática.
— El tomate fue el que conspiró — murmuro, con una seriedad casi científica — Lo vi organizarlo todo, es todo un tema.
Le ofrezco la mano, amplia pero abierta con cuidado, como quien sostiene algo frágil aunque pese poco.
El mercado exhala una vez más. La risa contenida se transforma en murmullos. El vendedor alterna entre indignación y alivio por tener un nuevo foco narrativo que no sea exclusivamente su desastre.
Observo el pan esparcido.
— Esto... fue mi culpa indirecta — admito al fin, exhalando vapor blanco en el aire — El puesto de verduras y frutas decidió colapsar cuando pasé. El tomate fue… bueno, un efecto secundario.
Mi tono no busca excusa. Solo claridad.
Recojo uno de los panes menos dañados y lo inspecciono como si pudiera revertir el tiempo por pura voluntad. Soplo la nieve y tierra que pudiera tener... pero no hay reversión en esto.
Lo dejo sobre el único sector seco que encuentro cerca y vuelvo a mirarla.
— Al menos el mercado entero fue testigo — digo, con una media sonrisa cómplice — Nadie va a poder acusarte de haberte caído por torpeza propia.
Una ráfaga vuelve a cruzar el mercado, moviendo telas caídas y esparciendo olor a fruta abierta y pan dulce.
Me mantengo atenta hacia la chica por si pierde equilibrio otra vez.
La bota ajena pisa el tomate con una convicción que la fruta no merece. El sonido es breve y húmedo. El equilibrio se rompe como una promesa mal calculada. Y ella vuela.
No es una caída vulgar. Es casi armoniosamente coreografiada. El pie se eleva, el cuerpo intenta negociar con el aire, las bolsas describen una parábola trágicamente hermosa.
Después, el suelo.
Un golpe seco. Pan disperso. Fruta que decide acompañar la escena como decoración involuntaria.
Un breve silencio se apodera de la escena.
Mi corazón tarda medio segundo en comprender que el acto dos ya está en marcha.
Me muevo.
No con prisa descontrolada —eso empeoraría todo— sino con esa velocidad medida que aprendí cuando los errores cuestan más que vergüenza. Dos zancadas largas reducen la distancia. Me inclino, calculando peso y espacio viendo que la chica es mucho mas menuda que yo.
— ¿Estás bien? — pregunto, y esta vez mi voz intenta bajar de intensidad, grave pero cercana.
La veo mejor ahora: abrigo de un hermoso color jade, bufanda que si era blanca ahora ya está un poco más cromática, guantes bermellón, y un estuche negro aún sujeto como si fuera extensión de su columna. Alrededor pan aplastado. Frambuesa abierta sobre el empedrado frío como una herida dulce.
Me arrodillo lo suficiente para quedar a su altura sin aplastar nada más en el proceso. Mis alas se tensan, quietas y disciplinadas.
Evalúo rápido: caída lateral, impacto de cadera, posible golpe en muñeca. No parece grave. El orgullo, quizás el más dañado.
Una manzana rueda entre nosotras y la detengo con dos dedos antes de que complete otra fuga dramática.
— El tomate fue el que conspiró — murmuro, con una seriedad casi científica — Lo vi organizarlo todo, es todo un tema.
Le ofrezco la mano, amplia pero abierta con cuidado, como quien sostiene algo frágil aunque pese poco.
El mercado exhala una vez más. La risa contenida se transforma en murmullos. El vendedor alterna entre indignación y alivio por tener un nuevo foco narrativo que no sea exclusivamente su desastre.
Observo el pan esparcido.
— Esto... fue mi culpa indirecta — admito al fin, exhalando vapor blanco en el aire — El puesto de verduras y frutas decidió colapsar cuando pasé. El tomate fue… bueno, un efecto secundario.
Mi tono no busca excusa. Solo claridad.
Recojo uno de los panes menos dañados y lo inspecciono como si pudiera revertir el tiempo por pura voluntad. Soplo la nieve y tierra que pudiera tener... pero no hay reversión en esto.
Lo dejo sobre el único sector seco que encuentro cerca y vuelvo a mirarla.
— Al menos el mercado entero fue testigo — digo, con una media sonrisa cómplice — Nadie va a poder acusarte de haberte caído por torpeza propia.
Una ráfaga vuelve a cruzar el mercado, moviendo telas caídas y esparciendo olor a fruta abierta y pan dulce.
Me mantengo atenta hacia la chica por si pierde equilibrio otra vez.
![[Imagen: CwHBiqT.png]](https://i.imgur.com/CwHBiqT.png)
