23-02-2026, 02:38 PM
(Última modificación: 23-02-2026, 02:39 PM por Tensui Marlin.)
Siempre me consideré veloz. Más rápido que la mayoría, superior a los humanos comunes tanto en tierra como en agua. Mi cuerpo estaba hecho para resistir, para adaptarse, para imponerse y pocas veces alguien había logrado siquiera sorprenderme. Tal vez ese fue mi error, porque creerse por encima es el primer paso hacia la caída.
Cuando le sugerí al okama que se retirara, esperaba una respuesta verba, una provocación, quizás, quien sabe si incluso una risa, pero no movimiento y menos a esa velocidad. Los trece metros que nos separaban desaparecieron en un parpadeo, no vi el inicio, no vi el desplazamiento, lo único que pude sentir fue el cambio en el aire y esa presión que se comprimía frente a mí y por supuesto luego el corte, el maldito corte fue limpio, preciso, sin titubeo.
Mi pierna izquierda fue seccionada justo por encima de la rodilla antes de que mi mente alcanzara a procesar lo que estaba ocurriendo, no hubo advertencia, no hubo un intercambio, solo un destello y después, silencio. El mundo se inclinó ligeramente mientras mi equilibrio desaparecía, la sangre comenzó a brotar con violencia, caliente, espesa, real y entonces caí al suelo, por primera vez estaba cayendo sin yo desearlo. Al principio no grité porque el dolor llegó una fracción después, como una ola que arrasa cuando ya has visto romper la espuma, agudo, brutal, pero no paralizante, porque en esa fracción después el dolor llegó como una explosión, una corriente brutal que subió desde el muñón hasta el pecho, atravesando nervios, músculos y pensamientos sin pedir permiso.
Durante un instante intenté contenerlo, morderlo, tragarlo como tantas otras heridas, pero esta vez fue diferente, el grito salió antes de que pudiera detenerlo. — ¡AAAAAAARGH!— No fue un simple alarido, fue un rugido quebrado, profundo, nacido desde las entrañas. Un sonido cargado de furia, sorpresa y dolor puro, crudo, sin filtros que resonó en la calle como el bramido de una bestia herida, rebotando contra las paredes y rompiendo la quietud de la noche. Mi cuerpo cayó finalmente al pavimento, la sangre extendiéndose bajo mí en un charco oscuro y creciente. Mis manos temblaron apenas mientras intentaba incorporarme, mis dientes estaban apretados con tanta fuerza que sentí el sabor metálico en la boca.
El dolor me atravesaba sin piedad, como si alguien hubiera encendido fuego dentro de mis huesos y lo avivara con cada latido, no era un dolor que pudiera ignorarse, ni uno que se domesticara con disciplina, era salvaje, invasivo, absoluto. —¡MALDICIÓN… MALDICIÓN… MALDICIÓN…! ¡AAAAAAARGH! — El grito salió rasgándome la garganta, quebrado, animal, irreconocible incluso para mí. Sentí cómo mi cuerpo se doblaba sobre sí mismo mientras la sangre seguía escapando en pulsos calientes, y en ese instante, ese maldito instante en que la mente busca refugio cuando la carne ya no puede más mi vida comenzó a desfilar ante mis ojos con una claridad insoportable. Vi a Coral en nuestra cocina, riendo suavemente mientras daba forma al takoyaki con esa paciencia que siempre admiré, el aroma salado y cálido llenando la casa, su cabello cayendo sobre el hombro mientras me miraba con esa expresión que decía que, pese a todo, aún había paz en el mundo. Vi a Coralian correr por el pasillo, sus pequeños pasos resonando contra el suelo de madera, escondiéndose detrás de las puertas como si el universo entero fuera un juego diseñado solo para ella, por un segundo fui feliz. Lo sentí. Lo recordé con una nitidez que me partió en dos.
Pero desgraciadamente la felicidad no dura cuando el dolor te arranca de ella a la fuerza y entonces la escena cambió. La luz desapareció. Volví a oír los gritos, los disparos, el caos. Los cazadores irrumpiendo en nuestra aldea con lanzas, arpones y armas de fuego, tratándonos como bestias marinas varadas, como mercancía con precio. Vi caer a nuestras mujeres. Vi el fuego consumir hogares. Sentí el peso de Coralian aferrada a mi pecho mientras la abrazaba con una fuerza desesperada, prometiéndole en silencio que nada le pasaría mientras nos arrastraban hacia ese maldito barco. Recuerdo su llanto, su voz temblando contra mi cuello. Recuerdo el olor a pólvora y luego el disparo.
Ese disparo. El sonido seco que rompió el aire, el instante en que su cuerpo dejó de temblar, el maldito silencio posterior. El calor que abandonó sus manos, la sangre, Siempre la maldita sangre de mi gente que tiene que correr por los suelos por culpa de los malditos humanos y fue solo entonces cuando volví al presente con otro alarido que no supe si era por la pierna arrancada o por el recuerdo que me desgarraba más que cualquier hoja. —¡MALDICIÓN! ¡MALDITOS HUMANOS! ¡MALDITOS TODOS LOS HIJOS DE PUTA DE LA SUPERFICIE! ¡LOS MALDECIRÉ A TODOS… ASÍ SEA LO ÚLTIMO QUE HAGA! ¡MALDITOS… MALDITOS… MALDITOS! — Mi voz retumbaba rota, cargada de una furia que llevaba años acumulándose bajo la piel. No era racional, no era justa, era dolor convertido en odio. Golpeé mi propia cabeza contra el suelo ensangrentado una y otra vez, sintiendo el impacto vibrar en el cráneo, mezclando el rojo que ya cubría el pavimento con el que comenzaba a nublarme la vista.
—Intenté hacer lo correcto, bebé —mi voz salió rota, áspera, arrastrándose entre respiraciones descompuestas —Intenté ser un buen hombre. Intenté no convertirme en aquello que más odio. Intenté no vengarme de quienes nos separaron hija mía, te juro que lo intenté, LO INTENTÉ TANTAS MALDITAS VECES QUE PERDÍ LA CUENTA.— Cada palabra me costaba aire. No sabía si estaba hablándole al vacío o si la fiebre del dolor comenzaba a deshilachar mi mente. La sangre seguía extendiéndose bajo mi cuerpo, caliente primero, tibia después, mientras el mundo se volvía borroso en los bordes y entonces la vi frente a mí, pequeña, intacta como si el tiempo no la hubiera tocado, era mi niña, mi Coralian. No lloraba. No tenía miedo. Me miraba con esos ojos grandes que siempre parecían entender más de lo que debían, y negó suavemente con la cabeza, como si reprendiera a un padre que está a punto de cometer un error.
—No es tu turno papito wonito—parecía decirme. —Todavía no.— Parpadeé con fuerza, intentando despejar la visión, pero ahí seguía. De pie frente a mí en medio de aquella calle manchada de sangre, ajena al hedor, ajena al caos. Su presencia era más dolorosa que la herida abierta en mi pierna, porque no era real y aun así la sentía.
—Quise perdonar —susurré, con la garganta ardiendo —Quise demostrar que no todos somos esclavos del odio. Quise creer que este mundo tenía arreglo.— Mi pecho se tensó y la rabia regresó como una corriente violenta, chocando contra la culpa, contra el amor, contra la impotencia. —Pero este maldito mundo y su maldita gente —escupí sangre al pronunciarlo — No tienen salvación. — Mis manos se clavaron en el pavimento, mis dedos aun estaban temblando, mientras mis uñas raspaban la piedra.
—Lo siento, mi niña. Lo siento porque prometí que no dejaría que el odio me consumiera, lo siento porque te prometí que sería mejor que ellos.— La imagen frente a mí parecía desvanecerse poco a poco, como espuma arrastrada por la marea. —Pero esta vez —mi voz dejó de quebrarse y se volvió grave, pesada, decidida —Esta vez los mataré a todos. — No era un arrebato, no era un grito vacío, era la rendición de un hombre que había intentado contener el abismo y había perdido. Si el mundo insistía en ser cruel, entonces yo dejaría de pedirle permiso para castigarlo.
Cuando le sugerí al okama que se retirara, esperaba una respuesta verba, una provocación, quizás, quien sabe si incluso una risa, pero no movimiento y menos a esa velocidad. Los trece metros que nos separaban desaparecieron en un parpadeo, no vi el inicio, no vi el desplazamiento, lo único que pude sentir fue el cambio en el aire y esa presión que se comprimía frente a mí y por supuesto luego el corte, el maldito corte fue limpio, preciso, sin titubeo.
Mi pierna izquierda fue seccionada justo por encima de la rodilla antes de que mi mente alcanzara a procesar lo que estaba ocurriendo, no hubo advertencia, no hubo un intercambio, solo un destello y después, silencio. El mundo se inclinó ligeramente mientras mi equilibrio desaparecía, la sangre comenzó a brotar con violencia, caliente, espesa, real y entonces caí al suelo, por primera vez estaba cayendo sin yo desearlo. Al principio no grité porque el dolor llegó una fracción después, como una ola que arrasa cuando ya has visto romper la espuma, agudo, brutal, pero no paralizante, porque en esa fracción después el dolor llegó como una explosión, una corriente brutal que subió desde el muñón hasta el pecho, atravesando nervios, músculos y pensamientos sin pedir permiso.
Durante un instante intenté contenerlo, morderlo, tragarlo como tantas otras heridas, pero esta vez fue diferente, el grito salió antes de que pudiera detenerlo. — ¡AAAAAAARGH!— No fue un simple alarido, fue un rugido quebrado, profundo, nacido desde las entrañas. Un sonido cargado de furia, sorpresa y dolor puro, crudo, sin filtros que resonó en la calle como el bramido de una bestia herida, rebotando contra las paredes y rompiendo la quietud de la noche. Mi cuerpo cayó finalmente al pavimento, la sangre extendiéndose bajo mí en un charco oscuro y creciente. Mis manos temblaron apenas mientras intentaba incorporarme, mis dientes estaban apretados con tanta fuerza que sentí el sabor metálico en la boca.
El dolor me atravesaba sin piedad, como si alguien hubiera encendido fuego dentro de mis huesos y lo avivara con cada latido, no era un dolor que pudiera ignorarse, ni uno que se domesticara con disciplina, era salvaje, invasivo, absoluto. —¡MALDICIÓN… MALDICIÓN… MALDICIÓN…! ¡AAAAAAARGH! — El grito salió rasgándome la garganta, quebrado, animal, irreconocible incluso para mí. Sentí cómo mi cuerpo se doblaba sobre sí mismo mientras la sangre seguía escapando en pulsos calientes, y en ese instante, ese maldito instante en que la mente busca refugio cuando la carne ya no puede más mi vida comenzó a desfilar ante mis ojos con una claridad insoportable. Vi a Coral en nuestra cocina, riendo suavemente mientras daba forma al takoyaki con esa paciencia que siempre admiré, el aroma salado y cálido llenando la casa, su cabello cayendo sobre el hombro mientras me miraba con esa expresión que decía que, pese a todo, aún había paz en el mundo. Vi a Coralian correr por el pasillo, sus pequeños pasos resonando contra el suelo de madera, escondiéndose detrás de las puertas como si el universo entero fuera un juego diseñado solo para ella, por un segundo fui feliz. Lo sentí. Lo recordé con una nitidez que me partió en dos.
Pero desgraciadamente la felicidad no dura cuando el dolor te arranca de ella a la fuerza y entonces la escena cambió. La luz desapareció. Volví a oír los gritos, los disparos, el caos. Los cazadores irrumpiendo en nuestra aldea con lanzas, arpones y armas de fuego, tratándonos como bestias marinas varadas, como mercancía con precio. Vi caer a nuestras mujeres. Vi el fuego consumir hogares. Sentí el peso de Coralian aferrada a mi pecho mientras la abrazaba con una fuerza desesperada, prometiéndole en silencio que nada le pasaría mientras nos arrastraban hacia ese maldito barco. Recuerdo su llanto, su voz temblando contra mi cuello. Recuerdo el olor a pólvora y luego el disparo.
Ese disparo. El sonido seco que rompió el aire, el instante en que su cuerpo dejó de temblar, el maldito silencio posterior. El calor que abandonó sus manos, la sangre, Siempre la maldita sangre de mi gente que tiene que correr por los suelos por culpa de los malditos humanos y fue solo entonces cuando volví al presente con otro alarido que no supe si era por la pierna arrancada o por el recuerdo que me desgarraba más que cualquier hoja. —¡MALDICIÓN! ¡MALDITOS HUMANOS! ¡MALDITOS TODOS LOS HIJOS DE PUTA DE LA SUPERFICIE! ¡LOS MALDECIRÉ A TODOS… ASÍ SEA LO ÚLTIMO QUE HAGA! ¡MALDITOS… MALDITOS… MALDITOS! — Mi voz retumbaba rota, cargada de una furia que llevaba años acumulándose bajo la piel. No era racional, no era justa, era dolor convertido en odio. Golpeé mi propia cabeza contra el suelo ensangrentado una y otra vez, sintiendo el impacto vibrar en el cráneo, mezclando el rojo que ya cubría el pavimento con el que comenzaba a nublarme la vista.
—Intenté hacer lo correcto, bebé —mi voz salió rota, áspera, arrastrándose entre respiraciones descompuestas —Intenté ser un buen hombre. Intenté no convertirme en aquello que más odio. Intenté no vengarme de quienes nos separaron hija mía, te juro que lo intenté, LO INTENTÉ TANTAS MALDITAS VECES QUE PERDÍ LA CUENTA.— Cada palabra me costaba aire. No sabía si estaba hablándole al vacío o si la fiebre del dolor comenzaba a deshilachar mi mente. La sangre seguía extendiéndose bajo mi cuerpo, caliente primero, tibia después, mientras el mundo se volvía borroso en los bordes y entonces la vi frente a mí, pequeña, intacta como si el tiempo no la hubiera tocado, era mi niña, mi Coralian. No lloraba. No tenía miedo. Me miraba con esos ojos grandes que siempre parecían entender más de lo que debían, y negó suavemente con la cabeza, como si reprendiera a un padre que está a punto de cometer un error.
—No es tu turno papito wonito—parecía decirme. —Todavía no.— Parpadeé con fuerza, intentando despejar la visión, pero ahí seguía. De pie frente a mí en medio de aquella calle manchada de sangre, ajena al hedor, ajena al caos. Su presencia era más dolorosa que la herida abierta en mi pierna, porque no era real y aun así la sentía.
—Quise perdonar —susurré, con la garganta ardiendo —Quise demostrar que no todos somos esclavos del odio. Quise creer que este mundo tenía arreglo.— Mi pecho se tensó y la rabia regresó como una corriente violenta, chocando contra la culpa, contra el amor, contra la impotencia. —Pero este maldito mundo y su maldita gente —escupí sangre al pronunciarlo — No tienen salvación. — Mis manos se clavaron en el pavimento, mis dedos aun estaban temblando, mientras mis uñas raspaban la piedra.
—Lo siento, mi niña. Lo siento porque prometí que no dejaría que el odio me consumiera, lo siento porque te prometí que sería mejor que ellos.— La imagen frente a mí parecía desvanecerse poco a poco, como espuma arrastrada por la marea. —Pero esta vez —mi voz dejó de quebrarse y se volvió grave, pesada, decidida —Esta vez los mataré a todos. — No era un arrebato, no era un grito vacío, era la rendición de un hombre que había intentado contener el abismo y había perdido. Si el mundo insistía en ser cruel, entonces yo dejaría de pedirle permiso para castigarlo.
Infobox
