23-02-2026, 08:57 PM
El silencio que siguió al fragor del combate en el campamento de la División 86 apenas se veia interrumpido con algunos crujidos de los árboles y cantos lejanos de aves. Kibai permanecía con los brazos cruzados, apoyado lateralmente contra la corteza rugosa de un árbol que aún conservaba las marcas de las garras de los saurios. Sus ojos verdes, habitualmente chispeantes, estaban fijos en el cuaderno que Bertram sostenía con esmero. La ilustración de la Flos roboris revivificans parecía saltar del papel manchado; ese color violáceo, tan vívido y a la vez tan siniestro, se clavaba en sus pupilas como un aguijón.
Escuchó la descripción técnica de Bertram y las notas de Stroud sobre la dualidad de la planta: una fuente de energía sin parangón que, ante el menor error de manipulación, se transformaba en una condena progresiva y letal. Kibai sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la humedad de la selva. Bajo la tela de su uniforme, en la cara interna de su bíceps, las manchas que había descubierto minutos antes parecían haber cobrado vida propia, latiendo al ritmo de su corazón acelerado. El nombre técnico, tan aséptico y académico, contrastaba brutalmente con la realidad biológica que estaba experimentando: su cuerpo, estaba albergando un polizón tóxico que amenazaba con descarrilar su sistema nervioso.
Cuando Stroud alzó la vista de los documentos y lanzó una advertencia sobre la posible contaminación de los suministros, Kibai forzó una media sonrisa, esa expresión de suficiencia que solía usar para tranquilizar a la tripulación. Se separó del tronco con una fluidez estudiada, asegurándose de que el movimiento de su brazo izquierdo fuera lo suficientemente natural como para no despertar sospechas a ojos de ninguno de sus compañeros de División.
—No se preocupe por eso, señor —dijo, proyectando una voz clara y firme, desprovista de cualquier rastro del cansancio que empezaba a entumecer sus sienes—. Si la División 86 se envenenó con raciones contaminadas o procesó mal esa flor para sus conservas, es su problema. Por suerte para esta unidad, todas las raciones que he preparado desde que salimos del Royal Quiver son frescas, cazadas y recolectadas por mis propias manos. Mientras yo esté a cargo de la cocina, no entrará ni una pizca de esa basura violácea en vuestros estómagos. Nos irá bien, siempre que sigamos confiando en el producto local que yo supervise.
Asintió hacia Stroud con una mezcla de respeto militar y orgullo profesional, intentando que el gesto cerrara cualquier debate sobre su propio estado de salud. La mención a la "frescura" de sus raciones era su verdad y, al mismo tiempo, su escudo; nadie sospecharía de un cocinero que presume de la pureza de sus ingredientes. Sin embargo, el zumbido en sus oídos estaba aumentando y la sensación de pesadez en su brazo herido empezaba a irradiar hacia el hombro.
— Si me disculpáis un momento —añadió, señalando con un gesto vago hacia la densa vegetación del flanco sur—, iré a comprobar si las avispas que dejé en el perímetro han detectado algún movimiento más. No me gustaría que otra manada de esos saurios rayados nos interrumpiera mientras atendéis a la Capitana Trixxie. Es mejor asegurarse de que el aire está limpio antes de que bajemos la guardia del todo.
Sin esperar una respuesta detallada, Kibai se dio la vuelta y se acercó al flanco sur, sin adentrarse en la vegetación. Se movió con rapidez, pero a medida que se alejaba de sus compañeros, sus hombros decayeron un poco y su respiración se hizo más pesada.
Una vez que estuvo a una distancia prudencial, Kibai se detuvo y se apoyó uno de los postes de las tiendas, mientras convocaba alos insectos de aquel lado del claro. Su semblante se ensombreció por completo, perdiendo cualquier rastro de la jactancia anterior. Se desabrochó brevemente el puño de la camisa y observó la mancha violácea: el color parecía haberse intensificado de alguna manera, adquiriendo un matiz cada vez más idéntico al de la flor del cuaderno.
— Maldita sea… —susurró entre dientes, apretando la mandíbula hasta que le dolieron los colmillos—. Tenía que suceder esto justo ahora...
La comprensión de que se había envenenado bien durante el combate, probablemente por una herida superficial que permitió el contacto con los fluidos de los saurios contaminados, o bien antes, en el camino hasta el claro lo golpeó con la fuerza de un naufragio. Pero Kibai no era un Mink que se dejara vencer por la fatalidad. Su lealtad a la División 60 y su orgullo personal le impedían admitir debilidad en mitad de una misión crítica. Si informaba ahora, se convertiría en un lastre, en una variable incierta que Stroud tendría que gestionar, y no pensaba permitir que su descuido echara a perder el progreso de la unidad.
Con manos temblorosas, buscó en uno de los compartimentos estancos de su cinturón de equipo. Sacó un pequeño saco de tela que contenía una mezcla que él mismo había preparado días atrás: una combinación de polvo de maíz prehistórico tostado, coco deshidratado que solía usar como suplemento de emergencia para largas jornadas de caza. Era una bomba de carbohidratos y nutrientes diseñada para mantener a un guerrero en pie cuando la comida escaseaba.
Abrió su cantimplora y vertió una generosa cantidad del polvo en el agua. La mezcla se volvió densa y blanquecina. Kibai bebió varios tragos largos, obligándose a tragar a pesar de la náusea que empezaba a escalar por su garganta. Confiaba en su metabolismo Mink, en la resistencia legendaria de su raza y en que la energía bruta de aquella mezcla ayudara a su cuerpo a combatir la toxicidad de la Flos roboris.
—Vamos, Kibai… —se arengó a sí mismo en silencio, mientras guardaba la cantimplora y se limpiaba la boca con el dorso de la mano—. Ni que fueses humano... Tu sangre es más fuerte que una flor podrida. Solo tienes que aguantar hasta que encontremos la forma de revertir esto.
Se tomó unos segundos para estabilizar su respiración, visualizando cómo la energía del brebaje recorría sus venas, intentando combatir la toxina que estaba ahora recorriendo sus venas. Reajustó su capa, asegurándose de que cubriera perfectamente cualquier indicio de la herida, y compuso de nuevo su máscara de indiferencia y profesionalidad. Antes de regresar, lanzó un silbido bajo y seco; sus avispas acudieron de inmediato, zumbando a su alrededor como pequeños centinelas negros. Con su "coartada" de exploración cumplida y el cuerpo momentáneamente reforzado por el tónico, Kibai organizó de nuevo a sus avispas en formato radial, listas para detectar cualquier nueva amenaza atraída por la sangre derramada.
La Caja de Pandora
