23-02-2026, 09:40 PM
Había que reconocer que la Isla de Samba tenía sus encantos, pensó Kibai mientras daba un largo trago a su jarra mientras la taberna a su alrededor mantenía su bullicioso ambiente. El hecho de que las plantaciones y fábricas de la isla trabajasen casi de manera continua facilitaba que en todo momento la ciudad tuviese bastante actividad.
"Aunque cantidad y calidad no son para nada conceptos equivalentes aquí" se dijo el mink para si al ver como varios trabajadores reían con voces obviamente alteradas por el alcohol mientras aporreaban la madera de la barra a un par de metros de él. La combinación del duro trabajo con el día de cobro sin duda provocaba aquellos excesos. Por suerte, Kibai no había sido asignado a la Isla de Samba, sino que había sido enviado a recoger una partida de suministros para su base en Roshwan. Bastante había tenido que aguantar para explicarle al encargado de la intendencia por qué una base situada en una isla que lo único que producía decentemente era cebada para cerveza, tubérculos para destilar licor y nabos de invierno necesitaba más fruta y verduras de lo normal.
Por suerte, la cosa había acabado por acalrarse y ahora el buque en el que Kibai había llegado estaba cargado y listo para partir en cuanto recibiesen la autorización y la tramontana permitiese una salida limpia de vuelta a la isla de Roshwan. Mientras tanto, al mink y a sus compañeros les habían dado permiso para darse una vuelta por la ciudad, con órdenes de mantener sus Den Den mushi a mano.
Tras dejar unos cuantos berries sobre la mesa, Kibai hizo un gesto de despedida hacia el camarero y se encaminó al exterior, esquivando casi de manera inconsciente al resto de clientes mientras seguía cavilando en como organizar todo durante el viaje. Al salir, la luz le deslumbró brevemente hasat que sus pupilas verticales se ajustaron a la claridad. La plaza estaba bastante despejada, con excepción de un grupo de aquellos mismos trabajadores que ahora estaba fuera, aparentemente en medio de una discusión. El mink redujo su ritmo de caminata. Había visto las suficientes de aquellas discusiones como para saber que la cosa podía empeorar rapidamente. Y por desgracia, no se equivocó.
Una de las botellas de cerveza salió volando, atravesnado la calle hasta dónde una joven con alas blancas y cabello rosa se hallaba sentada, con tan mala fortuna que el recipiente de vidrio la golpeó directamente en el rostro.
A ojos de cualquier observador, Kibai bien podría haber sido un borrón en movimiento. De un salto, cruzó la distancia que lo separaba del grupo de trabajadores, agarrando al que había lanzado la botella por el cuello de la camisa de lino basto y estampando su espalda contra la pared de la taberna mientras su garganta emitía un quedo rugido. Por el rabillo del ojo, adviritó como sus compañeros hacían el ademán de intervenir, pero la visión de su capa de Marine y la vaina de Raimei pareció hacerles dudar por un momento.
— Amigo, has tenido muy mala suerte hoy. Creo que te va tocando irte a casa. Pero antes...
Arrastrando al hombre a través de la calle, Kibai plantó al hombre delante de la joven sosteniéndolo firmemente del hombro, con las garras perforando la tela de lino y dejando pequeñas heridas en la piel de debajo.
— Creo que le debes unas disculpas a la señorita...
