24-02-2026, 08:27 PM
Su ritmo, tranquilo y con pausas, le había dado una ventaja en esta ocasión. Había conseguido recordar las palabras que había tenido con Cill un tiempo atrás. Una invitación a medias, una rara promesa, una llamada de atención para el albino. Unas palabras que llevaban divagando por la mente del lunarian ya hacía demasiadas semanas, quizá meses. Una promesa de encontrarse en Baterilla si al final el moreno así lo deseaba, aunque nadie lo iba a esperar, nadie lo había hecho nunca y esta no era la excepción.
Las miradas furtivas habían incrementado desde lo que había pasado hace un par de semanas en aquella noche festivalera. La hoguera donde la gente danzaba y celebraba como si adorara a un dios, comía y disfrutaba como si nunca antes lo hubiesen hechos, bebían como si se fuesen a levantar con un hígado nuevo, peleaba como si las armas no hiciesen daño, y sangraban como si aquel recurso carmesí tan valioso para el cuerpo humano se volviese a recomponer instantáneamente en su organismo. En su suerte, había tenido que enfrentar a enemigos tras un comentario desafortunado, su hoja había tenido que teñirse de rojo.
Había cambiado sus ropas por otras muy similares, pero su cabello, sus alas y su enorme cuerpo era inconfundible en comparación a los locales. Había dejado de pasear por las calles para surcarlas por los cielos, a menudo en las noches, a menudo en silencio. Nunca hablaba, pero ahora su paranoia crecía. ¿No lo hacían porque confabulaban contra él o porque había conseguido ese miedo con el que hacerse respetar? No terminaba de aclararse, pero tampoco iría en busca de esas respuestas.
Aunque otras respuestas llegaron sin preguntas. - ¿Por qué hay tanta gente en el puerto? - Pensó mirando más allá de la capucha que cubría su cabeza. Las voces de unas jóvenes a lo lejos le dieron la respuesta que necesitaba. En el puerto había atracado un barco con el fin de ir de una isla a otra, Baterilla era la dirección que marcaba su Log Pose. En aquel momento se descubrió que el sino se había entrometido en su destino una vez más, sin saber cual era el propio. Aquello debía ser una señal y no lo dudó ni un solo instante.
Se apretó contra la masa de gente que se encaminaba hacia el navío, como si fuese uno más y para cuando se daría cuenta estaba subiendo por la pasarela como un turista más. No tenía nada que preparar, todo lo que necesitaba lo portaba siempre consigo. Su ropa, para no ir desnudo, y su arma, para no sentirse desnudo. Podría conseguir comida en cualquier momento, con esa necesidad cubierta, el resto eran lujos. Como aquel periódico que tenía ahora en las manos, un lujo, un bien innecesario.
Con el rugir del mar y el azote de la sal sobre su rostro como acompañante podría partir tranquilo, esperando encontrar al menos, a aquel hombre, una de las pocas personas, que se interesaría por él y no por su raza.
Las miradas furtivas habían incrementado desde lo que había pasado hace un par de semanas en aquella noche festivalera. La hoguera donde la gente danzaba y celebraba como si adorara a un dios, comía y disfrutaba como si nunca antes lo hubiesen hechos, bebían como si se fuesen a levantar con un hígado nuevo, peleaba como si las armas no hiciesen daño, y sangraban como si aquel recurso carmesí tan valioso para el cuerpo humano se volviese a recomponer instantáneamente en su organismo. En su suerte, había tenido que enfrentar a enemigos tras un comentario desafortunado, su hoja había tenido que teñirse de rojo.
Había cambiado sus ropas por otras muy similares, pero su cabello, sus alas y su enorme cuerpo era inconfundible en comparación a los locales. Había dejado de pasear por las calles para surcarlas por los cielos, a menudo en las noches, a menudo en silencio. Nunca hablaba, pero ahora su paranoia crecía. ¿No lo hacían porque confabulaban contra él o porque había conseguido ese miedo con el que hacerse respetar? No terminaba de aclararse, pero tampoco iría en busca de esas respuestas.
Aunque otras respuestas llegaron sin preguntas. - ¿Por qué hay tanta gente en el puerto? - Pensó mirando más allá de la capucha que cubría su cabeza. Las voces de unas jóvenes a lo lejos le dieron la respuesta que necesitaba. En el puerto había atracado un barco con el fin de ir de una isla a otra, Baterilla era la dirección que marcaba su Log Pose. En aquel momento se descubrió que el sino se había entrometido en su destino una vez más, sin saber cual era el propio. Aquello debía ser una señal y no lo dudó ni un solo instante.
Se apretó contra la masa de gente que se encaminaba hacia el navío, como si fuese uno más y para cuando se daría cuenta estaba subiendo por la pasarela como un turista más. No tenía nada que preparar, todo lo que necesitaba lo portaba siempre consigo. Su ropa, para no ir desnudo, y su arma, para no sentirse desnudo. Podría conseguir comida en cualquier momento, con esa necesidad cubierta, el resto eran lujos. Como aquel periódico que tenía ahora en las manos, un lujo, un bien innecesario.
Con el rugir del mar y el azote de la sal sobre su rostro como acompañante podría partir tranquilo, esperando encontrar al menos, a aquel hombre, una de las pocas personas, que se interesaría por él y no por su raza.
Viaje antes que destino.
Nevagación
