25-02-2026, 03:21 PM
La observo mientras recupera el eje.
No tarda en hacerlo. Eso me tranquiliza más de lo que dejo ver.
Cuando menciona lo de entregar al tomate a las autoridades, una esquina de mi boca se eleva sin permiso. Bien. Tiene sentido del humor incluso sentada en medio del desastre. Eso ya es mérito.
Su mano es pequeña dentro de la mía, pero firme. La ayudo a incorporarse cuidando no impulsarla de más; ajusto el movimiento para que sea ella quien marque el ritmo. Cuando queda en pie, la diferencia entre nuestras alturas vuelve a imponerse, y por un segundo temo proyectar una sombra innecesaria.
Suelto despacio.
Escucho su nombre.
Miyori Hoshino.
Asiento con una leve inclinación de cabeza, gesto aprendido en salones donde la cortesía pesaba tanto como las coronas.
— Asherah — digo simplemente.
Nada más.
El apellido se queda donde siempre lo dejo: detrás de los dientes. No lo necesito aquí. No en medio de fruta aplastada y pan herido.
Cuando ofrece el café, la propuesta cae tibia en contraste con el aire frío. No respondo de inmediato.
Mi mente hace inventario.
Había venido al mercado por algo puntual. Un encargo leve, casi ridículo frente al desastre reciente: conseguir cera para plumas. La que uso se terminó esta mañana, y el invierno vuelve el plumaje más rígido si no lo trato con disciplina. También necesitaba hilo resistente para reforzar una costura interior del abrigo. Nada urgente. Nada que no pueda esperar unas horas sin que el mundo vuelva a colapsar.
Miro alrededor.
El puesto empieza a recomponerse. El vendedor junta tomates sobrevivientes con resignación profesional. El mercado ya recuperó el pulso. Nadie parece herido. La catástrofe pasó de épica a anécdota en menos de un minuto.
Podría seguir mi camino.
Podría fingir que mi participación terminó con el grito.
Pero ella está ahí, sacudiendo su abrigo verde, con frambuesa en la bufanda y una sonrisa que no guarda rencor.
El invierno es pesado. El café, no.
— Aceptarlo sería estratégicamente inteligente — respondo, con una seriedad que tarda medio segundo en revelar la broma — Así puedo asegurarme de que ningún otro vegetal atente contra tu integridad en el trayecto. Es todo un tema.
Tomo una de las bolsas sobrevivientes, reviso su contenido y la acomodo antes de ofrecérsela, esta vez sin dramatismo.
— Además… — añado, dejando que la mirada descienda apenas hacia las manchas rojizas en su abrigo y regrese a sus ojos — creo que el invierno ya hizo suficiente espectáculo por hoy.
El viento vuelve a empujar, pero esta vez no desarma nada.
Inclino apenas un ala para amortiguar la ráfaga más directa que cruza el pasillo.
— Guía el camino, Miyori — digo, apartándome lo justo para no invadir su espacio — Pero con una condición.
Una media sonrisa asoma, menos contenida que antes.
— Que esta vez miremos el suelo antes de avanzar. No estoy segura de que el mercado soporte una segunda coreografía.
Y, por primera vez desde que entré al mercado, mi tamaño no se siente como un problema.
Sino como algo que puede acompañar.
No tarda en hacerlo. Eso me tranquiliza más de lo que dejo ver.
Cuando menciona lo de entregar al tomate a las autoridades, una esquina de mi boca se eleva sin permiso. Bien. Tiene sentido del humor incluso sentada en medio del desastre. Eso ya es mérito.
Su mano es pequeña dentro de la mía, pero firme. La ayudo a incorporarse cuidando no impulsarla de más; ajusto el movimiento para que sea ella quien marque el ritmo. Cuando queda en pie, la diferencia entre nuestras alturas vuelve a imponerse, y por un segundo temo proyectar una sombra innecesaria.
Suelto despacio.
Escucho su nombre.
Miyori Hoshino.
Asiento con una leve inclinación de cabeza, gesto aprendido en salones donde la cortesía pesaba tanto como las coronas.
— Asherah — digo simplemente.
Nada más.
El apellido se queda donde siempre lo dejo: detrás de los dientes. No lo necesito aquí. No en medio de fruta aplastada y pan herido.
Cuando ofrece el café, la propuesta cae tibia en contraste con el aire frío. No respondo de inmediato.
Mi mente hace inventario.
Había venido al mercado por algo puntual. Un encargo leve, casi ridículo frente al desastre reciente: conseguir cera para plumas. La que uso se terminó esta mañana, y el invierno vuelve el plumaje más rígido si no lo trato con disciplina. También necesitaba hilo resistente para reforzar una costura interior del abrigo. Nada urgente. Nada que no pueda esperar unas horas sin que el mundo vuelva a colapsar.
Miro alrededor.
El puesto empieza a recomponerse. El vendedor junta tomates sobrevivientes con resignación profesional. El mercado ya recuperó el pulso. Nadie parece herido. La catástrofe pasó de épica a anécdota en menos de un minuto.
Podría seguir mi camino.
Podría fingir que mi participación terminó con el grito.
Pero ella está ahí, sacudiendo su abrigo verde, con frambuesa en la bufanda y una sonrisa que no guarda rencor.
El invierno es pesado. El café, no.
— Aceptarlo sería estratégicamente inteligente — respondo, con una seriedad que tarda medio segundo en revelar la broma — Así puedo asegurarme de que ningún otro vegetal atente contra tu integridad en el trayecto. Es todo un tema.
Tomo una de las bolsas sobrevivientes, reviso su contenido y la acomodo antes de ofrecérsela, esta vez sin dramatismo.
— Además… — añado, dejando que la mirada descienda apenas hacia las manchas rojizas en su abrigo y regrese a sus ojos — creo que el invierno ya hizo suficiente espectáculo por hoy.
El viento vuelve a empujar, pero esta vez no desarma nada.
Inclino apenas un ala para amortiguar la ráfaga más directa que cruza el pasillo.
— Guía el camino, Miyori — digo, apartándome lo justo para no invadir su espacio — Pero con una condición.
Una media sonrisa asoma, menos contenida que antes.
— Que esta vez miremos el suelo antes de avanzar. No estoy segura de que el mercado soporte una segunda coreografía.
Y, por primera vez desde que entré al mercado, mi tamaño no se siente como un problema.
Sino como algo que puede acompañar.
![[Imagen: CwHBiqT.png]](https://i.imgur.com/CwHBiqT.png)
