Point de Rupture :: Pasado :: Privado
#2
Habitaciones masculinas del Royal Flush
01:15 p.m.

En la habitación hay silencio.
 
No es algo que le moleste, por el contrario, lo agradece.
 
Las olas lo arrullan como a un bebe y el silbido del viento chocando con la madera del barco, colándose entre los mástiles y las velas recogidas solo le suman tranquilidad a lo que el médico considera su “noche”.
 
Sí, noche, porque hay oscuridad. Da igual que sean más de la 1:00 p.m., ni un solo rayo de sol se cuela por las espesas cortinas negras que consiguió en Whisky Peak antes de zarpar. Es la mejor inversión que ha podido hacer.
 
Gracias a ellas ahora está dormido como un niño pequeño, por eso los sonidos marinos le sirven como canción de cuna.
 
Su respiración es apacible, demasiado para alguien que debería haber despertado hace horas si fuera un adulto responsable. Nada puede molestarlo…o eso creyó.
 
Lo primero que lo perturbó fue una sacudida más fuerte que las demás, una parecida al mecer perturbado de una madre que mueve una cuna sin cuidado. Eso lo hizo removerse en su lugar, pero no fue suficiente para despertarlo. ¿Qué clase de marinero sería si un simple remezón le robaba el sueño?
 
Se acurrucó mejor en su colchón, aferrándose a las sábanas, aun negándose el descontento de un buen despertar, pero el mar lo obligaría…tarde o temprano.
 
El resto de las sacudidas no parecían subir de intensidad, tanto fue así, que pronto su cuerpo empezó a acostumbrarse a ese mecer más brusco, aunque no estaba listo para lo que seguía.
 
La mar enojada es peligrosa.
 
Primero intenta advertirlo con dureza, pero sin herir, luego las señales son más claras. El viento ahora no silba entre los mástiles, parece lamentarse, aullar y, aunque el médico no es consciente de lo que sucede afuera, su subconsciente parece alertarlo, pues su cuerpo físico frunce el ceño y deja a un lado la posición fetal para recostarse estirado en la cama, bocarriba, de modo que pudiera ponerse de pie de un salto de ser necesario…vaya error.
 
El barco se mece una vez más, pero ya no hay cuidado ni siquiera dureza, solo violencia. Las olas que chocan con la madera se alzan y se cuelan por la cubierta y, mientras tanto, en las habitaciones, cualquier objeto mal colocado abandona su puesto y se estrella contra el suelo o cualquier superficie que se atreva a recibirlo.

Si hubiera alguien más en el barco, se habría escuchado el sonar de los frascos en la cocina y el caer de los implementos en la enfermería y, si el pelirrosa hubiera estado despierto, habría notado el desorden en la habitación, incluyendo el pesado atlas de anatomía que dejó, la noche anterior, sobre una tabla que reposa sobre la cabecera de su cama y que, guiado por la fuerza del mar y la gravedad, decidió desprenderse de la madera para salir disparado a un mejor rumbo: a su dueño.
 
No hay peor manera de despertar que cuando el sueño es arrebatado con violencia.
 
No supo cómo ni porque, pues en lo único que pudo pensar el médico cuando abrió sus ojos y jadeo para intentar tomar el aire que le faltó de repente, fue en el dolor agudo y punzante que empezó desde la boca de su estómago y que se fue extendiendo al resto de su abdomen. Su boca se abrió tanto como sus párpados y por más que respirara hondo, aquel dolor seguía ahí, acompañado del peso de algo que no se apartaba de encima.
 
“Si Jensen hizo esto voy a matarlo.”
 
Pensar en cómo asesinar a un compañero no es la manera más agradable de empezar el día, pero, aunque sus ojos estuvieran abiertos, aún no visualizaba al verdadero culpable de su desgracia.
 
Respiró hondo, con dificultad y, poco a poco, se incorporó en la cama hasta quedar sentado y, con ello, el enorme tomo de anatomía cayó hacia sus muslos. El médico parpadeó, miro al libro, confundido, preguntándose que hacía esa cosa en su cama, hasta que, de nuevo, otro remezón del barco, cortesía del oleaje, lo hizo sumar dos más dos.
 
—Tsk…me tienen que estar jodiendo —. Chasqueó la lengua y rodó los ojos antes de tomar el libro entre sus manos y colocarlo en el suelo, debajo de su cama. Su abdomen aún dolía, pero nada que no pudiera soportar o, al menos, era un dolor lo suficientemente débil para que su mente aún pensara en regresar a los brazos de Morfeo.

01:17 p.m.
 
Volvió a acomodarse en la cama, abrazó su almohada, cerró sus ojos y…
 
Purupurupuru…

—No ahora, por favor —. Se aferró con más fuerza a su almohada, sus párpados se cerraron con más ímpetu, intentó dejar su mente en blanco. Sea quien sea que estuviera llamando, seguro se rendiría al tercer tono.

Purupurupuru…

—Solo cállate…déjame dormir…

Purupurupuru…

—Aún es temprano…

Purupurupuru…

—¿Cuatro? —Su cerebro aún estaba más en el mundo de los sueños que en la vigilia, pero aún así, fue capaz de alzar su mirada para observar al caracol sobre la mesa.

Purupurupuru…

Tal vez si hubiera estado despierto desde antes habría respondido hace dos tonos, pero su mente aún procesaba si era más importante responder a la llamada o volver a cerrar los ojos. Si era algo realmente importante, lo irían a buscar a su cuarto.

Purupurupuru…

—El enfermo busca al doctor…

Purupurupuru…

Sus párpados se cerraron, se decidió a que nada del exterior podría molestarlo. Debía ser un número equivocado o una mala broma para hacer que se levantara de la cama.

Purupurupuru…

No…no podía ser eso. Nadie demoraría tanto al otro lado de la línea por una simple broma. De repente recordó en donde estaban. No era una isla paradisíaca y ya, era una jungla llena de peligros en la que cualquier cosa era posible. No podía confiarse, no podía no atender a un llamado. Se levantó de golpe, se sentó en la cama y su mano se extendió para tomar el auricular del caracol.

Purupurupuru…

—Jmmmm... ¿Sirena? ¿Por qué me despiertas? ¿Te perdiste en la jungla? —Desgraciadamente, sus sentidos aún no funcionaban del todo, por lo que tanto su voz, como la primera frase que emitió al reconocer quien lo llamaba con tanto ahínco, sonó tan perezosa como el resto de su cuerpo en ese momento, tan perezosa como su propio cerebro…aunque era pereza se le quitaría tan rápido como si hubiera sido bañado con agua fría.

—¿Sirena? —No…eso no era normal. Estaba seguro de que escuchó quejidos, mocos, los jadeos de alguien en medio de la desesperación. Ella aún no hablaba y él no fue capaz de emitir otra palabra hasta que ella le respondiera y, cuando lo hizo, se dio cuenta que no responderle habría sido algo de lo que podría arrepentirse.

Aguantó la respiración. ¿En dónde se había metido ella?, ¿No debía estar con Thrym? Quizá con Jensen…podía recordar que se trataban como hermanos, aunque, de todos modos, no había visto al pelinegro desde hace un par de días. Sacudió su cabeza, no podía pensar en posibilidades, debía pensar en el ahora, debía ser la voz de la razón para lo que sea que estuviera pasando…y… ¿Y si no era algo tan grave? Además, ella dijo que alguien se moría en sus brazos…eso quería decir que no era ella la que estaba en peligro directo. Soltó el aire que había retenido y se levantó de la cama, con el den den mushi sostenido en una de sus manos, mientras caminaba dando tumbos por la habitación.

—Nadie va a morir, Merlot —. Para bien o para mal su tono era relajado, demasiado relajado ahora que había discernido que no era la mestiza quien estaba en peligro de muerte. —¿A quién tienes en tus brazos? ¿A un dinosaurio? Si es así, tráelo…estoy cansado de comer pescado y, hasta ahora, no he probado carne de dinosaurio…aunque seguro el gigante acapararía todo —. Chasqueó la lengua e, inconscientemente, volvió a sentarse en su cama para rebuscar en la mesa de noche un frasco con esencia de menta.

—No llores, María, vamos…escucharte así me rompe el corazón. Seguro que no es tan grave ¿Verdad? Nada que no pueda arreglar con un par de vendas…De todos modos… ¿Dónde estás? —Al terminar de hablar llevó el frasco a su nariz para aspirar el aroma de la menta un par de veces antes de guardar el frasco en el bolsillo de su bata y dignarse a caminar hacia la salida de su habitación. —¿En la playa?

Abrir la puerta de su cuarto lo hizo consciente de la luz del sol. Cerró sus ojos cuando la iluminación le pegó de golpe y tuvo que parpadear rápido para acostumbrarse a la claridad, todo mientras, aun en pijama, caminaba hacia la cubierta del barco.

El mar volvió a estremecerse, las olas que lograron llegar hasta cubierta mojaron los pies del médico y, aunque se quejó del agua, seguía en la línea, no se atrevía a colgar, pero más que preocuparse por la llamada, se preocupaba por localizar a la sirena de rosa celeste.

—No cuelgues, háblame —. Miró en varias direcciones, caminó por la cubierta y observó la playa una y otra vez, pero no había nadie. Estaba solo. —María Merlot ¿Dónde estás? —Tragó saliva, por más que su voz sonara firme, la gravedad en su pregunta pudo delatar algo de preocupación. —No te veo por ningún lado del barco ni en la playa… ¿Entraste a la jungla? ¿Puedes ver el barco?

Los ojos amarillos del médico se fijaron en la espesura de la selva, en los árboles que se levantaban más altos que cualquier edificio, en la oscuridad que consumía a cualquiera que pusiera un pie dentro. Temió lo peor para la semi-sirena.

—Merlot —dijo con una seriedad con la que no recordaba haberle hablado antes. —, necesito que te calmes y me digas, exactamente, qué es lo que está pasando.

Karmas


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RE: Point de Rupture :: Pasado :: Privado - por Hyákinthos - 28-02-2026, 09:06 AM

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