Todo pasó rápido y confuso; el caos se abrió paso en un pestañeo frente a mí. El carrito del hombre salió volando, tirando la comida al piso, regando el aceite y enfureciendo al dueño que colérico en el suelo, producto de su poco tiempo de reacción, volteaba a mirar con la cabeza aturdida entre su compañero estrellado contra su negocio y a quien lo había provocado.
Yo aún tenía el plato en la mano izquierda y la cuchara en la derecha, las había logrado llevar conmigo un segundo antes de la catastrofe. Observé al hombre tirado en el piso y decidí que no había mejor momento que este para darme un bocado de comida. Mastiqué tranquilamente; el hambre que tenía no me daba para pensar en más, así que di un segundo bocado, giré los ojos con placer. Me concentré tanto en aquello que no sentí al hombre detrás de mí sino hasta que interrumpió con su voz el silencio de un segundo que duró la escena.
Sin moverme de mi lugar, miré hacia mi derecha, volteando lentamente después con una sonrisa en la boca, con los cachetes gordos llenos de comida. Vi el pañuelo que me tendía y decidí hacer un trueque rápido mientras el hombre del negocio se ponía de pie. Coloqué la cuchara en el plato y lo intercambié por el pañuelo que me ofrecía, limpiando mi rostro y dando suaves toques rápidos en mi pecho.
—Solo le di dos bocados; si quieres, puedes terminarlo —dije mientras veía la sombra de la chica. Pero había dos situaciones pasando al mismo tiempo, y los cabellos en mi nunca se erizaban.
Una sonrisa aun más grande se formó en el rostro cuando el viejo detrás de mí recibió un puñetazo que lo lanzó hacia atrás hasta casi estrellarse también con el carrito, cayendo al suelo.
La persona que había sido estrellada antes era otro cocinero del puesto; tenía un delantal blanco, al igual que el viejo.
Miré la escena y luego el callejón, las palabras del pelinegro verduzco me confirmaron que había visto bien, no era una broma, ni una ilusión. —Huhuhya.
Se me salió una pequeña risita.
—Si, lo vi… —le comenté, preocupada por ambas situaciones, regresando la vista hacia el viejo.
A diez metros a la derecha observando la escena, había una carreta de la que bajaban tres hombres, uno tenia una gabardina negra y botas llevaba una escopeta al hombro, el otro, llevaba un kimono negro de flores, más una katana. Tenia cuernos.
El tercero tenia un sombrero de ala ancha y zapatillas negras lustradas. Su camisa estaba abierta, dejaba a relucir los tres pelos en el pecho que tenía y hablaba por den den mushi mientras bajaba del carromato.
—¿La tienes?
Se alcanzó a escuchar entre el barullo que entonces se formaba. El trajeado que empujó el cocinero se acercaba nuevamente. Me giré a ver hacia el pelinegro.
—¿Qué harás? —le pregunté, invadiendo su espacio personal entonces metiendo el pañuelo en la bolsa de su saco discretamente y sacando su cartera para metrla en mi piel de lobo al tiempo en el que con la otra mano, robaba también la cuchara para darle un último bocado al plato.
El trajeado terminó de acortar distancia entre ellos para proceder a propinarle otro golpe, mucho más fuerte que el anterior—. Puedes irte para evitar salir perjudicado, pero creo que ayudaré a estas personas; tal vez así consiga algo más de comer después. ¿Vienes? —le pregunté.
Antes siquiera de que pudiera responder, me giré; caminé hacia el trajeado que me daba la espalda y lo tomé del hombro. Al inclinarme hacia enfrente, la capucha con forma de lobo y colmillos cayó sobre mi cabeza, y el trajeado pudo ver mi sonrisa blanca y mis ojos rojos a través del cráneo rojizo.
—¡APÁRTATE, MALDITA PERRA! —gritó, y trató de moverse, pero no pudo; un dolor punzante le atravesó el hueso de la clavícula.
C R A C K
El hombre del den den mushi dejó de hablar abruptamente y los otros dos hombres que estaban a diez metros de allí voltearon a ver la escena cual depredadores nocturnos.
Un grito de dolor llenó la acera de repente y una carcajada mia lo acompañó -HUHUHYHA -mis hombros se movieron sutilmente.
El ambiente festivo de esa zona en la calle se apagó; la gente que pasaba por allí se alejaba del conflicto.
Mientras el trajeado se doblaba hacia atrás, tratando de soltar un puñetazo hacia mi cara desde donde estaba. No llegó. Recibió una patada en el abdomen antes de siquiera poder alcanzarme.
—Váyase de aquí… Llévese a su compañero —le dije.
Saqué de entre los pliegues de la piel de lobo mi pipa, le coloqué algunas hierbas del cuenco que descansaba en mi cintura y volteé a ver de nuevo al hombre que me había tendido el pañuelo —Mi nombre es Lan Caihe, si mañana salgo en el periodico... al menos alguien me habrá visto por ultima vez.
Sería poco probable que nos volviéramos a cruzar. Una risita se escapó de entre mis labios y se transformó en una carcajada.
—Huhuhu
Salió volando, amortiguándose entre los sonidos del carnaval que nos alcanzaba, mientras la música animada y cantarina nos alcanzaba. Por la calle pasaba una carroza adornada y prendida con antorchas, con algunos bailarines danzando a su alrededor, disfrazados, algunos otros medio desnudos. Tomé una calada de la pipa, la gente seguía pasando; el cocinero levantaba al hombro como podía a su compañero y salieron corriendo de allí.
Tenía ganas de echarme a reír, los ojos se me humedecían. Hoy no era un buen día para haber presenciado lo que presencié… y, en definitiva… no tenía nada mejor que hacer. Sentía el cuerpo pesado, pero no queria ver morir a más mujeres esa noche, no en el día en el que falleció mamá.
Di un pequeño golpe en el piso; el sonido de tres pares de pasos llegaba a mis oidos. Pasos regios, pasos pesados.
Si otra calada, inhalé.
—Paciencia en la forja... —dije al hombre, levantando la pipa como si fuera a su salud, soltando la calada por las fosas nasales. Volví a ponerme la pipa en la boca y caminé hacia el callejón donde fue secuestrada aquella mujer.
Mi cuerpo fue engullido por la boca del lobo. En cuanto di un paso hacia la sombra generada por las paredes de la calle, el sonido se amortiguó y respiré profundo; mis pasos se hicieron audibles. Miré una vez más hacia atrás al avanzar diez metros dentro de la angosta calle, casi llegando a la esquina donde tuvo lugar el secuestro.
Off
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