02-03-2026, 07:47 AM
(Última modificación: 02-03-2026, 07:48 AM por Asherah Bel-Nadin.)
Camino a su lado, midiendo el paso para no imponer el ritmo. El mercado se abre ante nosotras como si nada hubiese ocurrido. Las tragedias pequeñas tienen esa virtud: se disuelven rápido y dejan solo el eco.
— Ashe — repito en silencio, probando el apodo como quien prueba una fruta nueva.
No me desagrada.
— Entonces procuraré estar cerca — respondo con suavidad — No podemos permitir que el reino vegetal cobre confianza.
El viento insiste, pero ya no es adversario; es ruido de fondo. Mantengo las alas recogidas, lo suficiente para no convertir el trayecto en un espectáculo adicional. Su comentario sobre el día me arranca una exhalación breve.
— Los días grises suelen ser más honestos — menciono con tranquilidad — No prometen más de lo que pueden cumplir.
Escucho su risa cuando menciona la coreografía. No hay rastro de vergüenza en ella. Eso me sorprende. La mayoría intenta reconstruir su dignidad después de una caída; Miyori la lleva puesta incluso manchada de tomate.
Avanzamos entre puestos y fachadas hasta que su pregunta se desliza entre el bullicio.
¿Es de aquí, de Samba?
Observo las calles antes de responder. Las telas agitadas, los letreros vibrando, la gente negociando como si el mundo dependiera de cada moneda.
— No — contesto finalmente, sin pretender ahondar más por el momento — Estoy de paso. Samba es… una escala algo indefinida en el tiempo.
La miro apenas cuando menciona mis alas. No con orgullo. Tampoco con incomodidad. Solo con la aceptación de quien sabe que no pasa desapercibida.
— No suelo ocultarlas — añado — Sería más problemático fingir que no existen. Es todo un tema.
Su confesión de extranjería me arranca una media sonrisa.
— Entonces somos dos forasteras intentando no tropezar.
El “Trébol Dorado” aparece frente a nosotras como una promesa cálida en medio del viento. Piedra, cobre, verde jade. El lugar tiene algo deliberado, casi teatral. Me detengo un segundo para evaluar la concurrencia, el flujo de entrada y salida, la disposición de las mesas.
Funcional. Resguardado. Suficiente para lo que aspiramos.
Cuando pregunta si me parece bien comprar para llevar, observo las sombrillas cerradas y la danza constante de las ráfagas.
— Me parece prudente — respondo luego de un breve suspiro desprendiendo vaho en el ambiente — Prefiero que el café llegue a destino sin convertirse en otra escena memorable.
Hago una leve inclinación hacia la puerta.
— Entremos. Esta vez vigilaré el suelo… y las bandejas.
El aire cambia apenas cruzamos el umbral. Calidez. Aroma tostado. Un murmullo más bajo, más denso. La madera cruje con dignidad bajo cada paso y las lámparas, en tonos cobrizos, derraman una luz que no intenta impresionar: simplemente abraza.
Me adelanto lo justo para abrir espacio entre las mesas y permitir que mis alas no rocen ninguna silla. No quiero inaugurar una nueva categoría de accidentes diplomáticos.
Mientras avanzamos hacia el mostrador, reviso mis propias inclinaciones. Algo oscuro. Intenso. Sin azúcar. El tipo de café que no pide permiso para existir. Quizá con un dejo especiado, si el lugar se atreve.
La miro de reojo.
— Si no vamos a tomarlo aquí… — pregunto con calma y sinceridad — ¿dónde planeas llevarme?
No es desconfianza. Es estrategia.
Mis ojos recorren el interior una vez más, calculando distancias, puertas secundarias, corrientes de aire invisibles. Luego vuelven a ella.
— Me gustaría saber el destino antes de comprometer el suministro.
Y, aunque mi tono conserve la disciplina habitual, algo en mi voz admite lo evidente:
No me molesta que el trayecto sea más largo.
— Ashe — repito en silencio, probando el apodo como quien prueba una fruta nueva.
No me desagrada.
— Entonces procuraré estar cerca — respondo con suavidad — No podemos permitir que el reino vegetal cobre confianza.
El viento insiste, pero ya no es adversario; es ruido de fondo. Mantengo las alas recogidas, lo suficiente para no convertir el trayecto en un espectáculo adicional. Su comentario sobre el día me arranca una exhalación breve.
— Los días grises suelen ser más honestos — menciono con tranquilidad — No prometen más de lo que pueden cumplir.
Escucho su risa cuando menciona la coreografía. No hay rastro de vergüenza en ella. Eso me sorprende. La mayoría intenta reconstruir su dignidad después de una caída; Miyori la lleva puesta incluso manchada de tomate.
Avanzamos entre puestos y fachadas hasta que su pregunta se desliza entre el bullicio.
¿Es de aquí, de Samba?
Observo las calles antes de responder. Las telas agitadas, los letreros vibrando, la gente negociando como si el mundo dependiera de cada moneda.
— No — contesto finalmente, sin pretender ahondar más por el momento — Estoy de paso. Samba es… una escala algo indefinida en el tiempo.
La miro apenas cuando menciona mis alas. No con orgullo. Tampoco con incomodidad. Solo con la aceptación de quien sabe que no pasa desapercibida.
— No suelo ocultarlas — añado — Sería más problemático fingir que no existen. Es todo un tema.
Su confesión de extranjería me arranca una media sonrisa.
— Entonces somos dos forasteras intentando no tropezar.
El “Trébol Dorado” aparece frente a nosotras como una promesa cálida en medio del viento. Piedra, cobre, verde jade. El lugar tiene algo deliberado, casi teatral. Me detengo un segundo para evaluar la concurrencia, el flujo de entrada y salida, la disposición de las mesas.
Funcional. Resguardado. Suficiente para lo que aspiramos.
Cuando pregunta si me parece bien comprar para llevar, observo las sombrillas cerradas y la danza constante de las ráfagas.
— Me parece prudente — respondo luego de un breve suspiro desprendiendo vaho en el ambiente — Prefiero que el café llegue a destino sin convertirse en otra escena memorable.
Hago una leve inclinación hacia la puerta.
— Entremos. Esta vez vigilaré el suelo… y las bandejas.
El aire cambia apenas cruzamos el umbral. Calidez. Aroma tostado. Un murmullo más bajo, más denso. La madera cruje con dignidad bajo cada paso y las lámparas, en tonos cobrizos, derraman una luz que no intenta impresionar: simplemente abraza.
Me adelanto lo justo para abrir espacio entre las mesas y permitir que mis alas no rocen ninguna silla. No quiero inaugurar una nueva categoría de accidentes diplomáticos.
Mientras avanzamos hacia el mostrador, reviso mis propias inclinaciones. Algo oscuro. Intenso. Sin azúcar. El tipo de café que no pide permiso para existir. Quizá con un dejo especiado, si el lugar se atreve.
La miro de reojo.
— Si no vamos a tomarlo aquí… — pregunto con calma y sinceridad — ¿dónde planeas llevarme?
No es desconfianza. Es estrategia.
Mis ojos recorren el interior una vez más, calculando distancias, puertas secundarias, corrientes de aire invisibles. Luego vuelven a ella.
— Me gustaría saber el destino antes de comprometer el suministro.
Y, aunque mi tono conserve la disciplina habitual, algo en mi voz admite lo evidente:
No me molesta que el trayecto sea más largo.
![[Imagen: CwHBiqT.png]](https://i.imgur.com/CwHBiqT.png)
