03-03-2026, 03:25 PM
(Última modificación: 03-03-2026, 03:26 PM por Tezca Norova.)
[personajeinvalido=3040]
Oh, el fuego.
Siempre tan poético cuando no eres tú el que se está asando.
¿Qué era más peligroso que tres sashimis con armas, cortando el aire como si fuera mantequilla tibia? Que yo estuviera en el mismo horno que esos malditos filetes con complejo de guerrero ancestral. Porque claro, pelear contra enemigos es un deporte; pelear contra enemigos mientras el escenario decide convertirse en crematorio… eso ya es una mala apuesta
Había estado tan concentrado en la pelea, en las ganas de que ya dejaran de fastidiar que olvidé un pequeño detalle: el fuego no discrimina. No le importa si eres protagonista, como yo, antagonista, como ellos, o espectador. Quema. Y punto.
Lo sentí primero como un abrazo incómodo en la espalda. Luego como una lengua ardiente lamiéndome el cuello. Después vino el verdadero problema: el aire comenzó a escasear.
Intenté inhalar.
Nada.
Bueno, no nada. Humo. Espeso, áspero, invasivo. Se me metió por la nariz como si quisiera alquilar mis pulmones sin pagar renta. Tosí, una, dos veces, sintiendo cómo el pecho se me apretaba. Cada bocanada era más corta que la anterior. Cada segundo, más caro.
Mierda.
Tenía que salir de ahí. Por pura y simple supervivencia. No pensaba convertirme en una estatua de arcilla carbonizada.
Entre ese torbellino de pensamientos, mitad táctica, mitad insultos mentales dirigidos al universo algo intentó perforarme el estómago. Sentí el impacto, el impulso seco, la intención clara de atravesarme de lado a lado.
Pero se topó con arcilla.
Un sonido opaco, sordo. Como si hubieran golpeado una pared húmeda. Mi cuerpo no cedió. No sangró. No se abrió. La punta enemiga quedó atrapada un instante, confundida, antes de retirarse sin premio alguno. Ni siquiera bajé la mirada a comprobar la zona, el resultado era tan obvio como aburrido. Sonreí. Mal momento para hacerlo, quizá. El humo me castigó por la arrogancia. —Encantador intento ¿me entiendes? Pero nunca tuviste la oportunidad, disculpa. —murmuré, aunque mi voz salió rasposa, deformada por el calor.
El fuego crepitaba alrededor, devorando madera, tela, oxígeno… y paciencia. El suelo comenzaba a calentarse bajo mis botas. El aire vibraba. El combate ya no era solo contra ellos; era contra el tiempo.
De pronto, el escudo se desmoronó. La arcilla se desprendió en bloques pesados que golpearon el suelo como una cortina final, abriéndome el camino que necesitaba. Agradecí, eso sí, que el barro hiciera lo suyo como aislante mientras avanzaba entre brasas y humo. Sin más teatro del necesario, crucé el restaurante y salí por la puerta principal a toda prisa.
Oh, el fuego.
Siempre tan poético cuando no eres tú el que se está asando.
¿Qué era más peligroso que tres sashimis con armas, cortando el aire como si fuera mantequilla tibia? Que yo estuviera en el mismo horno que esos malditos filetes con complejo de guerrero ancestral. Porque claro, pelear contra enemigos es un deporte; pelear contra enemigos mientras el escenario decide convertirse en crematorio… eso ya es una mala apuesta
Había estado tan concentrado en la pelea, en las ganas de que ya dejaran de fastidiar que olvidé un pequeño detalle: el fuego no discrimina. No le importa si eres protagonista, como yo, antagonista, como ellos, o espectador. Quema. Y punto.
Lo sentí primero como un abrazo incómodo en la espalda. Luego como una lengua ardiente lamiéndome el cuello. Después vino el verdadero problema: el aire comenzó a escasear.
Intenté inhalar.
Nada.
Bueno, no nada. Humo. Espeso, áspero, invasivo. Se me metió por la nariz como si quisiera alquilar mis pulmones sin pagar renta. Tosí, una, dos veces, sintiendo cómo el pecho se me apretaba. Cada bocanada era más corta que la anterior. Cada segundo, más caro.
Mierda.
Tenía que salir de ahí. Por pura y simple supervivencia. No pensaba convertirme en una estatua de arcilla carbonizada.
Entre ese torbellino de pensamientos, mitad táctica, mitad insultos mentales dirigidos al universo algo intentó perforarme el estómago. Sentí el impacto, el impulso seco, la intención clara de atravesarme de lado a lado.
Pero se topó con arcilla.
Un sonido opaco, sordo. Como si hubieran golpeado una pared húmeda. Mi cuerpo no cedió. No sangró. No se abrió. La punta enemiga quedó atrapada un instante, confundida, antes de retirarse sin premio alguno. Ni siquiera bajé la mirada a comprobar la zona, el resultado era tan obvio como aburrido. Sonreí. Mal momento para hacerlo, quizá. El humo me castigó por la arrogancia. —Encantador intento ¿me entiendes? Pero nunca tuviste la oportunidad, disculpa. —murmuré, aunque mi voz salió rasposa, deformada por el calor.
El fuego crepitaba alrededor, devorando madera, tela, oxígeno… y paciencia. El suelo comenzaba a calentarse bajo mis botas. El aire vibraba. El combate ya no era solo contra ellos; era contra el tiempo.
De pronto, el escudo se desmoronó. La arcilla se desprendió en bloques pesados que golpearon el suelo como una cortina final, abriéndome el camino que necesitaba. Agradecí, eso sí, que el barro hiciera lo suyo como aislante mientras avanzaba entre brasas y humo. Sin más teatro del necesario, crucé el restaurante y salí por la puerta principal a toda prisa.
Karmas
Bélico Defensivo
Bélico Ofensivo
Resumen
Posicionamiento
Efectos
Gasto de energía
Inventario

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