03-03-2026, 10:08 PM
[personajeinvalido=3040]
Bueno, fin del desastre… por ahora.
Aunque, siendo honesto conmigo mismo, tenía la ligera sospecha esa vocecita traviesa que rara vez se equivoca de que volvería a cruzarme con esos tres sashimis con armas si es que lograban salir vivos del incendio. Y si el destino insistía en reunirnos otra vez… bueno, la próxima no habría medias tintas. Terminaría el trabajo con la pulcritud que merecía.
Me quedé en el exterior del restaurante, inhalando con dramatismo el aire fresco como si fuera el primer ser humano en redescubrir el oxígeno. Ah, qué maravilla. Nada como no oler a madera ardiendo, grasa chamuscada y ambición mal cocinada. Estaba a punto de marcharme, ya mentalmente lejos de aquel desastre humeante, cuando de la nada, literalmente de la nada, apareció el regordete dueño.
Tomó mi mano entre las suyas con una emoción casi religiosa. Yo sonreí, claro. Siempre sonrío en esos momentos. Sobre todo cuando noté el agradable peso de una bolsa de dinero deslizándose hacia mí como una disculpa tardía del universo. A nuestro alrededor, algunas personas observaban la escena.
Bueno… si he de aprovechar el momento, que sea con estilo.
El hombre hablaba. Lo sé porque su boca se movía. Supuse que eran agradecimientos, promesas, quizá juramentos de reconstrucción y prosperidad. Yo asentía con una expresión noble, comprensiva, casi heroica. La verdad es que no escuchaba nada. Mi mente seguía atrapada en el olor a humo que se negaba a abandonar mi nariz mientras el restaurante crepitaba detrás de nosotros como si aplaudiera el espectáculo.
Cuando finalmente se giró para lamentarse, fue entonces cuando lo vi.
Ah.
Esa cartera.
Jugosa. Abultada. Despreocupada. Asomándose del bolsillo trasero como si estuviera pidiendo ser rescatada de una administración claramente deficiente. Y en ese instante comprendí algo profundamente injusto: me habían pagado muy poco para lo que tuve que soportar.
Sonreí.
—Anímese, venga… con comida tan buena la gente vendrá incluso a comer sobre el suelo ¿me entiendes? —dije con tono alentador, dándole una amistosa y estratégicamente calculada nalgada.
El movimiento fue natural. Fluido. Preciso.
La billetera cambió de dueño con la elegancia de un truco de magia bien ensayado. Ni un tirón brusco. Ni una pausa sospechosa. Solo eficiencia profesional. —Bueno, mucha suerte… adiós. —añadí con una sonrisa traviesa que probablemente habría sido sospechosa si alguien hubiera tenido el valor de mirarme demasiado tiempo.
Guardé la cartera en mi bolsillo con la misma serenidad con la que uno acomoda un recuerdo agradable. Luego caminé alejándome del humo, del caos y de las futuras demandas legales, perdiéndome entre la multitud como si jamás hubiera estado allí.
El fuego seguía rugiendo a mi espalda.
Yo, en cambio, ya estaba pensando en la cena.
Bueno, fin del desastre… por ahora.
Aunque, siendo honesto conmigo mismo, tenía la ligera sospecha esa vocecita traviesa que rara vez se equivoca de que volvería a cruzarme con esos tres sashimis con armas si es que lograban salir vivos del incendio. Y si el destino insistía en reunirnos otra vez… bueno, la próxima no habría medias tintas. Terminaría el trabajo con la pulcritud que merecía.
Me quedé en el exterior del restaurante, inhalando con dramatismo el aire fresco como si fuera el primer ser humano en redescubrir el oxígeno. Ah, qué maravilla. Nada como no oler a madera ardiendo, grasa chamuscada y ambición mal cocinada. Estaba a punto de marcharme, ya mentalmente lejos de aquel desastre humeante, cuando de la nada, literalmente de la nada, apareció el regordete dueño.
Tomó mi mano entre las suyas con una emoción casi religiosa. Yo sonreí, claro. Siempre sonrío en esos momentos. Sobre todo cuando noté el agradable peso de una bolsa de dinero deslizándose hacia mí como una disculpa tardía del universo. A nuestro alrededor, algunas personas observaban la escena.
Bueno… si he de aprovechar el momento, que sea con estilo.
El hombre hablaba. Lo sé porque su boca se movía. Supuse que eran agradecimientos, promesas, quizá juramentos de reconstrucción y prosperidad. Yo asentía con una expresión noble, comprensiva, casi heroica. La verdad es que no escuchaba nada. Mi mente seguía atrapada en el olor a humo que se negaba a abandonar mi nariz mientras el restaurante crepitaba detrás de nosotros como si aplaudiera el espectáculo.
Cuando finalmente se giró para lamentarse, fue entonces cuando lo vi.
Ah.
Esa cartera.
Jugosa. Abultada. Despreocupada. Asomándose del bolsillo trasero como si estuviera pidiendo ser rescatada de una administración claramente deficiente. Y en ese instante comprendí algo profundamente injusto: me habían pagado muy poco para lo que tuve que soportar.
Sonreí.
—Anímese, venga… con comida tan buena la gente vendrá incluso a comer sobre el suelo ¿me entiendes? —dije con tono alentador, dándole una amistosa y estratégicamente calculada nalgada.
El movimiento fue natural. Fluido. Preciso.
La billetera cambió de dueño con la elegancia de un truco de magia bien ensayado. Ni un tirón brusco. Ni una pausa sospechosa. Solo eficiencia profesional. —Bueno, mucha suerte… adiós. —añadí con una sonrisa traviesa que probablemente habría sido sospechosa si alguien hubiera tenido el valor de mirarme demasiado tiempo.
Guardé la cartera en mi bolsillo con la misma serenidad con la que uno acomoda un recuerdo agradable. Luego caminé alejándome del humo, del caos y de las futuras demandas legales, perdiéndome entre la multitud como si jamás hubiera estado allí.
El fuego seguía rugiendo a mi espalda.
Yo, en cambio, ya estaba pensando en la cena.
Karmas
Resumen
Agradecimientos
Inventario

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