03-03-2026, 11:33 PM
Las comillas que acentuaron lo relativo a la reparación me provocaron una breve risa. También, una punzada en el pecho. Me prohibí a mí mismo pensar en Pulmones Negros cuando decidí escapar. De igual modo, también me había prohibido volver a mentarle por su nombre de pila, porque era plenamente consciente del poder que todavía podía ejercer sobre mí. Por la misma razón, no pregunté más ni ahondé en la idea de que, tal vez, habían dañado de más el barco. No quería saber si estaba vivo, muerto o encerrado. Estaba mejor siendo un mero fantasma, como muchos otros de los que me acompañaban.
—Porque actuaste como mi ángel de la guarda. —Volví a sentarme y me sacudí de mangas y brazos toda la arena que pude—. Al principio pensé que J… Pulmones Negros me había encontrado. —Maldije el impulso inconsciente. Chasqueé la lengua—. Y, sin embargo, me encontré con alguien que me dio las fuerzas necesarias y las herramientas para marcharme.
La marea se presentaba oscura. Divagué entre el sinuoso vaivén del oleaje, con el aroma a sal adherido a la ropa y la brisa despeinando nuestros cabellos. Dejé que el silencio se asentara entre nosotros. Cerré los ojos e hice un repaso mental de cada sensación que me embriagaba: el cosquilleo de la arena, la ropa fría por la temperatura nocturna, la sensación de un soplo en el pecho. Nos envolvía la calma y yo me sentí más real que nunca.
—Además, viéndote ahora, creo que te queda bastante bien el apodo. —Estiré la mano para darle un pequeño toque en la punta de la nariz—. Así que creo que voy a seguir llamándote ángel.
No me molesté en ocultar la mirada burlona, cómplice en cierto sentido. Hae-won tenía ese tipo de belleza mística, etérea, que conjugaba con la luna y destacaba en la quietud de la noche.
Aparté la mano y apoyé sendos codos en las rodillas. Por supuesto que asumía que ella no revelaría nada de lo que ocurrió entre nosotros. No tendría sentido que me hubiera ayudado a escapar y que ahora comprometiera mi nueva vida. Por no hablar del hecho de que, en efecto, era una ladrona. Sentí sobre el pecho la llave metálica que habitualmente colgaba de mi cuello. Un recuerdo absoluto de que la vida me pertenecía.
—La verdad es que tras la capa eres incluso mejor de lo que hubiera podido imaginar. —Porque era humana, dulce y comprensiva. Y no negaré que aquello me asustaba un poco, pero en esos momentos primaba más la calidez—. Solo eras una cría y aún así lo arriesgaste todo por un desconocido. Eso habla muy bien de tu valentía y muy mal de tu instinto de supervivencia —reí—, pero lo agradezco. Aquí la gente me conoce más por St. George que por Dimitri. Cuando llegué a Baterilla intenté hacerme con ropa lo más decente posible y fingí ser un niño de familia repipi que había decidido irse de casa para descubrir el mundo por sí mismo. Empecé a trabajar en un bar de la zona y poco tiempo después me inscribí a la Marina.
Sí, elegí ese apellido entre todos precisamente porque evocaba la imagen de niño bueno, de familia de bien, que no haría daño ni a una mosca. Resultaba increíble la cantidad de puertas que abría. Ni siquiera tenía que molestarme en inventar una historia. Me bastaba con dejar a la gente imaginar lo que quisiera cuando escuchaban aquel apodo. La vida te trata diferente sí además de atractivo pareces alguien importante, aunque no seas más que una rata callejera.
—Así que la vida me ha tratado bien desde que llegué. —Encogí los hombros—. ¿Y a ti? ¿Cómo te han tratado estos años? Debió de darte un micro infarto al descubrir que tu joya robada estaba aquí.
—Porque actuaste como mi ángel de la guarda. —Volví a sentarme y me sacudí de mangas y brazos toda la arena que pude—. Al principio pensé que J… Pulmones Negros me había encontrado. —Maldije el impulso inconsciente. Chasqueé la lengua—. Y, sin embargo, me encontré con alguien que me dio las fuerzas necesarias y las herramientas para marcharme.
La marea se presentaba oscura. Divagué entre el sinuoso vaivén del oleaje, con el aroma a sal adherido a la ropa y la brisa despeinando nuestros cabellos. Dejé que el silencio se asentara entre nosotros. Cerré los ojos e hice un repaso mental de cada sensación que me embriagaba: el cosquilleo de la arena, la ropa fría por la temperatura nocturna, la sensación de un soplo en el pecho. Nos envolvía la calma y yo me sentí más real que nunca.
—Además, viéndote ahora, creo que te queda bastante bien el apodo. —Estiré la mano para darle un pequeño toque en la punta de la nariz—. Así que creo que voy a seguir llamándote ángel.
No me molesté en ocultar la mirada burlona, cómplice en cierto sentido. Hae-won tenía ese tipo de belleza mística, etérea, que conjugaba con la luna y destacaba en la quietud de la noche.
Aparté la mano y apoyé sendos codos en las rodillas. Por supuesto que asumía que ella no revelaría nada de lo que ocurrió entre nosotros. No tendría sentido que me hubiera ayudado a escapar y que ahora comprometiera mi nueva vida. Por no hablar del hecho de que, en efecto, era una ladrona. Sentí sobre el pecho la llave metálica que habitualmente colgaba de mi cuello. Un recuerdo absoluto de que la vida me pertenecía.
—La verdad es que tras la capa eres incluso mejor de lo que hubiera podido imaginar. —Porque era humana, dulce y comprensiva. Y no negaré que aquello me asustaba un poco, pero en esos momentos primaba más la calidez—. Solo eras una cría y aún así lo arriesgaste todo por un desconocido. Eso habla muy bien de tu valentía y muy mal de tu instinto de supervivencia —reí—, pero lo agradezco. Aquí la gente me conoce más por St. George que por Dimitri. Cuando llegué a Baterilla intenté hacerme con ropa lo más decente posible y fingí ser un niño de familia repipi que había decidido irse de casa para descubrir el mundo por sí mismo. Empecé a trabajar en un bar de la zona y poco tiempo después me inscribí a la Marina.
Sí, elegí ese apellido entre todos precisamente porque evocaba la imagen de niño bueno, de familia de bien, que no haría daño ni a una mosca. Resultaba increíble la cantidad de puertas que abría. Ni siquiera tenía que molestarme en inventar una historia. Me bastaba con dejar a la gente imaginar lo que quisiera cuando escuchaban aquel apodo. La vida te trata diferente sí además de atractivo pareces alguien importante, aunque no seas más que una rata callejera.
—Así que la vida me ha tratado bien desde que llegué. —Encogí los hombros—. ¿Y a ti? ¿Cómo te han tratado estos años? Debió de darte un micro infarto al descubrir que tu joya robada estaba aquí.
