03-03-2026, 11:59 PM
—Desde que te he visto, lo único que he querido hacer es darte un abrazo, porque eso me ha inspirado la esencia de tu persona, ¿sabes?
«Ah, menudo idiota…»
Me giré sin esperar que me recibiera la misma sonrisa que llevaba contemplando toda la noche. Ver a Hae-won con los brazos cerrados sobre sí misma me hizo sentir que había algo terriblemente mal y roto en aquella escena. Nos separaban un puñado de pasos. Incluso si no era el caso, tuve la sensación —quizás por su postura— de que estaba helada. No habría sabido discernir si aquel frío le nacía de dentro o se debía a la temperatura que nos envolvía. Lo que sí tuve absolutamente claro fue que, pese a todo, de ella emanaba una calidez que iba más allá de lo evidente. Intangible. Una que, por razones que desconocía, me dedicaba a mí.
—Lo siento, soy un idiota.
Pocas situaciones me hacían sentir como si fuera nuevo en el mundo. Me despeiné el cabello, inquieto. Hae-won despertaba muchísimos más recuerdos de los que ella misma fuera capaz de imaginar. Yo no les prestaba atención, por eso mismo no los mentaré, pero estaban ahí: calientes y desbordantes como la sangre derramada de una herida abierta.
Recorté la distancia que nos separaba con cierta prudencia. Si yo no sonreía en ese momento era, simplemente, por la amalgama de ideas y emociones que llevaba enredadas en la mente. Mi mano aterrizó con dulzura sobre la cabellera de plata.
—Está bien. Tú eres mi ángel y yo soy adorable aunque ninguno de los dos terminemos de entender las razones del otro. —La sonrisa habitó mis ojos más que mis labios—. Creo que eso nos coloca en igualdad de condiciones.
Probablemente, por lo que me había contado, Choi había perdido mucho, pero también tenía gente que le resultaba importante de verdad. No sé dónde encajaba yo o qué papel representaba en su vida, pero tenía claro que quería velar por ella. Esperaba aligerar, de algún modo, cualquier aflicción que tuviera.
—Y si querías darme un abrazo, —La sonrisa se ensanchó en mis labios—, solo tenías que decirlo.
Antes de que pudiera replicar, tiré de ella. El abrazo me resultó extraño. Era probablemente el primero que daba con auténtica honestidad desde hacía diez años. Choi era menuda y reconfortante.
«Ah, menudo idiota…»
Me giré sin esperar que me recibiera la misma sonrisa que llevaba contemplando toda la noche. Ver a Hae-won con los brazos cerrados sobre sí misma me hizo sentir que había algo terriblemente mal y roto en aquella escena. Nos separaban un puñado de pasos. Incluso si no era el caso, tuve la sensación —quizás por su postura— de que estaba helada. No habría sabido discernir si aquel frío le nacía de dentro o se debía a la temperatura que nos envolvía. Lo que sí tuve absolutamente claro fue que, pese a todo, de ella emanaba una calidez que iba más allá de lo evidente. Intangible. Una que, por razones que desconocía, me dedicaba a mí.
—Lo siento, soy un idiota.
Pocas situaciones me hacían sentir como si fuera nuevo en el mundo. Me despeiné el cabello, inquieto. Hae-won despertaba muchísimos más recuerdos de los que ella misma fuera capaz de imaginar. Yo no les prestaba atención, por eso mismo no los mentaré, pero estaban ahí: calientes y desbordantes como la sangre derramada de una herida abierta.
Recorté la distancia que nos separaba con cierta prudencia. Si yo no sonreía en ese momento era, simplemente, por la amalgama de ideas y emociones que llevaba enredadas en la mente. Mi mano aterrizó con dulzura sobre la cabellera de plata.
—Está bien. Tú eres mi ángel y yo soy adorable aunque ninguno de los dos terminemos de entender las razones del otro. —La sonrisa habitó mis ojos más que mis labios—. Creo que eso nos coloca en igualdad de condiciones.
Probablemente, por lo que me había contado, Choi había perdido mucho, pero también tenía gente que le resultaba importante de verdad. No sé dónde encajaba yo o qué papel representaba en su vida, pero tenía claro que quería velar por ella. Esperaba aligerar, de algún modo, cualquier aflicción que tuviera.
—Y si querías darme un abrazo, —La sonrisa se ensanchó en mis labios—, solo tenías que decirlo.
Antes de que pudiera replicar, tiré de ella. El abrazo me resultó extraño. Era probablemente el primero que daba con auténtica honestidad desde hacía diez años. Choi era menuda y reconfortante.
