05-03-2026, 01:13 AM
—No terminó de entender su punto, recluta.
Enji puso los ojos en blanco y dejó el libro sobre el sofá. Que incordio, pensó, mientras se levantaba y se dirigía a la ventana. Explicar el chiste hacía que perdiera toda la gracia.
—Tiene que pensar fuera de la caja, Doc. —Abrió las alas del ventanal, cuyas amplias cortinas yacían recogidas a cada lado y aseguradas con un lazo azul—. A mí me gusta pelear, pero no lo disfruto como… no sé, la primera calada de un cigarrillo o el sabor de los labios de una bella mujer.
Con el ventanal abierto de par en par, Enji se tomó el atrevimiento de sentarse en el filo de su marco, dándole la espalda al exterior, y sacó del pequeño bolsillo de su chaleco una cajetilla de cigarrillos.
—¿Imagina lo que sería si se sintiera así? Que pelear fuera una cosa placentera, algo que harías con la misma convicción y las mismas ganas con las que agarras la botella de whisky. —Planteó el escenario en su cabeza y una sonrisa se formó en sus labios, prensados en torno al filtro del cigarro rubio—. Entonces tendrías buenos soldados. Soldados felices, locos por salir a repartir justicia.
Del mismo bolsillo sacó su mechero. Plateado, simple, clásico. Lo destapó y con un movimiento del pulgar nació la llama, pequeña y anaranjada.
—Escuche que el cigarro y el alcohol son los “Venenos modernos y legales” —señaló mientras encendía el tabaco—. ¿Quién dice que no puedo crear algo así? Un veneno mío, que haga el efecto que yo quiera. —Inhaló humo durante una larga pitada. Se llenó los pulmones, lo retuvo unos segundos y después exhaló por la nariz, liberando dos torrentes de blancas cortinas—. Y dárselos a mis camaradas para que rindan mejor en batalla.
—Ya no estás hablando de un veneno, recluta. Lo que estás buscando es una droga.
—¿Y cuál es la diferencia?
—El veneno te deteriora, te daña, te desgasta más o menos rápido dependiendo del tipo y la dosis —explicó—. La droga suele ser lenta, su efecto a largo plazo es funesto y, además, tiene la malicia de camuflar sus defectos con breves períodos de euforia, desinhibición y éxtasis. Picos breves pero extremos. Eso la hace adictiva, y socialmente más peligrosa.
El doctor se había sentado detrás de su escritorio y desde allí, con los codos subidos a la mesa, escuchaba con interés y genuina curiosidad.
Enji volvió a sorber de su cigarro.
—Sí, entiendo… —musitó.
Se encorvó hacia adelante y descansó los codos en sus rodillas.
—Supongo que estoy hablando de una droga, entonces. —Una sonrisa se formó en sus labios—. Una droga divertida. Una botellita llena de vida... ¿No sería genial?
Enji puso los ojos en blanco y dejó el libro sobre el sofá. Que incordio, pensó, mientras se levantaba y se dirigía a la ventana. Explicar el chiste hacía que perdiera toda la gracia.
—Tiene que pensar fuera de la caja, Doc. —Abrió las alas del ventanal, cuyas amplias cortinas yacían recogidas a cada lado y aseguradas con un lazo azul—. A mí me gusta pelear, pero no lo disfruto como… no sé, la primera calada de un cigarrillo o el sabor de los labios de una bella mujer.
Con el ventanal abierto de par en par, Enji se tomó el atrevimiento de sentarse en el filo de su marco, dándole la espalda al exterior, y sacó del pequeño bolsillo de su chaleco una cajetilla de cigarrillos.
—¿Imagina lo que sería si se sintiera así? Que pelear fuera una cosa placentera, algo que harías con la misma convicción y las mismas ganas con las que agarras la botella de whisky. —Planteó el escenario en su cabeza y una sonrisa se formó en sus labios, prensados en torno al filtro del cigarro rubio—. Entonces tendrías buenos soldados. Soldados felices, locos por salir a repartir justicia.
Del mismo bolsillo sacó su mechero. Plateado, simple, clásico. Lo destapó y con un movimiento del pulgar nació la llama, pequeña y anaranjada.
—Escuche que el cigarro y el alcohol son los “Venenos modernos y legales” —señaló mientras encendía el tabaco—. ¿Quién dice que no puedo crear algo así? Un veneno mío, que haga el efecto que yo quiera. —Inhaló humo durante una larga pitada. Se llenó los pulmones, lo retuvo unos segundos y después exhaló por la nariz, liberando dos torrentes de blancas cortinas—. Y dárselos a mis camaradas para que rindan mejor en batalla.
—Ya no estás hablando de un veneno, recluta. Lo que estás buscando es una droga.
—¿Y cuál es la diferencia?
—El veneno te deteriora, te daña, te desgasta más o menos rápido dependiendo del tipo y la dosis —explicó—. La droga suele ser lenta, su efecto a largo plazo es funesto y, además, tiene la malicia de camuflar sus defectos con breves períodos de euforia, desinhibición y éxtasis. Picos breves pero extremos. Eso la hace adictiva, y socialmente más peligrosa.
El doctor se había sentado detrás de su escritorio y desde allí, con los codos subidos a la mesa, escuchaba con interés y genuina curiosidad.
Enji volvió a sorber de su cigarro.
—Sí, entiendo… —musitó.
Se encorvó hacia adelante y descansó los codos en sus rodillas.
—Supongo que estoy hablando de una droga, entonces. —Una sonrisa se formó en sus labios—. Una droga divertida. Una botellita llena de vida... ¿No sería genial?

