06-03-2026, 06:19 AM
La silueta de alas negras continúa avanzando entre la multitud del mercado central y yo mantengo la distancia con una disciplina casi mecánica. No es difícil perderse aquí si uno quiere hacerlo: El mercado respira con ese caos funcional que sólo las ciudades portuarias consiguen dominar.
Él se mueve bien dentro de él.
Eso es lo primero que confirmo mientras lo sigo.
No choca con nadie. No duda. No se detiene a mirar como lo haría un recién llegado que busca orientarse. Su andar tiene dirección, aunque no parezca tener destino. Y esa seguridad me obliga a afinar aún más la prudencia.
Podría haberme detectado ya.
No sería extraño.
Los nuestros desarrollan un instinto particular para percibir presencias detrás de nosotros. Tal vez porque durante siglos hemos tenido razones suficientes para cultivar ese tipo de vigilancia.
Dobla otra esquina.
Yo reduzco apenas la velocidad antes de imitar la maniobra. Un grupo de pescadores cargando cajas se interpone entre nosotros durante unos segundos y aprovecho el obstáculo para variar ligeramente mi trayectoria. No seguir exactamente la misma línea suele ser suficiente para disimular una persecución.
Cuando reaparezco al otro lado del grupo… lo veo todavía allí.
Unos quince metros adelante.
Respira tranquilo. Camina firme.
Y entonces, de pronto, cambia de dirección.
No es un giro natural.
Es brusco.
Seco.
Como si hubiese tomado una decisión en mitad del paso.
Durante una fracción de segundo lo pierdo entre dos carros cargados de sacos y el murmullo del mercado se vuelve una pared de sonido que me obliga a concentrarme.
Acelero.
No lo suficiente para llamar la atención, pero sí lo necesario para cerrar distancia antes de que desaparezca por completo.
Nada.
El pasaje se abre en tres direcciones distintas y durante un instante me quedo quieta, analizando el flujo de personas, los pasos recientes en el polvo del suelo, la forma en que algunas miradas aún siguen una dirección determinada.
Derecha.
Retomo la marcha.
La calle es más angosta aquí. Las casas se inclinan levemente hacia el centro, robándole al cielo parte de su espacio. El ruido del mercado queda atrás y el ambiente se vuelve más contenido, más casero.
Y sin embargo…
Él no está.
Lo perdí.
La constatación llega con una mezcla inesperada de frustración y diversión silenciosa.
Bien jugado.
No es un movimiento torpe de alguien que se siente incómodo con las miradas. Es una maniobra consciente. Un intento claro de romper la línea de seguimiento.
Lo cual significa que, en algún momento, sí notó mi presencia.
Suelto el aire despacio mientras continúo caminando con aparente calma.
No tiene sentido precipitarse ahora. Si realmente quiso despistarme, probablemente esté observando desde algún punto cercano.
La curiosidad sigue intacta.
Y ahora se le suma algo más interesante: carácter.
Avanzo un par de metros sin prisa. El periódico bajo mi brazo cruje suavemente cuando ajusto el agarre. A mi alrededor, la vida cotidiana continúa con una normalidad que contrasta con el pequeño juego de estrategias que acaba de desplegarse.
Pero antes de poder virar el cuerpo para irme a por una esquina... lo veo.
Salió de golpe, aunque no me causó sobresalto.
Inmóvil.
Un poncho —o algo parecido a uno— cae sobre sus hombros ahora, amplio y oscuro, ocultando por completo las alas que antes distinguía con tanta claridad. El tejido es demasiado grande para él, como si hubiese sido tomado a las apuradas.
Pero el rostro…
El perfil es inconfundible.
Incluso con la tela envolviendo su figura, su altura lo delata. Alto. Imponente para la mayoría de los hombres… aunque todavía un tramo más bajo que yo.
Lo observo durante un segundo aminorando la marcha.
Así que decidió esperar.
Interesante.
La distancia entre nosotros se acorta con cada paso y puedo sentir la tensión en el aire, esa quietud particular que aparece cuando dos personas saben que están midiendo al otro.
No parece agresivo.
Pero sí alerta.
Lo cual es perfectamente razonable.
Después de todo… lo estuve siguiendo.
Sonrío apenas para mis adentros.
Si quiero que esta conversación empiece bien, conviene desactivar esa sospecha antes de que eche raíces.
Reduzco el paso hasta detenerme a una distancia prudente. No demasiado cerca para invadirlo, pero lo suficiente para que la conversación no tenga que atravesar toda la calle.
Levanto ligeramente el periódico como si fuese una excusa cualquiera, un objeto cotidiano que justifica mi presencia en la zona.
— Curiosa elección de disfraz — comento con un tono tranquilo, casi ligero — Aunque debo admitir que es una mejora respecto a aterrizar en medio del puerto con alas desplegadas, es todo un tema.
Inclino apenas la cabeza.
No es un gesto de sumisión. Tampoco de desafío. Más bien una cortesía simple, directa.
Mis propias alas permanecen quietas a mi espalda, sin ocultarse.
No tiene sentido fingir lo que ambos ya sabemos.
— Antes de que decidas que soy un problema… — añado con una pequeña sonrisa — debería aclarar algo.
Hago un gesto breve con la mano libre, señalando el camino por el que él había venido, luego el mercado detrás de mí.
— No te seguía por hostilidad.
Una pausa corta.
Suficiente para que procese la frase.
— Te seguía porque no es común encontrar otro de los nuestros caminando por Baterilla como si fuese la cosa más normal del mundo.
Mis ojos se detienen en su rostro con una curiosidad franca, sin esconderla.
— Y porque, sinceramente… — mi tono se suaviza apenas — después de escuchar en el muelle que alguien había decidido volar sobre todo el puerto, era difícil no querer comprobar quién tenía esa clase de confianza.
La sonrisa se amplía un poco.
No es provocación.
Es reconocimiento.
— Soy Asherah.
Extiendo la mano con naturalidad.
— Prometo que normalmente no persigo desconocidos por callejones. Hoy fue una excepción interesante.
La brisa del puerto llega hasta aquí con un leve aroma salino, moviendo apenas el borde del poncho que cubre sus alas.
Lo observo con calma, dejando espacio para que decida qué hacer con la situación.
Después de todo… si algo he aprendido en los puertos del mundo es que los encuentros importantes rara vez empiezan con planes perfectos.
Él se mueve bien dentro de él.
Eso es lo primero que confirmo mientras lo sigo.
No choca con nadie. No duda. No se detiene a mirar como lo haría un recién llegado que busca orientarse. Su andar tiene dirección, aunque no parezca tener destino. Y esa seguridad me obliga a afinar aún más la prudencia.
Podría haberme detectado ya.
No sería extraño.
Los nuestros desarrollan un instinto particular para percibir presencias detrás de nosotros. Tal vez porque durante siglos hemos tenido razones suficientes para cultivar ese tipo de vigilancia.
Dobla otra esquina.
Yo reduzco apenas la velocidad antes de imitar la maniobra. Un grupo de pescadores cargando cajas se interpone entre nosotros durante unos segundos y aprovecho el obstáculo para variar ligeramente mi trayectoria. No seguir exactamente la misma línea suele ser suficiente para disimular una persecución.
Cuando reaparezco al otro lado del grupo… lo veo todavía allí.
Unos quince metros adelante.
Respira tranquilo. Camina firme.
Y entonces, de pronto, cambia de dirección.
No es un giro natural.
Es brusco.
Seco.
Como si hubiese tomado una decisión en mitad del paso.
Durante una fracción de segundo lo pierdo entre dos carros cargados de sacos y el murmullo del mercado se vuelve una pared de sonido que me obliga a concentrarme.
Acelero.
No lo suficiente para llamar la atención, pero sí lo necesario para cerrar distancia antes de que desaparezca por completo.
Nada.
El pasaje se abre en tres direcciones distintas y durante un instante me quedo quieta, analizando el flujo de personas, los pasos recientes en el polvo del suelo, la forma en que algunas miradas aún siguen una dirección determinada.
Derecha.
Retomo la marcha.
La calle es más angosta aquí. Las casas se inclinan levemente hacia el centro, robándole al cielo parte de su espacio. El ruido del mercado queda atrás y el ambiente se vuelve más contenido, más casero.
Y sin embargo…
Él no está.
Lo perdí.
La constatación llega con una mezcla inesperada de frustración y diversión silenciosa.
Bien jugado.
No es un movimiento torpe de alguien que se siente incómodo con las miradas. Es una maniobra consciente. Un intento claro de romper la línea de seguimiento.
Lo cual significa que, en algún momento, sí notó mi presencia.
Suelto el aire despacio mientras continúo caminando con aparente calma.
No tiene sentido precipitarse ahora. Si realmente quiso despistarme, probablemente esté observando desde algún punto cercano.
La curiosidad sigue intacta.
Y ahora se le suma algo más interesante: carácter.
Avanzo un par de metros sin prisa. El periódico bajo mi brazo cruje suavemente cuando ajusto el agarre. A mi alrededor, la vida cotidiana continúa con una normalidad que contrasta con el pequeño juego de estrategias que acaba de desplegarse.
Pero antes de poder virar el cuerpo para irme a por una esquina... lo veo.
Salió de golpe, aunque no me causó sobresalto.
Inmóvil.
Un poncho —o algo parecido a uno— cae sobre sus hombros ahora, amplio y oscuro, ocultando por completo las alas que antes distinguía con tanta claridad. El tejido es demasiado grande para él, como si hubiese sido tomado a las apuradas.
Pero el rostro…
El perfil es inconfundible.
Incluso con la tela envolviendo su figura, su altura lo delata. Alto. Imponente para la mayoría de los hombres… aunque todavía un tramo más bajo que yo.
Lo observo durante un segundo aminorando la marcha.
Así que decidió esperar.
Interesante.
La distancia entre nosotros se acorta con cada paso y puedo sentir la tensión en el aire, esa quietud particular que aparece cuando dos personas saben que están midiendo al otro.
No parece agresivo.
Pero sí alerta.
Lo cual es perfectamente razonable.
Después de todo… lo estuve siguiendo.
Sonrío apenas para mis adentros.
Si quiero que esta conversación empiece bien, conviene desactivar esa sospecha antes de que eche raíces.
Reduzco el paso hasta detenerme a una distancia prudente. No demasiado cerca para invadirlo, pero lo suficiente para que la conversación no tenga que atravesar toda la calle.
Levanto ligeramente el periódico como si fuese una excusa cualquiera, un objeto cotidiano que justifica mi presencia en la zona.
— Curiosa elección de disfraz — comento con un tono tranquilo, casi ligero — Aunque debo admitir que es una mejora respecto a aterrizar en medio del puerto con alas desplegadas, es todo un tema.
Inclino apenas la cabeza.
No es un gesto de sumisión. Tampoco de desafío. Más bien una cortesía simple, directa.
Mis propias alas permanecen quietas a mi espalda, sin ocultarse.
No tiene sentido fingir lo que ambos ya sabemos.
— Antes de que decidas que soy un problema… — añado con una pequeña sonrisa — debería aclarar algo.
Hago un gesto breve con la mano libre, señalando el camino por el que él había venido, luego el mercado detrás de mí.
— No te seguía por hostilidad.
Una pausa corta.
Suficiente para que procese la frase.
— Te seguía porque no es común encontrar otro de los nuestros caminando por Baterilla como si fuese la cosa más normal del mundo.
Mis ojos se detienen en su rostro con una curiosidad franca, sin esconderla.
— Y porque, sinceramente… — mi tono se suaviza apenas — después de escuchar en el muelle que alguien había decidido volar sobre todo el puerto, era difícil no querer comprobar quién tenía esa clase de confianza.
La sonrisa se amplía un poco.
No es provocación.
Es reconocimiento.
— Soy Asherah.
Extiendo la mano con naturalidad.
— Prometo que normalmente no persigo desconocidos por callejones. Hoy fue una excepción interesante.
La brisa del puerto llega hasta aquí con un leve aroma salino, moviendo apenas el borde del poncho que cubre sus alas.
Lo observo con calma, dejando espacio para que decida qué hacer con la situación.
Después de todo… si algo he aprendido en los puertos del mundo es que los encuentros importantes rara vez empiezan con planes perfectos.
Cositas
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