07-03-2026, 03:35 AM
El calor de la isla me golpeó con fuerza apenas puse un pie en Baquella. El aire era denso, húmedo, y parecía quedarse pegado a la piel. Durante unos segundos me quedé quieto, observando el lugar con calma. Resultaba extraño estar allí otra vez. No hacía tanto tiempo que había abandonado esa misma isla rumbo a otra aventura, y sin embargo ahora estaba de regreso, caminando por las mismas calles que había dejado atrás semanas antes.
Aquella sensación era difícil de explicar. Parte de mí sentía que apenas había pasado tiempo desde que me marché, como si todo hubiese ocurrido en unos pocos días. Pero al mismo tiempo, lo vivido entre ese momento y ahora hacía que pareciera mucho más lejano. El viaje, los problemas, los combates… todo eso había dejado su marca. No era exactamente la misma persona que había partido desde ese puerto tiempo atrás.
Comencé a caminar por las calles de Baquella con paso tranquilo, observando el pueblo mientras avanzaba hacia el puerto. Las casas blancas reflejaban la luz del sol con intensidad, y los tejados rojizos parecían casi brillar bajo el cielo despejado. El calor hacía que el aire ondulara ligeramente en la distancia, creando esa ilusión de movimiento constante que aparecía cuando el sol golpeaba con fuerza el suelo.
El pueblo parecía más animado de lo que recordaba. Había más gente en las calles, más movimiento, más voces. Visitantes caminaban de un lado a otro observando los carteles y folletos que estaban colgados por todas partes. Las ilustraciones mostraban enormes atracciones, monstruos marinos y estructuras gigantes que prometían diversión y espectáculo. El nombre del lugar aparecía repetido en todos ellos, New Era Joy Park.
Había escuchado conversaciones sobre ese lugar durante el viaje de regreso. Algunos hablaban con entusiasmo, otros con curiosidad. Un parque enorme cerca de la entrada del Grand Line, algo que parecía sacado de una historia exagerada. Pero por lo visto era real, y la cantidad de visitantes que habían llegado a la isla lo demostraba.
Seguí caminando hacia el puerto, aunque no podía negar que mi sentido de la orientación me jugaba malas pasadas. Por un momento me desvié, tomando un callejón equivocado y sintiendo que me había perdido entre las casas blancas y los tejados rojizos. Sin embargo, pronto reconocí un par de puntos familiares y retomé el rumbo correcto. Mientras avanzaba, mi mente repasaba brevemente las últimas semanas y todo lo que había recorrido. No era necesario detallar cada experiencia para saber que el camino no había sido fácil: obstáculos inesperados, combates que podrían haber terminado mal y situaciones que pusieron a prueba no solo mi fuerza, sino también mi juicio y resistencia. Cada isla visitada había dejado algo diferente: a veces conocimiento, otras cicatrices visibles o invisibles, y en ocasiones solo recuerdos que quedaban grabados en la memoria. El mar parecía siempre tener nuevas pruebas esperando, y de algún modo, cada una de ellas me empujaba un poco más adelante, aunque mi propio sentido de la orientación me recordara que incluso los pasos más sencillos podían complicarse.
Cuando el olor a sal comenzó a dominar el aire supe que el puerto estaba cerca. Poco después, al doblar una esquina, el paisaje se abrió frente a mí. El pequeño puerto de Baquella estaba lleno de actividad. Barcos de distintos tamaños se balanceaban suavemente sobre el agua mientras marineros y viajeros caminaban de un lado a otro cargando equipaje o descargando mercancía. Pero había algo que destacaba por encima de todo, el ferry.
Era imposible no verlo. La embarcación era enorme, mucho más grande que la mayoría de barcos presentes en el puerto. Su casco estaba decorado con grandes ilustraciones y letras doradas que formaban el nombre del lugar al que se dirigía. Desde donde estaba podía leerlo con claridad, New Era Joy Park.
El diseño del ferry era llamativo, casi exagerado. Parecía más una atracción flotante que un simple barco de transporte. Grandes imágenes de atracciones, criaturas marinas y estructuras fantásticas cubrían los laterales del casco. No había duda de que querían llamar la atención de cualquiera que lo viera.
Avancé hacia la pasarela de acceso mientras observaba el movimiento de los pasajeros que ya estaban subiendo a bordo. Justo antes de las escaleras había un pequeño stand cubierto por un toldo que intentaba proteger del sol a la persona que estaba sentada detrás de la mesa. Un ventilador giraba lentamente moviendo el aire caliente sin demasiado éxito.
El hombre que atendía el puesto tenía un bigote largo que le cubría los labios y descendía hasta el mentón. Frente a él había una libreta y varios folletos apilados. Cuando me acerqué levantó la mirada y tomó una pluma para comenzar a anotar.
—Buenas tardes. Antes de subir necesito registrar algunos datos.—
Asentí con tranquilidad.
—Adelante.—
—Nombre.—
—KuroVongola.—
La pluma comenzó a moverse sobre el papel.
—Lugar de procedencia.—
—Nací en la isla Dawn, en el East Blue. Vine al South Blue en busca de aventuras.—
El hombre levantó la vista un momento antes de seguir escribiendo.
—¿Ha estado viajando por esta región?—
—He pasado por varias islas. La última fue Centaurea.—
La pluma volvió a moverse.
—Raza.—
—Humano.—
El hombre terminó de escribir y dejó la pluma sobre la mesa antes de extender uno de los folletos hacia mí.
—Perfecto. Puede subir cuando quiera. El ferry partirá cuando termine el embarque.—
—Gracias.—
Tomé el folleto y me aparté del stand para dirigirme hacia las escaleras del ferry. Antes de subir, sin embargo, noté algo que no había pasado desapercibido desde que llegué al puerto. Varios soldados de la Marina patrullaban la zona, distribuidos en diferentes puntos del muelle y las calles cercanas. Algunos caminaban en parejas mientras otros permanecían quietos observando el movimiento de los visitantes.
Cuando me acerqué a la pasarela uno de ellos cruzó frente a mí. Durante un segundo nuestras miradas se encontraron. El marine me observó con atención, como si estuviera tratando de recordar de dónde conocía mi rostro. Era posible que lo hubiera visto antes. No era la primera vez que coincidía con miembros de la Marina en mis viajes.
El soldado no dijo nada. Solo me dedicó una mirada seria que parecía decir lo suficiente por sí sola.
No causes problemas.
Respondí con una leve inclinación de cabeza antes de continuar caminando hacia la pasarela.
Subí al ferry y la estructura metálica resonó levemente bajo mis pasos mientras avanzaba hacia la cubierta principal. Una vez arriba pude apreciar mejor el tamaño de la embarcación. Era enorme. La cubierta estaba llena de pasajeros que conversaban entre ellos, observaban el puerto o examinaban los folletos del parque con evidente entusiasmo.
Algunos señalaban las ilustraciones de las atracciones mientras hablaban animadamente. Otros simplemente disfrutaban de la brisa marina apoyados en la barandilla. Había personas de distintos lugares, cada una con sus propios motivos para estar allí.
Caminé hasta uno de los lados de la cubierta y apoyé los brazos en la barandilla para observar el puerto desde arriba. Desde esa posición podía ver el muelle completo, los barcos más pequeños, los marines patrullando y la gente que todavía seguía llegando para subir al ferry antes de la salida.
El ambiente estaba lleno de expectación.
Era evidente que muchos veían este viaje como el inicio de algo importante. Tal vez lo fuera. Más allá de esas aguas se encontraban los Cabos Gemelos, y después de ellos el Grand Line. El mar más peligroso del mundo. Un lugar donde las historias de aventureros se convertían en leyendas o terminaban abruptamente.
Mis ojos se dirigieron hacia el horizonte mientras el viento del mar movía ligeramente mi ropa.
El ferry todavía no había zarpado. Las últimas personas seguían subiendo a bordo mientras los trabajadores del barco se movían por la cubierta preparando todo para la salida. Solo era cuestión de tiempo antes de que levantaran anclas y comenzara el viaje.
Por ahora, solo quedaba esperar.
Aquella sensación era difícil de explicar. Parte de mí sentía que apenas había pasado tiempo desde que me marché, como si todo hubiese ocurrido en unos pocos días. Pero al mismo tiempo, lo vivido entre ese momento y ahora hacía que pareciera mucho más lejano. El viaje, los problemas, los combates… todo eso había dejado su marca. No era exactamente la misma persona que había partido desde ese puerto tiempo atrás.
Comencé a caminar por las calles de Baquella con paso tranquilo, observando el pueblo mientras avanzaba hacia el puerto. Las casas blancas reflejaban la luz del sol con intensidad, y los tejados rojizos parecían casi brillar bajo el cielo despejado. El calor hacía que el aire ondulara ligeramente en la distancia, creando esa ilusión de movimiento constante que aparecía cuando el sol golpeaba con fuerza el suelo.
El pueblo parecía más animado de lo que recordaba. Había más gente en las calles, más movimiento, más voces. Visitantes caminaban de un lado a otro observando los carteles y folletos que estaban colgados por todas partes. Las ilustraciones mostraban enormes atracciones, monstruos marinos y estructuras gigantes que prometían diversión y espectáculo. El nombre del lugar aparecía repetido en todos ellos, New Era Joy Park.
Había escuchado conversaciones sobre ese lugar durante el viaje de regreso. Algunos hablaban con entusiasmo, otros con curiosidad. Un parque enorme cerca de la entrada del Grand Line, algo que parecía sacado de una historia exagerada. Pero por lo visto era real, y la cantidad de visitantes que habían llegado a la isla lo demostraba.
Seguí caminando hacia el puerto, aunque no podía negar que mi sentido de la orientación me jugaba malas pasadas. Por un momento me desvié, tomando un callejón equivocado y sintiendo que me había perdido entre las casas blancas y los tejados rojizos. Sin embargo, pronto reconocí un par de puntos familiares y retomé el rumbo correcto. Mientras avanzaba, mi mente repasaba brevemente las últimas semanas y todo lo que había recorrido. No era necesario detallar cada experiencia para saber que el camino no había sido fácil: obstáculos inesperados, combates que podrían haber terminado mal y situaciones que pusieron a prueba no solo mi fuerza, sino también mi juicio y resistencia. Cada isla visitada había dejado algo diferente: a veces conocimiento, otras cicatrices visibles o invisibles, y en ocasiones solo recuerdos que quedaban grabados en la memoria. El mar parecía siempre tener nuevas pruebas esperando, y de algún modo, cada una de ellas me empujaba un poco más adelante, aunque mi propio sentido de la orientación me recordara que incluso los pasos más sencillos podían complicarse.
Cuando el olor a sal comenzó a dominar el aire supe que el puerto estaba cerca. Poco después, al doblar una esquina, el paisaje se abrió frente a mí. El pequeño puerto de Baquella estaba lleno de actividad. Barcos de distintos tamaños se balanceaban suavemente sobre el agua mientras marineros y viajeros caminaban de un lado a otro cargando equipaje o descargando mercancía. Pero había algo que destacaba por encima de todo, el ferry.
Era imposible no verlo. La embarcación era enorme, mucho más grande que la mayoría de barcos presentes en el puerto. Su casco estaba decorado con grandes ilustraciones y letras doradas que formaban el nombre del lugar al que se dirigía. Desde donde estaba podía leerlo con claridad, New Era Joy Park.
El diseño del ferry era llamativo, casi exagerado. Parecía más una atracción flotante que un simple barco de transporte. Grandes imágenes de atracciones, criaturas marinas y estructuras fantásticas cubrían los laterales del casco. No había duda de que querían llamar la atención de cualquiera que lo viera.
Avancé hacia la pasarela de acceso mientras observaba el movimiento de los pasajeros que ya estaban subiendo a bordo. Justo antes de las escaleras había un pequeño stand cubierto por un toldo que intentaba proteger del sol a la persona que estaba sentada detrás de la mesa. Un ventilador giraba lentamente moviendo el aire caliente sin demasiado éxito.
El hombre que atendía el puesto tenía un bigote largo que le cubría los labios y descendía hasta el mentón. Frente a él había una libreta y varios folletos apilados. Cuando me acerqué levantó la mirada y tomó una pluma para comenzar a anotar.
—Buenas tardes. Antes de subir necesito registrar algunos datos.—
Asentí con tranquilidad.
—Adelante.—
—Nombre.—
—KuroVongola.—
La pluma comenzó a moverse sobre el papel.
—Lugar de procedencia.—
—Nací en la isla Dawn, en el East Blue. Vine al South Blue en busca de aventuras.—
El hombre levantó la vista un momento antes de seguir escribiendo.
—¿Ha estado viajando por esta región?—
—He pasado por varias islas. La última fue Centaurea.—
La pluma volvió a moverse.
—Raza.—
—Humano.—
El hombre terminó de escribir y dejó la pluma sobre la mesa antes de extender uno de los folletos hacia mí.
—Perfecto. Puede subir cuando quiera. El ferry partirá cuando termine el embarque.—
—Gracias.—
Tomé el folleto y me aparté del stand para dirigirme hacia las escaleras del ferry. Antes de subir, sin embargo, noté algo que no había pasado desapercibido desde que llegué al puerto. Varios soldados de la Marina patrullaban la zona, distribuidos en diferentes puntos del muelle y las calles cercanas. Algunos caminaban en parejas mientras otros permanecían quietos observando el movimiento de los visitantes.
Cuando me acerqué a la pasarela uno de ellos cruzó frente a mí. Durante un segundo nuestras miradas se encontraron. El marine me observó con atención, como si estuviera tratando de recordar de dónde conocía mi rostro. Era posible que lo hubiera visto antes. No era la primera vez que coincidía con miembros de la Marina en mis viajes.
El soldado no dijo nada. Solo me dedicó una mirada seria que parecía decir lo suficiente por sí sola.
No causes problemas.
Respondí con una leve inclinación de cabeza antes de continuar caminando hacia la pasarela.
Subí al ferry y la estructura metálica resonó levemente bajo mis pasos mientras avanzaba hacia la cubierta principal. Una vez arriba pude apreciar mejor el tamaño de la embarcación. Era enorme. La cubierta estaba llena de pasajeros que conversaban entre ellos, observaban el puerto o examinaban los folletos del parque con evidente entusiasmo.
Algunos señalaban las ilustraciones de las atracciones mientras hablaban animadamente. Otros simplemente disfrutaban de la brisa marina apoyados en la barandilla. Había personas de distintos lugares, cada una con sus propios motivos para estar allí.
Caminé hasta uno de los lados de la cubierta y apoyé los brazos en la barandilla para observar el puerto desde arriba. Desde esa posición podía ver el muelle completo, los barcos más pequeños, los marines patrullando y la gente que todavía seguía llegando para subir al ferry antes de la salida.
El ambiente estaba lleno de expectación.
Era evidente que muchos veían este viaje como el inicio de algo importante. Tal vez lo fuera. Más allá de esas aguas se encontraban los Cabos Gemelos, y después de ellos el Grand Line. El mar más peligroso del mundo. Un lugar donde las historias de aventureros se convertían en leyendas o terminaban abruptamente.
Mis ojos se dirigieron hacia el horizonte mientras el viento del mar movía ligeramente mi ropa.
El ferry todavía no había zarpado. Las últimas personas seguían subiendo a bordo mientras los trabajadores del barco se movían por la cubierta preparando todo para la salida. Solo era cuestión de tiempo antes de que levantaran anclas y comenzara el viaje.
Por ahora, solo quedaba esperar.
OFF
