07-03-2026, 05:49 AM
Llegó el día. El gran día.
Baquella sufrió el peor de los asaltos.
A sus costas llegaron en tropel, cabalgando preciosas goletas, veloces carabelas, enormes veleros, y prácticos balandros. También, algún que otro bote de remos, noble vehículo de las generaciones humildes, acabó tristemente hundido a las puertas de la isla, orgulloso, sin embargo, de cumplir su último cometido antes de descender al milenario casillero. Jubilosos y desvergonzados bastardos soltaron el ancla a cuestas de sacrificios como ese. Invasores que pisaron fuerte las tablas del muelle, irrumpiendo impetuosamente en el corazón de la isla, en el humor de su gente y en sus bolsillos. Las calles se atiborraron de rostros, rostros nuevos y extraños, llamados al caos de la novedad. La euforia de lo llamativo se propagó, empapelando en colores intensos y brillantes las otrora blancas e impolutas paredes del pueblo. Norias y montañas rusas se convirtieron en tema de conversación allá donde parase la oreja. Se polarizaron las opiniones, divididas entre quienes abrazaban el nuevo activo que traería inversión y dinero a la isla, y quienes temían las consecuencias de colocarse bajo el foco. Tomar el spotlight del Mar del Sur y caer víctimas de las polillas.
La transformación ocurrió de forma paulatina. Enji lo presenció, día a día. La llegada de los barcos, los carteles, los folletos. El efervescer de la emoción y la expectativa. Todo crecía y crecía, descontrolado y exponencial, a medida que se acercaba la fecha. Se tachaban con fuerza los días del calendario para tratar de acelerar el tiempo. Los niños corrían y vociferaban sus futuras proezas, contando la cantidad de veces que se subirían a la montaña rusa, cuán alto irían en la noria, cuánto algodón de azúcar se comerían y cuánto aguantarían sin vomitarlo. Cosas de niños inocentes, totalmente ajenos a la preocupación que se cernía sobre algunos padres. La esperanza de tener un buen ingreso gracias al movimiento turístico, la necesidad de aprovechar esa repentina temporada alta para llenar sus arcas de cara a un invierno más cruel, el temor a lo desconocido; factores que se sumaban y, juntos, sofocaban al obrero, al carnicero, al comerciante. Demasiadas cosas se definirían el día de la gran apertura.
New Era Joy Park. Detestaba el nombre, pero debía admitir que habían hecho un buen trabajo al venderse. La mitad de la población del South Blue parecía haberse concentrado en Baterilla. Habían picado de su anzuelo y ahora tenían la atención de todos, tanto la buena… como la mala. Para eso estaba allí la marina, patrullando diligentemente las calles y callejones de la ciudad portuaria mientras, por debajo de la mesa, ordenaba una investigación.
—No puedo creer que me quitaran mi día libre para esto.
Tiró del nudo que aferraba el pañuelo azul a su cuello y lo aflojó un poco. Su rostro era una mezcolanza de cansancio, asco y frustración mientras sostenía un cigarrillo apagado con la comisura de sus labios, lo que forzaba en su voz un tono pastoso. El dossier había llegado a sus manos esa misma mañana y echado por tierra sus planes, lo que condicionó su humor el resto del día. Estaba decididamente enojado.
La verdad sea dicha, Enji pensaba aprovechar ese día libre justamente para ir a conocer el parque del que todo mundo estaba hablando, pero que se lo impusieran como un trabajo le quitaba toda la magia.
—¡Me quería subir a esa maldita montaña rusa! —chilló con los brazos levantados, reclamando al cielo por su desgracia. Después posó el codo de su brazo derecho en su rodilla y descansó el mentón sobre la palma, ofuscado, mirando al costado—. Encima me obligan a usar este pañuelo de mierda. ¿Que soy? ¿Un boy scout de esos? —Se quejó, como lo había hecho todos los días desde que se intensificaron los controles respecto al uso del uniforme—. ¡Juanchooo!
El lastimero alarido fue acompañado del mecer de su cabello. De lado a lado se movían las hebras blancas, acompañando el ritmo del andar, lento pero seguro, de su compañero de división convertido en tortuga. Y es que Enji, haciendo gala de su facilidad natural de mentir e inventar, convenció a Juan Sebastian de que le estaba cargando unas mochilas sobre el caparazón cuando, en realidad, era el mismo Enji quien se había sentado encima suya, con las piernas cruzadas en postura india mientras Ford, su pequeño gato blanco, descansaba sobre ellas.
—Rubiales, Juancho, tienen que volver a mostrarme esas habilidades místicas que aprendieron en Karate. ¿Podrá ser, hermano? Un año entero estuve en esa isla y por dos semanas que están ustedes, vuelven con movimientos extraños de yoqueserate jayocobo. Ustedes hicieron algún favor extraño ahí —acusó, con la mirada aguda y los dedos de su mano izquierda acariciando a Ford—. O no me lo explico.
Se sacó el mechero de detrás de la oreja, lo encendió y dió vida a su cigarro, cuyo extremo se iluminó con la brasa anaranjada. Después cerró de nueva cuenta el mechero con un sonoro clack metálico.
—Que calor asqueroso… —dijo, y exhaló humo.
Sentado sobre Juan, por su estatura en forma completa, Enji estaba notoriamente por debajo de la línea de visión estándar. Todo lo que veía eran —y sin buscarlo él—, culos, la multitud yendo y viniendo alrededor al puerto y, de fondo, el mar, que se proyectaba en la lejanía hasta fundirse con el cielo. La inclinación natural del pueblo favorecía esa visión, convirtiendo las docenas de personas en el puerto en una miríada de pequeñas cabezas que se movían como un mar de cuentas de colores.
A falta de un barco propio, suyo, de ellos —maldita fuera la pobreza de sus acotados sueldos—, la División 80 viajaría en uno de los dos barcos puestos a disposición por el cuartel.
—Oi, eh, yo conozco a ese. —Enji estiró el cuello hacia arriba cuando creyó haber reconocido una cabellera blanca cerca del barco que era su destino—. ¡EH, SHINCHAN! —llamó con un estruendoso grito que despertó a Ford—. ¡Por aquí, cara de nalga! ¿No les conté de él, chicos? —Volteó a mirar a sus compañeros y les guiñó el ojo—. Es un tocayo.
El uniforme lucía pulcro sobre sus hombros, la gorra tratando de controlar sus desgastados cabellos y el pañuelo, aunque menos tirante que antes, todavía colgaba de su cuello. Los Jarngreipr fijos en su lugar, el Den Den Mushi dentro del bolsillo de su chaleco y a su lado la brújula. Demasiadas cosas. Demasiada tela. Ya le estaba empezando a picar el cuerpo.
Baquella sufrió el peor de los asaltos.
A sus costas llegaron en tropel, cabalgando preciosas goletas, veloces carabelas, enormes veleros, y prácticos balandros. También, algún que otro bote de remos, noble vehículo de las generaciones humildes, acabó tristemente hundido a las puertas de la isla, orgulloso, sin embargo, de cumplir su último cometido antes de descender al milenario casillero. Jubilosos y desvergonzados bastardos soltaron el ancla a cuestas de sacrificios como ese. Invasores que pisaron fuerte las tablas del muelle, irrumpiendo impetuosamente en el corazón de la isla, en el humor de su gente y en sus bolsillos. Las calles se atiborraron de rostros, rostros nuevos y extraños, llamados al caos de la novedad. La euforia de lo llamativo se propagó, empapelando en colores intensos y brillantes las otrora blancas e impolutas paredes del pueblo. Norias y montañas rusas se convirtieron en tema de conversación allá donde parase la oreja. Se polarizaron las opiniones, divididas entre quienes abrazaban el nuevo activo que traería inversión y dinero a la isla, y quienes temían las consecuencias de colocarse bajo el foco. Tomar el spotlight del Mar del Sur y caer víctimas de las polillas.
La transformación ocurrió de forma paulatina. Enji lo presenció, día a día. La llegada de los barcos, los carteles, los folletos. El efervescer de la emoción y la expectativa. Todo crecía y crecía, descontrolado y exponencial, a medida que se acercaba la fecha. Se tachaban con fuerza los días del calendario para tratar de acelerar el tiempo. Los niños corrían y vociferaban sus futuras proezas, contando la cantidad de veces que se subirían a la montaña rusa, cuán alto irían en la noria, cuánto algodón de azúcar se comerían y cuánto aguantarían sin vomitarlo. Cosas de niños inocentes, totalmente ajenos a la preocupación que se cernía sobre algunos padres. La esperanza de tener un buen ingreso gracias al movimiento turístico, la necesidad de aprovechar esa repentina temporada alta para llenar sus arcas de cara a un invierno más cruel, el temor a lo desconocido; factores que se sumaban y, juntos, sofocaban al obrero, al carnicero, al comerciante. Demasiadas cosas se definirían el día de la gran apertura.
New Era Joy Park. Detestaba el nombre, pero debía admitir que habían hecho un buen trabajo al venderse. La mitad de la población del South Blue parecía haberse concentrado en Baterilla. Habían picado de su anzuelo y ahora tenían la atención de todos, tanto la buena… como la mala. Para eso estaba allí la marina, patrullando diligentemente las calles y callejones de la ciudad portuaria mientras, por debajo de la mesa, ordenaba una investigación.
—No puedo creer que me quitaran mi día libre para esto.
Tiró del nudo que aferraba el pañuelo azul a su cuello y lo aflojó un poco. Su rostro era una mezcolanza de cansancio, asco y frustración mientras sostenía un cigarrillo apagado con la comisura de sus labios, lo que forzaba en su voz un tono pastoso. El dossier había llegado a sus manos esa misma mañana y echado por tierra sus planes, lo que condicionó su humor el resto del día. Estaba decididamente enojado.
La verdad sea dicha, Enji pensaba aprovechar ese día libre justamente para ir a conocer el parque del que todo mundo estaba hablando, pero que se lo impusieran como un trabajo le quitaba toda la magia.
—¡Me quería subir a esa maldita montaña rusa! —chilló con los brazos levantados, reclamando al cielo por su desgracia. Después posó el codo de su brazo derecho en su rodilla y descansó el mentón sobre la palma, ofuscado, mirando al costado—. Encima me obligan a usar este pañuelo de mierda. ¿Que soy? ¿Un boy scout de esos? —Se quejó, como lo había hecho todos los días desde que se intensificaron los controles respecto al uso del uniforme—. ¡Juanchooo!
El lastimero alarido fue acompañado del mecer de su cabello. De lado a lado se movían las hebras blancas, acompañando el ritmo del andar, lento pero seguro, de su compañero de división convertido en tortuga. Y es que Enji, haciendo gala de su facilidad natural de mentir e inventar, convenció a Juan Sebastian de que le estaba cargando unas mochilas sobre el caparazón cuando, en realidad, era el mismo Enji quien se había sentado encima suya, con las piernas cruzadas en postura india mientras Ford, su pequeño gato blanco, descansaba sobre ellas.
—Rubiales, Juancho, tienen que volver a mostrarme esas habilidades místicas que aprendieron en Karate. ¿Podrá ser, hermano? Un año entero estuve en esa isla y por dos semanas que están ustedes, vuelven con movimientos extraños de yoqueserate jayocobo. Ustedes hicieron algún favor extraño ahí —acusó, con la mirada aguda y los dedos de su mano izquierda acariciando a Ford—. O no me lo explico.
Se sacó el mechero de detrás de la oreja, lo encendió y dió vida a su cigarro, cuyo extremo se iluminó con la brasa anaranjada. Después cerró de nueva cuenta el mechero con un sonoro clack metálico.
—Que calor asqueroso… —dijo, y exhaló humo.
Sentado sobre Juan, por su estatura en forma completa, Enji estaba notoriamente por debajo de la línea de visión estándar. Todo lo que veía eran —y sin buscarlo él—, culos, la multitud yendo y viniendo alrededor al puerto y, de fondo, el mar, que se proyectaba en la lejanía hasta fundirse con el cielo. La inclinación natural del pueblo favorecía esa visión, convirtiendo las docenas de personas en el puerto en una miríada de pequeñas cabezas que se movían como un mar de cuentas de colores.
A falta de un barco propio, suyo, de ellos —maldita fuera la pobreza de sus acotados sueldos—, la División 80 viajaría en uno de los dos barcos puestos a disposición por el cuartel.
—Oi, eh, yo conozco a ese. —Enji estiró el cuello hacia arriba cuando creyó haber reconocido una cabellera blanca cerca del barco que era su destino—. ¡EH, SHINCHAN! —llamó con un estruendoso grito que despertó a Ford—. ¡Por aquí, cara de nalga! ¿No les conté de él, chicos? —Volteó a mirar a sus compañeros y les guiñó el ojo—. Es un tocayo.
El uniforme lucía pulcro sobre sus hombros, la gorra tratando de controlar sus desgastados cabellos y el pañuelo, aunque menos tirante que antes, todavía colgaba de su cuello. Los Jarngreipr fijos en su lugar, el Den Den Mushi dentro del bolsillo de su chaleco y a su lado la brújula. Demasiadas cosas. Demasiada tela. Ya le estaba empezando a picar el cuerpo.
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