07-03-2026, 03:30 PM
—- New Era Joy Park… —- Musité apenas, caminando con una hoja volante en mis manos. El papel, adornado con ilustraciones vivaces y colores veraniegos, parecía invitar a cualquiera que lo mirase a visitar aquel parque de atracciones, prometía risas, luces, sorpresas y entretenimiento abierto a todo el público. ¿No era acaso una tierra soñada?.
Nunca antes había puesto un pie en un lugar así, ¿De qué tratarán realmente estos sitios?, ¿Qué maravillas se esconden tras sus puertas?, para mí, todo aquello resultaba casi ajeno, como si ese lugar perteneciera a un mundo un poco más adelantado que el que acostumbro a recorrer. Juegos colosales, estructuras imposibles de imaginar, destellos de colores que parecían capturar la alegría misma del verano. Mi mirada se vió fija en una parte del volante donde anunciaba la frase que todo esto era sin ningún costo para el visitante. —- ¿Transporte gratis hacia Cabos Gemelos? — Leí en voz baja, dejando que la curiosidad floreciera en mi pecho.
— Parece divertido. —- expresé con una tenue sonrisa, alzando la mirada nuevamente hacia el camino. El día en Baquella era cálido, aunque no de una forma que resultara insoportable, al menos para mí que he pasado toda mi vida aquí. Era un clima que extrañaba ciertamente, reconfortante un poco. La brisa tibia llegaba desde el mar, cargada de esa humedad salina que se mezclaba con el aroma verde de los manglares y la jungla que abrazaba el pueblo a su alrededor.
He aprendido, desde hace mucho, a no salir sin un sombrero sobre la cabeza… y claro, hoy no era la excepción. Vestía un vestido blanco sin mangas que caía de longitud hasta por encima de mis rodillas, era ligero y perfecto para las brisas del verano, mi calzado no era más que un par de botines marrones. En mi mano zurda descansaba el estuche de mi violín, Amphitrite, mi posesión más preciada, mientras que, cruzando mi espalda en diagonal, llevaba mi arco y mis flechas. Estaba preparada… o al menos tan preparada como podía estarlo alguien como yo, lista para una nueva aventura.
Aún así, una pequeña tristeza reposaba en mi pecho, apenas hacía unos días había regresado a las costas de mi hogar, y ahora, otra vez debía alejarme del nido. No podía quejarme, fue bueno compartir, aunque sea unos días, la convivencia con mi familia, mis hermanos y mi padre.
Me abrí paso por las calles que tan bien conocía. Los cimientos de paredes blancas se alzaban en formas y tamaños distintos, hermosos en su sencillez y humildad, mientras en los tejados anaranjados brillaban bajo el sol como lenguas de fuego serenas. Desde el mar, cualquier navío que cruzara el arrecife que custodiaba las costas podía reconocer al instante aquel resplandor cálido que anunciaba la llegada al pueblo. Las paredes, establecimientos, farolas, todo estaba cubierto de afiches y anuncios que proclamaban los eventos del nuevo parque temático. Y sin embargo, no había rastro de los carteles de búsqueda que días atrás habían sido anunciados en el periódico. Si soy honesta, apenas recuerdo el contenido de aquel diario. Los enunciados se me escapan como arena entre los dedos. Lo único que permanece nítido en mi memoria es la fotografía de Cill y yo.
Por fortuna aquello no parecía haber pertubado a los habitantes de Baterilla, todo quedó sepultados bajo el entusiasmo colectivo por el viaje hacia Cabos Gemelos, una emoción tan ruidosa que opacaba cualquier otra preocupación.
Me prometí seguir las indicaciones de Cill y encontrarlo en el puerto, procurando no llamar la atención de nigún Marine que estuviera de guardia. Aunque no hubiese carteles de búsqueda pegados en los muros, la prudencia nunca estaba demás. Por eso, aprovechando que conocía cada rincón de mi pueblo, elegí los caminos que me parecían seguros, y cada vez que divisaba a un hombre con el uniforme blanco de la marina, bajaba ligeramente el ala de mi sombrero, ocultando parte de mi mirada para evitar cualquier contacto visual. No era un gesto exagerado, apenas un movimiento sutil pero suficiente para pasar quizás desapercibida entre la gente que caminaba bajo el ferviente y sofocante sol.
Finalmente llegué a la zona del puerto y me pareció verlo más concurrido que en otros días. Una multitud se agolpaba sobre el muelle, tanta que por un instante me pregunté si la vieja estructura podría soportar tanto peso reunido en un mismo lugar. Aunque hace unos años logró soportar un abrasador incendio, y aún así, levantarse de nuevo. Intenté desplazarse entre la multitud con cuidado, procurando no chocar con nadie ni interrumpir su andar, avanzando con pasos medidos entre las personas, después de todo, en medio de tanta gente siempre existía el riesgo de tropezar, y yo nunca había sido precisamente la más hábil para evitarlo.
La mayoría de las personas, especies o seres, se aglomeraban en una zona en particular, donde un enorme ferry reposaba junto al muelle. De sus altas chimeneas escapaban suaves columnas de humo ascendente surcando los cielos despejados. Un gran logotipo, idéntico al que había visto en el folleto, adornaba el costado del navío, confirmando que se trataba del transporte con destino a Cabos Gemelos. A simple vista, parecía un barco sólido, seguro, construido para soportar el peso de tantos pasajeros y llevarlos sin problema a través del mar. Dirigí la mirada alrededor de la entrada del ferry, recorriendo los rostros entre la multitud con la esperanza de encontrar a Cill, con la suerte de abordar juntos el ferry.
Al tener la oportunidad, me acerqué a un señor de bigote largo que custodiaba el stand de entrada al navío, tomando datos de cada uno de los pasajeros — Muy buen día, mi nombre es Miyori Hoshino… —- expresé con una sonrisa suave y gentil. Seguramente el señor estaba cansado del constante ajetreo de listados y presentaciones, pero un gesto de cortesía siempre caía bien, ¿no? — Soy de aquí, Baquella, y soy completamente humana. — Finalicé mi presentación. Al recibir el ticket de viaje en mis manos, me dirigí hacia las escaleras que permiten el acceso al ferry, lista para embarcarme en la próxima aventura que me aguardaba.
Miré atrás un momento para contemplar una última vez aquellas hermosas casas blancas rodeadas de jungla, el volcán inactivo pero imponente, el faro reconocido por cualquier pescador de Baterilla, y sin duda alguna, el puerto que no solo me vio crecer, sino también me vio encaminarme hacia mis sueños de ser artista. Mi mano sujetó con fuerza la correa del estuche del violín, y con una sonrisa llena de esperanza y felicidad, sentí que Baquella me despedida en silencio con un beso de victoria.
— Prometo volver. — Y me abordé a la aventura que seguramente alguna sorpresa curiosa saldría de esto.
Nunca antes había puesto un pie en un lugar así, ¿De qué tratarán realmente estos sitios?, ¿Qué maravillas se esconden tras sus puertas?, para mí, todo aquello resultaba casi ajeno, como si ese lugar perteneciera a un mundo un poco más adelantado que el que acostumbro a recorrer. Juegos colosales, estructuras imposibles de imaginar, destellos de colores que parecían capturar la alegría misma del verano. Mi mirada se vió fija en una parte del volante donde anunciaba la frase que todo esto era sin ningún costo para el visitante. —- ¿Transporte gratis hacia Cabos Gemelos? — Leí en voz baja, dejando que la curiosidad floreciera en mi pecho.
— Parece divertido. —- expresé con una tenue sonrisa, alzando la mirada nuevamente hacia el camino. El día en Baquella era cálido, aunque no de una forma que resultara insoportable, al menos para mí que he pasado toda mi vida aquí. Era un clima que extrañaba ciertamente, reconfortante un poco. La brisa tibia llegaba desde el mar, cargada de esa humedad salina que se mezclaba con el aroma verde de los manglares y la jungla que abrazaba el pueblo a su alrededor.
He aprendido, desde hace mucho, a no salir sin un sombrero sobre la cabeza… y claro, hoy no era la excepción. Vestía un vestido blanco sin mangas que caía de longitud hasta por encima de mis rodillas, era ligero y perfecto para las brisas del verano, mi calzado no era más que un par de botines marrones. En mi mano zurda descansaba el estuche de mi violín, Amphitrite, mi posesión más preciada, mientras que, cruzando mi espalda en diagonal, llevaba mi arco y mis flechas. Estaba preparada… o al menos tan preparada como podía estarlo alguien como yo, lista para una nueva aventura.
Aún así, una pequeña tristeza reposaba en mi pecho, apenas hacía unos días había regresado a las costas de mi hogar, y ahora, otra vez debía alejarme del nido. No podía quejarme, fue bueno compartir, aunque sea unos días, la convivencia con mi familia, mis hermanos y mi padre.
Me abrí paso por las calles que tan bien conocía. Los cimientos de paredes blancas se alzaban en formas y tamaños distintos, hermosos en su sencillez y humildad, mientras en los tejados anaranjados brillaban bajo el sol como lenguas de fuego serenas. Desde el mar, cualquier navío que cruzara el arrecife que custodiaba las costas podía reconocer al instante aquel resplandor cálido que anunciaba la llegada al pueblo. Las paredes, establecimientos, farolas, todo estaba cubierto de afiches y anuncios que proclamaban los eventos del nuevo parque temático. Y sin embargo, no había rastro de los carteles de búsqueda que días atrás habían sido anunciados en el periódico. Si soy honesta, apenas recuerdo el contenido de aquel diario. Los enunciados se me escapan como arena entre los dedos. Lo único que permanece nítido en mi memoria es la fotografía de Cill y yo.
Por fortuna aquello no parecía haber pertubado a los habitantes de Baterilla, todo quedó sepultados bajo el entusiasmo colectivo por el viaje hacia Cabos Gemelos, una emoción tan ruidosa que opacaba cualquier otra preocupación.
Me prometí seguir las indicaciones de Cill y encontrarlo en el puerto, procurando no llamar la atención de nigún Marine que estuviera de guardia. Aunque no hubiese carteles de búsqueda pegados en los muros, la prudencia nunca estaba demás. Por eso, aprovechando que conocía cada rincón de mi pueblo, elegí los caminos que me parecían seguros, y cada vez que divisaba a un hombre con el uniforme blanco de la marina, bajaba ligeramente el ala de mi sombrero, ocultando parte de mi mirada para evitar cualquier contacto visual. No era un gesto exagerado, apenas un movimiento sutil pero suficiente para pasar quizás desapercibida entre la gente que caminaba bajo el ferviente y sofocante sol.
Finalmente llegué a la zona del puerto y me pareció verlo más concurrido que en otros días. Una multitud se agolpaba sobre el muelle, tanta que por un instante me pregunté si la vieja estructura podría soportar tanto peso reunido en un mismo lugar. Aunque hace unos años logró soportar un abrasador incendio, y aún así, levantarse de nuevo. Intenté desplazarse entre la multitud con cuidado, procurando no chocar con nadie ni interrumpir su andar, avanzando con pasos medidos entre las personas, después de todo, en medio de tanta gente siempre existía el riesgo de tropezar, y yo nunca había sido precisamente la más hábil para evitarlo.
La mayoría de las personas, especies o seres, se aglomeraban en una zona en particular, donde un enorme ferry reposaba junto al muelle. De sus altas chimeneas escapaban suaves columnas de humo ascendente surcando los cielos despejados. Un gran logotipo, idéntico al que había visto en el folleto, adornaba el costado del navío, confirmando que se trataba del transporte con destino a Cabos Gemelos. A simple vista, parecía un barco sólido, seguro, construido para soportar el peso de tantos pasajeros y llevarlos sin problema a través del mar. Dirigí la mirada alrededor de la entrada del ferry, recorriendo los rostros entre la multitud con la esperanza de encontrar a Cill, con la suerte de abordar juntos el ferry.
Al tener la oportunidad, me acerqué a un señor de bigote largo que custodiaba el stand de entrada al navío, tomando datos de cada uno de los pasajeros — Muy buen día, mi nombre es Miyori Hoshino… —- expresé con una sonrisa suave y gentil. Seguramente el señor estaba cansado del constante ajetreo de listados y presentaciones, pero un gesto de cortesía siempre caía bien, ¿no? — Soy de aquí, Baquella, y soy completamente humana. — Finalicé mi presentación. Al recibir el ticket de viaje en mis manos, me dirigí hacia las escaleras que permiten el acceso al ferry, lista para embarcarme en la próxima aventura que me aguardaba.
Miré atrás un momento para contemplar una última vez aquellas hermosas casas blancas rodeadas de jungla, el volcán inactivo pero imponente, el faro reconocido por cualquier pescador de Baterilla, y sin duda alguna, el puerto que no solo me vio crecer, sino también me vio encaminarme hacia mis sueños de ser artista. Mi mano sujetó con fuerza la correa del estuche del violín, y con una sonrisa llena de esperanza y felicidad, sentí que Baquella me despedida en silencio con un beso de victoria.
— Prometo volver. — Y me abordé a la aventura que seguramente alguna sorpresa curiosa saldría de esto.
Info
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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