07-03-2026, 09:43 PM
Desde que llegamos a Baterilla los rumores no tardaron en llegar a mis oídos. En cada muelle, en cada taberna, en cada grupo de marineros borrachos que hablaban más de la cuenta se repetía el mismo nombre: el New Era Joy Park, No un lugar cualquiera, sino ese supuesto coloso convertido en parque de diversiones que descansaba en los Cabos Gemelos. Un lugar lleno de luces, juegos, música y gente riendo como si el mundo fuera algo simple. Escuché lo suficiente como para entender por qué atraía tanta atención. Carteles por toda la ciudad, historias exageradas contadas por quienes juraban haberlo visto, y ese aire de espectáculo barato que tanto fascina a la gente de la superficie, pero con toda honestidad, lo último que yo quería era volver a pisar un lugar lleno de multitudes. Las masas siempre me han incomodado, demasiadas voces, demasiados movimientos, demasiadas variables y después de todo lo que ha pasado lo que menos deseo es estar rodeado de desconocidos que ríen mientras yo sigo aprendiendo a vivir con algo que me falta.
Aun así, cuando los carteles comenzaron a aparecer y la conversación en el barco giró inevitablemente hacia ese lugar, Dharma tomó una decisión. Dijo que iríamos. No pregunté, no lo debatí, el simplemente lo dejó caer como una de esas determinaciones suyas que nadie discute demasiado y como de costumbre, yo no objeté nada. No porque me entusiasmara la idea, sino porque he aprendido que algunas decisiones del capitán se aceptan sin ruido. Además, en los últimos días apenas he salido de mi taller dentro del barco, así que discutir sobre planes externos parecía casi absurdo. Mi mundo se ha reducido a ese espacio de madera, herramientas y metal caliente donde paso las horas intentando resolver el único problema que realmente me importa ahora mismo, la pierna o más bien, la ausencia de ella.
He pasado jornadas enteras rodeado de piezas, engranajes, madera tratada y fragmentos de metal intentando encontrar una solución que no me convierta en una maldita carga para los demás, porque eso es lo que más odio de toda esta situación, no el maldito dolor, porque ese ya lo conozco, ni la cicatriz que quedó donde antes estaba mi rodilla. Lo que realmente me revuelve el estómago es la idea de depender, de moverme más lento, de tener que calcular cada paso mientras el resto sigue adelante. Así que me encerré en el taller con un objetivo claro, construir algo que me permita recuperar lo que perdí, aunque sea de otra forma. No ha sido fácil, cada diseño falla por una razón distinta. Demasiado rígido, demasiado pesado, demasiado inestable para alguien que pelea como yo. He maldecido más veces de las que puedo contar, he arrojado herramientas contra la pared y vuelto a empezar desde cero con la cabeza hirviendo de frustración, pero también hay momentos en los que siento que estoy cerca, que las piezas comienzan a encajar, que quizá pueda convertir esta maldita desventaja en algo distinto, algo que me devuelva movilidad, algo que me permita volver a luchar sin sentir que el equilibrio se me escapa bajo los pies.
Mientras afuera el mundo habla de juegos, luces y diversión en ese maldito parque flotante, yo sigo aquí abajo, entre el olor a metal y aceite, peleando con la única batalla que ahora mismo me importa, dejar de ser un hombre incompleto y volver a convertirme en alguien que pueda caminar hacia el peligro sin sentir que arrastra un lastre detrás, porque si voy a enfrentar lo que aún me espera en este mundo más vale que vuelva a ponerme de pie, de una forma u otra.
En medio de todo ese maldito estrés que me consume desde hace meses, entre el enojo constante y la sensación de que mi propio cuerpo se ha convertido en un obstáculo, encontré una pequeña distracción que al menos tenía algo de sentido. No era para mí. No esta vez. Era para alguien más del barco. Alguien que, por alguna razón que aún no termino de entender, seguía caminando por cubierta sin portar un arma como si el mundo fuera un lugar amable. Sanemi. Nuestro navegante, ese mismo que parece estar permanentemente molesto con todo lo que respira, como si llevara una tormenta en la cara incluso cuando el mar está en calma. Siempre me pareció extraño que un tipo con ese temperamento no tuviera algo en las manos para reventarle la mandíbula a quien se lo mereciera. Así que, entre planos fallidos de prótesis, piezas de metal descartadas y horas de frustración, me tomé el tiempo de fabricar algo simple, funcional y brutalmente directo, un par de puños americanos de acero reforzado, diseñados para que cada golpe se sintiera como el impacto de una roca lanzada con rabia, cuando por fin estuvieron listos, los observé un momento bajo la luz amarillenta del taller.
El metal tenía el peso adecuado, las curvas correctas para encajar en los nudillos sin incomodar, y el refuerzo frontal suficiente para partir dientes o huesos con la misma facilidad. No era una obra elegante, pero tampoco tenía que serlo, era un arma hecha para alguien que pelea con las manos, no con discursos. Los tomé, respiré hondo y luego agarré mi tridente, porque sin él ya ni siquiera puedo cruzar el maldito pasillo del barco sin sentir que voy a terminar en el suelo. Me puse de pie con esfuerzo, apoyándome primero en la mesa, luego en el arma, y finalmente en la pared, cada paso era un recordatorio de lo que perdí, cojeaba como un condenado, avanzando despacio, como si cada movimiento tuviera que ser negociado con mi propio cuerpo. A veces me sorprende lo rápido que uno puede pasar de ser un depredador a parecer un anciano.
Subí hacia la cubierta arrastrando ese orgullo que se niega a morir. El viento del mar me golpeó el rostro apenas crucé la escotilla, trayendo consigo el sonido de la tripulación y el crujido constante del barco, lo vi no muy lejos, haciendo lo que fuera que hacen los navegantes cuando no están gritando órdenes al cielo y lo llamé sin demasiada ceremonia. —Oye, muchacho. — Mi voz salió grave, un poco áspera, pero lo suficientemente clara para que volteara, caminé hasta uno de los barriles cercanos, apoyándome primero en el tridente y luego en la madera para no perder el equilibrio, y dejé el par de puños americanos sobre la superficie con un golpe seco de metal contra madera. —Toma. Hice esto para ti.— No me quedé esperando agradecimientos ni reacciones, ese tampoco era el punto. Giré el cuerpo con la misma torpeza de alguien que todavía no termina de acostumbrarse a vivir incompleto, apoyándome otra vez en el tridente para mantenerme en piey antes de alejarme del todo, lancé una última frase por encima del hombro, con esa mezcla de ironía amarga y mal humor que últimamente parece ser lo único que me sale con naturalidad.
—Te servirán para golpear maricas a donde sea que vayamos. — Después de eso volví a avanzar por la cubierta, medio caminando, medio arrastrando el paso, usando la pared del barco como apoyo mientras descendía nuevamente hacia las entrañas de madera donde está mi taller.
Aun así, cuando los carteles comenzaron a aparecer y la conversación en el barco giró inevitablemente hacia ese lugar, Dharma tomó una decisión. Dijo que iríamos. No pregunté, no lo debatí, el simplemente lo dejó caer como una de esas determinaciones suyas que nadie discute demasiado y como de costumbre, yo no objeté nada. No porque me entusiasmara la idea, sino porque he aprendido que algunas decisiones del capitán se aceptan sin ruido. Además, en los últimos días apenas he salido de mi taller dentro del barco, así que discutir sobre planes externos parecía casi absurdo. Mi mundo se ha reducido a ese espacio de madera, herramientas y metal caliente donde paso las horas intentando resolver el único problema que realmente me importa ahora mismo, la pierna o más bien, la ausencia de ella.
He pasado jornadas enteras rodeado de piezas, engranajes, madera tratada y fragmentos de metal intentando encontrar una solución que no me convierta en una maldita carga para los demás, porque eso es lo que más odio de toda esta situación, no el maldito dolor, porque ese ya lo conozco, ni la cicatriz que quedó donde antes estaba mi rodilla. Lo que realmente me revuelve el estómago es la idea de depender, de moverme más lento, de tener que calcular cada paso mientras el resto sigue adelante. Así que me encerré en el taller con un objetivo claro, construir algo que me permita recuperar lo que perdí, aunque sea de otra forma. No ha sido fácil, cada diseño falla por una razón distinta. Demasiado rígido, demasiado pesado, demasiado inestable para alguien que pelea como yo. He maldecido más veces de las que puedo contar, he arrojado herramientas contra la pared y vuelto a empezar desde cero con la cabeza hirviendo de frustración, pero también hay momentos en los que siento que estoy cerca, que las piezas comienzan a encajar, que quizá pueda convertir esta maldita desventaja en algo distinto, algo que me devuelva movilidad, algo que me permita volver a luchar sin sentir que el equilibrio se me escapa bajo los pies.
Mientras afuera el mundo habla de juegos, luces y diversión en ese maldito parque flotante, yo sigo aquí abajo, entre el olor a metal y aceite, peleando con la única batalla que ahora mismo me importa, dejar de ser un hombre incompleto y volver a convertirme en alguien que pueda caminar hacia el peligro sin sentir que arrastra un lastre detrás, porque si voy a enfrentar lo que aún me espera en este mundo más vale que vuelva a ponerme de pie, de una forma u otra.
En medio de todo ese maldito estrés que me consume desde hace meses, entre el enojo constante y la sensación de que mi propio cuerpo se ha convertido en un obstáculo, encontré una pequeña distracción que al menos tenía algo de sentido. No era para mí. No esta vez. Era para alguien más del barco. Alguien que, por alguna razón que aún no termino de entender, seguía caminando por cubierta sin portar un arma como si el mundo fuera un lugar amable. Sanemi. Nuestro navegante, ese mismo que parece estar permanentemente molesto con todo lo que respira, como si llevara una tormenta en la cara incluso cuando el mar está en calma. Siempre me pareció extraño que un tipo con ese temperamento no tuviera algo en las manos para reventarle la mandíbula a quien se lo mereciera. Así que, entre planos fallidos de prótesis, piezas de metal descartadas y horas de frustración, me tomé el tiempo de fabricar algo simple, funcional y brutalmente directo, un par de puños americanos de acero reforzado, diseñados para que cada golpe se sintiera como el impacto de una roca lanzada con rabia, cuando por fin estuvieron listos, los observé un momento bajo la luz amarillenta del taller.
El metal tenía el peso adecuado, las curvas correctas para encajar en los nudillos sin incomodar, y el refuerzo frontal suficiente para partir dientes o huesos con la misma facilidad. No era una obra elegante, pero tampoco tenía que serlo, era un arma hecha para alguien que pelea con las manos, no con discursos. Los tomé, respiré hondo y luego agarré mi tridente, porque sin él ya ni siquiera puedo cruzar el maldito pasillo del barco sin sentir que voy a terminar en el suelo. Me puse de pie con esfuerzo, apoyándome primero en la mesa, luego en el arma, y finalmente en la pared, cada paso era un recordatorio de lo que perdí, cojeaba como un condenado, avanzando despacio, como si cada movimiento tuviera que ser negociado con mi propio cuerpo. A veces me sorprende lo rápido que uno puede pasar de ser un depredador a parecer un anciano.
Subí hacia la cubierta arrastrando ese orgullo que se niega a morir. El viento del mar me golpeó el rostro apenas crucé la escotilla, trayendo consigo el sonido de la tripulación y el crujido constante del barco, lo vi no muy lejos, haciendo lo que fuera que hacen los navegantes cuando no están gritando órdenes al cielo y lo llamé sin demasiada ceremonia. —Oye, muchacho. — Mi voz salió grave, un poco áspera, pero lo suficientemente clara para que volteara, caminé hasta uno de los barriles cercanos, apoyándome primero en el tridente y luego en la madera para no perder el equilibrio, y dejé el par de puños americanos sobre la superficie con un golpe seco de metal contra madera. —Toma. Hice esto para ti.— No me quedé esperando agradecimientos ni reacciones, ese tampoco era el punto. Giré el cuerpo con la misma torpeza de alguien que todavía no termina de acostumbrarse a vivir incompleto, apoyándome otra vez en el tridente para mantenerme en piey antes de alejarme del todo, lancé una última frase por encima del hombro, con esa mezcla de ironía amarga y mal humor que últimamente parece ser lo único que me sale con naturalidad.
—Te servirán para golpear maricas a donde sea que vayamos. — Después de eso volví a avanzar por la cubierta, medio caminando, medio arrastrando el paso, usando la pared del barco como apoyo mientras descendía nuevamente hacia las entrañas de madera donde está mi taller.
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