07-03-2026, 11:10 PM
Pueblo Baquella, uno de los pequeños pueblo dentro de la isla, quizá el principal, aunque eso para el lunarian pasaba desapercibido. Había pasado ya demasiados días allí, tanto solo como acompañado, pero al final el advenir de los días era el mismo. Solitario, expectante, vigía. Quizá conseguiría descubrir la llegada de aquella figura que buscaba con casi ansia.
Si alguien debía buscar al moreno, en la mayoría de ocasiones solo tendría que buscar arriba. Mirar al cielo era la clave, pues si no sobrevolaba en círculos vigilante, se dedicaba a postrarse a descansar o simplemente a observar desde los puntos más altos que encontrase. El punto en el que se encontraba hoy no era para menos desapercibido, un emblemático faro teñido de los colores que el pueblo costero representaba. Aquel color pálido contrastaba enormemente con las vestimentas del albino, en su mayoría oscuras. Aquello lo convertiría automáticamente en un pozo de rayos solares. La temperatura ya de por si era alta en la zona, haciendo incluso temblar la vista en ocasiones, pero vestir negro era convertir en un horno andante, aunque valdría la pena.
Las vistas eran exóticas, el agua cristalina inundada de navíos que procedían de distintos puntos cardinales. A los pies del puerto, reposando, una marea viviente de personas que se agolpaban en las inmediaciones solo para enterarse y saber más de aquel espectáculo que se estaba desarrollando. ¿Un circo? ¿Un zoo? ¿Atracciones? No tenía realmente idea, tampoco llamaría su atención en exceso, pero lo que si sabía es que Cill iba a estar allí si en algún punto había llegado a Baterilla. Todo el mundo estaba ahí, o al menos, le valía con que una sola presencia lo estuviese.
Como un submarinista incursionando en el mar, el lunarian lo haría en el aire bajo si. Batió sus grandes alas negras en un instante para reposicionarse, para volver a conocer el abajo y arriba y dejar que la caliente brisa que lo acompañaba lo llevase con una inquietante calma hasta posar sus pies sobre el puerto. Estaba seguro de que sus movimientos atraerían miradas, y de eso se trataba. Su uniforme negro, su pelo enmarañado en unas rastas albinas y su arma al cinturón.
El espadachín replegó sus alas, adornando aquellas vestimentas oscuras con más oscuridad y escaneó la zona en un momento. No veía lo que le interesaba, pero si podía advertir el blanquiazul de los uniformes de las numerosas unidades de marines que había patrullando por la zona, así como se percató de la figura azul casi gigante que paseaba por el puerto. ¿Podría alguien así subirse siquiera a una atracción? Dudaba de tal inclusividad.
Revisó sus espaldas de forma ligera, todo estaba lleno de gente, distinguir algo era prácticamente imposible, el peligro inundaba por todas partes si alguien quería hacerle algo, así que omitiría su desconfianza por lo ajeno por, simplemente, no tener forma de controlarlo. Tomó aire.
Alek avanzó, decidido, un pie tras otro, la espalda erguida, el porte orgulloso, el mentón levantado. Una actitud casi fingida para acentuar su presencia. Llegó. Asintió.
Se acercó a aquel pequeño escritorio en medio de un mar de personas y se inscribió, con los datos más básicos. Los que conocía de si mismo. Alek, lunarian. Lo necesario. Esperaría un solo instante, varios segundos, pensativo, observador. Después subiría al ferry, cuando pudiese, debía partir.
¿Tendría la suerte de hallar lo que buscaba?
Si alguien debía buscar al moreno, en la mayoría de ocasiones solo tendría que buscar arriba. Mirar al cielo era la clave, pues si no sobrevolaba en círculos vigilante, se dedicaba a postrarse a descansar o simplemente a observar desde los puntos más altos que encontrase. El punto en el que se encontraba hoy no era para menos desapercibido, un emblemático faro teñido de los colores que el pueblo costero representaba. Aquel color pálido contrastaba enormemente con las vestimentas del albino, en su mayoría oscuras. Aquello lo convertiría automáticamente en un pozo de rayos solares. La temperatura ya de por si era alta en la zona, haciendo incluso temblar la vista en ocasiones, pero vestir negro era convertir en un horno andante, aunque valdría la pena.
Las vistas eran exóticas, el agua cristalina inundada de navíos que procedían de distintos puntos cardinales. A los pies del puerto, reposando, una marea viviente de personas que se agolpaban en las inmediaciones solo para enterarse y saber más de aquel espectáculo que se estaba desarrollando. ¿Un circo? ¿Un zoo? ¿Atracciones? No tenía realmente idea, tampoco llamaría su atención en exceso, pero lo que si sabía es que Cill iba a estar allí si en algún punto había llegado a Baterilla. Todo el mundo estaba ahí, o al menos, le valía con que una sola presencia lo estuviese.
Alek se levantó y se dejó caer.
Como un submarinista incursionando en el mar, el lunarian lo haría en el aire bajo si. Batió sus grandes alas negras en un instante para reposicionarse, para volver a conocer el abajo y arriba y dejar que la caliente brisa que lo acompañaba lo llevase con una inquietante calma hasta posar sus pies sobre el puerto. Estaba seguro de que sus movimientos atraerían miradas, y de eso se trataba. Su uniforme negro, su pelo enmarañado en unas rastas albinas y su arma al cinturón.
El espadachín replegó sus alas, adornando aquellas vestimentas oscuras con más oscuridad y escaneó la zona en un momento. No veía lo que le interesaba, pero si podía advertir el blanquiazul de los uniformes de las numerosas unidades de marines que había patrullando por la zona, así como se percató de la figura azul casi gigante que paseaba por el puerto. ¿Podría alguien así subirse siquiera a una atracción? Dudaba de tal inclusividad.
Revisó sus espaldas de forma ligera, todo estaba lleno de gente, distinguir algo era prácticamente imposible, el peligro inundaba por todas partes si alguien quería hacerle algo, así que omitiría su desconfianza por lo ajeno por, simplemente, no tener forma de controlarlo. Tomó aire.
Alek avanzó, decidido, un pie tras otro, la espalda erguida, el porte orgulloso, el mentón levantado. Una actitud casi fingida para acentuar su presencia. Llegó. Asintió.
Se acercó a aquel pequeño escritorio en medio de un mar de personas y se inscribió, con los datos más básicos. Los que conocía de si mismo. Alek, lunarian. Lo necesario. Esperaría un solo instante, varios segundos, pensativo, observador. Después subiría al ferry, cuando pudiese, debía partir.
¿Tendría la suerte de hallar lo que buscaba?
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