08-03-2026, 06:45 PM
La noche del treinta y nueve la pasé en la sala común de la Marina. Perdí la cuenta de la cantidad de periódicos, panfletos, notas y archivos de Buscados que acumulé en la mesita supletoria junto al sillón. No podía dormir. Los nervios me mordían el estómago. Café en mano, deslicé la página. A la mañana siguiente partíamos de misión y yo había pasado los últimos días convaleciente por las fiebres. Por eso, trataba de recabar toda la información posible.
—¡St. George, tienes que contarme todo lo que puedas sobre ese nuevo parque!
Alcé la vista del periódico que estudiaba con detenimiento. La perenne sonrisa de John me recibió. Ataviado con el pijama de ositos sus rasgos redondos lucían aún más aniñados.
—¿No te han asignado para ir?
El muchacho agachó la cabeza en una negativa cargada de resignación.
—Era de esperar… —se le apagó la mirada.
Sí, era de esperar. John apenas llevaba un año como miembro de la Marina y con tan solo dieciocho años, le quedaba mucho por aprender. Dejé la tacita humeante junto a los papeles.
—Aquí también te necesitarán. —Me incorporé solo para despeinarle el cabello—. Nunca se descarta la posibilidad de que todo esto no sea más que una estrategia para dejar Baterilla desprotegida. Mantén la guardia alta.
Aquella debió ser la primera vez que no fingí sentir afecto hacia él. El encuentro con Hae-won todavía me ardía bajo la piel, grabado su perfume, y tuve la sensación de que había derribado algo en mí más grande de lo que alcanzaba a imaginar. Por eso, cuando vi a John recuperar la sonrisa, me alegré genuinamente por él.
El muchacho asintió con ganas, cuadrando los hombros.
—¡Sí, señor!
Se me escapó una carcajada.
—John, que no soy más que un soldado raso.
—Lo sé.
Él no perdió la sonrisa. A mí se me contagió esa sensación abrumadora de familiaridad. Por una vez, no me importó tanto que siempre me hubiera visto como a un hermano mayor.
Nos fuimos a dormir poco después.
Esa noche, pese al vértigo que me provocaba la misión, no hubieron pesadillas. Desperté con la mano aferrada a la llave de mi collar, consciente de que la representaba a ella.
La mañana del día cuarenta fue tan precipitada como era de esperar. Botas llenando a la carrera los pasillos, armas que se cargaban, el cierre de las cremalleras de un sinfín de bolsas de viaje listas para partir. Había aprendido a identificar aquel ajetreo como el característico anuncio de una guerra, incluso cuando esta se presentaba disfrazada de atracciones y diversión.
—Porque un Marine nunca se representa solo a sí mismo, representa la justicia, y la justicia no va en pelotas ni en camiseta.
«Porque un Marine sabe cuándo sale, pero nunca si regresará» pensé, con la espalda erguida y un puñal invisible entre las costillas.
La marea de uniforme nos unificaba a todos. Busqué al resto de mi División en cuanto las instrucciones finalizaron, para dirigirnos juntos al Tempestad.
—¿Emocionada? —le pregunté a Nyra. Sin saber, con exactitud, con cuál de sus facetas me encontraría.
Las calles, tal y como era de esperar, se habían llenado de risas, cánticos y alegría. El ferry de los sueños, como algunos lo habían bautizado, se erigía en la costa de Pueblo Baquela eclipsando todo con su presencia. Admito que incluso a mí logró robarme el aliento. Habría deseado ser un ciudadano más para no pensar en la amenaza que nuestros comandantes parecían creer que representaba.
Dirigí un vistazo a mis compañeros. Al contrario que muchos de los Marines que dejaban familia o amigos en tierra, lo único que yo tenía para perder viajaría conmigo en el Tempestad. Me juré a mí mismo que en esta ocasión no habría más alfombras tejidas en sangre. Por esa razón, permanecí alerta a todo lo que nos rodeaba.
—Hey, 'capitán'...
Un Marine albino, al que juraba no haber visto en la vida, se acercó a Kael. Todo en él me resultó excéntrico.
—Con gusto cederé el puesto a aquel que demuestre que merece liderar esta división por encima de mí. Hasta entonces, Shin…
«Ah, debe ser el miembro que me faltaba por conocer».
Entre viajes y fiebres, no habíamos tenido la ocasión de coincidir. Su energía desbordante se asemejaba a la de Nyra.
—St. George —saludé con una sonrisa suave—. Un placer conocerte. Soy el nuevo navegante de la división.
Tras esa breve presentación, volví a prestar atención al entorno. Sabía que, muy en el fondo, buscaba a Pulmones Negros entre la multitud. Después de todo, no me habría extrañado que —de conocer sobre el evento y estar cerca— lo hubiera intentado aprovechar para ofrecer a sus chicos a modo de entretenimiento para cierto tipo de clientela. Tampoco me habría sorprendido si aprovechaba la oportunidad para adquirir nuevos esclavos.
No lo vi a él, pero sí a una llamativa mole de un característico azul que, por un breve instante, tuve la sensación de que miraba en nuestra dirección. Me recorrió un escalofrío. Lo había visto la noche anterior entre los carteles de recompensas. Tan pronto como Kazan (o quién parecía serlo) desvió la mirada de nuestro grupo, yo recuperé el aliento. Justo al mismo tiempo que el hedor a tabaco me golpeaba.
Giré la vista en esa dirección.
—¡EH, SHINCHAN!
—¡Kaeelll! Te lo dije, el destino nos volvería a unir.
El que fumaba como un maldito carretero parecía ser otro Marine, probablemente tan excéntrico como mi recién conocido compañero. Viajaba a lomos de una tortuga que, ni en el mejor de los casos, habría identificado como Marine de no ser por la gorra con nuestra insignia.
—Debería ir preparando el barco para zarpar —susurré, inclinado hacia el oído de Hae-won, mientras mis compañeros saludaban a la División ochenta—. Dile al capitán que al ferry ha embarcado Kazan y, creo, que nos ha echado un ojo.
Embarcar al Tempestad no era más que una excusa para alejarme de ese humo que me enervaba la piel. Igual que al inclinarme sobre Hae-won solo pretendía buscar ese aroma a vainilla tan familiar. Estaba dispuesto a darme la vuelta para cruzar la pasarela, cuando otra voz se alzó por encima del ya existente jolgorio.
—¡A ver, tesoros de la setenta y cinco, no me digan que voy a tener que enseñarles cómo se siente el verdadero espíritu del verano porque estas chaca-chaca vibes no me las van a ignorar!
Cantaba alguien que, supuse, pertenecía también a la División ochenta. Apenas tuve tiempo de ver de quién se trataba.
—Oye Milkichi, tengo esto para ti…
«¿Milkichi?»
—No creo que…
—...esas son dos cajas de municiones para el tirador de tu división.
«… sean para mí» iba a añadir, pero la mujer pelirroja se adelantó de nuevo. Desvié la vista desde su rostro hacia el paquete que me ofrecía, rascándome el lunar..
—Dimitri St. George, un placer —saludé con una sonrisa educada, mientras aceptaba las cajas—. Soy el tirador, sí. Gracias por tomar el tiempo de traerlas.
La risita en la comisura de mis labios, por aquel curioso apodo, resultaba más que evidente. Si en otra ocasión hubiera podido molestarme, aquel día tenía la fortuna de hallarme de buen humor, así que no tuve que esforzarme demasiado en simular la cordialidad. Cubierto de ese buen humor, volví a centrar mi atención en la birkaniana de la ochenta:
—¡Esa es la actitud! —exclamé con una amplia sonrisa—. ¡Cuando terminemos con esto, recuérdame que organicemos una buena fiesta!
El corazón no había dejado de martillearme, pero preferí que me arrullara ese ambiente distendido. Guardé la nueva munición en la mochila, junto a la brújula y el resto de equipaje, le despeiné el cabello a Hae-won y crucé la pasarela rumbo al timón.
—¡St. George, tienes que contarme todo lo que puedas sobre ese nuevo parque!
Alcé la vista del periódico que estudiaba con detenimiento. La perenne sonrisa de John me recibió. Ataviado con el pijama de ositos sus rasgos redondos lucían aún más aniñados.
—¿No te han asignado para ir?
El muchacho agachó la cabeza en una negativa cargada de resignación.
—Era de esperar… —se le apagó la mirada.
Sí, era de esperar. John apenas llevaba un año como miembro de la Marina y con tan solo dieciocho años, le quedaba mucho por aprender. Dejé la tacita humeante junto a los papeles.
—Aquí también te necesitarán. —Me incorporé solo para despeinarle el cabello—. Nunca se descarta la posibilidad de que todo esto no sea más que una estrategia para dejar Baterilla desprotegida. Mantén la guardia alta.
Aquella debió ser la primera vez que no fingí sentir afecto hacia él. El encuentro con Hae-won todavía me ardía bajo la piel, grabado su perfume, y tuve la sensación de que había derribado algo en mí más grande de lo que alcanzaba a imaginar. Por eso, cuando vi a John recuperar la sonrisa, me alegré genuinamente por él.
El muchacho asintió con ganas, cuadrando los hombros.
—¡Sí, señor!
Se me escapó una carcajada.
—John, que no soy más que un soldado raso.
—Lo sé.
Él no perdió la sonrisa. A mí se me contagió esa sensación abrumadora de familiaridad. Por una vez, no me importó tanto que siempre me hubiera visto como a un hermano mayor.
Nos fuimos a dormir poco después.
Esa noche, pese al vértigo que me provocaba la misión, no hubieron pesadillas. Desperté con la mano aferrada a la llave de mi collar, consciente de que la representaba a ella.
La mañana del día cuarenta fue tan precipitada como era de esperar. Botas llenando a la carrera los pasillos, armas que se cargaban, el cierre de las cremalleras de un sinfín de bolsas de viaje listas para partir. Había aprendido a identificar aquel ajetreo como el característico anuncio de una guerra, incluso cuando esta se presentaba disfrazada de atracciones y diversión.
—Porque un Marine nunca se representa solo a sí mismo, representa la justicia, y la justicia no va en pelotas ni en camiseta.
«Porque un Marine sabe cuándo sale, pero nunca si regresará» pensé, con la espalda erguida y un puñal invisible entre las costillas.
La marea de uniforme nos unificaba a todos. Busqué al resto de mi División en cuanto las instrucciones finalizaron, para dirigirnos juntos al Tempestad.
—¿Emocionada? —le pregunté a Nyra. Sin saber, con exactitud, con cuál de sus facetas me encontraría.
Las calles, tal y como era de esperar, se habían llenado de risas, cánticos y alegría. El ferry de los sueños, como algunos lo habían bautizado, se erigía en la costa de Pueblo Baquela eclipsando todo con su presencia. Admito que incluso a mí logró robarme el aliento. Habría deseado ser un ciudadano más para no pensar en la amenaza que nuestros comandantes parecían creer que representaba.
Dirigí un vistazo a mis compañeros. Al contrario que muchos de los Marines que dejaban familia o amigos en tierra, lo único que yo tenía para perder viajaría conmigo en el Tempestad. Me juré a mí mismo que en esta ocasión no habría más alfombras tejidas en sangre. Por esa razón, permanecí alerta a todo lo que nos rodeaba.
—Hey, 'capitán'...
Un Marine albino, al que juraba no haber visto en la vida, se acercó a Kael. Todo en él me resultó excéntrico.
—Con gusto cederé el puesto a aquel que demuestre que merece liderar esta división por encima de mí. Hasta entonces, Shin…
«Ah, debe ser el miembro que me faltaba por conocer».
Entre viajes y fiebres, no habíamos tenido la ocasión de coincidir. Su energía desbordante se asemejaba a la de Nyra.
—St. George —saludé con una sonrisa suave—. Un placer conocerte. Soy el nuevo navegante de la división.
Tras esa breve presentación, volví a prestar atención al entorno. Sabía que, muy en el fondo, buscaba a Pulmones Negros entre la multitud. Después de todo, no me habría extrañado que —de conocer sobre el evento y estar cerca— lo hubiera intentado aprovechar para ofrecer a sus chicos a modo de entretenimiento para cierto tipo de clientela. Tampoco me habría sorprendido si aprovechaba la oportunidad para adquirir nuevos esclavos.
No lo vi a él, pero sí a una llamativa mole de un característico azul que, por un breve instante, tuve la sensación de que miraba en nuestra dirección. Me recorrió un escalofrío. Lo había visto la noche anterior entre los carteles de recompensas. Tan pronto como Kazan (o quién parecía serlo) desvió la mirada de nuestro grupo, yo recuperé el aliento. Justo al mismo tiempo que el hedor a tabaco me golpeaba.
Giré la vista en esa dirección.
—¡EH, SHINCHAN!
—¡Kaeelll! Te lo dije, el destino nos volvería a unir.
El que fumaba como un maldito carretero parecía ser otro Marine, probablemente tan excéntrico como mi recién conocido compañero. Viajaba a lomos de una tortuga que, ni en el mejor de los casos, habría identificado como Marine de no ser por la gorra con nuestra insignia.
—Debería ir preparando el barco para zarpar —susurré, inclinado hacia el oído de Hae-won, mientras mis compañeros saludaban a la División ochenta—. Dile al capitán que al ferry ha embarcado Kazan y, creo, que nos ha echado un ojo.
Embarcar al Tempestad no era más que una excusa para alejarme de ese humo que me enervaba la piel. Igual que al inclinarme sobre Hae-won solo pretendía buscar ese aroma a vainilla tan familiar. Estaba dispuesto a darme la vuelta para cruzar la pasarela, cuando otra voz se alzó por encima del ya existente jolgorio.
—¡A ver, tesoros de la setenta y cinco, no me digan que voy a tener que enseñarles cómo se siente el verdadero espíritu del verano porque estas chaca-chaca vibes no me las van a ignorar!
Cantaba alguien que, supuse, pertenecía también a la División ochenta. Apenas tuve tiempo de ver de quién se trataba.
—Oye Milkichi, tengo esto para ti…
«¿Milkichi?»
—No creo que…
—...esas son dos cajas de municiones para el tirador de tu división.
«… sean para mí» iba a añadir, pero la mujer pelirroja se adelantó de nuevo. Desvié la vista desde su rostro hacia el paquete que me ofrecía, rascándome el lunar..
—Dimitri St. George, un placer —saludé con una sonrisa educada, mientras aceptaba las cajas—. Soy el tirador, sí. Gracias por tomar el tiempo de traerlas.
La risita en la comisura de mis labios, por aquel curioso apodo, resultaba más que evidente. Si en otra ocasión hubiera podido molestarme, aquel día tenía la fortuna de hallarme de buen humor, así que no tuve que esforzarme demasiado en simular la cordialidad. Cubierto de ese buen humor, volví a centrar mi atención en la birkaniana de la ochenta:
—¡Esa es la actitud! —exclamé con una amplia sonrisa—. ¡Cuando terminemos con esto, recuérdame que organicemos una buena fiesta!
El corazón no había dejado de martillearme, pero preferí que me arrullara ese ambiente distendido. Guardé la nueva munición en la mochila, junto a la brújula y el resto de equipaje, le despeiné el cabello a Hae-won y crucé la pasarela rumbo al timón.
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