08-03-2026, 09:14 PM
Cuando abrí la ventana de la habitación en El Ancla Vieja esa mañana, el aire entró con esa densidad tibia que hace que hasta las cortinas parezcan cansadas.
Me quedé un rato apoyada en el marco.
Mirando.
Las calles blancas de Baquella todavía estaban tranquilas a esa hora. Algunas puertas abiertas, algún comerciante levantando una persiana, el brillo del sol recién empezando a escalar por los tejados rojizos. Desde que llegué el día veinte venía repitiendo ese pequeño ritual: abrir la ventana, observar el pueblo, medir el pulso del lugar.
Pensar.
Pensar, sobre todo.
Al principio el clima me resultó insoportable. La humedad pegándose a la piel, el aire ondulando sobre las piedras del camino como si el mundo entero estuviera respirando lento. Pero después entendí algo que uno aprende viajando: cada isla tiene su propio ritmo, su propia respiración.
Y si uno pretende sobrevivir… lo mejor es escuchar.
Las vueltas de la vida.
En Samba creía conocer el tablero. Creía entender cómo se movían las piezas. Pero bastaron unos días en Baterilla para que el mapa empezara a deformarse.
Uno cree conocer a la gente.
Hasta que empieza a ver sus caras impresas en los periódicos.
Durante esos días releí más de una vez los diarios que circulaban por el pueblo, aunque ya lo había hecho a conciencia cuando viajé hasta aquí, como si fueran simples avisos comerciales.
Y había descubierto más nombres que me resultaban demasiado familiares para estar ahora acompañados por cifras en berries.
El mundo funciona como una marea: hoy alguien es apenas un rostro entre la multitud y mañana su nombre pesa lo suficiente como para comprar una pequeña fortuna.
Eso cambia la manera en que una observa a la gente.
Y yo… bueno.
Yo tenía otros planes.
No quería seguir siendo simplemente una viajera con buen ojo para las joyas. Quería algo más sólido. Algo que perdurara.
Una empresaria.
Alguien que negocia, que crea redes, que sabe cuándo hablar y cuándo limitarse a escuchar desde la sombra. Alianzas, oportunidades, contactos. Cosas que no sobreviven si una empieza a mezclarse con cualquiera sin medir las consecuencias.
Por eso los días en Baterilla no habían sido sólo descanso.
Habían sido observación.
Escucha.
Cotilleo estratégico en mercados, muelles y tabernas.
Había notado el movimiento creciente de la Marina desde bastante antes de esa mañana. Uniformes nuevos apareciendo entre los habituales, barcos que llegaban con más frecuencia, patrullas que parecían multiplicarse en las calles más transitadas.
Preparativos discretos.
No tan discretos si una sabía mirar.
También escuché hablar del ferry.
El transporte oficial que el ahora por fin revelado New Era Joy Park había dispuesto para quienes quisieran viajar hacia los Cabos Gemelos sin disponer de su propio navío.
El parque mismo sonaba como una exageración empresarial. Norias gigantes, montañas rusas, decoraciones de monstruos marinos, espectáculos.
Un proyecto tan ambicioso que bordeaba lo absurdo.
Y justamente por eso me interesaba.
Nadie invierte semejante cantidad de recursos si no espera algo enorme a cambio.
Así que decidí que ese sería mi camino hacia la siguiente etapa del viaje.
Pero antes de partir había que ordenar la vida en miniatura que uno carga consigo.
Me alejé de la ventana y abrí el baúl sobre la cama.
Las joyas brillaron bajo la luz de la mañana.
Menos que antes, claro.
Durante esos días había vendido muchas piezas. Algunas en buenos negocios, otras cambiadas en trueques por cosas más sensatas para un viaje largo: mapas, herramientas, provisiones que resistieran el calor húmedo del mar.
Reducir el peso de un tesoro nunca es fácil.
Pero un buen negocio empieza con saber qué conservar.
Mis dedos encontraron la única pieza que jamás había considerado vender.
El regalo de Kibai.
La tomé entre las manos un momento. La superficie fría contra la piel. El recuerdo cálido detrás.
Hay regalos que pesan más que el oro.
— Ni loca te negocio — murmuré antes de guardarla con cuidado en el fondo del cofre.
Cerré el baúl con un golpe suave.
Después atendí al segundo ocupante de la habitación.
El pequeño den den mushi.
Dormitaba sobre la mesita, su concha reflejando la luz con un brillo apagado. Lo había conseguido en Samba y, curiosamente, todavía no lo había usado para hablar con nadie.
Le dejé su comida con paciencia.
El caracol masticó con esa parsimonia que sólo tienen las criaturas marinas.
— Tranquilo — le dije — Ya vamos a tener conversaciones interesantes.
Quizás demasiadas.
Luego vino el momento verdaderamente complicado.
Elegir qué ponerme.
Sí, puede sonar superficial. Pero la ropa es lenguaje, y yo siempre preferí que el mío fuese imposible de ignorar.
Revisé varias combinaciones antes de decidirme.
Cuando finalmente me miré en el espejo, sonreí.
El vestido mini de látex rosa metálico abrazaba el cuerpo como una segunda piel. El escote profundo y las aberturas laterales unidas por tiras cruzadas dejaban lo justo a la imaginación… y lo justo a la provocación.
Las mangas de red cubrían mis antebrazos hasta las manos.
Las sandalias de plataforma rosadas, con sus cordones plateados entrelazados como gladiadores modernos, elevaban mi altura y mi humor.
Después vinieron las joyas.
La tiara con la gema rosada en la frente.
El choker del que colgaba un gran cristal plateado.
La liga de cadenas en el muslo izquierdo.
Aros grandes.
Brazaletes múltiples.
Todo plateado.
Todo brillante.
Todo deliberadamente excesivo.
Mi cabello blanco platino quedó recogido en una coleta alta y voluminosa. Algunos mechones ondulados cayeron a los lados del rostro, suavizando el conjunto con una elegancia casi teatral.
Me admiré de costado.
Pagué mi estadía en la recepción después de comer algo ligero. El dueño del hotel me deseó buen viaje con esa mezcla curiosa de cortesía y alivio que aparece cuando un huésped demasiado llamativo finalmente se marcha.
Salí a la calle arrastrando la valija nueva.
Las rueditas fueron una inversión brillante.
Antes de avanzar hacia el puerto levanté la vista.
Siempre lo hago.
Primero al cielo.
Después al mar.
El faro blanco de Baterilla se alzaba contra el sol como una lanza luminosa visible desde casi cualquier rincón del pueblo.
Y entonces lo vi.
Una figura descendiendo desde lo alto.
Alas negras abiertas contra el cielo.
Sonreí.
— Alek…
Era difícil confundir esa forma de moverse. Volar así no era simplemente desplazarse: era hacer una entrada.
Majestuosa.
Casi provocadora.
Negué con la cabeza, divertida.
— Hay gente que no entiende la palabra perfil bajo.
Aunque, siendo honesta, yo tampoco soy exactamente una experta en pasar desapercibida.
Continué caminando hacia el puerto.
El aire salado se mezclaba con el calor pesado de la isla. Barcos cruzaban el horizonte como piezas de ajedrez moviéndose con lentitud.
Y entonces noté algo más.
Los Marines.
Muchos más que en días anteriores.
Durante mi estancia había visto patrullas aquí y allá, pero ahora parecían multiplicarse. Algunos subían a embarcaciones cercanas al ferry. Otros patrullaban con den den mushi en mano.
Custodia.
Seguridad.
O vigilancia.
Probablemente las tres cosas.
No voy a negar que eso me tranquilizó un poco. Si el Gobierno Mundial estaba mirando de cerca el asunto del parque, significaba que el proyecto realmente tenía peso.
Y si tenía peso… entonces también tenía oportunidades.
Cuando finalmente me acerqué a la zona del embarque, la fila ya se extendía varios metros sobre el muelle. Gente de toda clase: aventureros, comerciantes, curiosos, algún que otro viajero con cara de no tener muy claro dónde se estaba metiendo.
Me acomodé detrás de un grupo de turistas particularmente entusiasmados con los folletos del parque.
Fue entonces cuando escuché su voz.
Giré la cabeza, alzando apenas la mirada… y lo reconocí enseguida.
Las alas negras, el porte inconfundible, esa mezcla entre curiosidad y entusiasmo que siempre parecía acompañarlo.
— Mirá vos… — dejé escapar una sonrisa genuina — Heras.
Hacía tiempito que no lo veía. El mundo es grande, pero a veces tiene estas coincidencias extrañas que parecen guiños del destino.
Lo observé unos segundos mientras hablaba.
Seguía teniendo ese aire honesto que lo hacía parecer incapaz de ocultar lo que pensaba.
Cuando me dijo que me veía impresionante, alcé apenas una ceja con una media sonrisa divertida.
— ¿Impresionante? — ladeé la cabeza — Acepto el cumplido.
Hice un pequeño gesto con la mano indicando el conjunto desde la cabeza, acomodando mi tiara en el proceso mientras las pulseras tintineaban y jalando el látex desde el busto que soltó un curioso sonido a latigazo.
— La ocasión lo amerita. Si vamos a meternos en el Grand Line prefiero hacerlo con cierta… presencia.
Cuando mencionó el parque asentí con naturalidad.
— Sí. Justamente voy para allá.
Miré el ferry, enorme, humeando con esa calma industrial que tienen los barcos grandes antes de partir.
— Nunca crucé los Cabos Gemelos tampoco. Así que supongo que hoy es tan buen día como cualquier otro para empezar a cambiar de océano.
Cuando se movió para hacerme espacio en la fila, me acomodé a su lado con la valija rodando detrás de mí.
— Gracias — le dije con una inclinación leve de la cabeza.
La fila avanzaba lentamente.
Algunas personas hojeaban folletos. Otros discutían sobre las atracciones del parque como si ya estuvieran dentro.
Heras agarró un periódico y mencionó la presencia de la Marina.
Seguí su mirada hacia el muelle.
— Sí — respondí con calma — Lo noté estos días.
Crucé los brazos suavemente mientras observaba cómo un grupo de marines muy alegremente subía a una de las embarcaciones cercanas.
— Puede ser simple seguridad… o simple curiosidad del Gobierno. Un parque así, justo en la puerta del Grand Line, no pasa desapercibido, es todo un tema.
Volví la mirada hacia él.
— Pero tampoco me sorprendería que haya algo más detrás. Cuando se mueve tanto dinero… siempre hay intereses cruzados.
Encogí ligeramente los hombros.
La fila siguió avanzando hasta el pequeño puesto donde el hombre del bigote tomaba nota de los pasajeros. Cuando llegó nuestro turno Heras me cedió el lugar.
Lo miré con una pequeña sonrisa de agradecimiento.
— Caballeroso — comenté.
Me incliné ligeramente hacia el hombre del registro.
— Asherah Bel-Nadin — no me encanta usar el nombre completo, pero a veces la discreción tiene que ceder ante la logística. — Oriunda de Sorbet. Lunarian.
El hombre anotó sin levantar demasiado la mirada.
Me hice a un lado para que Heras diera sus datos.
Mientras lo escuchaba titubear sobre su raza, ladeé apenas la cabeza.
Cuando pronunció mi nombre para llamar mi atención, lo miré con curiosidad.
Su pregunta me sacó una pequeña risa.
— Lunarian — respondí con naturalidad, desplegando apenas las alas negras detrás de mi espalda para que el gesto fuera evidente — Una raza bastante rara… según parece.
Luego miré al hombre del bigote.
— Si él quiere poner lo mismo, no me parece mal. Al menos comparte el detalle más evidente.
El hombre anotó algo en la lista con un gruñido burocrático que parecía significar "me da exactamente igual".
Después de eso la fila siguió avanzando hacia la pasarela.
Comenzamos a caminar con el flujo de personas.
Fue entonces cuando Heras mencionó su sueño de tener un barco propio.
Lo miré de reojo, divertida.
— ¿Un barco propio, eh?
La idea no me resultaba ajena.
Rodé la valija con suavidad mientras caminábamos.
— No es un mal objetivo. Tener un barco significa elegir tu propio rumbo.
Hice una pausa breve.
— Y también significa tener un montón de problemas nuevos.
Después lo miré con una sonrisa apenas inclinada.
— Pero si algún día lo conseguís… espero que tenga una bodega decente.
Señalé mi pequeño baúl.
— Porque yo viajo con mercancía.
La pasarela del ferry estaba cada vez más cerca. El metal resonaba bajo los pasos de los pasajeros que ya estaban subiendo.
Las letras doradas del New Era Joy Park brillaban sobre el casco como una promesa exagerada.
Mientras avanzábamos, algo llamó mi atención hacia una de las rampas laterales.
Una sombra.
Levanté la vista.
Un ser azul gigantesco estaba subiendo al ferry.
Diez metros de altura, fácilmente.
Parpadeé.
— Opa… — murmuré con una pequeña risa — eso sí que no lo veía venir.
Señalé discretamente hacia la figura colosal.
— Creo que ese tipo va a necesitar una habitación entera para él solo, es todo un tema.
Después volví la mirada hacia Heras mientras dábamos los últimos pasos hacia la cubierta.
El ferry crujía suavemente bajo el peso de los pasajeros y el vapor salía de las chimeneas con un ritmo constante.
El viaje estaba a punto de empezar.
Y algo me decía que cruzar los Cabos Gemelos no iba a ser simplemente cambiar de mar.
Iba a ser cambiar de historia.
Me quedé un rato apoyada en el marco.
Mirando.
Las calles blancas de Baquella todavía estaban tranquilas a esa hora. Algunas puertas abiertas, algún comerciante levantando una persiana, el brillo del sol recién empezando a escalar por los tejados rojizos. Desde que llegué el día veinte venía repitiendo ese pequeño ritual: abrir la ventana, observar el pueblo, medir el pulso del lugar.
Pensar.
Pensar, sobre todo.
Al principio el clima me resultó insoportable. La humedad pegándose a la piel, el aire ondulando sobre las piedras del camino como si el mundo entero estuviera respirando lento. Pero después entendí algo que uno aprende viajando: cada isla tiene su propio ritmo, su propia respiración.
Y si uno pretende sobrevivir… lo mejor es escuchar.
Las vueltas de la vida.
En Samba creía conocer el tablero. Creía entender cómo se movían las piezas. Pero bastaron unos días en Baterilla para que el mapa empezara a deformarse.
Uno cree conocer a la gente.
Hasta que empieza a ver sus caras impresas en los periódicos.
Durante esos días releí más de una vez los diarios que circulaban por el pueblo, aunque ya lo había hecho a conciencia cuando viajé hasta aquí, como si fueran simples avisos comerciales.
Y había descubierto más nombres que me resultaban demasiado familiares para estar ahora acompañados por cifras en berries.
El mundo funciona como una marea: hoy alguien es apenas un rostro entre la multitud y mañana su nombre pesa lo suficiente como para comprar una pequeña fortuna.
Eso cambia la manera en que una observa a la gente.
Y yo… bueno.
Yo tenía otros planes.
No quería seguir siendo simplemente una viajera con buen ojo para las joyas. Quería algo más sólido. Algo que perdurara.
Una empresaria.
Alguien que negocia, que crea redes, que sabe cuándo hablar y cuándo limitarse a escuchar desde la sombra. Alianzas, oportunidades, contactos. Cosas que no sobreviven si una empieza a mezclarse con cualquiera sin medir las consecuencias.
Por eso los días en Baterilla no habían sido sólo descanso.
Habían sido observación.
Escucha.
Cotilleo estratégico en mercados, muelles y tabernas.
Había notado el movimiento creciente de la Marina desde bastante antes de esa mañana. Uniformes nuevos apareciendo entre los habituales, barcos que llegaban con más frecuencia, patrullas que parecían multiplicarse en las calles más transitadas.
Preparativos discretos.
No tan discretos si una sabía mirar.
También escuché hablar del ferry.
El transporte oficial que el ahora por fin revelado New Era Joy Park había dispuesto para quienes quisieran viajar hacia los Cabos Gemelos sin disponer de su propio navío.
El parque mismo sonaba como una exageración empresarial. Norias gigantes, montañas rusas, decoraciones de monstruos marinos, espectáculos.
Un proyecto tan ambicioso que bordeaba lo absurdo.
Y justamente por eso me interesaba.
Nadie invierte semejante cantidad de recursos si no espera algo enorme a cambio.
Así que decidí que ese sería mi camino hacia la siguiente etapa del viaje.
Pero antes de partir había que ordenar la vida en miniatura que uno carga consigo.
Me alejé de la ventana y abrí el baúl sobre la cama.
Las joyas brillaron bajo la luz de la mañana.
Menos que antes, claro.
Durante esos días había vendido muchas piezas. Algunas en buenos negocios, otras cambiadas en trueques por cosas más sensatas para un viaje largo: mapas, herramientas, provisiones que resistieran el calor húmedo del mar.
Reducir el peso de un tesoro nunca es fácil.
Pero un buen negocio empieza con saber qué conservar.
Mis dedos encontraron la única pieza que jamás había considerado vender.
El regalo de Kibai.
La tomé entre las manos un momento. La superficie fría contra la piel. El recuerdo cálido detrás.
Hay regalos que pesan más que el oro.
— Ni loca te negocio — murmuré antes de guardarla con cuidado en el fondo del cofre.
Cerré el baúl con un golpe suave.
Después atendí al segundo ocupante de la habitación.
El pequeño den den mushi.
Dormitaba sobre la mesita, su concha reflejando la luz con un brillo apagado. Lo había conseguido en Samba y, curiosamente, todavía no lo había usado para hablar con nadie.
Le dejé su comida con paciencia.
El caracol masticó con esa parsimonia que sólo tienen las criaturas marinas.
— Tranquilo — le dije — Ya vamos a tener conversaciones interesantes.
Quizás demasiadas.
Luego vino el momento verdaderamente complicado.
Elegir qué ponerme.
Sí, puede sonar superficial. Pero la ropa es lenguaje, y yo siempre preferí que el mío fuese imposible de ignorar.
Revisé varias combinaciones antes de decidirme.
Cuando finalmente me miré en el espejo, sonreí.
El vestido mini de látex rosa metálico abrazaba el cuerpo como una segunda piel. El escote profundo y las aberturas laterales unidas por tiras cruzadas dejaban lo justo a la imaginación… y lo justo a la provocación.
Las mangas de red cubrían mis antebrazos hasta las manos.
Las sandalias de plataforma rosadas, con sus cordones plateados entrelazados como gladiadores modernos, elevaban mi altura y mi humor.
Después vinieron las joyas.
La tiara con la gema rosada en la frente.
El choker del que colgaba un gran cristal plateado.
La liga de cadenas en el muslo izquierdo.
Aros grandes.
Brazaletes múltiples.
Todo plateado.
Todo brillante.
Todo deliberadamente excesivo.
Mi cabello blanco platino quedó recogido en una coleta alta y voluminosa. Algunos mechones ondulados cayeron a los lados del rostro, suavizando el conjunto con una elegancia casi teatral.
Me admiré de costado.
Pagué mi estadía en la recepción después de comer algo ligero. El dueño del hotel me deseó buen viaje con esa mezcla curiosa de cortesía y alivio que aparece cuando un huésped demasiado llamativo finalmente se marcha.
Salí a la calle arrastrando la valija nueva.
Las rueditas fueron una inversión brillante.
Antes de avanzar hacia el puerto levanté la vista.
Siempre lo hago.
Primero al cielo.
Después al mar.
El faro blanco de Baterilla se alzaba contra el sol como una lanza luminosa visible desde casi cualquier rincón del pueblo.
Y entonces lo vi.
Una figura descendiendo desde lo alto.
Alas negras abiertas contra el cielo.
Sonreí.
— Alek…
Era difícil confundir esa forma de moverse. Volar así no era simplemente desplazarse: era hacer una entrada.
Majestuosa.
Casi provocadora.
Negué con la cabeza, divertida.
— Hay gente que no entiende la palabra perfil bajo.
Aunque, siendo honesta, yo tampoco soy exactamente una experta en pasar desapercibida.
Continué caminando hacia el puerto.
El aire salado se mezclaba con el calor pesado de la isla. Barcos cruzaban el horizonte como piezas de ajedrez moviéndose con lentitud.
Y entonces noté algo más.
Los Marines.
Muchos más que en días anteriores.
Durante mi estancia había visto patrullas aquí y allá, pero ahora parecían multiplicarse. Algunos subían a embarcaciones cercanas al ferry. Otros patrullaban con den den mushi en mano.
Custodia.
Seguridad.
O vigilancia.
Probablemente las tres cosas.
No voy a negar que eso me tranquilizó un poco. Si el Gobierno Mundial estaba mirando de cerca el asunto del parque, significaba que el proyecto realmente tenía peso.
Y si tenía peso… entonces también tenía oportunidades.
Cuando finalmente me acerqué a la zona del embarque, la fila ya se extendía varios metros sobre el muelle. Gente de toda clase: aventureros, comerciantes, curiosos, algún que otro viajero con cara de no tener muy claro dónde se estaba metiendo.
Me acomodé detrás de un grupo de turistas particularmente entusiasmados con los folletos del parque.
Fue entonces cuando escuché su voz.
Giré la cabeza, alzando apenas la mirada… y lo reconocí enseguida.
Las alas negras, el porte inconfundible, esa mezcla entre curiosidad y entusiasmo que siempre parecía acompañarlo.
— Mirá vos… — dejé escapar una sonrisa genuina — Heras.
Hacía tiempito que no lo veía. El mundo es grande, pero a veces tiene estas coincidencias extrañas que parecen guiños del destino.
Lo observé unos segundos mientras hablaba.
Seguía teniendo ese aire honesto que lo hacía parecer incapaz de ocultar lo que pensaba.
Cuando me dijo que me veía impresionante, alcé apenas una ceja con una media sonrisa divertida.
— ¿Impresionante? — ladeé la cabeza — Acepto el cumplido.
Hice un pequeño gesto con la mano indicando el conjunto desde la cabeza, acomodando mi tiara en el proceso mientras las pulseras tintineaban y jalando el látex desde el busto que soltó un curioso sonido a latigazo.
— La ocasión lo amerita. Si vamos a meternos en el Grand Line prefiero hacerlo con cierta… presencia.
Cuando mencionó el parque asentí con naturalidad.
— Sí. Justamente voy para allá.
Miré el ferry, enorme, humeando con esa calma industrial que tienen los barcos grandes antes de partir.
— Nunca crucé los Cabos Gemelos tampoco. Así que supongo que hoy es tan buen día como cualquier otro para empezar a cambiar de océano.
Cuando se movió para hacerme espacio en la fila, me acomodé a su lado con la valija rodando detrás de mí.
— Gracias — le dije con una inclinación leve de la cabeza.
La fila avanzaba lentamente.
Algunas personas hojeaban folletos. Otros discutían sobre las atracciones del parque como si ya estuvieran dentro.
Heras agarró un periódico y mencionó la presencia de la Marina.
Seguí su mirada hacia el muelle.
— Sí — respondí con calma — Lo noté estos días.
Crucé los brazos suavemente mientras observaba cómo un grupo de marines muy alegremente subía a una de las embarcaciones cercanas.
— Puede ser simple seguridad… o simple curiosidad del Gobierno. Un parque así, justo en la puerta del Grand Line, no pasa desapercibido, es todo un tema.
Volví la mirada hacia él.
— Pero tampoco me sorprendería que haya algo más detrás. Cuando se mueve tanto dinero… siempre hay intereses cruzados.
Encogí ligeramente los hombros.
La fila siguió avanzando hasta el pequeño puesto donde el hombre del bigote tomaba nota de los pasajeros. Cuando llegó nuestro turno Heras me cedió el lugar.
Lo miré con una pequeña sonrisa de agradecimiento.
— Caballeroso — comenté.
Me incliné ligeramente hacia el hombre del registro.
— Asherah Bel-Nadin — no me encanta usar el nombre completo, pero a veces la discreción tiene que ceder ante la logística. — Oriunda de Sorbet. Lunarian.
El hombre anotó sin levantar demasiado la mirada.
Me hice a un lado para que Heras diera sus datos.
Mientras lo escuchaba titubear sobre su raza, ladeé apenas la cabeza.
Cuando pronunció mi nombre para llamar mi atención, lo miré con curiosidad.
Su pregunta me sacó una pequeña risa.
— Lunarian — respondí con naturalidad, desplegando apenas las alas negras detrás de mi espalda para que el gesto fuera evidente — Una raza bastante rara… según parece.
Luego miré al hombre del bigote.
— Si él quiere poner lo mismo, no me parece mal. Al menos comparte el detalle más evidente.
El hombre anotó algo en la lista con un gruñido burocrático que parecía significar "me da exactamente igual".
Después de eso la fila siguió avanzando hacia la pasarela.
Comenzamos a caminar con el flujo de personas.
Fue entonces cuando Heras mencionó su sueño de tener un barco propio.
Lo miré de reojo, divertida.
— ¿Un barco propio, eh?
La idea no me resultaba ajena.
Rodé la valija con suavidad mientras caminábamos.
— No es un mal objetivo. Tener un barco significa elegir tu propio rumbo.
Hice una pausa breve.
— Y también significa tener un montón de problemas nuevos.
Después lo miré con una sonrisa apenas inclinada.
— Pero si algún día lo conseguís… espero que tenga una bodega decente.
Señalé mi pequeño baúl.
— Porque yo viajo con mercancía.
La pasarela del ferry estaba cada vez más cerca. El metal resonaba bajo los pasos de los pasajeros que ya estaban subiendo.
Las letras doradas del New Era Joy Park brillaban sobre el casco como una promesa exagerada.
Mientras avanzábamos, algo llamó mi atención hacia una de las rampas laterales.
Una sombra.
Levanté la vista.
Un ser azul gigantesco estaba subiendo al ferry.
Diez metros de altura, fácilmente.
Parpadeé.
— Opa… — murmuré con una pequeña risa — eso sí que no lo veía venir.
Señalé discretamente hacia la figura colosal.
— Creo que ese tipo va a necesitar una habitación entera para él solo, es todo un tema.
Después volví la mirada hacia Heras mientras dábamos los últimos pasos hacia la cubierta.
El ferry crujía suavemente bajo el peso de los pasajeros y el vapor salía de las chimeneas con un ritmo constante.
El viaje estaba a punto de empezar.
Y algo me decía que cruzar los Cabos Gemelos no iba a ser simplemente cambiar de mar.
Iba a ser cambiar de historia.
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