08-03-2026, 10:40 PM
(Última modificación: 08-03-2026, 10:44 PM por Akira Raito.)
El sol de Baterilla no perdonaba, y para un chavalito como Akira, cuya vida batallaba casi siempre entre la formalidad de parecer un marine responsable y aquella actitud pasota y vacilona, el calor estaba siendo un enemigo físico. El aire en el puerto de Baquella no se movía, se estancaba, era denso y pegajoso, impregnado del salitre de los barcos y el aroma a mar recalentada. Mientras corría hacia los muelles, Akira sentía cómo el uniforme reglamentario de la Marina se le pegaba y ajustaba a la piel, recordándole con cada paso la advertencia del comandante: la Justicia no viste en pelotas ni descuida las formas. Le había confundido con su compañero Enji y se había cargado su bronca… Tss…
A medida que se acercaba al epicentro del bullicio, el contraste de la isla se hacía evidente. Las casas blancas se diferenciaban con intensidad, compitiendo con el destello dorado del logotipo del New Era Joy Park que adornaba el casco del enorme ferry. Era un choque de mundos: la paz rústica de Baquella frente a la ambición corporativa del parque temático y el hermetismo militar del cuartel de la Marina que vigilaba desde el acantilado.
Al doblar la esquina del muelle, el caos sonoro del puerto fue atravesado por una melodía familiar. No era el grito de un mercader ni el silbato de un oficial, sino la voz de Masato. El tesorito, haciendo gala de la despreocupación bajo aquel sol de justicia, entonaba una canción que se elevaba sobre el murmullo de los turistas y el rugido de las chimeneas de los barcos.
Akira se detuvo en seco al encontrar a su grupo entre la turba. Allí también estaban Enji, Juan y Sigrid, formando un cuadro de calma en mitad del caos entre los niños y los turistas. La mirada de Akira recorrió a sus compañeros con una mezcla de alivio y falsa disciplina. Asintió con la cabeza hacia Enji y Juan, un gesto mínimo que acompañó de una enorme sonrisa al ver la posición en la que se encontraba cada uno, con algo de envidia. Intercambió una mirada fugaz con Sigrid, reconociendo en su postura la tensión de quienes saben que el Grand Line no perdona errores. Y finalmente, sus ojos se dirigieron a Masato, a quien le guiñó el ojo acompañando su canción con unos pasitos de bachata. Akira no interrumpió la canción, y aunque su rostro permanecía algo serio por haber llegado tan tarde, valoraba aquel rastro de humanidad en un día donde el protocolo parecía asfixiar tanto como la humedad.
Antes de poner un pie en la pasarela, el deber lo llamó de nuevo. A escasos metros, la División 75 supervisaba otras operaciones como si fueran veteranos. No había coincidido con todos ellos, pero Enji sí que parecía reconocerlos con facilidad. Ejecutó una reverencia hacia la otra división. Fue un movimiento limpio, una coreografía de respeto marcial que no necesitó de palabras para declarar sus intenciones: lealtad, orden y hermandad con todos y cada uno de ellos en la misión en la que iban a colaborar. Ahora no se trataba solo de su división, ahora se trataba de ser marine y proteger a la gente.
Sin romper su voto de silencio, y a pesar de lo mucho que le gustaba hablar a Akira, se giró y comenzó el ascenso a la cubierta de la embarcación de casco verde azulado que el Gobierno les había asignado. Asintiendo boquiabierto a la pregunta de Juan de algún día ser capa de ser el timonel de un barco tan grande, mirando cada parte del buque con aquella mirada curiosa que no solo un navegante, sino también un carpintero, sentía como un objetivo a conseguir.
Al cruzar la borda, el tacto de la madera bajo sus botas le devolvió la calma. Para un carpintero naval, el barco era un organismo vivo, y aquel ya le estaba hablando a través de sus crujidos.
Mientras la voz de Masato se fundía con el sonido del ferry y el lejano batir de las olas, Akira dejó su equipo en un rincón y observó la perspectiva entre el volcán y el faro mientras se unía a Masato con el cha-cha-cha de sus maracas, mientras Sigrid sonreía al verlos. La aventura hacia aquel parque de atracciones estaba a punto de comenzar, y a pesar del silencio del rubio, aquella idea le emocionaba. ¿Un parque de atracciones como primera misión intersinsular? ¡¡Era lo que quería!!
A medida que se acercaba al epicentro del bullicio, el contraste de la isla se hacía evidente. Las casas blancas se diferenciaban con intensidad, compitiendo con el destello dorado del logotipo del New Era Joy Park que adornaba el casco del enorme ferry. Era un choque de mundos: la paz rústica de Baquella frente a la ambición corporativa del parque temático y el hermetismo militar del cuartel de la Marina que vigilaba desde el acantilado.
Al doblar la esquina del muelle, el caos sonoro del puerto fue atravesado por una melodía familiar. No era el grito de un mercader ni el silbato de un oficial, sino la voz de Masato. El tesorito, haciendo gala de la despreocupación bajo aquel sol de justicia, entonaba una canción que se elevaba sobre el murmullo de los turistas y el rugido de las chimeneas de los barcos.
Akira se detuvo en seco al encontrar a su grupo entre la turba. Allí también estaban Enji, Juan y Sigrid, formando un cuadro de calma en mitad del caos entre los niños y los turistas. La mirada de Akira recorrió a sus compañeros con una mezcla de alivio y falsa disciplina. Asintió con la cabeza hacia Enji y Juan, un gesto mínimo que acompañó de una enorme sonrisa al ver la posición en la que se encontraba cada uno, con algo de envidia. Intercambió una mirada fugaz con Sigrid, reconociendo en su postura la tensión de quienes saben que el Grand Line no perdona errores. Y finalmente, sus ojos se dirigieron a Masato, a quien le guiñó el ojo acompañando su canción con unos pasitos de bachata. Akira no interrumpió la canción, y aunque su rostro permanecía algo serio por haber llegado tan tarde, valoraba aquel rastro de humanidad en un día donde el protocolo parecía asfixiar tanto como la humedad.
Antes de poner un pie en la pasarela, el deber lo llamó de nuevo. A escasos metros, la División 75 supervisaba otras operaciones como si fueran veteranos. No había coincidido con todos ellos, pero Enji sí que parecía reconocerlos con facilidad. Ejecutó una reverencia hacia la otra división. Fue un movimiento limpio, una coreografía de respeto marcial que no necesitó de palabras para declarar sus intenciones: lealtad, orden y hermandad con todos y cada uno de ellos en la misión en la que iban a colaborar. Ahora no se trataba solo de su división, ahora se trataba de ser marine y proteger a la gente.
Sin romper su voto de silencio, y a pesar de lo mucho que le gustaba hablar a Akira, se giró y comenzó el ascenso a la cubierta de la embarcación de casco verde azulado que el Gobierno les había asignado. Asintiendo boquiabierto a la pregunta de Juan de algún día ser capa de ser el timonel de un barco tan grande, mirando cada parte del buque con aquella mirada curiosa que no solo un navegante, sino también un carpintero, sentía como un objetivo a conseguir.
Al cruzar la borda, el tacto de la madera bajo sus botas le devolvió la calma. Para un carpintero naval, el barco era un organismo vivo, y aquel ya le estaba hablando a través de sus crujidos.
Mientras la voz de Masato se fundía con el sonido del ferry y el lejano batir de las olas, Akira dejó su equipo en un rincón y observó la perspectiva entre el volcán y el faro mientras se unía a Masato con el cha-cha-cha de sus maracas, mientras Sigrid sonreía al verlos. La aventura hacia aquel parque de atracciones estaba a punto de comenzar, y a pesar del silencio del rubio, aquella idea le emocionaba. ¿Un parque de atracciones como primera misión intersinsular? ¡¡Era lo que quería!!
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