10-03-2026, 10:57 AM
Una sonrisa sincera se dibujó en su rostro. Sus alas se batieron con suavidad, apenas levantando una brisa leve a su alrededor y, sin proponérselo, igual que un niño que se ilumina ante la promesa de una mágica ilusión, Bai sintió una emoción cálida al comprender que el muchacho aceptaba visitar su tierra natal —reacción ingenua donde las haya incluso para ella misma.
Desde que había abandonado su isla, muy pocas personas se habían detenido realmente a su lado. La mayoría cruzaba unas pocas palabras por cortesía o por simple necesidad práctica, pero casi nadie se tomaba el tiempo suficiente como para intentar conversar con ella de verdad. Mucho menos permanecer. Y así, lamentablemente, había descubierto con el paso de las semanas, que la compañía era un bien extraño cuando uno arrastraba una situación como la suya. Sin embargo, pese a que Bai era perfectamente consciente de ello y sabía que muchos de los que se acercaban lo hacían movidos por esa mezcla incómoda de lástima y empatía, en Uker había descubierto algo más que la mera compasión.
Por eso, el simple hecho de que aquel muchacho —sin conocerla realmente— estuviera dispuesto a prolongar su presencia, a escucharla y ahora incluso a acompañarla, despertaba en ella una alegría sorprendentemente genuina.
Y en ello estaba pensando mientras la bebida descendía reptando por su interior con un ardor agradable cuando, de la nada, una mano ajena apareció de improviso y trató de apartarle aquel curioso néctar que estaba probando.
Bai parpadeó, desconcertada.
Miró al joven Uker con una expresión interrogante, como si buscara en su rostro una explicación que el idioma no podía ofrecerle. Pero él, casi en respuesta, tomó algo para dibujar y trazó rápidamente unas líneas sobre la superficie.
Bai observó el dibujo unos segundos, meditó y entonces creyó entender.
Ah.
Tenía que marcharse.
Rió.
Se había estado divirtiendo tanto que había olvidado un detalle bastante elemental: aquel muchacho tenía casa. Y, muy probablemente, gente que lo esperaba o una vida que continuaba más allá de aquella mesa.
Así que, con una diligencia casi inmediata, se levantó de la silla como si un resorte invisible la hubiese impulsado.
Y el mundo giró.
¿Demasiado rápido?
Su mano se ancló a la mesa con un golpe seco que resonó con cierta violencia contra la madera.
Volvió a reír, esta vez por pura torpeza.
—Claro, vamos —dijo con naturalidad, como si él pudiera entenderla.
Después buscó con la mirada a la joven que les había servido los tragos. Y es que, a pesar de la ligera niebla que comenzaba a envolver su cabeza, Bai seguía siendo una ciudadana responsable. No pensaba marcharse sin pagar lo suyo… ni lo de—
—Hijo de puta…
La risa regresó, más abierta esta vez, cuando comprendió que el marine se había marchado sin pagar absolutamente nada.
Era irónico.
Casi admirable, en cierto sentido.
¿Tan molesto había estado?
Negó con la cabeza, todavía divertida, y miró a Uker. Con la mano le hizo un gesto claro para que la siguiera. Cuando se acercó a la muchacha de la barra, extendió sobre la mesa una generosa cantidad de berryes: había calculado rápidamente el precio de ambas comidas y añadió un pequeño exceso por si algo se le escapaba ya que, al no comprender el idioma del lugar, prefería pecar de prudente antes que provocar un malentendido.
Luego volvió a girarse hacia el muchacho.
Le hizo otra seña para que la siguiera y señaló la puerta con decisión.
Sin ser consciente de que, durante todo ese rato, el mensaje que había interpretado no era en absoluto «tenemos que separarnos».
Sino algo muy distinto: «Acompáñame a casa».
Desde que había abandonado su isla, muy pocas personas se habían detenido realmente a su lado. La mayoría cruzaba unas pocas palabras por cortesía o por simple necesidad práctica, pero casi nadie se tomaba el tiempo suficiente como para intentar conversar con ella de verdad. Mucho menos permanecer. Y así, lamentablemente, había descubierto con el paso de las semanas, que la compañía era un bien extraño cuando uno arrastraba una situación como la suya. Sin embargo, pese a que Bai era perfectamente consciente de ello y sabía que muchos de los que se acercaban lo hacían movidos por esa mezcla incómoda de lástima y empatía, en Uker había descubierto algo más que la mera compasión.
Por eso, el simple hecho de que aquel muchacho —sin conocerla realmente— estuviera dispuesto a prolongar su presencia, a escucharla y ahora incluso a acompañarla, despertaba en ella una alegría sorprendentemente genuina.
Y en ello estaba pensando mientras la bebida descendía reptando por su interior con un ardor agradable cuando, de la nada, una mano ajena apareció de improviso y trató de apartarle aquel curioso néctar que estaba probando.
Bai parpadeó, desconcertada.
Miró al joven Uker con una expresión interrogante, como si buscara en su rostro una explicación que el idioma no podía ofrecerle. Pero él, casi en respuesta, tomó algo para dibujar y trazó rápidamente unas líneas sobre la superficie.
Bai observó el dibujo unos segundos, meditó y entonces creyó entender.
Ah.
Tenía que marcharse.
Rió.
Se había estado divirtiendo tanto que había olvidado un detalle bastante elemental: aquel muchacho tenía casa. Y, muy probablemente, gente que lo esperaba o una vida que continuaba más allá de aquella mesa.
Así que, con una diligencia casi inmediata, se levantó de la silla como si un resorte invisible la hubiese impulsado.
Y el mundo giró.
¿Demasiado rápido?
Su mano se ancló a la mesa con un golpe seco que resonó con cierta violencia contra la madera.
Volvió a reír, esta vez por pura torpeza.
—Claro, vamos —dijo con naturalidad, como si él pudiera entenderla.
Después buscó con la mirada a la joven que les había servido los tragos. Y es que, a pesar de la ligera niebla que comenzaba a envolver su cabeza, Bai seguía siendo una ciudadana responsable. No pensaba marcharse sin pagar lo suyo… ni lo de—
—Hijo de puta…
La risa regresó, más abierta esta vez, cuando comprendió que el marine se había marchado sin pagar absolutamente nada.
Era irónico.
Casi admirable, en cierto sentido.
¿Tan molesto había estado?
Negó con la cabeza, todavía divertida, y miró a Uker. Con la mano le hizo un gesto claro para que la siguiera. Cuando se acercó a la muchacha de la barra, extendió sobre la mesa una generosa cantidad de berryes: había calculado rápidamente el precio de ambas comidas y añadió un pequeño exceso por si algo se le escapaba ya que, al no comprender el idioma del lugar, prefería pecar de prudente antes que provocar un malentendido.
Luego volvió a girarse hacia el muchacho.
Le hizo otra seña para que la siguiera y señaló la puerta con decisión.
Sin ser consciente de que, durante todo ese rato, el mensaje que había interpretado no era en absoluto «tenemos que separarnos».
Sino algo muy distinto: «Acompáñame a casa».
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
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