11-03-2026, 12:56 AM
En torno a los barcos, se cruzaban miradas suspicaces, ojos entornados y cuchicheos, ardientes acusaciones que se lanzaban como dagas por el aire, de forma inevitable, entre las decenas de intrépidos aventureros cuyos destinos habían dado a parar en aquel particular y minúsculo punto del South Blue. Por todo el puerto de Pueblo Baquella, multitudes de todo pelaje se arremolinaban en diversos puntos, preparándose para la travesía que estaba por llegar, desconocedores de la aventura que estaba por llamar a sus puertas. Algunos de los allí presentes podían estar a punto de embarcarse en el último viaje de sus vidas, aunque ninguno de ellos, claro, podía saberlo. El destino era hábil a la hora de insinuar sus cartas, mas sin mostrarlas hasta el momento adecuado, y en aquel caluroso día de verano se estaba repartiendo la primera mano de un juego que marcaría a toda una generación, para mejor o para peor. ¿Cómo jugarían sus cartas? ¿Quién se llevaría aquella primera ronda? ¿Quiénes lograrían dejar su marca como los favoritos de toda una generación?
Todos, o la mayoría, se disponían ya a zarpar hacia lo que prometía ser, como mínimo, una experiencia. Los piratas iban y venían, en su mayoría con discreción (o eso pensaban), subiendo a sus propios navíos, si bien una cantidad nada despreciable optó por subir en el elegante ferry del New Era, pasando por las horcas caudinas de identificarse con una cantidad inquietante de detalles ante el hombre del bigote, que, con una calma evidente, fue tomando nota de todo. Algunos intentaron engañarlo, si bien no todos lograron ser lo suficientemente convincentes, o sin la agudeza de ocultar aquello que pudiese delatar lo burdo de su engaño. El hombre del bigote, sin embargo, no mostró problemas ante ninguno de ellos, y se limitó a seguir tomando nota de todo. Cada vez que alguien daba los datos requeridos, él simplemente los miraba de arriba a abajo, asentía, hacía un educado (y cansado) gesto con la cabeza hacia la pasarela, y les daba paso al enorme barco, frecuentemente sin siquiera una palabra. Los Marines, servidores más o menos disciplinados de la justicia, también se preparaban para partir, algunos con más prisa que otros. Una campana sonó a bordo del ferry del New Era. En mera cuestión de algunos minutos, el hombre del bigote se había desvanecido, habiendo recogido consigo su pequeño tenderete, y un par de hombres forzudos retiraban con brusquedad la pasarela que daba acceso al barco. Ya se habían soltado los gruesos cabos que fijaban el ferry a los amarraderos del puerto, y el barco comenzaba a moverse con lentitud. El enorme ferry de letras doradas se preparaba para surcar las aguas hacia el Grand Line.
—¡Vamos, mancha de memos! —exclamaba, hastiado, el comandante, paseándose por delante de los (ahora sí) debidamente uniformados marines, asegurándose de que todos cumpliesen con el protocolo que había ordenado con claridad, y viendo con estupor cómo algunos aún se apoltronaban alrededor del puerto, sin ponerse en marcha. No era la primera vez que veía marines como aquellos, jóvenes, llenos de vida e ilusión, como muchos de los reclutas que él mismo comandaba en Baterilla— ¡Tenéis que espabil...!
El comandante, sin embargo, enmudeció aún con las palabras en la boca, que parecieron cortarse de golpe, al igual que el resto de los presentes. Por toda la isla, diversos den den mushi de megafonía repartidos aquí y allá, situados estratégicamente en los lugares habitualmente más concurridos, comenzaron a emitir primero un zumbido de estática, al tiempo que empezaban a recibir una señal. Una voz ligeramente distorsionada y comprimida habló alto y claro a través de todos al unísono.
Se hizo el silencio, justo mientras una multitud de navíos empezaba a zarpar, uno detrás del otro, del puerto de la isla de Baterilla. El viejo comandante, con los ojos como platos, tardó un instante en reaccionar, arqueando una ceja. Pocas veces se había visto en una situación como aquella, con tantos piratas escapándosele delante de sus narices, pero no tardó en tomar el control de la situación. Sus instintos de liderazgo salieron a flote, y su actitud al completo pareció dar un giro de 180 grados. Completamente firme, comenzó a hacer indicaciones más propias del campo de batalla que de una situación de distensión en un día de verano, indicando a los Marines que subiesen a los barcos y procediesen a la persecución e identificación de los piratas.
Los acontecimientos se precipitaban; para unos y otros, había llegado la hora de ponerse en marcha.
Todos, o la mayoría, se disponían ya a zarpar hacia lo que prometía ser, como mínimo, una experiencia. Los piratas iban y venían, en su mayoría con discreción (o eso pensaban), subiendo a sus propios navíos, si bien una cantidad nada despreciable optó por subir en el elegante ferry del New Era, pasando por las horcas caudinas de identificarse con una cantidad inquietante de detalles ante el hombre del bigote, que, con una calma evidente, fue tomando nota de todo. Algunos intentaron engañarlo, si bien no todos lograron ser lo suficientemente convincentes, o sin la agudeza de ocultar aquello que pudiese delatar lo burdo de su engaño. El hombre del bigote, sin embargo, no mostró problemas ante ninguno de ellos, y se limitó a seguir tomando nota de todo. Cada vez que alguien daba los datos requeridos, él simplemente los miraba de arriba a abajo, asentía, hacía un educado (y cansado) gesto con la cabeza hacia la pasarela, y les daba paso al enorme barco, frecuentemente sin siquiera una palabra. Los Marines, servidores más o menos disciplinados de la justicia, también se preparaban para partir, algunos con más prisa que otros. Una campana sonó a bordo del ferry del New Era. En mera cuestión de algunos minutos, el hombre del bigote se había desvanecido, habiendo recogido consigo su pequeño tenderete, y un par de hombres forzudos retiraban con brusquedad la pasarela que daba acceso al barco. Ya se habían soltado los gruesos cabos que fijaban el ferry a los amarraderos del puerto, y el barco comenzaba a moverse con lentitud. El enorme ferry de letras doradas se preparaba para surcar las aguas hacia el Grand Line.
—¡Vamos, mancha de memos! —exclamaba, hastiado, el comandante, paseándose por delante de los (ahora sí) debidamente uniformados marines, asegurándose de que todos cumpliesen con el protocolo que había ordenado con claridad, y viendo con estupor cómo algunos aún se apoltronaban alrededor del puerto, sin ponerse en marcha. No era la primera vez que veía marines como aquellos, jóvenes, llenos de vida e ilusión, como muchos de los reclutas que él mismo comandaba en Baterilla— ¡Tenéis que espabil...!
El comandante, sin embargo, enmudeció aún con las palabras en la boca, que parecieron cortarse de golpe, al igual que el resto de los presentes. Por toda la isla, diversos den den mushi de megafonía repartidos aquí y allá, situados estratégicamente en los lugares habitualmente más concurridos, comenzaron a emitir primero un zumbido de estática, al tiempo que empezaban a recibir una señal. Una voz ligeramente distorsionada y comprimida habló alto y claro a través de todos al unísono.
Este es un mensaje de la Marina.
El cuerpo de la Marina presente en Baterilla ha detectado la presencia de varios criminales de notoriedad en el área, incluyendo a Dharma, Barald Kane, KuroVongola o el revolucionario Kazan, entre otros.
Varios malhechores han sido detectados en la zona. Procedan a su captura y detención.
Repito: procedan a su captura y detención de forma inmediata.
Se hizo el silencio, justo mientras una multitud de navíos empezaba a zarpar, uno detrás del otro, del puerto de la isla de Baterilla. El viejo comandante, con los ojos como platos, tardó un instante en reaccionar, arqueando una ceja. Pocas veces se había visto en una situación como aquella, con tantos piratas escapándosele delante de sus narices, pero no tardó en tomar el control de la situación. Sus instintos de liderazgo salieron a flote, y su actitud al completo pareció dar un giro de 180 grados. Completamente firme, comenzó a hacer indicaciones más propias del campo de batalla que de una situación de distensión en un día de verano, indicando a los Marines que subiesen a los barcos y procediesen a la persecución e identificación de los piratas.
Los acontecimientos se precipitaban; para unos y otros, había llegado la hora de ponerse en marcha.
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