[EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1
#36
—¿Ensuciarte? No seas exagerado —Enji puso los ojos en blanco al tiempo que daba otra pitada a su cigarro—. Ni que fuera a dejar caer un pedazo de ceniza negra sobre tu capara…

Tss.

El momento oportuno. Claro, así tenía que ser. Todo era cuestión de timing en la comedia. La ceniza esperó, aguantó, paciente cuál experto cazador, al momento oportuno para dejarse caer. Había aunado masa, peso, y torcido el segmento consumido hacia abajo. El residuo blanco, deprimido, cayó, y Enji estiró la mano para tratar de atrapar la mota en el aire durante un pedazo de instante que pareció eterno. Fue en vano. Juan lo había vaticinado y la predicción se cumplió, invocada por la tortuga. El montón de ceniza se deslizó entre sus dedos y se desmenuzó sobre el caparazón de Juan Sebastian.

Enji guardó silencio durante un momento. Por dentro, se estaba cagando en toda la familia Marboro.

—(...)Como decía, no hay forma… —retomó su discurso mientras, disimuladamente, posaba su pierna sobre el lugar del manchón. Mala idea. El roce de la tela no sólo hizo más grande la mancha, sino que se contagió al pantalón azúl y selló en su tela otro manchón negruzco—, de que te manche el caparazón, Juancho. ¿Es que no confías en tu sargento?

La División 75 apareció para distraer a su compañero y postergar su ejecución pública. Enji los escrutó de arriba abajo, uno a uno, menos a Shin. A él lo vio primero que a nadie y saludó con un guiño y una sonrisa arrogante. Llegar al puerto subido en Juan había tenido el efecto que esperaba.

El siguiente fue Kael.

—Enji —dijo, obligado a mirar hacia arriba por su estatura reducida al estar sentado sobre Juan—. “La Fiebre del Oeste”. Puede que hayas oído hablar de mi. Desmantelé una mafia de traficantes de cartón. ¿Qué has hecho tú, modelito?
La mentira se deslizó de su lengua como el veneno de una serpiente fluye desde sus colmillos. Con esa simple presentación, Kael ya sabía todo lo que necesitaba saber.

Después de él se acercó un muchacho de cabello corto y ojos claros que parecía muy ocupado con el barco —¿sería su navegante?—, llamado Dimitri, a quien Sigrid entregó un paquete. Enji no le prestó mucha atención.

Luego llegó una mujer de cabellos blancos y ojos azules que no tardó en reconocer como Choi, la chica mate, a quien dedicó un pícaro guiño.
—My lady —masculló, y bajó ligeramente la cabeza en una pequeña reverencia.
«Que mujer más bella, sí señor»

Por último, pero no por ello menos importante, una mujer de canello cenizo y orejas en la cabeza cerraba el pintoresco equipo de la División 75. Nyra, se llamaba. Otra insultante belleza que caía en una división diferente a la suya. Maldijo su mala suerte, aunque, pensándolo bien, ya tenía suficiente con Sigrid, la hermosa vikinga que le alineaba los patitos de una cachetada de vez en cuando. Quién sabe si compartirían esos instintos violentos, o la habilidad con los derechazos...

Un momento.
¿Orejas en la cabeza?

«Mierda, debe ser una de esas raritas de las que hablaba el periodico —pensó fugazmente, recordando el apartado dedicado a  “The Rians” en la última entrega del World Economy News Paper—. Espero que no se le dé por marcar territorio en el parque»

Forzó una sonrisa incómoda en sus labios, dividido entre lo raro de ese grupo de huminks y lo mucho que le llamaba la atención esa mujer en particular, y la saludó agitando la mano izquierda. Aunque le hubiera gustado acercarse a mirar más de cerca esas orejas y comprobar que fueran de verdad, estar sentado sobre una tortuga implicaba dejarse llevar por la tortuga, fluir con la tortuga y, en consecuencia, ir donde iba la tortuga. Y Juancho, ni lento —bueno, un poco—, ni perezoso, encaró hacia el puente de abordaje al barco. Su camarada no quería perder un segundo más. Apenas le dio tiempo de hacerse con la bolsa de comida que Nyra le ofreció.

—¡Eso, Masi! ¡Cha, cha, cha! —Llevado por el ritmo, mientras Juan, a su vez, lo llevaba a la cubierta del barco, Enji se paró sobre su caparazón y empezó a moverse al compás de la música. Ford, arrancado de su quinta siesta del día, se bajó corriendo y caminó junto a Juan Sebastian, siendo los dos testigos obligados del espectáculo.

Enji daba pasos cortos, pues el espacio era pequeño, y todo su flow corría por la soltura de su cadera y cintura. Parecía un fideo movido por el viento o una soga agitada por el oleaje del mar. Se movía bien, nadie podría negar eso pese a lo ridículo de sus pasos. Tenía el compás memorizado y su despliegue era fluído, instintivo, sin pausas o aristas.

El jolgorio duró poco, sin embargo. Definitivamente muchos menos de lo que le gustaría. La música se vio interrumpido de forma abrupta y totalmente anticlimática cuando los altoparlantes conectados a la red de la marina soltaron un anuncio oficial, forzando una pausa en el tiempo para todos y cada uno de los marines que abordaban de camino al parque. Los nombres resonaron con mayor fuerza, instalados en el imaginario popular después de la última tanda de wanteds publicada hace muy poco. Nombres que empezaban a significar algo dentro del South Blue. Estrellas emergentes.

Peces gordos.

Enji sonrió.

—¡No se queden atrás, setenta y cinco! —gritó al pequeño grupo de marines que todavía no se había subido a su barco—. ¡Se van a perder la diversión!

Y saltó a cubierta desde el caparazón de Juan.

Dio una última calada a su cigarrillo, descartó el filtro amarillento y se rascó el cuello mientras observaba partir el ferry junto a otras varias embarcaciones de diferentes tipos, diseños y colores. Se aferró al barandal que delimitaba la superficie y por un instante pensó, se preguntó, si sería capaz de alcanzarlos de un salto. La pregunta lo hizo sonreír. La emoción rompió el hervor en su pecho. ¿La misión había cambiado? No estaba seguro, pero su situación sí. Una oportunidad había aparecido frente a sus ojos, en su camino, como un gigantesco pico puesto allí para que lo escalara.

—¡Dénme un maldito remo! Tenemos que llegar antes que ellos —vociferó, dispuesto a hacer lo que fuera para que la embarcación oficial del cuerpo de marines se moviera más rápido—. ¡Denme un remo! Que se lo doy a Juancho. ¿A que sí, Juancho? Además, ¿alguien vio los brazos del rubiales? Está hecho para remar.

Off


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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1 - por Enji - 11-03-2026, 06:24 AM

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