El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto]
#42
Las garras y el espadazo de Raimei solamente cortaron el aire. A unos cuantos metros de él, el hombre los miraba, con la respiración acompasada y una mueca de diversión en su rostro.

― Wow, chicos. Realmente sois sorprendentes. Aunque diría que aún os falta.

Los ojos de Kibai se desviaron hacia su katana, examinado la hoja desnuda con atención. Sin embargo, el hombre se llevó una mano a los labios, y una nueva tropa de dinosaurios entró desde los laterales de la cueva. Su rival, que se había presentado como Wasow, se reveló como un traidor y desertor de la División 86, confesando que había sido él el encargado de acabar con el resto de sus camaradas de División en medio de la noche, empleando para ello a los mismos dinosaurios a los que habían dado muerte antes y los que les rodeaban ahora.

De un salto, el hombre se encaramó a lomos de una de las bestias, que comenzó a dirigirse a la salida, mientras que el resto de los dinosaurios cerraron filas, cubriendo la salida de su compañero y de Wasow, que se giró una última vez hacia la División 60

― Encantado de conoceros, chicos. Buscádme si termináis con mis amiguitos los dinosaurios. ¡Chao!-

Aquella última palabra resonó en la cueva, repiténdose una y otra vez, sobresaturando los sentidos de Kibai, que cerró los ojos mientras su cuerpo seguía soltando chispas azules y su mano se tensaba tanto alrededor de Raimei que las garras se le clavaban en la palma.

De repente ya no estaba en la cueva, sino en aquel foso dónde había acabado tras el incidente en los Cabos Gemelos, viendo como aquel malnacido de Uosan Sakana se golpeaba el pecho tras derribarlo de un cabezazo

― ¡UO-UO-UO-UO-UO! Ninguno de vosotros debiluchos es lo suficientemente fuerte como para hacerme daño! Podría quedarme quieto y ni siquiera sufriría un rasguño!

A continuación, ya no estaba en el foso, sino en la playa, contemplando como Sohem se reía a traves de su máscara de acero mientras sus ondas de calor le asfixiaban y le hacían sentir que había metido la cabeza en un horno, mientras todos sus compañeros y la pareja de cazarrecompensas que había perecido allí no podían hacer otra cosa que intentar mantenerse de pie.

Hasta cuándo iba a seguir así? hasta cuándo iba a seguir siendo alguien incapaz de hacer lo correcto? De veras era tan débil en comparación con la gente del Grand Line?

Aún con los ojos cerrados, Kibai bajó ambos brazos, mientras sus hombros se agitaban,  temblando de pura indignación. Cómo iba a mantener su promesa de encontrarse de nuevo con su salvador, si ni siquiera era capaz de acertar un solo golpe ante aquella escoria que había traicionado y matado a sus compañeros marines mientras dormían?

El mink le había hecho una promesa al Capitán Senjuru, que se encontrarían de nuevo en el Grand Line, y que para entonces, él sería un marine del que aquel hombre que se había apiadado de un náufrago en medio del podría sentirse orgulloso. Pero allí, en aquella cueva perdida en Little Garden, Kibai sabía que, en el fondo, había vuelto a fracasar.

Y algo, algo que había procurado mantener a raya en su interior, la furia que había desatado contra los simios que habían atacado a su compañero Moja o contra el equipo de investigación de la unidad de reconocimientos, le exigía volver a ser liberada. Kibai abrió los ojos, pero una película roja cubría su campo de visión. Apenas fue consciente de como sus colmillos hacían sangran su labiro inferior cuando sus mandíbulas se apretaron hasta casi desencajarse, mientras que las garras de su mano libre salían de sus dedos con un suave susurro. Examinando de un lado al otro el campo de batalla, comprobó que los dinosaurios se habían dividido en grupos para atacarlos a los cuatro de manera individual. Seis de ellos se lanzaron a por el mink.

El primero de los atacantes, un ejemplar de mandíbulas desencajadas, ni siquiera llegó a cerrar los dientes. Kibai se deslizó por debajo de su guardia con un movimiento que fracturó el suelo de la cueva, y con un tajo ascendente de Raimei, le abrió el pecho desde el esternón hasta la base de la mandíbula. La sangre caliente salpicó su rostro, pero el mink ni siquiera parpadeó. Sin detenerse, Kibai rebotó en la pared de piedra, impulsándose como un proyectil cubeirto de chispas azules hacia el segundo y el tercero de los depredadores que le atacaban. En el aire, giró sobre su propio eje, lacerando ambos ojos de una de las criaturas con un zarpazo de su mano libre, dejándolo chillando en una agonía ciega, mientras que Raimei encontraba el camino hacia el cuello del tercero, decapitando a la bestia en un movimiento tan limpio que la cabeza salió despedida contra las estalactitas antes de que el cuerpo supiera que había muerto.

El dolor que latía en su cabeza lanzó una descarga de fatiga que por un segundo le hizo flaquear las rodillas. Pero la adrenalina, alimentada por los recuerdos que se negaban a abandonar su mente, quemaba el cansancio como si fuera paja. El cuarto saurio intentó aprovechar aquel instante de debilidad para morderle el costado, pero Kibai, con un rugido que desgarró sus propias cuerdas vocales, le aferró la mandíbula superior con la mano izquierda y clavó la espada hasta la empuñadura a través de la inferior, llegando hasta el cráneo, dejando caer a la bestia al suelo como una marioneta sin hilos.

El quinto y el sexto intentaron flaquearlo, pero Kibai usó el cadáver del cuarto como escudo, lanzándolo contra uno de ellos para desequilibrarlo. Mientras este luchaba por quitarse el peso de encima, Kibai cayó sobre el sexto como un rayo caído del cielo. Clavó sus garras en las cuencas oculares del reptil, lanzando una descarga de energía eléctrica que le arrancó un nuevo bramido, antes de embestir al último saurio en pie con una estocada precisa que le atravesó el corazón, haciendolo caer con solo un leve quejido.

Kibai no se detuvo a saborear la carnicería. Sus ojos, inyectados en sangre, buscaron la silueta de Wasow, pero el traidor ya se alejaba. En su camino hacia la salida, Kibai cruzó la zona donde Moja luchaba contra los dinosaurios que le habían escogido como "presa".

―  Algo más inconsciente que valiente, el intentar cazar a un mink ―  se dijo Kibai.

Dos de las bestias se preparaban para saltar sobre su compañero por la espalda. Kibai, sin desviar su trayectoria, lanzó un tajo horizontal que cercenó las patas traseras de ambos saurios en un solo movimiento fluido, dejándolos arrastrándose inútilmente sobre el fango de la cueva mientras él seguía hacia adelante.

Al pasar junto al Comandante Stroud, Kibai vio que el líder de la división estaba siendo rodeado por un grup de depredadores especialmente corpulentos. Con un silbido agudo que cortó el aire, Kibai activó las cuarenta avispas que, previsoramente, había dejado pegadas a la espalda de la capa de Stroud. Los insectos, cargados de veneno paralizante, se lanzaron en una nube negra sobre dos de los saurios. Las picaduras fueron instantáneas y masivas; en menos de tres segundos, los colosos rojos se desplomaron, con los músculos agarrotados y los ojos en blanco, neutralizados sin que el Comandante tuviera que desviar su atención del grueso principal.

Finalmente, Kibai alcanzó la posición de Bertram, que se enfrentaba a su propio grupo de criaturas. La fatiga empezaba a ganar terreno a la adrenalina. Su camisa blanca, se desgarró en la zona del pecho más tras un violento intercambio con uno de los dinosaurio que intentó derribarlo. A través de las roturas de la tela, las manchas violáceas eran ahora imposibles de no apreciar para cualquiera que mirase de cerca; un patrón que subían hacía su cuello.

Ignorando el cansacio que empezaba a entumecer sus dedos, Kibai se lanzó sobre cinco de los últimos cinco saurios que bloqueaban su camino hacia Wasow. Al primero le atravesó la columna vertebral de una estocada cargada de electricidad. Al segundo y al tercero los despachó con una serie de cortes en cruz que dejaron sus vísceras expuestas sobre el suelo de piedra. El cuarto dio un leve paso atrás, pero Kibai se impulsó contra la pared y voló hacia él como un proyectil, clavándole a Raimei en su lomo y retorciendo la hoja entre el ueso y la carne, derribándolo contra el suelo. El mink llegó hasta el quinto, y como había hehco contra los que atacaban a Moja, se deslizó entre sus patas lanzado un corte a cada lado, destrozando los tendones de sus patas traseras, haciéndolo caer hacia atrás. De un salto, se encaramó sobre su pecho y hundió sus colmillos en la garganta de la bestia, hasta que el dinosaurio soltó un último y agónico sonido, que se extinguió en un borboteo de sangre.

Kibai se puso en pie, tambaleándose. Su respiración era un silbido asmático y el sudor frío le empapaba el pelaje. Miró hacia la boca de la cueva, por donde Wasow se había marchado entre risas y burlas. El Mink se irguió cuan largo era, ignorando las manchas violetas que ya asomaban por su cuello, y soltó un rugido que hizo temblar las estalactitas de la bóveda.

¡WASOW!

El grito desgarró el silencio que empezaba a reinar en la cueva.

— ¡ERES UNA DESGRACIA PARA LA MARINA, UN MALDITO TRAIDOR SIN HONOR!

Kibai apretó el puño, clavándose las garras en la palma hasta hacerse sangre, jurando sobre el dolor que le nublaba el juicio.

— ¡ESCÚCHAME BIEN, ESCORIA! ¡PUEDES CORRER, PUEDES ESCONDERTE CUALQUIER LUGAR DEL GRAND LINE, PERO TE ACABAREMOS ENCONTRANDO! ¡Y TE PROMETO QUE VAS A PAGAR CADA GOTA DE SANGRE QUE HAS DERRAMADO EN ESTA ISLA! ¡CUANDO VOLVAMOS A VERNOS, NO HABRÁ DINOSAURIOS QUE TE SALVEN DE LA JUSTICIA!

El eco de su rugido rebotó en las paredes de piedra mientras Kibai, exhausto y con sus sentidos sobrepasados por el veneno, clavaba su mirada en la oscuridad de la salida, ante sde dejarse caer contra el plano de la hoja de Raimei, que seguía todavía clavada en el pecho de su última víctima.

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]


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RE: El tesoro de Little Garden [Aventura T4] [Presente Absoluto] - por Kibai - 11-03-2026, 08:19 PM

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