12-03-2026, 06:08 AM
El ferry ya había empezado a separarse del muelle cuando el murmullo del puerto se volvió un ruido lejano, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible entre la isla y nosotros.
Treinta metros de agua bastan para que un lugar empiece a convertirse en recuerdo.
Apoyé una mano en la baranda, dejando que el viento del mar moviera algunos mechones de mi coleta. Las chimeneas del ferry expulsaban columnas perezosas de humo mientras el casco cortaba el agua con esa tranquilidad pesada de los barcos grandes.
El viaje había empezado.
No pude evitar mirar otra vez hacia la cubierta trasera… donde el gigante azul había desaparecido hacía unos momentos.
Diez metros de problema.
Diez metros de peso.
Diez metros de “si este ferry se hunde quiero estar lo más lejos posible”.
Negué ligeramente con la cabeza.
— Prefiero la proa — murmuré casi para mí.
No tenía intención de acercarme demasiado a la popa si el coloso pensaba quedarse allí.
Las matemáticas del sentido común son simples: si algo enorme se inclina hacia un lado… mejor no estar del mismo lado.
Mientras el barco seguía alejándose del puerto, algo más empezó a moverse entre los pasajeros.
No era una orden.
No era un anuncio claro.
Era algo mucho más humano.
Susurros.
Cuchicheos.
Miradas cruzadas.
Un rumor que corría de boca en boca con la velocidad de una chispa en un campo seco.
Yo no había escuchado bien el mensaje de los altavoces. Cuando empezó a sonar ya estábamos lo suficientemente lejos para que llegara como un eco distorsionado entre el bramar de las olas contra el casco.
Pero hay algo que siempre me ha resultado útil en la vida.
Ser cotilla.
No el tipo vulgar de cotilla.
El tipo estratégico.
Me acerqué apenas a la baranda donde varias personas discutían en voz baja.
—… dijeron varios nombres…
—… criminales…
—… en la isla…
—… la Marina está buscándolos…
No tuve que preguntar nada.
Sólo escuchar.
Un par de pasos más allá otro grupo hablaba con el mismo nerviosismo.
—… Dharma…
—… Barald Kane…
—… KuroVongola…
—… y ese revolucionario…
Ahí el nombre me llegó con claridad.
Kazan.
Parpadeé lentamente.
Mis ojos se desviaron por puro reflejo hacia la popa.
El gigante azul.
No lo había visto tan de cerca… pero tampoco hacía falta ser una genio para unir ciertas piezas de mi memoria con lo escuchado ahora.
Hmmm.
Eso sí que era interesante.
Seguí caminando junto a Heras mientras el ferry se estabilizaba en su rumbo.
La gente empezaba a dispersarse por cubierta: algunos buscaban asientos, otros fotografiaban el mar, otros discutían todavía sobre lo que acababan de escuchar.
Yo simplemente asentí un poco, como si nada.
— Parece que el viaje va a ser… entretenido — comenté con una sonrisa leve.
No añadí mucho más.
Pero mi mente ya estaba haciendo inventario.
Porque algunos nombres sí me resultaban familiares.
Los recordaba del periódico que compré y estuve ojeando antes de zarpar hacia Baterilla, cuando también descubrí los nombres de unas de mis personas favoritas en el mundo.
Pero de los otros… no tanto.
Eso era un problema.
La ignorancia es mala consejera cuando uno está a punto de cruzar medio mundo en el mismo barco que un puñado de criminales buscados.
Por suerte, yo tenía una pequeña ventaja.
— ¿Vamos a ver qué tienen de comer? — dije mirando a Heras con naturalidad.
Siempre es más fácil pensar con algo en el estómago.
Rodé mi valija mientras caminábamos hacia el interior del ferry, siguiendo el flujo de pasajeros que se dirigían al buffet.
El lugar era amplio, con varias mesas de madera atornilladas al suelo para evitar accidentes si el mar se ponía caprichoso. Le dejaría las opciones de alimento a Heras:
— ¿Querés traer algún tentempié? Como para mantener la boca ocupada y la garganta no se seque.
Mientras tanto, elegí una mesa cerca de una ventana y me senté elegantemente cruzando las piernas y cuidando de que mis alas no estorbaran la pasada, sino que adornaran cuidadosamente mis costados.
Dejé la valija a mi lado guardándole lugar a mi congénere.
Y entonces abrí el pequeño compartimento interior.
Entre algunas telas dobladas y un par de objetos cuidadosamente envueltos saqué algo mucho menos glamoroso que mis joyas.
Un recorte de periódico.
Lo desplegué sobre la mesa.
Las recompensas impresas aparecieron una tras otra.
Rostros.
Nombres.
Cifras.
Apoyé un dedo sobre una de las hojas mientras mi mirada recorría las caras con calma analítica.
— Veamos… — murmuré.
Había algunos que ya conocía.
Miyori.
Cill.
Sus caras eran imposibles de olvidar después de haberlas visto varias veces durante la semana.
Pero ahora me interesaban más los otros.
Dharma.
Barald Kane.
KuroVongola.
Estudié sus rostros con atención, grabándolos en la memoria.
No por curiosidad.
Por supervivencia social.
Porque hay algo que cualquier comerciante aprende tarde o temprano:
La reputación es contagiosa.
Y si alguien te ve conversando demasiado cómodamente con el pirata equivocado… puede que empiecen a sacar conclusiones incómodas.
No necesitaba ese tipo de problemas.
Mis ojos se detuvieron entonces en otro rostro del papel.
Y ahí sí sentí un pequeño cosquilleo incómodo.
Kazan.
Levanté apenas la vista hacia la ventana, como si pudiera ver a través del barco hasta la cubierta trasera.
El dibujo no dejaba demasiado lugar a dudas.
Gigante.
Azul.
Revolucionario.
Fruncí apenas los labios.
— Bueno… — murmuré.
Doblé el periódico con calma.
— Definitivamente no voy a acercarme a la popa.
Ni por curiosidad.
Ni por accidente.
Ni por error de cálculo.
Volví a mirar las recompensas un momento más, repasando los rostros con atención casi académica.
Memorizando.
Evaluando.
Trazando una línea invisible en mi mente.
Personas a evitar.
Personas a no mirar demasiado.
Personas con las que definitivamente no conviene aparecer conversando en cubierta.
Cerré finalmente el recorte y lo deslicé de nuevo en mi equipaje.
Después apoyé el codo en la mesa y miré a Heras con una sonrisa tranquila cuando apareció con los aperitivos.
— Parece que vamos a tener compañía interesante en este viaje.
Mis pulseras tintinearon suavemente cuando crucé las manos y me acomodé el escote jaloneando el látex.
— Así que… — añadí con un tono ligero — creo que voy a practicar una habilidad muy útil.
Incliné la cabeza apenas.
— Mantenerme lejos de los problemas.
Hice una pausa corta.
Luego sonreí un poco más.
— O al menos… de los que tienen recompensa. Es todo un tema.
Treinta metros de agua bastan para que un lugar empiece a convertirse en recuerdo.
Apoyé una mano en la baranda, dejando que el viento del mar moviera algunos mechones de mi coleta. Las chimeneas del ferry expulsaban columnas perezosas de humo mientras el casco cortaba el agua con esa tranquilidad pesada de los barcos grandes.
El viaje había empezado.
No pude evitar mirar otra vez hacia la cubierta trasera… donde el gigante azul había desaparecido hacía unos momentos.
Diez metros de problema.
Diez metros de peso.
Diez metros de “si este ferry se hunde quiero estar lo más lejos posible”.
Negué ligeramente con la cabeza.
— Prefiero la proa — murmuré casi para mí.
No tenía intención de acercarme demasiado a la popa si el coloso pensaba quedarse allí.
Las matemáticas del sentido común son simples: si algo enorme se inclina hacia un lado… mejor no estar del mismo lado.
Mientras el barco seguía alejándose del puerto, algo más empezó a moverse entre los pasajeros.
No era una orden.
No era un anuncio claro.
Era algo mucho más humano.
Susurros.
Cuchicheos.
Miradas cruzadas.
Un rumor que corría de boca en boca con la velocidad de una chispa en un campo seco.
Yo no había escuchado bien el mensaje de los altavoces. Cuando empezó a sonar ya estábamos lo suficientemente lejos para que llegara como un eco distorsionado entre el bramar de las olas contra el casco.
Pero hay algo que siempre me ha resultado útil en la vida.
Ser cotilla.
No el tipo vulgar de cotilla.
El tipo estratégico.
Me acerqué apenas a la baranda donde varias personas discutían en voz baja.
—… dijeron varios nombres…
—… criminales…
—… en la isla…
—… la Marina está buscándolos…
No tuve que preguntar nada.
Sólo escuchar.
Un par de pasos más allá otro grupo hablaba con el mismo nerviosismo.
—… Dharma…
—… Barald Kane…
—… KuroVongola…
—… y ese revolucionario…
Ahí el nombre me llegó con claridad.
Kazan.
Parpadeé lentamente.
Mis ojos se desviaron por puro reflejo hacia la popa.
El gigante azul.
No lo había visto tan de cerca… pero tampoco hacía falta ser una genio para unir ciertas piezas de mi memoria con lo escuchado ahora.
Hmmm.
Eso sí que era interesante.
Seguí caminando junto a Heras mientras el ferry se estabilizaba en su rumbo.
La gente empezaba a dispersarse por cubierta: algunos buscaban asientos, otros fotografiaban el mar, otros discutían todavía sobre lo que acababan de escuchar.
Yo simplemente asentí un poco, como si nada.
— Parece que el viaje va a ser… entretenido — comenté con una sonrisa leve.
No añadí mucho más.
Pero mi mente ya estaba haciendo inventario.
Porque algunos nombres sí me resultaban familiares.
Los recordaba del periódico que compré y estuve ojeando antes de zarpar hacia Baterilla, cuando también descubrí los nombres de unas de mis personas favoritas en el mundo.
Pero de los otros… no tanto.
Eso era un problema.
La ignorancia es mala consejera cuando uno está a punto de cruzar medio mundo en el mismo barco que un puñado de criminales buscados.
Por suerte, yo tenía una pequeña ventaja.
— ¿Vamos a ver qué tienen de comer? — dije mirando a Heras con naturalidad.
Siempre es más fácil pensar con algo en el estómago.
Rodé mi valija mientras caminábamos hacia el interior del ferry, siguiendo el flujo de pasajeros que se dirigían al buffet.
El lugar era amplio, con varias mesas de madera atornilladas al suelo para evitar accidentes si el mar se ponía caprichoso. Le dejaría las opciones de alimento a Heras:
— ¿Querés traer algún tentempié? Como para mantener la boca ocupada y la garganta no se seque.
Mientras tanto, elegí una mesa cerca de una ventana y me senté elegantemente cruzando las piernas y cuidando de que mis alas no estorbaran la pasada, sino que adornaran cuidadosamente mis costados.
Dejé la valija a mi lado guardándole lugar a mi congénere.
Y entonces abrí el pequeño compartimento interior.
Entre algunas telas dobladas y un par de objetos cuidadosamente envueltos saqué algo mucho menos glamoroso que mis joyas.
Un recorte de periódico.
Lo desplegué sobre la mesa.
Las recompensas impresas aparecieron una tras otra.
Rostros.
Nombres.
Cifras.
Apoyé un dedo sobre una de las hojas mientras mi mirada recorría las caras con calma analítica.
— Veamos… — murmuré.
Había algunos que ya conocía.
Miyori.
Cill.
Sus caras eran imposibles de olvidar después de haberlas visto varias veces durante la semana.
Pero ahora me interesaban más los otros.
Dharma.
Barald Kane.
KuroVongola.
Estudié sus rostros con atención, grabándolos en la memoria.
No por curiosidad.
Por supervivencia social.
Porque hay algo que cualquier comerciante aprende tarde o temprano:
La reputación es contagiosa.
Y si alguien te ve conversando demasiado cómodamente con el pirata equivocado… puede que empiecen a sacar conclusiones incómodas.
No necesitaba ese tipo de problemas.
Mis ojos se detuvieron entonces en otro rostro del papel.
Y ahí sí sentí un pequeño cosquilleo incómodo.
Kazan.
Levanté apenas la vista hacia la ventana, como si pudiera ver a través del barco hasta la cubierta trasera.
El dibujo no dejaba demasiado lugar a dudas.
Gigante.
Azul.
Revolucionario.
Fruncí apenas los labios.
— Bueno… — murmuré.
Doblé el periódico con calma.
— Definitivamente no voy a acercarme a la popa.
Ni por curiosidad.
Ni por accidente.
Ni por error de cálculo.
Volví a mirar las recompensas un momento más, repasando los rostros con atención casi académica.
Memorizando.
Evaluando.
Trazando una línea invisible en mi mente.
Personas a evitar.
Personas a no mirar demasiado.
Personas con las que definitivamente no conviene aparecer conversando en cubierta.
Cerré finalmente el recorte y lo deslicé de nuevo en mi equipaje.
Después apoyé el codo en la mesa y miré a Heras con una sonrisa tranquila cuando apareció con los aperitivos.
— Parece que vamos a tener compañía interesante en este viaje.
Mis pulseras tintinearon suavemente cuando crucé las manos y me acomodé el escote jaloneando el látex.
— Así que… — añadí con un tono ligero — creo que voy a practicar una habilidad muy útil.
Incliné la cabeza apenas.
— Mantenerme lejos de los problemas.
Hice una pausa corta.
Luego sonreí un poco más.
— O al menos… de los que tienen recompensa. Es todo un tema.
cositas
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