15-03-2026, 06:17 AM
Las ramas, pegadas unas a otras en su conexión al tronco principal del altísimo árbol, dejaban poco espacio para maniobrar entre ellas. Enji apenas se podía deslizar entre los ásperos brazos e infiltrarse como una gota de agua en su lento descenso, poco a poco y con suma paciencia.
—Hija de su… madre, como arde —masculló, con la corteza del árbol raspándole la piel del abdomen mientras trataba de infiltrarse entre un anillo de ramas muy juntas entre sí—. Me siento como un trozo de mierda seca pasando entre…
Plop.
El marine se liberó y pudo caer hasta la siguiente rama en el momento oportuno. Aterrizó de forma torpe, clavó los talones en la madera y se quedó firme, duro como una vara de acero, en una postura que asemejaba al saludo militar de las mañanas. Una vibración incómoda lo atravesó desde los pies a la cabeza, erizó sus cabellos y lo hizo apretar la mandíbula. Sintió que sus dientes crujían y puso los ojos en blanco durante unos instantes que se hicieron eternos. Miraba hacia dentro de su cabeza y, sinceramente, no le sorprendía nada de lo que había allí dentro. Si eso, creyó tener el cráneo más lleno.
—(...)Ford, hijo de tu perra... —Un maullido agudo se escuchó desde más abajo en el árbol—. ¡Bueno! Sí, ya sé que me pasé. Como decía, hijo de tu gata madre, más te vale que no tenga que ponerme aquí a filosofar sobre mi vida y las decisiones que he tomado o te castro —amenazó al tiempo que sus ojos volvían a la normalidad, emergiendo de detrás de las cuencas desde abajo, pese a haberse ido hacia arriba en primer lugar—. ¿Dónde estás? ¿Y por qué este árbol es tan absurdamente vasto cuando desde fuera parecía más normal? Carajo…
Chasqueó la lengua, sacudió la cabeza y siguió bajando. Tenía la fuerza suficiente para descolgarse una rama a la vez, manteniéndose sujeto con una mano hasta tocar con los pies la siguiente.
—Que ridículo es esto… —murmuró en su descenso—. Salté sin problema hasta arriba pero tengo que cuidarme de no caer. Tch, tengo que entrenar mi dureza. Estoy seguro de que Juancho se estamparía contra el suelo sin hacer una mueca. Maldita tortuga gigante…
Sudaba. El calor era intenso y húmedo en Baterilla, una isla tropical. Un enemigo natural para alguien que sufría de los calores como lo haría un pingüino en Arabasta. Cuando se quiso fijar, una camisa caía entre las ramas del árbol, llevada por el viento, hasta trabarse en una nube de hojas. Enji se miró el pecho. ¿Esa era su camisa? Sí, en efecto. ¿Cuándo se la había quitado? No tenía la menor idea, pero el alivio que sintió fue instantáneo.
—Hija de su… madre, como arde —masculló, con la corteza del árbol raspándole la piel del abdomen mientras trataba de infiltrarse entre un anillo de ramas muy juntas entre sí—. Me siento como un trozo de mierda seca pasando entre…
Plop.
El marine se liberó y pudo caer hasta la siguiente rama en el momento oportuno. Aterrizó de forma torpe, clavó los talones en la madera y se quedó firme, duro como una vara de acero, en una postura que asemejaba al saludo militar de las mañanas. Una vibración incómoda lo atravesó desde los pies a la cabeza, erizó sus cabellos y lo hizo apretar la mandíbula. Sintió que sus dientes crujían y puso los ojos en blanco durante unos instantes que se hicieron eternos. Miraba hacia dentro de su cabeza y, sinceramente, no le sorprendía nada de lo que había allí dentro. Si eso, creyó tener el cráneo más lleno.
—(...)Ford, hijo de tu perra... —Un maullido agudo se escuchó desde más abajo en el árbol—. ¡Bueno! Sí, ya sé que me pasé. Como decía, hijo de tu gata madre, más te vale que no tenga que ponerme aquí a filosofar sobre mi vida y las decisiones que he tomado o te castro —amenazó al tiempo que sus ojos volvían a la normalidad, emergiendo de detrás de las cuencas desde abajo, pese a haberse ido hacia arriba en primer lugar—. ¿Dónde estás? ¿Y por qué este árbol es tan absurdamente vasto cuando desde fuera parecía más normal? Carajo…
Chasqueó la lengua, sacudió la cabeza y siguió bajando. Tenía la fuerza suficiente para descolgarse una rama a la vez, manteniéndose sujeto con una mano hasta tocar con los pies la siguiente.
—Que ridículo es esto… —murmuró en su descenso—. Salté sin problema hasta arriba pero tengo que cuidarme de no caer. Tch, tengo que entrenar mi dureza. Estoy seguro de que Juancho se estamparía contra el suelo sin hacer una mueca. Maldita tortuga gigante…
Sudaba. El calor era intenso y húmedo en Baterilla, una isla tropical. Un enemigo natural para alguien que sufría de los calores como lo haría un pingüino en Arabasta. Cuando se quiso fijar, una camisa caía entre las ramas del árbol, llevada por el viento, hasta trabarse en una nube de hojas. Enji se miró el pecho. ¿Esa era su camisa? Sí, en efecto. ¿Cuándo se la había quitado? No tenía la menor idea, pero el alivio que sintió fue instantáneo.

