15-03-2026, 04:01 PM
Ante los ojos de Jack Hunter, Berry no era más que una presa interesante. Pero se equivocaba, porque lo que tenía delante no era una presa, sino otro cazador. Quién sabía cuál de los dos cazadores se alzaría victorioso en una contienda. Ni siquiera Jack Hunter tenía una respuesta clara, porque lo que sucedió ante sus ojos, y que no pudo percibir, le hizo darse cuenta del poder de su contrincante. Berry desapareció como si nunca hubiera estado a ocho metros del cazador. Un grito de dolor ahogado le alertó de que se diera la vuelta y así lo hizo. Lo que vio le hizo fruncir el ceño bastante molesto. Allí estaba Don Bravo, muerto, y Berry a 22 metros de él, pues ya se había alejado dos de Don Bravo y ella se retiraba otros 20. No era particularmente fanático de esa forma de pelear, pero la caza nunca es justa. Un cazador no pelea limpio, pelea para ganar y para comer. —Allá va mi dinero... —Escupió al suelo bajando levemente la espada. La mink estaba bastante lejos, aunque podía alcanzarla y cortarla. Su velocidad no era rival, sin embargo. Estaría cortando el aire más que otra cosa. ¿Cuánto tiempo le quedaría a ella de transformación? ¿Seguiría en pie después de la misma? Mientras Berry hablaba de que era una mink superior, una mink completa y perfecta, Jack Hunter se acercó a Don Bravo e hizo el amago de comprobar si seguía con vida con su mano izquierda, todavía sosteniendo su espada en alto en dirección a Berry. —Je, si su valor es incalculable... —Pero lejos de buscar asistir a Don Bravo de forma alguna, su mano se hizo rápidamente con un saquito guardado entre sus ropajes. En su interior estaban los tesoros que la banda había reunido en el último año. La famosa obra del Duc de Berry, las joyas ahuevadas de Fabrizio Ergé y la legendaria figurita de la madera más cara del mundo, o eso decían... —Con esto me considero pagado. En cuanto a ti... —Se irguió de nuevo, Berry acababa de ofrecerle unirse a la Revolución.
—¡La Revolución! —Una risa de locura inundó la estancia vacía en la que se encontraban. El sonido de las olas era lo único que la contestaba. —Jamás me uniría yo a esa panda de fanáticos. A mí lo que me interesa es el dinero. El dinero por encima de todo, muchacha. —Dio dos pasos hacia delante, asegurándose de pisar el cadáver de Don Bravo. ¿Estaba vivo o estaba muerto? Le daba igual. Con su espada trazó una línea en el cemento según caminaba. —No. No me uniré a ninguna Revolución. Prefiero quedarme las cosas robadas, no te voy a mentir. Y aunque me gustaría matarte, lo cierto es que estoy seguro de que estás agotada, niña. No tendría gracia. Pero me voy a ir en ese barco que tienes a tus espaldas, así que si haces el favor de dejarme pasar todo saldrá bi- —El fogonazo de un disparo interrumpió el discurso de Jack Hunter. Su mano izquierda, aquella que sujetaba el saco con las pertenencias robadas de Don Bravo, se abrió con un estertor de dolor cuando una bala perforante la atravesó. Un reguero de sangre empezó a bañar el cemento a sus pies, pero el dolor no le impedía pensar de ninguna forma. El cazador se dio la vuelta furioso, listo para enfrentarse al cobarde que le atacaba por la espalda. Inicialmente no veía a nadie en el lugar, pero sus ojos captaron una sombra extraña que tapaba parte de la luz del despacho de Gakashima. Era una persona de mediada edad, completamente calvo y con gafas, tenía una muy prominente nariz y una sonrisa bastante desagradable en la cara. Estaba sentado en el quicio de la ventana rota, con un pitillo en la boca, y en sus manos sostenía un rifle de francotirador humeante. —Juejuejue, ¡no te vas a ir con las joyas, cabestro! —Antes de que el furioso Jack Hunter se pusiera a gritarle al de la ventana, unos pasos le alertaron de que había otra presencia en la zona baja del astillero, donde antes había buscado al tirador. Un hombre, también de mediana edad, casi completamente calvo y con una nariz menos prominente, pero no por ello menos destacable, sostenía una pistola de calibre bastante pesado en dirección a Jack Hunter. Se encontraba a unos 10 metros del mismo y tenía un aspecto mucho más serio que su compañero. —Jack Hunter, queda arrestado en nombre del Gobierno Mundial por una lista de crímenes tan larga que no se la pienso dictar, ¡arreando!. —El cazador acorralado hizo el amago de levantar su espada para atacar al sujeto que tenía justo delante, pero otro disparo, esta vez del señor que tenía a 10 metros, hizo volar su espada por los aires. —¡Se resiste al arresto Mortadelo! —Anunció el agente con voz molesta.
—¡A la orden jefe! Juejuejue... —Otro disparo impactó en el abdomen del cazador cuando este pretendía agacharse a por su arma. Claramente estaba en desventaja y tenía que batirse en retirada inmediatamente. Recoger la espada iba a ser imposible bajo semejante fuego de supresión. Jack Hunter empezó a correr a toda velocidad, intercalando su desplazamiento con un salto para pasar por encima de Berry que estaba en su camino, hacia el barco que se construyó para la banda. —Nos volveremos a ver, cazadora. —La voz del cazador denotaba muchas emociones al mismo tiempo. Sorpresa, estrés y emoción. Todas ellas juntas, de alguna forma, indistinguibles del miedo. Ninguno de los dos agentes había hecho el menor amago de perseguir al cazador. ¿Esperaban de Berry que les ayudase?
—¡La Revolución! —Una risa de locura inundó la estancia vacía en la que se encontraban. El sonido de las olas era lo único que la contestaba. —Jamás me uniría yo a esa panda de fanáticos. A mí lo que me interesa es el dinero. El dinero por encima de todo, muchacha. —Dio dos pasos hacia delante, asegurándose de pisar el cadáver de Don Bravo. ¿Estaba vivo o estaba muerto? Le daba igual. Con su espada trazó una línea en el cemento según caminaba. —No. No me uniré a ninguna Revolución. Prefiero quedarme las cosas robadas, no te voy a mentir. Y aunque me gustaría matarte, lo cierto es que estoy seguro de que estás agotada, niña. No tendría gracia. Pero me voy a ir en ese barco que tienes a tus espaldas, así que si haces el favor de dejarme pasar todo saldrá bi- —El fogonazo de un disparo interrumpió el discurso de Jack Hunter. Su mano izquierda, aquella que sujetaba el saco con las pertenencias robadas de Don Bravo, se abrió con un estertor de dolor cuando una bala perforante la atravesó. Un reguero de sangre empezó a bañar el cemento a sus pies, pero el dolor no le impedía pensar de ninguna forma. El cazador se dio la vuelta furioso, listo para enfrentarse al cobarde que le atacaba por la espalda. Inicialmente no veía a nadie en el lugar, pero sus ojos captaron una sombra extraña que tapaba parte de la luz del despacho de Gakashima. Era una persona de mediada edad, completamente calvo y con gafas, tenía una muy prominente nariz y una sonrisa bastante desagradable en la cara. Estaba sentado en el quicio de la ventana rota, con un pitillo en la boca, y en sus manos sostenía un rifle de francotirador humeante. —Juejuejue, ¡no te vas a ir con las joyas, cabestro! —Antes de que el furioso Jack Hunter se pusiera a gritarle al de la ventana, unos pasos le alertaron de que había otra presencia en la zona baja del astillero, donde antes había buscado al tirador. Un hombre, también de mediana edad, casi completamente calvo y con una nariz menos prominente, pero no por ello menos destacable, sostenía una pistola de calibre bastante pesado en dirección a Jack Hunter. Se encontraba a unos 10 metros del mismo y tenía un aspecto mucho más serio que su compañero. —Jack Hunter, queda arrestado en nombre del Gobierno Mundial por una lista de crímenes tan larga que no se la pienso dictar, ¡arreando!. —El cazador acorralado hizo el amago de levantar su espada para atacar al sujeto que tenía justo delante, pero otro disparo, esta vez del señor que tenía a 10 metros, hizo volar su espada por los aires. —¡Se resiste al arresto Mortadelo! —Anunció el agente con voz molesta.
—¡A la orden jefe! Juejuejue... —Otro disparo impactó en el abdomen del cazador cuando este pretendía agacharse a por su arma. Claramente estaba en desventaja y tenía que batirse en retirada inmediatamente. Recoger la espada iba a ser imposible bajo semejante fuego de supresión. Jack Hunter empezó a correr a toda velocidad, intercalando su desplazamiento con un salto para pasar por encima de Berry que estaba en su camino, hacia el barco que se construyó para la banda. —Nos volveremos a ver, cazadora. —La voz del cazador denotaba muchas emociones al mismo tiempo. Sorpresa, estrés y emoción. Todas ellas juntas, de alguna forma, indistinguibles del miedo. Ninguno de los dos agentes había hecho el menor amago de perseguir al cazador. ¿Esperaban de Berry que les ayudase?
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