Un Mink de palabra [ Pasado Social | Asherah
#1
29 de Otoño. Año 16.
Reino de Samba, South Blue ~ 16:30 p.m.
30 horas para la salida del Convoy hacia la Reverse Mountain

La llegada a la Isla de Samba marcó un punto de inflexión en la travesía del Royal Quiver. Tras dejar atrás la gélida isla de Roshwan, y la breve parada en la Isla Kárate para recoger al último integrante de la Divisón 84, el paisaje que se abría ante la proa del imponente buque de la Marina era una explosión de contrastes cromáticos que aturdían los sentidos. El Reino de Samba recibía a los viajeros con el murmullo constante de un río kilométrico que hendía la tierra como una cicatriz de agua dulce, dividiendo la civilización de la selva Anozama, un denso pulmón verde que parecía latin con vida propia desde la distancia.

Kibai contemplaba la isla apoyado en el bauprés de la nave, sujetando con la mano uno de los cabos del foque e inclinado hacia la izquierda a tal ángulo que su mano libre podía rozar las olas que rompían contra el casco del Royal Quiver. La isla de Samba era la última parada para la Divisón antes de acometer el salto definitivo hacia el Grand Line, y el ambiente en el puerto estaba cargado de una mezcla de expectación comercial y el trasiego habitual de decenas de marineros cargando y descargando mercancías.

Las primeras horas del desembarco habían sido agotadoras. A las órdenes del Contramaestre Stroud, Kibai había colaborado en las maniobras de atraque de la nave, antes de, tras solicitr el oportuno permiso, había optado por desembarcar para echar un ojo por los alrededores. Sus ojos verdes, acostumbrados a detectar anomalías en el terreno, se clavaron rápidamente en los cinco buques mercantes que iban a componer el convoy civil, así como en el gran trasiego de las grúas de puerto. Había algo que no encajaba en la bodega de los mercantes que la División 84 debía escoltar. Kibai había divisado la carga de una cantidad inusual de cajas pesadas, reforzadas con bandas de acero y selladas con el símbolo del Gobierno Mundial. El sigilo con el que los estibadores las manipulaban bajo la supervisión de agentes de paisano despertó su desconfianza.

Decidió que, antes de que el sol cayera y el convoy zarpara al día siguiente, necesitaba despejar la mente y, quizás, confirmar si sus sospechas sobre la carga tenían algún fundamento en los rumores de la ciudad. Pero había otra razón, una que latía con la misma intensidad que su desconfianza hacia el Gobierno: la posibilidad de que Samba, al ser un nexo comercial clave con Sorbet y Baterilla, hubiera atraído a la joyera que habitaba sus pensamientos desde la noche de la montaña.

Kibai se sujetó mejor la capa sobre los hombros y, tras comprbar que su Den Den Mushi iba convenientemente alojado en el bolsillo interior de la prenda, se internó en las calles de la ciudad. La arquitectura de Samba era un mapa social explícito y directo. A medida que se alejaba del muelle, la ciudad revelaba su dualidad. Hacia el río, las casas de madera parecían sostenerse por puro milagro y ritmo, con el eco de los tambores del Centro de Danza retumbando como el corazón de los desfavorecidos. Pero Kibai se dirigió en sentido contrario, hacia la zona de los adosados de piedra y los azulejos brillantes que reflejaban el sol tropical con una opulencia casi insultante.

El mink caminaba con paso firme, ignorando las miradas de curiosidad que su aspecto despertaba, aunque también notaba que allí, al igual que la anterior vez que había estado en aquella isla, la gente parecía más acostumbrada a su raza, lo cual la verdad era muy de agradecer. No obstante, se mantenía atento, con las orejas orientadas hacia las conversaciones que fluctuaban entre las terrazas de los cafés. Buscaba información sobre el convoy, pero lo que encontró fue un rastro mucho más brillante.

Cerca de una plaza donde las buganvillas trepaban por muros de mármol, un grupo de mujeres de la alta sociedad charlaba animadamente. Kibai se detuvo, fingiendo interés en un puesto de frutas, mientras afinaba el oído.

— ...y os juro que no hay nada igual en todo el reino —decía una de ellas, una mujer de facciones altivas ataviada con un aparatoso vestido de lino blanco complementado con una sombrilla—. Mi marido tuvo que regatear durante horas. Dice que la artista es una mujer extrañísima, pero ved este acabado. Ved cómo la luz se refracta en el engaste.
Kibai giró el rostro apenas unos grados. La mujer sostenía un colgante que colgaba de su cuello. El Mink se fijó con atención en los detalles técnicos. Sabía que Asherah compraba piezas manufacturadas para revender, pero las que ella misma creaba, las que nacían de su forja personal, tenían una marca distintiva: una sutil espiral de hierro integrada en el diseño, casi oculta a simple vista, pero que servía como firma de su hacedora. El corazón de Kibai dio un vuelco. ¿Sería posible...?

Sin dudarlo, Kibai abandonó su posición y se acercó al grupo con una formalidad algo rígida, cuadrándose ante ellas.

— Disculpen la interrupción, señoras. Soldado Kibai, de la División 84 de la Marina — se presentó, tratando de sonar profesional—. No he podido evitar fijarme en la pieza que luce usted. Es un trabajo de una factura excepcional. ¿Sería tan amable de permitirme verla de cerca un instante?

La mujer lo miró de arriba abajo, deteniéndose en su uniforme y desviando ligeramente la mirada hacia su cola. La desconfianza luchaba con la vanidad en su expresión.

— ¿Y por qué querría un soldado raso inspeccionar mis joyas personales? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. ¿Acaso sospecháis que es robada? Mi marido es el dueño de una importante plantación en la isla, estará muy disgustado cuando se entere de esto.

Kibai notó como su cuerpo se tensaba, reprendiéndose por no haber hecho una aproximación más sutil.

— En absoluto, señora. Simplemente creo que conozco a la artista que ha creado esa joya. Es una persona con la que tengo asuntos pendientes y me gustaría saludarla antes de partir mañana hacia el Grand Line. Como sabe, no resulta sencillo volver al South Blue una vez se ha cruzado la Reverse Mountain, y quiero poder despedirme. Solo necesito verla un momento, se lo aseguro.

Aún con algo de recelo, la mujer se levantó de su asiento y se acercó a el, levantando la cadena. Kibai recorrió la joya con la mirada, hasta que finalmente encontró lo que buscaba, una espiral tallada, apenas visible salvo que la luz se refractase en el ángulo apropiado. Pero allí estaba, y eso significaba que ella estaba en la isla, también.

Su cara debió de decirlo todo, pues el resto de mujeres que continuaban sentadas estallaron en un coro de risitas mal disimuladas.

— Vaya, vaya... así que nuestro soldado tiene gustos refinados —comentó una de ellas—. Si buscas a la "gigante", estás de suerte. Es una Lunarian, ¿sabes? Alta como un mástil, con esas alas negras y un cabello blanco que parece sacado de un cuento de invierno. Es hermosa, claro está, al menos eso dicen la mayoría de los empleados de mi marido que circulan por el mercado, pero no parece ser de las que se dejan "saludar" fácilmente por un simple marine.

"Si tu supieras..." pensó Kibai disimulando una sonrisa mientras inclinaba la cabeza hacia la mujer y dirigía la mirada hacia la que había hablado.

— ¿Y dónde suele montar su puesto? — preguntó él —. ¿Se queda en algún lugar concreto del mercado?

— Está en el de la orilla norte, cerca del distrito de los azulejos — respondió la dueña del colgante —. Es la zona donde compramos nosotras, por supuesto. No se te ocurra buscarla al otro lado del río; allí solo encontrarás barro y gente que cree que el baile del Centro de Danza les llena el estómago. Una artista de su calibre sabe que el dinero solo fluye en este lado.

— He escuchado que se las da de inalcanzable.— intervino otra en un mal disimulado too de envidia mientras se aireaba ostentosamente con un abanico de nácar y marfil — Se sienta allí, rodeada de sus herramientas, y apenas levanta la vista a menos que vea que alguien tiene el oro suficiente para sus piezas originales. Es arrogante, pero con ese talento, se lo puede permitir.

"Inalcanzable? No, solo hace falta saber escalar una pared de veinte metros..." pensó Kibai d enuevo, esta vez ya sin poder contener la sonrisa.

Tras darles las gracias a las mujeres por su información, el mink se giró sobre sus talones y apretó el paso hacia la zona que le habían indicado. Casi sin darse cuenta, su paso se fue acelerando hasta convertirse en una carrera, esquivando a los transeúntes casi de manera inconsciente mientras recorría las calles en dirección al distrito comercial.

El mercado de la zona rica de Samba era un laberinto de toldos de seda y puestos de mármol. Demasiado extenso como para verlo bien desde el nivel del suelo. Necesitaba altura, un punto desde dónde poder contemplar toda la zona sin interrupciones. Kibai recorrió el perímetro hasta que sus ojos se posaron en una estructura que destacaba: un edificio de tres plantas de piedra blanca, cuya arquitectura culminaba en una pequeña torre con un minarete decorado con azulejos azul cobalto. Era el punto más alto de la zona.

Tras asegurarse de que nadie mirara en su dirección, el mink comenzó la escalada. Se movía con la fluidez de una sombra, ascendiendo por la fachada hasta alcanzar el tejado de la torre. Allí, Kibai se agazapó sobre las tejas calientes, mimetizándose con la estructura, con el cuerpo tenso y las garras aferradas a la cerámica. Cerrando los ojos, comenzó a aspirar profundas bocanadas de aire, filtrando los aromas que le llegaban a través de sus fosas nasales. Separó el aroma acre del ganado. Descartó el dulzor pegajoso de las plantaciones de caña cruda. Filtró el olor a piedra caliente y el perfume de las flores. Buscaba un hilo conductor, una firma olfativa que se había quedado grabada en su memoria.

Durante largos minutos, no hubo nada. El viento soplaba desde la selva Anozama, saturando sus sentidoscon vegetación húmeda. Kibai apretó los dientes, sintiendo una punzada de frustración. ¿Y si se había marchado? Casi todos los días salían barcos desde la Isla de Samba, y aquella mujer no había mencionado en ningún momento cuando había adquirido aquel collar. Quizás había sido hacía varios días y solamente aquella tarde había decidido estrenarlo. El mink golpeó una de las tejas con el puño, dibujando una pequeña grieta en su superficie.

Por suerte, el clima de Samba le otorgó un regalo. Una ráfaga de viento fortuita, una corriente térmica que subía desde el río y barría el mercado, golpeó directamente su rostro. Kibai abrió los ojos de golpe. Las pupilas se contrajeron hasta convertirse en rendijas.

Allí estaba. Era una nota sutil, pero inconfundible. El aroma a azúcar quemado flotaba en el aire. Era ella. El rastro era débil, pero definitivamente fresco. Una gran sonrisa apareció en su rostro. Se ajustó la capa, sintiendo el roce del trozo de encaje en su bolsillo.

— Te tengo —musitó para sí mismo.

Sin perder un segundo, Kibai se deslizó por las tejas, iniciando el descenso hacia el encuentro que llevaba días esperando.

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
  Responder


Mensajes en este tema
Un Mink de palabra [ Pasado Social | Asherah - por Kibai - 17-03-2026, 12:02 AM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)