17-03-2026, 02:08 AM
“… yo… siempre quise morir… yo lo intenté muchas veces ¿sabes? Pero nunca me dejaron, tú tampoco…”
Las lágrimas contenidas en sus ojos se resbalaron por sus mejillas al escucharla… ¿Eso era tristeza? Su mente, difusa por un golpe lejano que ya no recordaba y, ahora, por el alcohol recorriendo sus sistema, no le permitía analizar esa sensación pesada en medio de su pecho, el ahogo en su garganta ni el mareo en su cabeza. Su lado racional había dejado de funcionar y, ahora, salía uno más emocional, uno que, hace años, decidió enterrar por su propio bien, porque cuando su cuerpo era capaz de comprender usando el sentimentalismo en lugar del análisis, se sentía vulnerable. Eso no le gustaba.
Sin embargo…ahí estaba. Escuchando una historia a medias, una que él mismo podía rellenar si se daba la tarea de analizar a fondo el estado en el que Ashveil le trajo a María Merlot por primera vez.
Sí, su lado racional siempre supo que la alegría y excesiva ensoñación de la semi sirena de azul celeste, no era un simple juego, al contrario, era una personalidad digna de estudio, porque, para él, aquella mujer que tenía a su lado no era una idiota, su “locura” era calculada, se sentía, más bien, como si su cerebro intentara protegerla de una vida que la golpeó hasta que la llevó a un límite en donde el único refugio es la fantasía. Lo sabía, desde que empezó a hablar más seguido con ella, pudo darse cuenta y; aun así, cuando la escuchó hablar de manera tan natural sobre el suicidio, algo dentro de su pecho se removió.
Quiso culpar al alcohol cuando el estremecimiento de su garganta lo llevó a sentir nauseas, pero sabía bien que no era solo culpa de la botella de Whisky barato que se había tomado casi por completo, no…estaba dejando que sus emociones lo controlaran. No lo diría jamás en voz alta, pero tampoco podía controlarlo.
Por eso detesta emborracharse.
“…por eso mi vida te pertenece… si estas mal, yo lo estaré… Dime… ¿qué puedo hacer para no verte así?”
No debió desahogarse frente a Merlot. Eso es lo que le gritaba su lado emocional, le decía que la mejor forma de lidiar con las cosas era dejarlo pasar, de todos modos, en algún momento se le olvidaría…aunque… ¿Sería este el caso? Tragó saliva, a fin de cuentas, no podría olvidar la sensación de inseguridad e irresponsabilidad en la tripulación si las cosas seguían tal cual como ahora, pero…eso no significaba que tenía que cargar a Merlot con esa preocupación. Él podía solo.
—No es tu responsabilidad hacer algo, porque eres la única que parece entender lo que significa una tripulación de verdad —. Su voz salió plana, no era reconfortante escucharse, más bien sonaba más frío de lo usual; sin embargo, de verdad quería decir esas palabras, por lo que, aunque su voz desganada no acompañaba a sus palabras, sus acciones si lo hicieron, pues cuando la chica se levantó de su lado para quedar frente a él, el médico notó, gracias a la luz de una de las lámparas de aceite que alumbraban la cubierta, el labio roto de la semi sirena y, por inercia, una de sus manos se elevó para que sus dedos se movieran con delicadeza por la poca sangre que salía de la herida que ella misma parecía haberse provocado. —No te lastimes así, no querrías que tu rostro se llene de heridas, aunque siempre puedo encargarme de que cicatricen sin dejar rastro —dijo en un tono de voz más bajo, personal, dejando que la chica se le acercara como quisiera, permitiéndole limpiarle las pocas lágrimas que aún se amontonaban en sus párpados…a fin de cuentas, era de las pocas personas en las que él podía confiar…un poco.
“… ¿quieres que te ayude a olvidar lo que esta noche te acongoja?”
—¿Y cómo harás eso, Merlot? —preguntó con ese mismo tono de voz susurrado y meloso que usó antes. El licor en su sangre lo llevaba a pensar que la chica bromeaba y que, en algún momento, se apartaría para hablarle en ese modo fantasioso que la caracterizaba, quien sabe, tal vez en esta ocasión le contraría el secreto de la fotosíntesis y, este, de alguna manera, tendría que ver con la seguridad que él buscaba, pero…no.
Sus ojos dorados se habían entrecerrado cuando la sintió cerca, sus narices rozándose generaron un cosquilleo y, luego, la sorpresa le llegó como un balde de agua fría que, lejos de disgustarle, disfrutó.
Todo es culpa del maldito alcohol.
Su propios labios tenían un sabor a whisky, uno que se mezcló con un sabor dulzón de los labios suaves que se posaron sobre los de él… ¿Algodón de azúcar? Así le llamaba… ¿No? Pues el apodo estaba mal empleado, porque ella tenía más de la suavidad del algodón y de la dulzura del azúcar. Ella era la verdadera “Algodón de azúcar”.
El whisky le nubló los sentidos, la lógica, la razón. Le nubló todo. Cerró sus párpados, que cayeron pesados, sintió que sus pestañas largas rozaron la piel de la delicada cara ajena y, en ese instante, sin pensarlo, sus manos, delicadas, pero largas y firmes, sujetaron la cintura con fuerza, sus brazos la rodearon y la presión hizo que los cuerpos se pegaran más, lo que le hizo sentir la tela sedosa de la pijama ajena en fricción con la más áspera de la chaqueta de él y, su boca, a pesar de mantener ese roce apacible e “inocente”, decidió profundizar más el beso. No hubo pasión, solo ternura.
Cuanto sosiego el creado en solo un instante.
Desapareció la madera rudimentaria de la cubierta del barco, las cajas de provisiones, las cuerdas rasposas, incluso, se esfumó la idea de que otro de los tripulantes pudiera atraparlos…de todos modos… ¿Qué importaba? Dudaba que alguno se apareciera. Nunca lo hacían. Solo el viento, cálido y ligero, se atrevió a colarse en medio de sus cuerpos, agitando la ropa, revolviendo sus cabellos, enredando el celeste con el rosa en un degradado que parecía ser hecho a propósito.
Sus manos bajaron sutilmente de la cintura a los muslos, no en un movimiento brusco y burdo, si no, relajando sus dedos y haciendo que se movieran como si quisiera hacer cosquillas sobre la ropa, en un toque apacible, cariñoso, lento…sí, sobre todo lento, pues la paciencia era algo que el pelirrosa practicaba con más frecuencia de la que le gustaría admitir y; sin embargo, cuando llegó a la carnosa piel de los muslos, aun ocultos bajo la ropa, sus manos se detuvieron de golpe. Sus labios se separaron de la mujer, aunque sus narices aun se rozaban y un hilillo de saliva unía sus bocas, una evidencia del delicado beso que agitó su respiración.
Pero no podía continuar, porque esa suavidad le recordó sus verdaderos gustos. En María Merlot encontró una piel suave, labios rosas, tan apetecibles, tan “besables”. No importaba si le gustaban los hombres, a fin de cuentas, tampoco era ciego y podía reconocer esa gracia de belleza divina de la cual la semi sirena gozaba, pero…de nuevo, en medio de la densa niebla de su mente, supo que seguir estaría mal, pues un nombre antiguo apareció en su memoria como un fantasma.
Madame Silken.
En un pestañeo recordó el cuerpo voluptuoso de la mujer, su piel aterciopelada, sus labios carnosos, pintados de un rojo intenso. Los ojos negros que, cuando lo vieron por primera vez, lo observaron como a una presa. Recordó los brazos delgados que lo aprisionaron en contra del cuerpo y la cama con sábanas de seda negra, una que, ahora que lo piensa, podía ser comparada a la tela de una araña, se aseguraba de que sus “víctimas” no escaparan.
A su memoria llegó ese beso que ella le dio, uno que, por primera vez —que él recordara — le demostró lo que era el contacto piel a piel con alguien. Todavía podía sentir los labios succionando los suyos, como si intentara robarle el alma y, luego, la pasión desbordada contra su cuerpo. Él nunca la detuvo, aunque pudo hacerlo, tal vez, en ese momento, tuvo miedo de quedar como un idiota con sus antiguos compañeros de tripulación, pues fueron ellos quienes lo convencieron de ir a ese burdel en un puerto pirata.
Ese día el médico, en ese entonces un chico de 16 años que tenía un conocimiento decente sobre plantas y uno vago sobre anatomía, dejó que aquella mujer de largos cabellos negros como el ébano y ojos oscuros como las profundidades del océano, hiciera lo que ella creía conveniente con su cuerpo. Sí, lo disfrutó…sí, terminó…sí, fue su primera experiencia desde que su memoria empezó a funcionar, pero, aún así, cuando todo acabó, se sintió insatisfecho. Ella logró excitarlo por sus toques, por su experiencia, pero su cuerpo de mujer, por si solo, no despertó nada en él.
Su mente juvenil no pudo comprenderlo en esa época, tampoco es que pensara mucho en ello, por más que, su amigo y compañero de tripulación de ese entonces, Azkeel Stardust, hubiera insistido en preguntarle todos los detalles cuando salió de la habitación de Madame Silken…algo que lo hizo sentir más extraño aún, pues ver los labios pálidos de él y el rostro juvenil pero masculino, lo hacía sentir más nervioso que todo lo que aquella mujer le hizo esa noche.
A pesar de todo él no dejó de frecuentarla ni de hablarle, al menos por un tiempo, después de todo, era fácil conversar con la pelinegra quien, irónicamente, le hizo darse cuenta de sus verdaderos gustos. En su mente escuchó con claridad la risa de la mujer, cuando él, con vergüenza, confesó como se sentía alrededor del rubio Stardust y, luego, creyó escuchar la comprensión en su voz y la explicación a su “dilema” …Esa noche algo en su mente hizo click, como si siempre hubiera sabido lo que la mujer le explicaba y solo lo hubiera olvidado: Le gustaban los hombres, no las mujeres.
Esa noche él, como Madame Silken, también sonrió.
Tal como sonreía ahora, en el presente, con sus manos aun aferrándose a los muslos de María Merlot después de… ¿Cinco segundos? ¿Diez? Imposible saberlo. Sus ojos se abrieron, su cabeza se inclinó hacia atrás y sus manos volvieron a posarse sobre la cintura de la chica, pero esta vez sin presión, era más como un abrazo amistoso.
—¿Por qué haces esto, Merlot? —Analizó su comportamiento en ese instante, era fácil deducir que era una costumbre arrastrada de esa vida anterior de la que él sabía poco. —Cuando compramos el barco, para obtener el descuento, creíste que la única manera de convencer al carpintero era besándolo y eso hiciste… ¿Por qué? ¿Siempre buscas resolver todo así? Con tu cuerpo, con tu belleza —. Bajó la cara para verla a los ojos, sin soltarla aún. —En todo el tiempo que llevamos hablando, creo que tienes más que ofrecer que solo algo físico… ¿No quieres descubrirlo?
Ahora si la alejó, lo suficiente para que ella se sentara en el piso del barco y él pudiera levantarse, mareado, lo que lo llevó a sujetar su cabeza con una de sus manos…Todo le daba vueltas.
—¿Quieres ayudarme? ¿Por qué no vamos a un bar? Hay muchos en el pueblo y…allá podrías contarme que te lleva a actuar así y yo…yo podría ayudarte a que te des cuenta de que tus palabras podrían hacer más por ti que tus besos —. Estiró su mano, para que ella la tomara y pudiera levantarse. —Además…eso es peligroso ¿Lo sabes? No puedes tirarte a los brazos ni a los labios de cualquiera, hay quienes podrían aprovecharse, pero…algo me dice que tu sabes eso ¿No es así? —Esperó que ella tomara su mano y se levantara, prefería mirarla a la cara para cuestionarla. —No quisiera que te pongas en peligro tan fácilmente, menos por culpa de un hombre aprovechado…No quisiera que te hicieran daño —. Se atrevió a ser más sincero, menos frío, todo por culpa del whisky.
—¿Sabes? Siendo pirata, confiar en alguien es un lujo que no podemos darnos siempre —. Se tambaleó y aquello lo llevó a apoyarse sobre la caja a sus espaldas. —Ups…como sea…el punto es que…no, no... ¿Eh? ¿Qué te estaba diciendo?
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