19-03-2026, 09:01 PM
Día 38 de Verano, Año 17.
Un instinto animal, casi caníbal, devorando trozos de piel en su completa visceralidad. Aquel impulso puede robarse el aliento de cualquiera, en cualquier momento, imponer reglas no escritas capaces de sorprender hasta a las mentes más audaces, o aparecer cuando menos se le necesita.
Un monstruo.
Punzante, agresivo, único. Silencioso ante el ruido de mentes dispersas, molesto al despertar por su cacofonía a la guerra en medio de la paz. Contradictorio y desesperanzador, ruín y evasivo, pues nunca cederá a la hora de entristecer lo que un día fue feliz, o clamar a la frustración por no poder luchar contra lo que en su momento supo ser triste.
¿Pero dónde queda la verdad? Tal vez perdida entre lo que no fue, bajo las piedras de hechos que se fueron amontonando ante la inercia de dejar el dolor para después. Ignorarlo hasta que se convierte en el elefante dentro de la habitación, y cambiar el foco se torna en una tarea imposible. Exponer esa misma obra cada que cierra los ojos se torna en un guión cíclico, del cual ya conoce el final, pero insiste en sorprenderlo con el mismo giro, el mismo golpe.
Sus gritos. Las lágrimas cayendo por las mejillas, una desesperación creciente inundándolo aún y si no podía acercarse a pesar de tenerla a escasos metros. El consiguiente silencio envolviendo a una calma casi satírica mientras quiere decirle que todo estará bien, que la ama como nunca amó a nadie, y escuchar esas mismas palabras en sus labios. Sin embargo, nada de eso sucedió, pues la vida de Himari se escapaba junto al brillo inefable de sus ojos, y la muerte insinuaba su inusual e injusto reclamo mediante la ausencia de un gesto que nunca abandonaba aquellos labios. Su sonrisa.
Mientras tanto él sólo era capaz de llamar su nombre, sin poder moverse del suelo, frente al asesino de su amada. Extendiendo un brazo que jamás la alcanzaría, intentando interponerse en medio de la espada que lastimaba a la mujer, incapaz de hacer nada por las distancias. Una mano que, consciente del resultado, quería acariciar su rostro para transmitirle paz en los últimos suspiros.
Y que por ello, se transformaba en puño.
El golpe resonó, seco. La mano vendada, cuyos dedos se mostraban cerrados, mantenía la posición, las gotas de sudor cayendo por el mentón del albino en un claro símbolo del esfuerzo acumulado tras varias horas de entrenamiento. Sus ojos cerúleos vislumbran el interior de la choza en las afueras de Baquella donde se hospedaba, pero veían algo más que su entorno, inmerso en recuerdos que aunque insistía, no podía olvidar, pues significaría arrancar de su corazón las memorias de la única persona que amó en toda su vida.
Por eso frunce el ceño, sabe que muy pronto muchas cosas van a cambiar, en un viaje repleto de incertidumbres. Las noticias viajan con velocidad, el ferry encaminado al puerto de Baquella, el parque de atracciones esperando a sus primeros visitantes y claro, al cuerpo marine para investigarlo a fondo. No sabía si habrían peligros que enfrentar en ese lugar concreto, sin embargo, no había que ser un genio para entender que en los Cabos Gemelos se encontraba el mar más peligroso del mundo, y uno de los desafíos marítimos que peores sensaciones le traían, pues la dificultad para atravesar el Reverse Mountain resultaba prácticamente trivial, una apuesta a sus ojos desconociendo al tripulante que se encargaría de navegar el Tempestad.
Sus nudillos sangraban, algunas tablas de concreto agrietadas a su alrededor desvelan el motivo de esas heridas, cubiertas por vendas. Los movimientos de Hasegawa fluyen como el agua, precisos, controlados, y al finalizar, junta ambas palmas a la altura de su mentón, y exhala un aire que había controlado a la perfección, evitando jadeos o un cansancio pronunciado. Entrenar sólo la akuma sería un error, por eso fortalecía aquel espíritu indomable mediante un control absoluto del cuerpo.
El New Era Joy Park representaba su motivo para volver al centro de Baterilla, y reencontrarse con sus compañeros de División.
No tardó demasiado en recoger sus pocas cosas y cargarlas en un bolso a su espalda, a pesar del desgaste físico se le veía en plenas condiciones, vistiendo un haori blanco y una remera negra bastante apretada y de tela ligera a causa del calor, los pantalones son de un tono idéntico a la primera mencionada. Todo impecable, oliendo a los mismos perfumes caros y masculinos que siempre usa, y su piel en un estado impoluto si se omitían breves ojeras adornando sus ojos azules, y claro, las manos vendadas.
El viaje caminando hacia Baquella no duró demasiado, ya tenía apalabrada una reserva en otro lugar de tránsito dentro del pueblo, siendo su última parada previo al gran día, donde descansaría del intensivo entrenamiento realizado en completa soledad, llevándose a sí mismo al límite máximo de sus capacidades físicas. Desde la misión donde se enfrentó a Minato inició aquel proceso, casi sin ver a nadie, ni buscar contacto, quizás por eso cuando llegó al pueblo, entre el calor y la pesadez física que enfrentaba comenzó a ver borroso, sentir la boca extremadamente seca, a su piernas fallar o responder más lento.
No llegó a apreciar si habían personas cercanas a su posición, sencillamente se desplomó, un golpe seco contra el suelo que llegó a amortiguar en el último momento trastabillando con su pie diestro, sintiendo una vez su rostro tocó esa superficie como una sombra negra se presentaba en el contorno de su vista.
Estaba a poco de perder la consciencia.
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