Baquella, por última vez | Pasado | Cill Blinton
#2




Muchos años atrás


En la altura de los riscos, allí en Baquella, en isla Baterilla, en lo alto de éstos, en un claro, donde podían verse todos los rojos tejados, y la harmoniosa ciudad, que yacía durmiendo bajo el manto de la noche con una lluvia torrencial, se encontraba un sujeto, enorme, con una musculatura gigante, el tipo parecía de acero… Aunque de acero, solo su mandíbula, que se podía escuchar aquel carraspeo metálico que hacía al masticar… De una de sus manos colgaba una cadena, que retrocedía hasta unos dos metros detrás… Al final de ésta, se encontraba como broche de cierre de un cepo de grilletes viejos, metálicos, parte de un cepo… Y a la sombra de aquel enorme hombre, un pequeño niño, trece años cuanto mucho, con ambos brazos hacia delante cayendo en rendición, sostenidos solo por la mínima tensión de la quedana que le tiraba del cepo que tenía con grilletes en sus muñecas. Vestido con harapos, golpeado, con cortes, quemaduras, hematomas por golpes, famélico, curtido… Allí estaba Cill… Pisando tierra firme nuevamente, empapado, observando aquel nocturno diluvio. Su rostro era inerte, con la mirada apagada, vacía, gris, no estaba muerto, pero tampoco vivo… Haber pisado tierra otra vez, por primera vez, después de todo lo que pasó en su hogar, de ver la masacre que hizo su captor… Traía recuerdos… El olor… Los gritos… El miedo… La impotencia… Quería llorar, pero no habían lágrimas, quería gritar pero no había voz en él… Solo era un cuerpo, encadenado… “Lucky” le llamó el enorme sujeto volteando a verlo… “Intentamos quebrar tu espíritu, intentamos dejarte morir… Intentamos dejarle tu muerte a la suerte, y siempre te negaste a morir…” le dijo con una risa sobradora… Soltó la cadena… ¿Que sentido tenía correr? Jamás podría escapar… Estaba allí entregado a su suerte una vez más…

“Vamos a hacer un nuevo juego, Lucky” le dijo el sujeto volteando a verlo, ante la nula expresión del pequeño Cill, que solo continuaba reviviendo la masacre de cada uno de su familia, de la masacre de su pueblo entero, las violaciones, los incendios, el olor a muerte y sangre. Aquel hombre le propuso jugar nuevamente… Claro… Luego de llevarlo cautivo, luego de torturarlo por meses, golpearlo hasta casi matarlo, cortarlo, ahogarlo, intentado de todo… El chico siguió ahí, vivo, sin quebrarse como rehén en ese barco… Por eso comenzaron a usarlo como esclavo y aprendiz, enseñándole la vida de un marino, aprendió con excelencia el arte de la navegación y aquella gente reía de sus cualidades, como festejandole, pero no llegaron aplausos o festejos, eran golpes… Aprendió a pelear, y cada lección era una nueva lesión, una nueva marca, incluso alguna fractura… Pero cuando ya no supieron que hacer con él… Cada noche jugaban dados, jugaban cartas, jugaban de todo… Y la apuesta era Cill ganar y seguir vivo un dia más, Cill perder, y morir… Y vaya si deseó perder más de una vez… ¿Qué sentido tenía ganar si significaba continuar perdiendo?... Pero curiosamente, siempre ganaba, como si faltara sonar alguna canción… Aunque nunca pudo festejar… De ahí que luego de más de un año el azar tenerlo vivo, encontró una motivación un fuego eterno que no se extingue, y un deseo… Y amó el juego, amó las apuestas, que cada noche, le permitieron vivir un día más, por más calvario que fuera… “¿Escuchaste lucky?” volvió a espetar burlonamente aquel sujeto “Jugaremos dados una última vez… Si pierdes… Aquí moriras… Si ganas, aquí nos veremos por última vez, estaremos años en altamar y no nos sirve un peso muerto, aunque sea tan útil”. El pequeño Cill, inerte, no se inmutó… Los dados hicieron lo suyo. El eco de la risa de aquel sujeto enorme resonó, pero los grilletes de sus muñecas finalmente se abrieron, dejando ver carne viva, después de años puestos y tanto daño recibido… “Supongo Lucky, que siempre serás un sujeto afortunado… Cuando la muerte no te desea, es porque la vida aún te reclama muchacho” le dijo burlonamente “Pero recuerda… la libertad, asi como la vida, no existen… Solo los fuertes, aquellos con poder deciden a quien impartirla” le dijo escupiendo el suelo al final y se fué finalmente…

Allí estaba Cill, mal trecho, adolorido, hambriento, sucio, casi muerto… Su corazón todavía tenía aquel fuego, y aquellas palabras solo lo encendieron más. La torrencial lluvia camuflaba la angustia de sus lágrimas que como si aquellas cadenas no solo lo sujetaran a él, sino a su mismo ser, ahora sin ellas, lágrimas brotaron de sus ojos… Estaba lejos, muy lejos, y había pasado mucho tiempo… Solo lloró más y más fuerte mientras se aferraba a la cruz que colgaba de su pecho pensando en aquel último día en su pueblo, en un totalmente lejano East Blue, en la isla de Dawn… Su alma gritaba… Pero de su boca solo salía risa… Rió… Después de tantos años, entre lágrimas y angustia, reía… Ni él sabía porque… Solo podía reír y llorar mientras la lluvia caía sin piedad en aquella oscura noche. Las rodillas del niño flaquearon, cayó sobre ellas sin saber que hacer… Sin saber quien era ya, que podría hacer… Y allí de rodillas, cabizbajo, sosteniendo apenas su torso con sus manos, vió colgar desde su cuello la cruz de su madre mientras las lágrimas seguían brotando como un manantial y la risa poco a poco se transformó en un agonizante grito desgarrante de liberación. Pensó en tirarse por el risco, pero las palabras de su madre resonaban en su mente, mirar al cielo, al mar… La sonrisa de su padre mientras fumaba un cigarro se venía a su mente… Volviendo en sí, busco dos rocas, del tamaño de su pequeño antebrazo, y las puso juntas, allí bajo la lluvia, mirando al cielo, y al mar, en aquel risco que daba por lo bajo a la ciudad y más allá, el horizonte donde el cielo se hace uno con el mar. Y ahí ese pequeño Cill sonrió profundamente pensando que no era el mejor, pero sus padres amarían ese lugar y la vista que les daba. Con una piedra más pequeña, había tallado una cruz en cada piedra, allí, mientras la inclemente lluvia limpiaba más que la suciedad de su castigada piel, y se sentó junto a ellas, dejando purgar a través de sus ojos, fijos en el oscuro firmamento donde el cielo, el mar y el horizonte se hacían uno…
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Baterilla siempre me traía una mezcla de sensaciones y siempre que podía, la evitaba, algunos recuerdos son inevitables, y algunas memorias uno mismo busca enterrarlas en lo más profundo donde cree jamás volvería a encontrarlas. Pero la realidad dista de ello, porque por más profundo que uno cave, al final siempre sabrá dónde enterró aquello. No era algo que me paralizara, solo que prefería mirar hacia delante, y hacer como si olvidase todo aquello… La tarde era hermosa, y si bien siempre intenté evitar aquella isla, más de una vez los caminos se torcieron llevándome en varias ocasiones a aquel sitio. Y ésta vez era algo especial… Ésta vez gente me acompañaba, y nos unía un destino más grande… La aventura llamaba a la puerta, el horizonte nos esperaba, y Baterilla era quien nos vería partir… Alek no debería estar muy lejos, y Miyori, a quien veía caminar delante mío se la veía radiante, cargada de un brillo y melancólica alegría como quien se siente en casa… Sensación que casi había olvidado.

Sonreí… Sonreí por el casi, ese que significaba volver a conocer lo que es un lugar al que volver… ¿Tenía nombre? No… Pero si tenía rostros… Había encontrado con quien compartir mi sueño, y donde al final del día quería estar…

No importaba el donde, importaba los quien…

Ella quiso pasear, caminar, enseñarme lugares, y yo preferí callar con una sonrisa, haciéndome el ignorante, a veces el silencio de uno podría llenar un corazón ajeno más que cientas palabras… Una sonrisa amable, profunda ante el “descubrimiento” de conocer un nuevo sitio que ella me enseñaba, aunque ya lo hubiera visto… Verla alegre… ¿Por qué cortar eso? ¿Por qué arruinar esa libertad tan risueña con la que sentía que me hacía formar parte de quien era? Solo me dejé llevar, y caminaba con ella, atrasandome en varios puntos, solo por ir más despacio, y disfrutar de verla feliz en su hogar, señalando aquí, señalando allá mientras la seguía consistentemente con una sonrisa y atendía cada una de sus explicaciones y lugar que mostraba.

Nuestros pasos, guiados por ella, aquella risueña violinista, iban en subida, camino a lo alto en aquella montañosa zona, donde riscos se formaban, donde el cielo se nos acercaba, casi invitándonos a acariciarlo con las manos, y a lo lejos el mar podía verse inmenso, infinito, como un libro abierto esperando a ser leído, un claro frente nuestro… También la ciudad desde aquel punto regalaba una postal digna de imprimirse en la memoria de cualquier ojo despierto que pudiera ver aquello… Esa fusión que entregaba el violaceo cielo apenas cayendo una tímida noche con tintes anaranjados era un broche magnífico a una obra de arte natural. Yo mientras seguía caminando mientras seguía aquella cabellera anaranjada que cada tanto tarareaba una canción…

Su pregunta realmente nunca me la había planteado pero lo obvio era obvio… —Si que lo es en verdad, Miyori— le contesté entre risas con una sonrisa.

Mientras paseaba mis ojos por aquella onírica postal, en el césped, en aquel risco, con un poco de musgo en sus bases, dos pequeñas piedras estaban juntas allí con una pequeña cruz tallada cada una casi como un rayón… Olvidadas en el tiempo… Miyori siguió caminando un poco, yo no, frené allí, en seco, observándolas, con una sensación indescriptible en mi pecho aunque mi rostro no dejara ver nada de ello… Me acerqué lentamente a estas para agacharme y limpiarlas un poco. La emoción me invadió, no de una mala manera… No era vacío… Era plenitud… Una sonrisa cargada de paz asomó en mi rostro… Y de pronto me incorporé para como acompañado de esas piedras mirara al firmamento y el horizonte, dejándome llenar por el momento y algo dormido hubiera despertado… Solo pude echar a reír con una suave carcajada, de esas que llenan a uno, y dejarme caer como un tronco cortado al suelo, abierto de brazos y piernas sobre el cesped, observando aquel cielo teñido de violeta y naranja mientras reía…

Miyori me quiso apurar, pero, dentro mío no había prisa, era menester comprender la importancia de vivir ese momento, y quería que ella lo comprendiera junto a mí… Seguía caminando ella, sin darse cuenta que yo ya me había acostado en el suelo… Señalandola, de la punta de mi dedo, un hilo casi imperceptible fue hasta ella rápidamente para envolverla por la cintura atrapándola, y sin más opción la levanté del suelo y la atraje hacia mí dejandola acostada pegada a mí, mientras seguía riendo a ojos cerrados ahora.

Voltee a mi derecha para verla al rostro, cercano, cálido, y fundir el cobre de mis ojos en los suyos.

—Aquellos con prisa, pierden de vista los mejores tesoros, Miyori— le dije sonriente de oreja a oreja para volver mi vista al cielo. —Seamos libres un rato… Quedate conmigo a disfrutar el momento— le dije entregado a esta vez, no dejar que lagrimas caigan escondidas en la lluvia, o gritos ahogados salgan de mi garganta, no habían cadenas, esta vez una paz y libertad inquebrantables botaban de mi interior como un manantial inagotable y no quería volver a cometer el mismo error de huir… Ese fuego que se encendió una vez era hoy un incendio, y ser libre y la libertad era mi bandera, y nunca dejaría de flamear... Mientras me permitía disfrutar el momento allí acostado, y ella junto a mí, a mi lado, conmigo... Quizás no entendiera, probablemente, pero a veces tampoco eran necesarias las palabras... Quizás siquiera había podido de terminar de entender lo que le dije en Samba aquella vez en la glorieta... Pero ojalá, pudiera sentirlo y experimentarlo...

Ver el cielo... El mar...
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RE: Baquella, por última vez | Pasado | Cill Blinton - por Cill Blinton - 23-03-2026, 10:13 AM

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