23-03-2026, 11:32 AM
Samba no me rechazó: llegué hace seis días, tiempo suficiente para entender el pulso sin volverme parte del ruido. La isla no intentó seducirme ni domesticarme; no me ofreció promesas ni me exigió máscaras. Simplemente respiró a mi alrededor: húmeda, viva, incómodamente sincera.
Y yo elegí quedarme donde esa respiración no miente: del lado del río. No por humildad, por precisión de querer llevar una vida acorde a mis objetivos de vida.
Casualmente, la primera velada allí se presentó ante mí parte del pasado… aquel por el cual mi vida había dado un par de tropezones decisivos.
Decidí acercarme a él no por nostalgia —no soy tan ingenua— sino por una deuda que no quería seguir arrastrando. Nos encontramos sin ceremonia, como dos decisiones que llegan tarde. Intenté abuenar lo que alguna vez fue un compromiso, pero no por reconstruirlo… sino por cerrarlo sin fisuras.
Pasamos la noche... Y eso bastó.
No hubo conflicto, ni siquiera decepción. Solo esa claridad seca que aparece cuando dos personas finalmente se miran sin el peso de lo que deberían haber sido. No había vínculo. Nunca lo hubo. Solo coincidencias mal interpretadas y silencios que parecían acuerdos.
A la mañana siguiente, nos despedimos. Esta vez de verdad. Sin promesas, sin teatro. Sin esa necesidad infantil de dejar puertas entreabiertas por miedo al vacío.
No dolió.
Fue… exacto.
Desde entonces, organicé mis días como quien afila una herramienta.
Por las mañanas y primeras horas de la tarde cruzo al otro lado: el distrito de azulejos, donde el dinero circula con la misma facilidad con la que se finge el gusto. Allí vendo. Allí sonrío lo justo. Allí dejo que crean que soy inaccesible, porque es más rentable que ser comprendida.
Allí he pasado días vendiendo versiones de mí: La mujer que no levanta la vista si no hay oro suficiente. La artista que mide el silencio como si fuera un recurso escaso. La lunarian que otros describen con palabras que no me pertenecen.
No son todas esas facetas una mentira, pero tampoco es totalidad.
Es una interfaz. Una forma de negociar sin ceder territorio.
No llevo todo. Solo piezas terminadas. Las que ya no me pertenecen.
Y cuando el sol empieza a caer —cuando la luz deja de favorecer las mentiras— me retiro antes de que intenten comprar algo más que mis manos.
Regreso al río.
A lo que no necesita precio.
Ahora es una de esas horas.
El mercado sigue vivo al otro lado, lo sé. Puedo imaginar el murmullo, el roce de telas caras, las voces que negocian como si el valor pudiera imponerse por insistencia.
Pero yo ya no estoy ahí.
Estoy sentada en el umbral de mi cabaña, descalza, con la tierra aún tibia sosteniéndome como si no tuviera intención de reclamarme nada. La madera cruje a mi espalda; el techo filtra el aire moviendo las prendas de corte lujoso que visto y desentonan si se me mira bien. Nada aquí pretende ser más de lo que es.
Y eso… le da un soplo a mi alma.
El río corre a unos metros. No busca ser bello. No intenta agradar. Solo insiste.
Como yo.
Entre mis manos, trabajo: un aro incompleto. Oscuro. Abierto. No es un error que estoy intentando remediar, es una pieza en espera de ser.
El metal aún guarda las marcas de mis decisiones: golpes contenidos, líneas que no corregí porque decían algo más verdadero que la perfección. Mis dedos se mueven con precisión, pero no con prisa; cada ajuste parece menos una corrección que una escucha, como si en lugar de imponer una forma estuviera negociando con algo más antiguo que mi propia intención. No atiendo a la pieza como objeto, sino a la tensión que la atraviesa, a esa indecisión fértil que todavía no se deja resolver.
Las herramientas son pocas, casi austeras, y sin embargo suficientes; todo lo demás —lo que verdaderamente define el resultado— no está afuera.
Detengo el movimiento.
Giro la pieza apenas.
La espiral no está.
Y no la coloco por inercia.
Esa marca —mi forma de decir “esto fui yo”— no se concede por costumbre ni se deposita como un sello automático; exige una certeza que no siempre llega, una alineación breve entre lo que hago y lo que acepto sostener después.
Y esta… todavía no la merece.
O quizá no está hecha para pertenecer.
Ante esos paralelismos las cavilaciones vienen a mi...
No pienso en él. No de forma activa... Pero tampoco lo evito.
Lo que ocurrió ese primer día no dejó residuos. Solo ordenó algo que llevaba demasiado tiempo mal dispuesto dentro de mí. Él se fue en su momento. Yo intenté imitar ese gesto alguna vez, como si la libertad pudiera heredarse por repetición, como si bastara con copiar una huida para entender su sentido.
Ahora entiendo que no.
La libertad no se copia. Se asume.
Y lo que tenía que resolverse… ya no me pesa.
Sin embargo, no todo lo que queda después es vacío.
Porque hay encuentros que no nacen de la deuda ni del cierre, sino de una coincidencia más limpia, casi improbable, como si el mundo —por un instante— dejara de exigir coherencia y simplemente permitiera que dos presencias se reconozcan sin condiciones.
La montaña vuelve a mí de esa forma.
No como un recuerdo insistente, sino como una sensación que no terminó de irse: el aire distinto, la altura, el silencio que no pesaba sino que abría espacio. Y en medio de todo eso, él… sin imponerse, sin medir, sin intentar ocupar más lugar del que el momento le concedía.
No hubo cálculo. No hubo esa necesidad constante de anticipar, de proteger, de negociar cada gesto como si fuera una transacción invisible.
Solo sucedió.
Y en esa falta de artificio hubo algo peligrosamente cercano a lo verdadero. No a lo eterno —no soy tan ingenua— pero sí a lo suficiente.
Recuerdo la forma en que el tiempo pareció aflojar su estructura, como si no importara cuánto durara, sino cómo se sostenía en sí mismo. Recuerdo la manera en que no hizo falta llenar los silencios, ni justificar las decisiones, ni vestir lo que ya era claro con palabras innecesarias.
Y recuerdo, sobre todo, que no me fui con la sensación de haber perdido algo.
Me fui con un resto.
Un peso leve, persistente. Un escozor tibio en el pecho que no exige respuesta, pero tampoco se disuelve.
Aunque hubo una promesa, no fue de esas que encadenan, sino de las que se dicen casi sin darse cuenta, como si el futuro no fuera una obligación sino una posibilidad que se deja abierta con cuidado.
Volver a vernos en Samba.
No lo sostengo como expectativa. Pero tampoco lo desestimo.
Lo dejo existir en ese punto exacto donde no condiciona lo que hago, pero tampoco desaparece entre lo que ya pasó.
Quizá por eso el aire se siente distinto ahora, no porque espere algo, sino porque hay experiencias que afinan la percepción y dejan una huella que no interfiere… pero tampoco se borra.
No lo persigo. Pero tampoco lo cierro.
Algunas experiencias no se archivan ni se resuelven: se alojan. Y desde ahí… transforman desde la inconsciencia.
Dejo la pieza a un lado, no como abandono sino como quien respeta el ritmo de aquello que no debe apurarse. Apoyo la mano en el marco de la puerta y me incorporo sin prisa, permitiendo que el cuerpo encuentre su eje antes que cualquier intención lo reclame, y mis alas se acomodan con esa naturalidad que solo aparece cuando no hay nadie mirando.
Observo el sendero que conecta las cabañas. No hay nada que necesite ocultar ni nada que deba preparar con antelación.
No me escondo. No hoy.
Y eso no nace de la confianza, sino de algo más preciso: la certeza de que no todo lo que llega exige defensa, y de que hay encuentros que no se gestionan, simplemente ocurren cuando uno deja de interponerse entre sí mismo y lo que podría ser.
Si alguien me encontrara ahora, no vería a la figura que negocia entre mármoles ni a la artista que administra su distancia como un recurso. Me vería aquí, con las manos marcadas por el trabajo, una pieza aún abierta entre decisiones, y esta calma que no es reposo ni espera…
Sino una forma consciente de estar disponible sin deber nada.
El viento se filtra entre las grietas, tibio y persistente, como si la isla respirara conmigo… encontrando su camino sin necesidad de ser forzado.
Y yo elegí quedarme donde esa respiración no miente: del lado del río. No por humildad, por precisión de querer llevar una vida acorde a mis objetivos de vida.
Casualmente, la primera velada allí se presentó ante mí parte del pasado… aquel por el cual mi vida había dado un par de tropezones decisivos.
Decidí acercarme a él no por nostalgia —no soy tan ingenua— sino por una deuda que no quería seguir arrastrando. Nos encontramos sin ceremonia, como dos decisiones que llegan tarde. Intenté abuenar lo que alguna vez fue un compromiso, pero no por reconstruirlo… sino por cerrarlo sin fisuras.
Pasamos la noche... Y eso bastó.
No hubo conflicto, ni siquiera decepción. Solo esa claridad seca que aparece cuando dos personas finalmente se miran sin el peso de lo que deberían haber sido. No había vínculo. Nunca lo hubo. Solo coincidencias mal interpretadas y silencios que parecían acuerdos.
A la mañana siguiente, nos despedimos. Esta vez de verdad. Sin promesas, sin teatro. Sin esa necesidad infantil de dejar puertas entreabiertas por miedo al vacío.
No dolió.
Fue… exacto.
Desde entonces, organicé mis días como quien afila una herramienta.
Por las mañanas y primeras horas de la tarde cruzo al otro lado: el distrito de azulejos, donde el dinero circula con la misma facilidad con la que se finge el gusto. Allí vendo. Allí sonrío lo justo. Allí dejo que crean que soy inaccesible, porque es más rentable que ser comprendida.
Allí he pasado días vendiendo versiones de mí: La mujer que no levanta la vista si no hay oro suficiente. La artista que mide el silencio como si fuera un recurso escaso. La lunarian que otros describen con palabras que no me pertenecen.
No son todas esas facetas una mentira, pero tampoco es totalidad.
Es una interfaz. Una forma de negociar sin ceder territorio.
No llevo todo. Solo piezas terminadas. Las que ya no me pertenecen.
Y cuando el sol empieza a caer —cuando la luz deja de favorecer las mentiras— me retiro antes de que intenten comprar algo más que mis manos.
Regreso al río.
A lo que no necesita precio.
Ahora es una de esas horas.
El mercado sigue vivo al otro lado, lo sé. Puedo imaginar el murmullo, el roce de telas caras, las voces que negocian como si el valor pudiera imponerse por insistencia.
Pero yo ya no estoy ahí.
Estoy sentada en el umbral de mi cabaña, descalza, con la tierra aún tibia sosteniéndome como si no tuviera intención de reclamarme nada. La madera cruje a mi espalda; el techo filtra el aire moviendo las prendas de corte lujoso que visto y desentonan si se me mira bien. Nada aquí pretende ser más de lo que es.
Y eso… le da un soplo a mi alma.
El río corre a unos metros. No busca ser bello. No intenta agradar. Solo insiste.
Como yo.
Entre mis manos, trabajo: un aro incompleto. Oscuro. Abierto. No es un error que estoy intentando remediar, es una pieza en espera de ser.
El metal aún guarda las marcas de mis decisiones: golpes contenidos, líneas que no corregí porque decían algo más verdadero que la perfección. Mis dedos se mueven con precisión, pero no con prisa; cada ajuste parece menos una corrección que una escucha, como si en lugar de imponer una forma estuviera negociando con algo más antiguo que mi propia intención. No atiendo a la pieza como objeto, sino a la tensión que la atraviesa, a esa indecisión fértil que todavía no se deja resolver.
Las herramientas son pocas, casi austeras, y sin embargo suficientes; todo lo demás —lo que verdaderamente define el resultado— no está afuera.
Detengo el movimiento.
Giro la pieza apenas.
La espiral no está.
Y no la coloco por inercia.
Esa marca —mi forma de decir “esto fui yo”— no se concede por costumbre ni se deposita como un sello automático; exige una certeza que no siempre llega, una alineación breve entre lo que hago y lo que acepto sostener después.
Y esta… todavía no la merece.
O quizá no está hecha para pertenecer.
Ante esos paralelismos las cavilaciones vienen a mi...
No pienso en él. No de forma activa... Pero tampoco lo evito.
Lo que ocurrió ese primer día no dejó residuos. Solo ordenó algo que llevaba demasiado tiempo mal dispuesto dentro de mí. Él se fue en su momento. Yo intenté imitar ese gesto alguna vez, como si la libertad pudiera heredarse por repetición, como si bastara con copiar una huida para entender su sentido.
Ahora entiendo que no.
La libertad no se copia. Se asume.
Y lo que tenía que resolverse… ya no me pesa.
Sin embargo, no todo lo que queda después es vacío.
Porque hay encuentros que no nacen de la deuda ni del cierre, sino de una coincidencia más limpia, casi improbable, como si el mundo —por un instante— dejara de exigir coherencia y simplemente permitiera que dos presencias se reconozcan sin condiciones.
La montaña vuelve a mí de esa forma.
No como un recuerdo insistente, sino como una sensación que no terminó de irse: el aire distinto, la altura, el silencio que no pesaba sino que abría espacio. Y en medio de todo eso, él… sin imponerse, sin medir, sin intentar ocupar más lugar del que el momento le concedía.
No hubo cálculo. No hubo esa necesidad constante de anticipar, de proteger, de negociar cada gesto como si fuera una transacción invisible.
Solo sucedió.
Y en esa falta de artificio hubo algo peligrosamente cercano a lo verdadero. No a lo eterno —no soy tan ingenua— pero sí a lo suficiente.
Recuerdo la forma en que el tiempo pareció aflojar su estructura, como si no importara cuánto durara, sino cómo se sostenía en sí mismo. Recuerdo la manera en que no hizo falta llenar los silencios, ni justificar las decisiones, ni vestir lo que ya era claro con palabras innecesarias.
Y recuerdo, sobre todo, que no me fui con la sensación de haber perdido algo.
Me fui con un resto.
Un peso leve, persistente. Un escozor tibio en el pecho que no exige respuesta, pero tampoco se disuelve.
Aunque hubo una promesa, no fue de esas que encadenan, sino de las que se dicen casi sin darse cuenta, como si el futuro no fuera una obligación sino una posibilidad que se deja abierta con cuidado.
Volver a vernos en Samba.
No lo sostengo como expectativa. Pero tampoco lo desestimo.
Lo dejo existir en ese punto exacto donde no condiciona lo que hago, pero tampoco desaparece entre lo que ya pasó.
Quizá por eso el aire se siente distinto ahora, no porque espere algo, sino porque hay experiencias que afinan la percepción y dejan una huella que no interfiere… pero tampoco se borra.
No lo persigo. Pero tampoco lo cierro.
Algunas experiencias no se archivan ni se resuelven: se alojan. Y desde ahí… transforman desde la inconsciencia.
Dejo la pieza a un lado, no como abandono sino como quien respeta el ritmo de aquello que no debe apurarse. Apoyo la mano en el marco de la puerta y me incorporo sin prisa, permitiendo que el cuerpo encuentre su eje antes que cualquier intención lo reclame, y mis alas se acomodan con esa naturalidad que solo aparece cuando no hay nadie mirando.
Observo el sendero que conecta las cabañas. No hay nada que necesite ocultar ni nada que deba preparar con antelación.
No me escondo. No hoy.
Y eso no nace de la confianza, sino de algo más preciso: la certeza de que no todo lo que llega exige defensa, y de que hay encuentros que no se gestionan, simplemente ocurren cuando uno deja de interponerse entre sí mismo y lo que podría ser.
Si alguien me encontrara ahora, no vería a la figura que negocia entre mármoles ni a la artista que administra su distancia como un recurso. Me vería aquí, con las manos marcadas por el trabajo, una pieza aún abierta entre decisiones, y esta calma que no es reposo ni espera…
Sino una forma consciente de estar disponible sin deber nada.
El viento se filtra entre las grietas, tibio y persistente, como si la isla respirara conmigo… encontrando su camino sin necesidad de ser forzado.
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