23-03-2026, 08:28 PM
Escuché la risa de Cill a mi espalda, un poco fuera de la dirección que esperaba. Me giré, curiosa por saber qué le causaba gracia, pero no alcancé a verlo porque de pronto sentí que algo me alzaba. Mis pies dejaron el suelo sin aviso, y el cuerpo se me tensó al instante. El aire rozó mi piel y un nudo recorrió mi estómago, no lo pensé, simplemente reaccioné con un chillido agudo que escapó de mis labios, completamente asustada por el repentino momento de que algo invisible me jalaba.
Cerré los ojos con fuerza, más por reflejo que por decisión, aferrándome a esa oscuridad como si así pudiera detener o negar lo que estaba pasando.
Lo primero que sentí fue algo frío detrás de mi cuerpo, pero también suave. El césped húmedo se hundía ligeramente bajo mi peso, fresco contra mi espalda, y algunas hebras me rozaban la piel con un cosquilleo leve que me hizo estremecer. Poco a poco me atreví a abrir los ojos, y lo único que encontré fue el cielo extendiéndose sobre mí. Moví la cabeza, todavía confundida, tratando de entender qué había pasado… y entonces lo vi.
Estaba junto a Cill, recostada a su costado derecho por debajo de su brazo. En ese instante lo comprendí, me había atraído hacia él, a su merced.
Un atisbo de rubor nació en mí al verlo acercarse con tanta confianza. Su mirada cobriza se encontró con el azul de la mía, y en ese instante el mundo me pareció reducirse a ese único punto donde nuestros ojos se cruzaban, una curiosidad de sus motivos o razones de lo que quería al tenerme de esa forma. Sentí la calidez suave extenderse tras la sonrisa abierta, genuina, casi gentil en la forma que me miró. Antes sus palabras me hicieron reflexionar y cuestionarme de verdad, ¿Estaba yendo demasiado deprisa?, tal vez sí… quizás estaba apresurando todo porque los sentimientos de que el tiempo se me escapa me abrumaban. Mañana no estaríamos más en Baquella, por eso el tiempo no fue, no es, ni será suficiente para despedirme de todo lo que me gusta de este lugar.
Tras sus últimas palabras, giré el rostro hacia él, observando por un instante su expresión apacible y esa sonrisa que parecía resguardar algo en silencio. Me pregunté si, después de tanto andar, no estaría fatigado. Un leve remordimiento me recorrió al pensarlo. Sin pronunciar palabra, acomodé con delicadeza la falda de mi vestido bajo mis piernas, procurando que la brisa no la alzara. Después, poco a poco, permití que mi cuerpo cediera a la quietud, acompasé mi respiración, volviéndola más serena, más consciente, como si porfin me concediera el permiso de descender el ritmo y habitar la calma de ese preciso momento junto a él — Está bien, podemos quedarnos un momento.
— Sabes…. — dije suavemente, rompiendo el silencio que se había creado unos minutos entre nosotros, coloque mis manos por encima de mi estómago, y lentamente cerré mis ojos con una sonrisa en mis labios, disfrutando de la brisa gentil de los árboles a nuestro alrededor. — Este es mi lugar favorito en toda la isla…
—- Antes de irme a Samba, incluso desde pequeña… — En mi memoria cobran vida las infinitas veces que venía a este lugar,en una estadía diaria sin duda. —- Al culminar mis obligaciones, por las tardes venía a este lugar a estudiar, a practicar con el violín, a cantar, o simplemente porque quería estar sola y relajarme un momento… —- Un lugar hermoso y perfecto sin duda.
Luego, mi mirada volvió a elevarse hacia el firmamento del atardecer, ya cercano a la noche, extendiéndose en una calma silenciosa que parecía envolverlo todo, un mundo lejos de todo lo que conocía, por eso amaba este lugar —- Es curioso…
—- Tenía pensado, después de la fiesta y la cena, invitarte a venir en la noche para hacer justo esto… — dije con tranquilidad, sin apartar la vista del cielo. — Hablar de nuestro viaje de mañana, de música… tal vez incluso cantarte algo.
Levanté mi mano izquierda hacia arriba, no con la palma abierta, sino como si tratara de encajar estrellas que aún no aparecen en el cielo entre mis dedos, aunque fuese imaginación mía. — O que tú me explicaras cómo es navegar guiándose por las estrellas.
Una pequeña risa se me escapó ante esa posibilidad, después volví mi atención hacia él, con serenidad, dejando que esa idea se desvaneciera por completo. — Creo que terminaste adelantándote a mis planes.
Mi mano descendió de nuevo hasta mi cintura, donde encontré aquel hilo que me rodeaba. Lo toqué con los dedos, notando su superficie firme en apariencia, casi metálica, pero con una flexibilidad suave que cedía ligeramente bajo la presión. Al deslizarlo entre mis yemas, percibí su consistencia, como hilos normales y el solo tensarse son capaces de levantar cualquier cosa.
Al elevar algunas hebras sueltas, las observé con detenimiento, su entramado parecía sencillo a primera vista, de algún modo, aquello me permitió comprender la habilidad de Cill, un poder discreto, no evidente. ¿Qué otras cosas desconocía de él?, no era un libro abierto, al menos no conmigo.
—- Espero que no se convierta en un hábito eso de atarme con hilos…— murmuré, alzando mi mirada nuevamente al cielo. Exhalé con calma, permitiendo que la brisa que subía desde el puerto me rozara el rostro. Con el avance de la noche, las linternas comenzaron a encenderse poco a poco a lo lejos, extendiéndose como pequeños destellos que anunciaban la vida del puerto. A nuestro alrededor, el entorno se volvía cada vez más enigmático, con el murmullo constante de los grillos haciéndonos recordar que había un bosque a nuestro alrededores, algunas aves regresaban a resguardarse entre las ramas de los árboles. La luz del día se iba retirando sin prisa.
Volví a cerrar los ojos, y parecía una muñeca, con las manos cruzándose entre ellas sobre la zona de mis costillas, sobre el corset de mi vestidura.
— Y te advierto… si termino quedándome dormida, vas a tener que cargarme de vuelta a casa.
Cerré los ojos con fuerza, más por reflejo que por decisión, aferrándome a esa oscuridad como si así pudiera detener o negar lo que estaba pasando.
Lo primero que sentí fue algo frío detrás de mi cuerpo, pero también suave. El césped húmedo se hundía ligeramente bajo mi peso, fresco contra mi espalda, y algunas hebras me rozaban la piel con un cosquilleo leve que me hizo estremecer. Poco a poco me atreví a abrir los ojos, y lo único que encontré fue el cielo extendiéndose sobre mí. Moví la cabeza, todavía confundida, tratando de entender qué había pasado… y entonces lo vi.
Estaba junto a Cill, recostada a su costado derecho por debajo de su brazo. En ese instante lo comprendí, me había atraído hacia él, a su merced.
Un atisbo de rubor nació en mí al verlo acercarse con tanta confianza. Su mirada cobriza se encontró con el azul de la mía, y en ese instante el mundo me pareció reducirse a ese único punto donde nuestros ojos se cruzaban, una curiosidad de sus motivos o razones de lo que quería al tenerme de esa forma. Sentí la calidez suave extenderse tras la sonrisa abierta, genuina, casi gentil en la forma que me miró. Antes sus palabras me hicieron reflexionar y cuestionarme de verdad, ¿Estaba yendo demasiado deprisa?, tal vez sí… quizás estaba apresurando todo porque los sentimientos de que el tiempo se me escapa me abrumaban. Mañana no estaríamos más en Baquella, por eso el tiempo no fue, no es, ni será suficiente para despedirme de todo lo que me gusta de este lugar.
Tras sus últimas palabras, giré el rostro hacia él, observando por un instante su expresión apacible y esa sonrisa que parecía resguardar algo en silencio. Me pregunté si, después de tanto andar, no estaría fatigado. Un leve remordimiento me recorrió al pensarlo. Sin pronunciar palabra, acomodé con delicadeza la falda de mi vestido bajo mis piernas, procurando que la brisa no la alzara. Después, poco a poco, permití que mi cuerpo cediera a la quietud, acompasé mi respiración, volviéndola más serena, más consciente, como si porfin me concediera el permiso de descender el ritmo y habitar la calma de ese preciso momento junto a él — Está bien, podemos quedarnos un momento.
— Sabes…. — dije suavemente, rompiendo el silencio que se había creado unos minutos entre nosotros, coloque mis manos por encima de mi estómago, y lentamente cerré mis ojos con una sonrisa en mis labios, disfrutando de la brisa gentil de los árboles a nuestro alrededor. — Este es mi lugar favorito en toda la isla…
—- Antes de irme a Samba, incluso desde pequeña… — En mi memoria cobran vida las infinitas veces que venía a este lugar,en una estadía diaria sin duda. —- Al culminar mis obligaciones, por las tardes venía a este lugar a estudiar, a practicar con el violín, a cantar, o simplemente porque quería estar sola y relajarme un momento… —- Un lugar hermoso y perfecto sin duda.
Luego, mi mirada volvió a elevarse hacia el firmamento del atardecer, ya cercano a la noche, extendiéndose en una calma silenciosa que parecía envolverlo todo, un mundo lejos de todo lo que conocía, por eso amaba este lugar —- Es curioso…
—- Tenía pensado, después de la fiesta y la cena, invitarte a venir en la noche para hacer justo esto… — dije con tranquilidad, sin apartar la vista del cielo. — Hablar de nuestro viaje de mañana, de música… tal vez incluso cantarte algo.
Levanté mi mano izquierda hacia arriba, no con la palma abierta, sino como si tratara de encajar estrellas que aún no aparecen en el cielo entre mis dedos, aunque fuese imaginación mía. — O que tú me explicaras cómo es navegar guiándose por las estrellas.
Una pequeña risa se me escapó ante esa posibilidad, después volví mi atención hacia él, con serenidad, dejando que esa idea se desvaneciera por completo. — Creo que terminaste adelantándote a mis planes.
Mi mano descendió de nuevo hasta mi cintura, donde encontré aquel hilo que me rodeaba. Lo toqué con los dedos, notando su superficie firme en apariencia, casi metálica, pero con una flexibilidad suave que cedía ligeramente bajo la presión. Al deslizarlo entre mis yemas, percibí su consistencia, como hilos normales y el solo tensarse son capaces de levantar cualquier cosa.
Al elevar algunas hebras sueltas, las observé con detenimiento, su entramado parecía sencillo a primera vista, de algún modo, aquello me permitió comprender la habilidad de Cill, un poder discreto, no evidente. ¿Qué otras cosas desconocía de él?, no era un libro abierto, al menos no conmigo.
—- Espero que no se convierta en un hábito eso de atarme con hilos…— murmuré, alzando mi mirada nuevamente al cielo. Exhalé con calma, permitiendo que la brisa que subía desde el puerto me rozara el rostro. Con el avance de la noche, las linternas comenzaron a encenderse poco a poco a lo lejos, extendiéndose como pequeños destellos que anunciaban la vida del puerto. A nuestro alrededor, el entorno se volvía cada vez más enigmático, con el murmullo constante de los grillos haciéndonos recordar que había un bosque a nuestro alrededores, algunas aves regresaban a resguardarse entre las ramas de los árboles. La luz del día se iba retirando sin prisa.
Volví a cerrar los ojos, y parecía una muñeca, con las manos cruzándose entre ellas sobre la zona de mis costillas, sobre el corset de mi vestidura.
— Y te advierto… si termino quedándome dormida, vas a tener que cargarme de vuelta a casa.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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