23-03-2026, 09:43 PM
Caminé unos pasos más antes de que su ausencia avisada generara un leve desajuste en el ritmo, como cuando una canción cambia de compás sin transición. Giré apenas el rostro, lo suficiente para encontrarlo con la mirada mientras se apartaba hacia ese puesto que ya había medido antes. Vino. Tenía sentido. Sonreí apenas, más para mí que para él, y avancé un par de pasos más antes de detenerme.
Me desplacé hacia un costado del camino principal, donde el flujo de gente aflojaba y el aire corría con más libertad. Me acomodé en ese margen entre el tránsito y la pausa, sosteniendo la canasta contra mi antebrazo y dejando que el cofre descansara firme contra mi cadera. Esperé, y aproveché ese instante para ordenar mis ideas.
Mis alas se extendieron apenas, liberando la tensión acumulada en la base y proyectando una sombra irregular sobre la arena. El gesto fue lento, medido; algunas miradas se desviaron. No las busqué, pero tampoco las esquivé. A esa altura, ya no interrumpían: eran parte del paisaje. Incliné levemente la cabeza, dejando que el aire me despejara el rostro.
Lo había invitado a casa. La idea no me pesaba… pero tampoco era ligera. No era lo habitual ni automático, y aun así había salido sin esfuerzo. Mis dedos se ajustaron al asa de la canasta, sintiendo el entramado bajo la piel, como si ese contacto bastara para ordenar lo que no estaba desordenado… pero sí en movimiento.
No era solo por lo que había hecho. Eso, en todo caso, abría la puerta, pero no la cruzaba. Había algo más: en la forma en que ocupaba el espacio, en cómo sostenía la mirada sin invadirla, en ese equilibrio entre avanzar… y saber frenar antes de volverse torpe. No era común. Y todavía no era suficiente.
Una exhalación suave se me escapó. La atracción estaba ahí, clara, innegable. El cuerpo no miente: responde antes de pedir permiso. El mío tampoco. Pero eso nunca había sido el punto. No para mí. Había aprendido a desconfiar de lo inmediato, de lo que arde rápido y se consume igual, de lo que parece encajar… hasta que no hay nada sosteniéndolo.
Mi mirada cayó un segundo sobre la arena, siguiendo las marcas dispersas de los pasos ajenos. Había probado eso, y no llevaba a ningún lado. También conocía lo otro: el tiempo que se estira sin forzarse, la presencia que no necesita probarse todo el tiempo, ese punto exacto donde algo deja de ser juego… sin que nadie tenga que nombrarlo. Eso sí valía la pena para abrir la puerta. Eso sí dejaba marca.
Volví a alzar la mirada, sin apuro. Shin no estaba frente a mí todavía, pero tampoco se había ido del todo. Su ausencia no rompía el hilo: lo tensaba, lo dejaba respirar. Bien.
Mis alas se recogieron con suavidad, acomodándose contra mi espalda. No lo estaba invitando por lo que podía pasar, sino para ver si valía la pena que pasara. Y si no… no pasaría nada. Ajusté el cofre contra mi cadera, firme, en su lugar. Yo también.
Un niño pasó corriendo cerca, levantando una nube leve de arena que se pegó a mis piernas antes de que el viento la barriera. Más allá, una pareja discutía en voz baja; más cerca, alguien cortaba fruta con una precisión casi hipnótica. Y aun así, mi atención volvía a él. No como vigilancia, sino como reconocimiento: como cuando algo ya forma parte del paisaje y no hace falta buscarlo para saber que está ahí.
Cuando regresó, el cambio en el aire bastó para confirmarlo. Su ritmo volvió a encajar con el mío. Giré el cuerpo lo justo para recibirlo, dejando que la luz recorriera mi figura sin esfuerzo, sin cálculo aparente. Pero nada en mí era casual. Mis ojos descendieron un instante hacia la bolsa que llevaba, reconociendo el gesto antes de volver a su rostro. La mención del vino dibujó una curva leve en mis labios, contenida, casi perezosa.
Retomé la marcha sin ceremonia, como si su ausencia hubiera sido solo una pausa natural, ajustando apenas el ritmo para acompasarlo al suyo desde el inicio. No lo miré enseguida. Caminamos un par de pasos en paralelo, dejando que el sonido compartido de nuestros movimientos volviera a asentarse.
— El vino… — retomé al fin, girando el rostro hacia él — no se elige por el precio.
Mis dedos recorrieron el borde de la canasta, acomodando apenas las hierbas sueltas con un gesto simple, deliberadamente lento.
— Se elige por el momento que va a acompañar, es todo un tema.
Sostuve su mirada un segundo más de lo necesario, marcando una certeza, no un desafío, antes de volver al frente.
Su comentario sobre no haber vuelto sobre sus pasos llegó ligero, pero con filo. Una exhalación breve rozó una risa que no terminó de formarse.
— Menos mal — respondí, ladeando apenas la cabeza — Sería incómodo fingir que no me di cuenta.
Había humor, y una línea clara: yo veía. Siempre.
“Es mejor caminar a la par…”- dijo en un momento.
Esta vez la exhalación sí fue reconocimiento.
— Depende — respondí sin mirarlo — Caminar a la par implica que ninguno esté intentando adelantarse… ni quedarse atrás. — Incliné la cabeza apenas, dejando que el cabello cayera sobre mi hombro. — No a todos les gusta ese equilibrio.
Mis alas se tensaron sutilmente, como sosteniendo algo invisible entre nosotros. Ya no era distancia: era medida.
Cuando mencionó lo de “atraparme”, lo miré de frente, sin frenar. La brisa cambió en ese instante, levantando el pareo lo justo para despegarlo de mi pierna antes de dejarlo caer con lentitud perezosa. No lo corregí.
— ¿Atraparme? — repetí, dejando que la palabra respirara entre nosotros. No sonreí enseguida; dejé que el silencio hiciera su parte. Luego, apenas, una curva mínima.
— Eso implicaría que estoy huyendo. — Volví al frente sin romper del todo el contacto. — Y no es el caso.
Unos pasos más y la arena se volvió más firme, más húmeda. El aire cambió. El río estaba cerca. Se sentía.
— Pero… — añadí, bajando apenas la voz — si querés intentarlo, no te lo voy a impedir.
No era un desafío ni una invitación directa. Era una posibilidad.
Mis dedos ajustaron el asa de la canasta sin mirar; el cofre golpeó suave contra mi cadera, marcando el ritmo. Todo en su lugar. Me acerqué apenas al avanzar, reduciendo la distancia sin tocarlo. El calor entre ambos se volvió más definido. No hacía falta más.
— Solo te aviso algo, Shin — continué, ligera pero con fondo — no soy fácil de alcanzar…
Dejé la frase suspendida, girando apenas el rostro.
— …ni de soltar.
El sonido del río empezó a imponerse, grave y constante. El aire se volvió más fresco, más húmedo, rozando la piel en los hombros y el cuello. Ajusté la correa del cofre con un gesto práctico, sin romper el ritmo.
— Queda poco — señalé con la barbilla el sendero entre la vegetación baja. Mi tono bajó apenas, más íntimo. — Mi casa está más allá de ese recodo. No se ve desde acá… y eso me gusta.
Lo miré una vez más, sin rodeos.
— Todavía estás a tiempo de arrepentirte.
La pausa fue breve. Suficiente. Mis dedos rozaron el borde de la canasta otra vez, sin necesidad real.
— Porque una vez que crucemos ese sendero… — añadí en voz baja — el mercado quedará atrás de verdad.
Y entonces sí, sonreí. No ampliamente con sorna pero tampoco del todo inocente. Sino mas bien precisa.
Retomé el paso sin esperar respuesta, dejándole a él la decisión final: si ese umbral era continuidad… o el verdadero comienzo.
Me desplacé hacia un costado del camino principal, donde el flujo de gente aflojaba y el aire corría con más libertad. Me acomodé en ese margen entre el tránsito y la pausa, sosteniendo la canasta contra mi antebrazo y dejando que el cofre descansara firme contra mi cadera. Esperé, y aproveché ese instante para ordenar mis ideas.
Mis alas se extendieron apenas, liberando la tensión acumulada en la base y proyectando una sombra irregular sobre la arena. El gesto fue lento, medido; algunas miradas se desviaron. No las busqué, pero tampoco las esquivé. A esa altura, ya no interrumpían: eran parte del paisaje. Incliné levemente la cabeza, dejando que el aire me despejara el rostro.
Lo había invitado a casa. La idea no me pesaba… pero tampoco era ligera. No era lo habitual ni automático, y aun así había salido sin esfuerzo. Mis dedos se ajustaron al asa de la canasta, sintiendo el entramado bajo la piel, como si ese contacto bastara para ordenar lo que no estaba desordenado… pero sí en movimiento.
No era solo por lo que había hecho. Eso, en todo caso, abría la puerta, pero no la cruzaba. Había algo más: en la forma en que ocupaba el espacio, en cómo sostenía la mirada sin invadirla, en ese equilibrio entre avanzar… y saber frenar antes de volverse torpe. No era común. Y todavía no era suficiente.
Una exhalación suave se me escapó. La atracción estaba ahí, clara, innegable. El cuerpo no miente: responde antes de pedir permiso. El mío tampoco. Pero eso nunca había sido el punto. No para mí. Había aprendido a desconfiar de lo inmediato, de lo que arde rápido y se consume igual, de lo que parece encajar… hasta que no hay nada sosteniéndolo.
Mi mirada cayó un segundo sobre la arena, siguiendo las marcas dispersas de los pasos ajenos. Había probado eso, y no llevaba a ningún lado. También conocía lo otro: el tiempo que se estira sin forzarse, la presencia que no necesita probarse todo el tiempo, ese punto exacto donde algo deja de ser juego… sin que nadie tenga que nombrarlo. Eso sí valía la pena para abrir la puerta. Eso sí dejaba marca.
Volví a alzar la mirada, sin apuro. Shin no estaba frente a mí todavía, pero tampoco se había ido del todo. Su ausencia no rompía el hilo: lo tensaba, lo dejaba respirar. Bien.
Mis alas se recogieron con suavidad, acomodándose contra mi espalda. No lo estaba invitando por lo que podía pasar, sino para ver si valía la pena que pasara. Y si no… no pasaría nada. Ajusté el cofre contra mi cadera, firme, en su lugar. Yo también.
Un niño pasó corriendo cerca, levantando una nube leve de arena que se pegó a mis piernas antes de que el viento la barriera. Más allá, una pareja discutía en voz baja; más cerca, alguien cortaba fruta con una precisión casi hipnótica. Y aun así, mi atención volvía a él. No como vigilancia, sino como reconocimiento: como cuando algo ya forma parte del paisaje y no hace falta buscarlo para saber que está ahí.
Cuando regresó, el cambio en el aire bastó para confirmarlo. Su ritmo volvió a encajar con el mío. Giré el cuerpo lo justo para recibirlo, dejando que la luz recorriera mi figura sin esfuerzo, sin cálculo aparente. Pero nada en mí era casual. Mis ojos descendieron un instante hacia la bolsa que llevaba, reconociendo el gesto antes de volver a su rostro. La mención del vino dibujó una curva leve en mis labios, contenida, casi perezosa.
Retomé la marcha sin ceremonia, como si su ausencia hubiera sido solo una pausa natural, ajustando apenas el ritmo para acompasarlo al suyo desde el inicio. No lo miré enseguida. Caminamos un par de pasos en paralelo, dejando que el sonido compartido de nuestros movimientos volviera a asentarse.
— El vino… — retomé al fin, girando el rostro hacia él — no se elige por el precio.
Mis dedos recorrieron el borde de la canasta, acomodando apenas las hierbas sueltas con un gesto simple, deliberadamente lento.
— Se elige por el momento que va a acompañar, es todo un tema.
Sostuve su mirada un segundo más de lo necesario, marcando una certeza, no un desafío, antes de volver al frente.
Su comentario sobre no haber vuelto sobre sus pasos llegó ligero, pero con filo. Una exhalación breve rozó una risa que no terminó de formarse.
— Menos mal — respondí, ladeando apenas la cabeza — Sería incómodo fingir que no me di cuenta.
Había humor, y una línea clara: yo veía. Siempre.
“Es mejor caminar a la par…”- dijo en un momento.
Esta vez la exhalación sí fue reconocimiento.
— Depende — respondí sin mirarlo — Caminar a la par implica que ninguno esté intentando adelantarse… ni quedarse atrás. — Incliné la cabeza apenas, dejando que el cabello cayera sobre mi hombro. — No a todos les gusta ese equilibrio.
Mis alas se tensaron sutilmente, como sosteniendo algo invisible entre nosotros. Ya no era distancia: era medida.
Cuando mencionó lo de “atraparme”, lo miré de frente, sin frenar. La brisa cambió en ese instante, levantando el pareo lo justo para despegarlo de mi pierna antes de dejarlo caer con lentitud perezosa. No lo corregí.
— ¿Atraparme? — repetí, dejando que la palabra respirara entre nosotros. No sonreí enseguida; dejé que el silencio hiciera su parte. Luego, apenas, una curva mínima.
— Eso implicaría que estoy huyendo. — Volví al frente sin romper del todo el contacto. — Y no es el caso.
Unos pasos más y la arena se volvió más firme, más húmeda. El aire cambió. El río estaba cerca. Se sentía.
— Pero… — añadí, bajando apenas la voz — si querés intentarlo, no te lo voy a impedir.
No era un desafío ni una invitación directa. Era una posibilidad.
Mis dedos ajustaron el asa de la canasta sin mirar; el cofre golpeó suave contra mi cadera, marcando el ritmo. Todo en su lugar. Me acerqué apenas al avanzar, reduciendo la distancia sin tocarlo. El calor entre ambos se volvió más definido. No hacía falta más.
— Solo te aviso algo, Shin — continué, ligera pero con fondo — no soy fácil de alcanzar…
Dejé la frase suspendida, girando apenas el rostro.
— …ni de soltar.
El sonido del río empezó a imponerse, grave y constante. El aire se volvió más fresco, más húmedo, rozando la piel en los hombros y el cuello. Ajusté la correa del cofre con un gesto práctico, sin romper el ritmo.
— Queda poco — señalé con la barbilla el sendero entre la vegetación baja. Mi tono bajó apenas, más íntimo. — Mi casa está más allá de ese recodo. No se ve desde acá… y eso me gusta.
Lo miré una vez más, sin rodeos.
— Todavía estás a tiempo de arrepentirte.
La pausa fue breve. Suficiente. Mis dedos rozaron el borde de la canasta otra vez, sin necesidad real.
— Porque una vez que crucemos ese sendero… — añadí en voz baja — el mercado quedará atrás de verdad.
Y entonces sí, sonreí. No ampliamente con sorna pero tampoco del todo inocente. Sino mas bien precisa.
Retomé el paso sin esperar respuesta, dejándole a él la decisión final: si ese umbral era continuidad… o el verdadero comienzo.
![[Imagen: CwHBiqT.png]](https://i.imgur.com/CwHBiqT.png)
