Desde lo alto del minarete, agazapado sobre las tejas de azulejos azul cobalto que aún retenían el calor del día, Kibai se tomó un momento para estabilizar su respiración. El mundo, desde aquella altura, se dividía en dos realidades completamente diferentes, separadas por el curso plateado del río: la opulencia de piedra de la orilla norte y la humilde honestidad de madera de la orilla sur.
Cerró los ojos, ignorando el griterío lejano de los mercaderes y el tintineo de las fuentes de mármol. Sus fosas nasales se dilataron, filtrando las capas de información que el viento le traía. Entonces, lo encontró de nuevo. Era un aroma denso, cálido y peligrosamente adictivo: azúcar ligeramente quemado. Era el olor del caramelo artesanal, de la paciencia y el fuego, una esencia que para Kibai ya no era solo un rastro, sino un nombre y un rostro definido: Asherah.
— Hacia el río... —susurró para sí mismo, notando cómo sus músculos se tensaban bajo el pelaje moteado—. Vaya, vaya, señorita. Quién diría que prefiere el barro al mármol.
Kibai no utilizó las escaleras interiores, al igual que no las había empleado para subir. Se deslizó por el borde del minarete, clavando sus garras en las juntas de mortero con una precisión que habría hecho palidecer a cualquier instructor de la Marina. Descendió por la fachada del edificio de tres plantas con la fluidez de una sombra, amortiguando cada salto con sus almohadillas hasta que sus pies descalzos tocaron el suelo del callejón trasero con un impacto casi inaudible.
Al internarse de nuevo en el mercado de la zona rica, Kibai supo que el encuentro no sería breve. Su instinto le decía que Asherah no se había retirado al otro lado del río por casualidad; estaba buscando calma, y él no pensaba llegar con las manos vacías. Con la capa de la Marina ondeando levemente tras él, empezó a moverse entre los puestos con una determinación guiada por su nariz y su instinto de cocinero.
Su primera parada fue un puesto de frutas exóticas donde las piñas colgaban como lámparas doradas.
— Esa de ahí. La que pesa más —dijo Kibai, señalando una pieza coronada de hojas de un tono verde vibrante.
— Serían mil berries, oficial —respondió el vendedor, intentando sacar tajada del uniforme.
— Soy soldado raso, no banquero del Gobierno, amigo —replicó Kibai, arqueando una ceja con una sonrisa felina—. Y esa piña tiene una mancha en la base. Doscientos cincuenta.
— ¡Es una mancha de sol! Novecientos y no se hable más.
— Cuatrocientos, y no mencionaré que el peso de tu balanza parece estar un poco... inclinado a tu favor.
El trato acabó cerrándose en cuatrocientos cincuenta. Kibai guardó la fruta en su morral de lona, sintiendo su peso sólido. Pocos metros después, el aroma acre de la caña procesada lo llevó hasta un vendedor de licores. Tras un breve intercambio de palabras y un regateo que incluyó una pequeña cata, adquirió una petaca de aguardiente de caña pura, del tipo que quemaba la garganta y alegraba el alma.
Sin embargo, el verdadero desafío fue el bote de nata montada. Lo encontró en una lechería de lujo que servía a los adosados de piedra.
— No vendemos a personal de baja graduación fuera de servicio —dijo el encargado, limpiando un mostrador de madera pulida.
— Déjate de historias raras, mi dinero es tan valioso como el de cualquiera —respondió Kibai con una seriedad pasmosa—. Y necesito ese bote de nata. Creo que es justo lo que me hace falta.
— Pues mil quinientos berries.
— ¿Mil Quinientos? ¿Lleva polvo de oro o es que la vaca era de la realeza? Setecientos.
— Mil doscientos.
— Escucha bien... — Kibai se inclinó sobre el mostrador, dejando que un leve ronroneo amenazador vibrara en su pecho mientras señalaba el sello de su capa—. Podría solicitar una inspección sanitaria completa del local por sospecha de almacenamiento irregular de lácteos bajo el protocolo de la Marina. O podrías darme la nata por novecientos y ahorrarte el papeleo.
El tendero, palideciendo ante la mención del papeleo militar, le entregó el bote de nata montada con manos temblorosas. Kibai pagó, guardó el botín y salió del local con el morral equilibrado y una chispa de triunfo en la mirada.
Kibai llegó a la orilla del río. Allí, el lujo de los azulejos moría para dar paso a un embarcadero de madera carcomida por la humedad. El contraste era casi violento. Al otro lado, las cabañas de la zona humilde se amontonaban bajo la sombra de la selva Anozama, con el sonido de los tambores de samba flotando en el aire como un pulso constante.
Se acercó a un anciano pescador que remendaba una red sobre un bote que parecía mantenerse a flote por pura fuerza de voluntad.
— Lléveme al otro lado, abuelo — dijo Kibai, dejando caer un par de monedas de cien berries sobre la madera.
El anciano lo miró, entrecerrando los ojos nublados por las cataratas.
— Doscientos berries por cruzar el río... ¿Tan desesperado está el Gobierno por recaudar impuestos entre las gentes humildes que sobreviven en el barro?
— Nada de eso. Es una razón mucho más antigua — respondió Kibai, saltando al bote con agilidad—. Una chica me espera al otro lado.
El pescador soltó una risotada ronca mientras empezaba a remar con movimientos lentos pero expertos.
— ¿Una chica de la orilla sur? Los de tu clase no suelen cruzar este río a menos que sea para dar caza a alguien.
— Bueno, técnicamente soy un rastreador — admitió el Mink, observando cómo la corriente arrastraba sedimentos de la selva—. Pero esta vez no busco a un criminal.
— ¿Y dónde la conociste, muchacho? No pareces de por aquí.
— Muy lejos de aquí, en lo alto de una montaña —Kibai sonrió, recordando el frío de la cima de la Isla Kárate—. Fue una noche de esas que te cambian el ritmo de la sangre.
— ¿Y cuánto hace de eso?
— Apenas unos días. O una eternidad, según se mire. Tenemos... una importante conversación pendiente.
— Ah... entiendo — el viejo asintió riendo para sí mientras empujaba el bote con una pértiga—. Cuidado con las mujeres de este lado del río, marine. Bailan para olvidar sus penas, y si te descuidas, te harán olvidar a ti hasta tu nombre.
Al desembarcar en la orilla sur, Kibai sintió que el suelo bajo sus botas era distinto. No era la piedra inerte de la zona rica, sino tierra viva, mezclada con caña y adobe. Se internó en la red de cabañas, donde la ropa tendida de colores vibrantes formaba túneles que ocultaban el sol.
Kibai sabía que pasar desapercibido siendo un Mink leopardo y por encima vestido con un uniforme de la Marina era imposible, pero preguntar por alguien como Asherah era redundante. Aun así, abordó a un par de jóvenes que practicaban pasos de baile en un claro entre las casas.
— Buenas tardes. Busco a una mujer. Alas negras, cuatro metros de altura, cabello blanco, es bastante díficil de olvidar —dijo Kibai.
Las jóvenes se detuvieron, mirándose entre sí antes de señalar hacia una cabaña más apartada, situada casi en la linde donde el río se curvaba hacia la selva.
— La gigante de las joyas — dijo una de ellas con admiración—. Vive allí. Pero no creo que le gusten las visitas de la ley. O las visitas a secas, diría yo.
— Yo no estoy aquí representando a la ley hoy, solo soy un amigo con hambre —respondió Kibai con un guiño.
Finalmente, la localizó.
Allí estaba ella, sentada en las escaleras de madera de su cabaña. Se veía diferente: descalza, vestida con un conjunto verde esmeralda que dejaba muy poco a la imaginación y que hizo que las fosas nasales de Kibai de dilatasen, mientras su corazón latía a toda velocidad. La luz del atardecer perfilaba su silueta, y desde su posición oculta tras un grupo de palmeras, Kibai pudo ver cómo trabajaba con sus manos, concentrada en el metal. El aroma a azúcar quemado era ahora tan potente que casi podía saborearlo.
Sin embargo, Kibai no era de los que llegaban por la puerta principal pidiendo permiso. Su instinto de Mink, ese que la Marina nunca habría podido domesticar del todo, tomó el mando.
Dio un rodeo silencioso, moviéndose por la parte trasera de la cabaña, donde la vegetación de la selva Anozama empezaba a devorar la madera. Se movió sin romper una sola hoja, aprovechando la sombra que proyectaban los grandes árboles. Cuando estuvo a la distancia adecuada, calculó el salto.
De un leve impulso, amortiguado por sus cuatro almohadillas, se encaramó al tejado de chapa y madera de la cabaña. El material crujió apenas, un sonido que se perdió en el murmullo del río cercano. Kibai caminó por la viga central del techo con la elegancia para evitar cualquier tipo de crujido accidental que delatase su presencia, hasta que llegó al borde justo encima de donde Asherah estaba sentada.
Se inclinó lentamente, permitiendo que su sombra, alargada por el sol poniente, se proyectara sobre las manos de la Lunarian y la pieza en la que trabajaba. El mink esperó un segundo, disfrutando del momento, notando cómo el vello de sus brazos se erizaba por la cercanía.
Entonces, moduló su voz. La bajó hasta un registro grave, profundo, cargado de esa vibración salvaje que Asherah había conseguido despertar en la cima de aquella montaña, acompañada de un ronroneo leve que parecía nacer del centro de su pecho.
— Buenas tardes señorita, ¿me permitiría ver la licencia de esas joyas, por favor?
