Si no fuera una puta vicealmirante, le cortaría la cabeza de un tajo.
¿Qué puta parte de “no nos van a dar información fácilmente” no se entendió? ¿Acaso hablo en sireno? No paraba de cuestionar el linaje histórico de Karl mientras me defecaba hasta en la primera generación de sus ancestros por revelar nuestras intenciones tan a la ligera. Mi cara era un verdadero poema y solo me faltó golpearla con la palma abierta, mas pude soportar el sopor de la situación. El rechoncho sheriff no paraba de exclamar cosas sobre el pecho de Karl mientras yo intentaba no desenfundar mi negro filo hasta que finalmente reaccionó, reconociendo el nombre de Leyos y pensando mientras miraba al suelo levemente hasta que nos advirtió, gracias a lo que la semioni despertaba en él, de que mostrar nuestro estatus como marines en la isla era un error que no debíamos cometer. Tras esto, nos invitó a acompañarlo a la taberna y comer algo ya que nuestras tripas rugían como un animal herido buscando comida, para acto seguido indicar que perdió las llaves de su casa. Vaya desastre de señor, todo sea dicho. Comenzamos a caminar hasta la taberna, tras una calle perpendicular a la central hasta que un edificio catalogado como “Saloon” anunció la llegada al lugar. El sheriff abrió las puertas indicando que habíamos llegado y se hizo el silencio. Sin embargo no parecía ser un silencio de respeto y admiración o miedo. Era un silencio de tensión. Uno de desconfianza, mas no tenía claro si hacia nosotros -las figuras forasteras en el lugar- o hacia el propio sheriff de Ciudad Escarlata. Algo no olía bien.
El lugar, estaba abarrotado y desde la puerta comencé a barrer con la mirada sin mover la cabeza el lugar. El “saloon”, lleno de mesas redondas con sillas alrededor, estaba repleto de habitantes de la ciudad que se amontonaban para comer, beber y celebrar. Hubo varias figuras interesantes que destacar mientras nos acercábamos tras el gordo sheriff a la mesa que había seleccionado. Una de ellas en la esquina izquierda, pegado a la fachada. Vestido de amarillo llamativo y blanco en la zona de juegos. Estaba claro que o era un hombre rico que no se manchaba las botas o era lo suficientemente rápido y eficaz para no llenarse del polvo y la mugre rojiza el yermo de Risky Red. Cantaba a peligro. El segundo, en la barra, con rastas, máscara metálica y un poncho. A todas luces con mejoras cibernéticas como las que fabricamos para Sohem. Por último, en la zona musical, una mink vaca cantando. Curiosa combinación de presencias.
Al llegar a la mesa, Karglos se sentó y nos invitó a acompañarle y pedir lo que quisiéramos mientras acudía un camarero. Fue entonces que reveló el verdadero dato que me descolocó. Leyos era su padre. — Una polla como un campano. — pensé. Había visto el cartel de Leyos mil veces. O era un Gyojin, o usaba un disfraz la mar de convincente. No había manera de que esa bola de sebo humana fuera su hijo. ¿Hablaría en sentido metafórico? ¿Un hijo de alguien que fue criado y no concebido? Ese hombre no parecía tener ningún vestigio de hibridación. ¿Hablaría de un juramento de sangre o es un delirio de orfandad? Aun con esa posibilidad, me escamaba. Cuando el camarero acudió, invité a Karl a sentarse con la mano. — Yo pediré por todos en la barra. — dije mirando a Karl y luego a Karglos — Quiero comprobar si hay un licor en particular, necesito un buen trago para asimilar esto. — aseveré girando hacia la barra y caminando con absoluta parsimonia y tranquilidad hacia la barra como si el bar fuera mío, sin despegar la vista de ella. Cuando hubiera llegado a ella, poniéndome justo al lado derecho del hombre de rastas -al que no fijé mi vista en ningún momento- a unos dos metros, planté las manos sobre la barra y busqué al camarero con la mirada. El bar es la zona neutral. Aunque Karglos fuera realmente el hijo de Leyos y mis sospechas sobre su reputación el pueblo fuera cierta… solo había una manera de obrar. Solo una forma de diferenciar a un cazador de tres al cuarto de un Ōka Shichibukai.
Mi voz al camarero fue firme y la acompañé de un gesto con la cabeza hacia la mesa donde nos sentábamos. Poco tardó en poner la comida sobre la barra, los dos bocadillos sobre un plato y el cuenco con estofado por otro lado. Así ambos y me giré hacia la mesa de nuevo, apartando la silla a la siniestra de Karlglass con el pie izquierdo, arrastrándola lenta y sonoramente, dejando los platos sobre la mesa: el estofado a escasos centímetros del sheriff y los bocadillos entre el espacio entre mi compañera y yo. Entonces me senté de manera brusca y cogí uno de los dos bocadillos, llevándomelo a la boca y dando un bocado de media barra de pan. — Somos todo oídos, sheriff. — finalicé, mirando al sheriff con entusiasmo.
¿Qué puta parte de “no nos van a dar información fácilmente” no se entendió? ¿Acaso hablo en sireno? No paraba de cuestionar el linaje histórico de Karl mientras me defecaba hasta en la primera generación de sus ancestros por revelar nuestras intenciones tan a la ligera. Mi cara era un verdadero poema y solo me faltó golpearla con la palma abierta, mas pude soportar el sopor de la situación. El rechoncho sheriff no paraba de exclamar cosas sobre el pecho de Karl mientras yo intentaba no desenfundar mi negro filo hasta que finalmente reaccionó, reconociendo el nombre de Leyos y pensando mientras miraba al suelo levemente hasta que nos advirtió, gracias a lo que la semioni despertaba en él, de que mostrar nuestro estatus como marines en la isla era un error que no debíamos cometer. Tras esto, nos invitó a acompañarlo a la taberna y comer algo ya que nuestras tripas rugían como un animal herido buscando comida, para acto seguido indicar que perdió las llaves de su casa. Vaya desastre de señor, todo sea dicho. Comenzamos a caminar hasta la taberna, tras una calle perpendicular a la central hasta que un edificio catalogado como “Saloon” anunció la llegada al lugar. El sheriff abrió las puertas indicando que habíamos llegado y se hizo el silencio. Sin embargo no parecía ser un silencio de respeto y admiración o miedo. Era un silencio de tensión. Uno de desconfianza, mas no tenía claro si hacia nosotros -las figuras forasteras en el lugar- o hacia el propio sheriff de Ciudad Escarlata. Algo no olía bien.
El lugar, estaba abarrotado y desde la puerta comencé a barrer con la mirada sin mover la cabeza el lugar. El “saloon”, lleno de mesas redondas con sillas alrededor, estaba repleto de habitantes de la ciudad que se amontonaban para comer, beber y celebrar. Hubo varias figuras interesantes que destacar mientras nos acercábamos tras el gordo sheriff a la mesa que había seleccionado. Una de ellas en la esquina izquierda, pegado a la fachada. Vestido de amarillo llamativo y blanco en la zona de juegos. Estaba claro que o era un hombre rico que no se manchaba las botas o era lo suficientemente rápido y eficaz para no llenarse del polvo y la mugre rojiza el yermo de Risky Red. Cantaba a peligro. El segundo, en la barra, con rastas, máscara metálica y un poncho. A todas luces con mejoras cibernéticas como las que fabricamos para Sohem. Por último, en la zona musical, una mink vaca cantando. Curiosa combinación de presencias.
Al llegar a la mesa, Karglos se sentó y nos invitó a acompañarle y pedir lo que quisiéramos mientras acudía un camarero. Fue entonces que reveló el verdadero dato que me descolocó. Leyos era su padre. — Una polla como un campano. — pensé. Había visto el cartel de Leyos mil veces. O era un Gyojin, o usaba un disfraz la mar de convincente. No había manera de que esa bola de sebo humana fuera su hijo. ¿Hablaría en sentido metafórico? ¿Un hijo de alguien que fue criado y no concebido? Ese hombre no parecía tener ningún vestigio de hibridación. ¿Hablaría de un juramento de sangre o es un delirio de orfandad? Aun con esa posibilidad, me escamaba. Cuando el camarero acudió, invité a Karl a sentarse con la mano. — Yo pediré por todos en la barra. — dije mirando a Karl y luego a Karglos — Quiero comprobar si hay un licor en particular, necesito un buen trago para asimilar esto. — aseveré girando hacia la barra y caminando con absoluta parsimonia y tranquilidad hacia la barra como si el bar fuera mío, sin despegar la vista de ella. Cuando hubiera llegado a ella, poniéndome justo al lado derecho del hombre de rastas -al que no fijé mi vista en ningún momento- a unos dos metros, planté las manos sobre la barra y busqué al camarero con la mirada. El bar es la zona neutral. Aunque Karglos fuera realmente el hijo de Leyos y mis sospechas sobre su reputación el pueblo fuera cierta… solo había una manera de obrar. Solo una forma de diferenciar a un cazador de tres al cuarto de un Ōka Shichibukai.
— Dos bocadillos de cecina para el Sheriff y una ración de estofado para mi y mi amiga. Paga “la ley”. —
Mi voz al camarero fue firme y la acompañé de un gesto con la cabeza hacia la mesa donde nos sentábamos. Poco tardó en poner la comida sobre la barra, los dos bocadillos sobre un plato y el cuenco con estofado por otro lado. Así ambos y me giré hacia la mesa de nuevo, apartando la silla a la siniestra de Karlglass con el pie izquierdo, arrastrándola lenta y sonoramente, dejando los platos sobre la mesa: el estofado a escasos centímetros del sheriff y los bocadillos entre el espacio entre mi compañera y yo. Entonces me senté de manera brusca y cogí uno de los dos bocadillos, llevándomelo a la boca y dando un bocado de media barra de pan. — Somos todo oídos, sheriff. — finalicé, mirando al sheriff con entusiasmo.
Contenido Oculto
Resumen
Info bélica
Haki
Karmas
Off comida

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