27-03-2026, 02:59 AM
Un zumbido casi ensordecedor, quizá provocado por algún enorme insecto que rondaba en las afueras del barco, le recordó al médico en qué tipo de isla estaban. Un paraje virgen, sin tanta intervención humana, una zona sin ley, cualquier cosa podría pasar y eso preocupó al médico, más aún después de escuchar las palabras del cocinero y su clara negación a esconderse…Una pésima idea en perspectiva, pero ¿Quién era él para decirle que no lo hiciera? Suspiró y dejó pasar el comentario del otro hombre, sin pena ni gloria, solo con la resignación de alguien que sabía que esos pensamientos podían llegar a ser contraproducentes.
Se encogió de hombros y dejó de lado la libreta y el bolígrafo para comer un poco más de la ensalada, los últimos bocados, antes de que el plato quedara limpio y lo colocara en el fregadero, el cual estaba justo al lado de la ventana en la que antes había encendido las cáscaras de cítricos. Todo esto mientras escuchaba al otro hombre explicarle los peligros reales de la fruta del tal Deadburn y, ciertamente, sonaba como un gran problema, aun así…la idea había quedado anotada en su libreta y, sea como sea, buscaría una manera de combatir casos similares, vinieran de él o de otra persona.
—Solo deja que lo intente, cocinero —dijo mientras lavaba aquel envase que antaño contuvo la ensalada griega, para luego, al terminar, girarse para encarar al pelinegro. —Entiendo tu explicación y sé que, al no haber estado ahí, no puedo dimensionar el daño que causó, pero…al menos déjame crear una sustancia que disminuya el calor. Puede que no funcione con él, porque por lo que describes, espero no encontrarlo nunca como enemigo, pero…podría funcionar con otras personas. Nunca sabes con quien te encontrarás en estos mares.
El zumbido volvió a retumbar en sus oídos y eso hizo que el pelirrosa se girara apenas para volver a luchar con el encendedor. Las cáscaras secas que había puesto antes se habían consumido casi por completo, ya era momento de encender más de aquel repelente improvisado. Tendría que trabajar en algo mejor después.
—Solo no pienses en los detalles ahora, cuando tenga algo…seguro que serás de los primeros en saberlo —. Su tono de voz sonó un poco cansado, casi adormilado, aunque fue bien disimulado debido a su pequeña y renovada pelea con el encendedor; sin embargo, el tema murió ahí y uno nuevo surgió, como era normal en ese tipo de conversaciones nocturnas, en donde todos se volvían más “abiertos” con respecto a sus emociones.
—Bien. No puedo obligarte si es lo que deseas, pero tampoco te sobre esfuerces. No sería bueno ni para ti ni para…eh…Mako…sí, ella —. Apenas podía recordar el rostro de la mujer y eso que estaba consciente de haber viajado con ella en algún momento. Nadie se imaginaría que, tiempo después, sería uno de los pocos nombres y rostros que recordaría con claridad. —Solo asegúrate de pedir ayuda si es necesario…más aun con marines rondando —¿Por qué le importaba al médico? Por el simple hecho de que se supone que eran aliados, algo que debía aprovechar, después de todo, la única razón por la que había aceptado unirse a una tripulación era por una promesa de protección. Se veía así mismo como un ser más delicado que en lo que en realidad era.
Después de unos segundos pudo encender el fuego y, con ello, más cáscaras de naranjas, mandarinas y limones, empezaron a quemarse. El humo no le afectaba, a fin de cuentas, su olfato estaba bastante dañado, así que, al verlo, solo sonrió de oreja a oreja…una sonrisa que se convirtió en una mueca de seriedad cuando el cocinero mencionó el nombre del supuesto capitán de los Death Man’s Hand.
—Lucarne Ashveil —. Ni siquiera se dio cuenta que recordó perfectamente tanto el nombre como el apellido del hombre. —No lo sé…No sé donde puede estar —. Dejó a un lado el encendedor y volvió a mirar directamente al pelinegro. Se notaba fastidiado y, podía entenderlo, él estaba igual, aunque lo disimulaba mejor.
—Después de llegamos a la primera isla no volví a verlo. Te agradezco por haberlo traído desde esa montaña invertida o…reversa o…no recuerdo el nombre, pero tu entiendes —. Suspiró, cansado, buscando las palabras para explicar lo que sucedía. —Nos habló un par de veces antes de desaparecer. Intenté mantenerlo en cama para ayudarlo con sus heridas, pero…un día ya no estaba. No lo encontramos en esa isla llena de cactus y ya no podíamos seguir en ese lugar por más tiempo. Tuvimos que partir sin él. No vendrá a ver a la cocinera bonita ni a ninguno de nosotros…No sé que habrán vivido ustedes en ese foso, pero parece que consiguió quebrar su psique.
El pequeño fuego creado antes crujió a la vez que el médico se cruzaba de brazos. Su rostro, iluminado por las pequeñas llamas, tenía un matiz de seriedad que era extraño para su usual expresión distraída, pero que parecía que esta noche, era la constante.
—Y no te disculpes, el Grand Line es un cementerio de Piratas, no es un sitio en que se espera que todos sobrevivan —. Su manera de expresarse llegó acompañada de una frialdad que no solía usar con el resto de sus compañeros, algo que reservaba para momentos en los que, su verdadera personalidad, debía salir a flote, pero ahora…fue necesario o, quizá, solo fue algo natural, después de todo, una persona no siempre podía ocultar su naturaleza real.
—Además, estas cansado y enojado —. El pelirrosa imitó al pelinegro, terminó también masajeando su propio entrecejo, evidenciando un cansancio, pero no como el del pelinegro, si no uno más natural, un cansancio producido después de un viaje largo. —No puedo culparte por algo como esto, yo mismo no sé que será de nosotros ahora —. Miró por la ventana, visiblemente más preocupado que antes.
—Vaya manera de ser recibido en esta isla ¿No? —El hombre soltó una risa amarga, casi sarcástica. —Bueno, supongo que solo queda seguir jugando…ya que decidimos viajar…y…tienes mi contacto de den den mushi, cocinero, úsalo si lo crees necesario…Ahora, si no vas a aceptar mi oferta, tal vez sea mejor que regreses a tu barco a cuidar a tu compañera —. Señaló hacia la puerta, de hecho, el mismo caminó hacia ella para salir de la cocina y respirar el frío y prehistórico aire de la isla…Le convenía relajarse, después de todo, al final de esa conversación, tendría mucho en que pensar.
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