28-03-2026, 05:21 PM
Narrador / María Merlot
¿Y cómo harás eso, Merlot?
La voz de Hyakinthos la acaricio, no con lujuria, sino con curiosidad. En los recuerdos que poseía, solo conocía una forma de llevar la mente humana al olvido, aunque por poco tiempo, ayudaba a liberar la tristeza y hasta el mal humor. ¿Por qué no socorrer a su amado salvador? María, siendo formada por la mejor cortesana de los Piratas del Abismo arrebatandole ese titulo, conocía muy bien que puntos incitar para llevarlo a ver las estrellas, para arropado en las llamas del deseo, para descargarlo como las pistolas de Jensen ante un marine…
Por su parte el beso que le dio fue suave, un roce tan puro y casto como el aleto de una mariposa. Por un segundo recordó el beso con el Capitán Uva, antes de emprender esa aventura al GL: él la beso con pasión carnal, que termino en sexo consensuado y desenfrenado; luego el beso de Marco, uno lleno de un simple tramite, que termino en una cena. Solo dos hombres beso en todo este tiempo, una disminución en las estadísticas de su cuerpo, considerando que sus amos siempre la mantenían activa en el negocio. ¿Así se sentirían las vírgenes y castas mujeres de la buena sociedad?
Cuando las manos del hombre se posicionaron en su cintura, percibió la firmeza de estas. No le importaba tener sexo con el médico, sería una experiencia religiosa, después de todo era el objeto de su fanatismo, poder ayudarlo… así fuera con su cuerpo, le daba sentido a su vida. Los cuerpos se pegaron más y más, y el beso se profundizo, dejo de ser dulce y suave, paso a ser sensual. Cuando las manos bajaron a sus muslos, la tela del pijama impidió el contacto directo, María lo supo… su Algodón de Azúcar era un hombre igual a los demás... ¿Le decepcionaba? Tal vez, un poco… pero eso le daba una luz al final del túnel, porque si en algo podía ser útil, si algo sabía hacer bien, si en algo le habían formado con sangre y sudor, era en el placer físico, en la sensualidad de los bajos instintos. ¿Cuántos hombres, mujeres y hasta animales bípedos usaron su cuerpo para la liberación mas primitiva? Dejo de contar hacía mucho tiempo…
Dejarse llevar, siempre fue la solución. No luchar contra el deseo asqueroso, o en este caso en particular, la falta de este. Sabía disfrutar, lo haría para alejar los fantasmas del hombre pelirrosado, por él y solo por él. Desde que subió a la tripulación de Ashveil, nunca vio a ninguno de sus compañeros como posibles… amantes, todos parecían grandes amigos, buenos camaradas. ¿Entonces por qué beso a Hyakinthos? Porque era lo único que se le ocurrió para sacarlo de la introspección agónica que reflejaban sus ojos en forma de lágrimas. Era eso, o golpearlo, y contra él jamás levantaría una mano.
El rastro de sus manos se congelaron, el beso finalizo, la respiración de María generaba que su pecho subiera y bajara. Lo vio recuperar algo de lucidez, echar la cabeza hacia atrás, regresar las manos a la seguridad de la cintura.
Por su parte el beso que le dio fue suave, un roce tan puro y casto como el aleto de una mariposa. Por un segundo recordó el beso con el Capitán Uva, antes de emprender esa aventura al GL: él la beso con pasión carnal, que termino en sexo consensuado y desenfrenado; luego el beso de Marco, uno lleno de un simple tramite, que termino en una cena. Solo dos hombres beso en todo este tiempo, una disminución en las estadísticas de su cuerpo, considerando que sus amos siempre la mantenían activa en el negocio. ¿Así se sentirían las vírgenes y castas mujeres de la buena sociedad?
Cuando las manos del hombre se posicionaron en su cintura, percibió la firmeza de estas. No le importaba tener sexo con el médico, sería una experiencia religiosa, después de todo era el objeto de su fanatismo, poder ayudarlo… así fuera con su cuerpo, le daba sentido a su vida. Los cuerpos se pegaron más y más, y el beso se profundizo, dejo de ser dulce y suave, paso a ser sensual. Cuando las manos bajaron a sus muslos, la tela del pijama impidió el contacto directo, María lo supo… su Algodón de Azúcar era un hombre igual a los demás... ¿Le decepcionaba? Tal vez, un poco… pero eso le daba una luz al final del túnel, porque si en algo podía ser útil, si algo sabía hacer bien, si en algo le habían formado con sangre y sudor, era en el placer físico, en la sensualidad de los bajos instintos. ¿Cuántos hombres, mujeres y hasta animales bípedos usaron su cuerpo para la liberación mas primitiva? Dejo de contar hacía mucho tiempo…
Dejarse llevar, siempre fue la solución. No luchar contra el deseo asqueroso, o en este caso en particular, la falta de este. Sabía disfrutar, lo haría para alejar los fantasmas del hombre pelirrosado, por él y solo por él. Desde que subió a la tripulación de Ashveil, nunca vio a ninguno de sus compañeros como posibles… amantes, todos parecían grandes amigos, buenos camaradas. ¿Entonces por qué beso a Hyakinthos? Porque era lo único que se le ocurrió para sacarlo de la introspección agónica que reflejaban sus ojos en forma de lágrimas. Era eso, o golpearlo, y contra él jamás levantaría una mano.
El rastro de sus manos se congelaron, el beso finalizo, la respiración de María generaba que su pecho subiera y bajara. Lo vio recuperar algo de lucidez, echar la cabeza hacia atrás, regresar las manos a la seguridad de la cintura.
¿Por qué haces esto, Merlot?
Comenzó con ese cuestionamiento, siguieron más, no como reproches sino como la búsqueda de sus acciones. Los ojos ámbar lo evaluaron, mordiendo su propio labio inferior sin saber como responderle, o más bien tejiendo entre los hilos de su caos una respuesta adecuada. La alejo, dejándola de nuevo a un lado, el calor del hombre quedo atrás, la brisa trajo consigo el frescor de un casi nada. Él se levantó, las palabras continuaron saliendo de aquellos labios que antes la besaron. La mestiza acepto su ayuda, entrelazo sus manos con la suyas y regreso a su altura habitual. Lo dejo alejarse, o más bien tambalearse hasta las cajas que los ocultaron todo ese tiempo.
María por su parte, fue hasta la baranda del barco. Se quedo quieta observando el mar, el vaivén de los movimientos venidos de quien sabe dónde. Toco sus labios, esos que en un tiempo fueron de todos menos de ella, aunque nunca fue dueña de su cuerpo… había algo que odiaba particularmente: que la besaran. Cada vez que uno de esos cerdos usaba su cuerpo, la peor parte siempre era cuando buscaban su boca, con sus asquerosos alientos, con sus repulsivas lenguas, con la baba que dejaban cuando se separaban… las arcadas no expulsadas, siempre se quedaban a medio camino. ¿Entonces por qué lo hizo? Porque ahora ella los daba por voluntad propia. Su cuerpo, sus deseos, sus besos… los daba porque quería, no porque alguien la obligará. Aquella noche en Samba lo entendió, cuando por primera vez se dejo llevar para su satisfacción personal, no buscaba el de su compañero, sino el suyo propio.
Los labios formaron una sonrisa de la que burbujeaban pequeños espasmos que se terminaron convirtiendo en una risa vacía, sin vida, diferente a las encantadoras que solía mostrarles a todos. ¿Qué la hizo reír? Todo, nada… y un destello de una promesa hecha sin pensar… ¿qué pensaría su correctísimo esposo si supiera lo que era ella? ¿qué pensaría su muy educado padre en el cielo? Su risa se apagó, sus manos terminaron sobre su rostro, no importaba que pensaran, ella no podía cambiar el pasado ni lo que era; su padre estaba muerto, su esposo ni siquiera era su esposo, y no podía sumarle otra preocupación a Hyakinthos, sus problemas… sus miedos… no debería afectar al objeto de su adoración. Con una inhalación profunda, enterrando todo en el fondo de dónde nunca debió salir, hizo lo que mejor sabia hacer, y no, no era tener sexo como la cortesana que era, sino seguir adelante, ignorar el dolor, continuar…
— … porque soy hermosa. No soy ciega y mucho menos tonta, Algodón de Azúcar, se cómo me miran todos, con adoración, con deseo, con fascinación, con devoción… si eso puede ser de ayuda para mis nakamas, entonces lo usare. Si debo besar 3.600.000 veces a Marco para pagar otro Flush Royal, lo hare sin dudarlo… — comento sin girarse a verlo, su voz al principio hueca fue tomando forma — … claro que quiero descubrirlo… — suspiro, esta vez volteándose para apoyar su trasero en la baranda y mirar a su oyente — … lo intento, cada día, solo que… voy a mi ritmo. ¿Sabes? Es nuevo para mí: la libertad… — esbozo una sonrisa, aquella hermosa mujer de larga cabellera celeste, con un pijama de tiburón, se veía etérea y vulnerable a la vez — … si, lo sé — ella mejor que nadie conocía lo que los hombres podían hacer — … tampoco quiero que te pase nada, solo quiero tu bienestar… Algodón de Azúcar. Tu eres mi única estrella en un universo vacío — pronuncio en un hilo de voz casi imperceptible, de todos sus nakamas, él fungía como el protagonista, dueño y señor de su lealtad, por quien haría cualquier cosa sin refutar, sin juzgar — … ¿un bar? Suena bien para mí, aunque antes debería cambiarme… se pueden asustar si ven llegar a una sirena tiburón — bromeo recuperando algo de su alegría, y acercándose al sujeto, con las manos entrelazadas a su espalda, ámbar sobre amarillo — … gracias por ser el hombre que sabía que eras… — le sonrió, se refería a lo que pensó antes, sobre que todos los hombres eran iguales, su medico resulto ser una pieza diferente… él no sucumbió a la lujuria — … Diez minutos, solo diez minutos — aseguro, alejándose hacia su camarote — … quizás quince por si me pierdo en los caminos sinuosos del Flush Royal — advirtió teniendo en cuenta su peculiar desorientación y fácil distracción.
Al ir caminando, la joven pensó que desde ahora reservaría sus besos, justo como dijo Hyakinthos, no podia besar a cualquiera. Cuando puso la mano en el pomo de la puerta un pensamiento fugaz vino: Si estaba casada, los besos le pertenecían a su esposo ¿No? ¡Un esposo al que nunca más vería! ¿Acaso estaba condenada a la abstinencia total? ¿Debería anunciarle el divorcio en su próxima postal? Bueno, no, aun no… tal vez después, cuando se aburriera de escribirle… porqué inevitablemente iba a aburrirse ¿Cierto? Su humor mejoro, cuando pensó que tal vez, el perfecto marine nunca había besado a alguien… lastima por él, que ella no lo pensó cuando el pato ataco, porque podría haberle dado un inolvidable beso como despedida.
María por su parte, fue hasta la baranda del barco. Se quedo quieta observando el mar, el vaivén de los movimientos venidos de quien sabe dónde. Toco sus labios, esos que en un tiempo fueron de todos menos de ella, aunque nunca fue dueña de su cuerpo… había algo que odiaba particularmente: que la besaran. Cada vez que uno de esos cerdos usaba su cuerpo, la peor parte siempre era cuando buscaban su boca, con sus asquerosos alientos, con sus repulsivas lenguas, con la baba que dejaban cuando se separaban… las arcadas no expulsadas, siempre se quedaban a medio camino. ¿Entonces por qué lo hizo? Porque ahora ella los daba por voluntad propia. Su cuerpo, sus deseos, sus besos… los daba porque quería, no porque alguien la obligará. Aquella noche en Samba lo entendió, cuando por primera vez se dejo llevar para su satisfacción personal, no buscaba el de su compañero, sino el suyo propio.
Los labios formaron una sonrisa de la que burbujeaban pequeños espasmos que se terminaron convirtiendo en una risa vacía, sin vida, diferente a las encantadoras que solía mostrarles a todos. ¿Qué la hizo reír? Todo, nada… y un destello de una promesa hecha sin pensar… ¿qué pensaría su correctísimo esposo si supiera lo que era ella? ¿qué pensaría su muy educado padre en el cielo? Su risa se apagó, sus manos terminaron sobre su rostro, no importaba que pensaran, ella no podía cambiar el pasado ni lo que era; su padre estaba muerto, su esposo ni siquiera era su esposo, y no podía sumarle otra preocupación a Hyakinthos, sus problemas… sus miedos… no debería afectar al objeto de su adoración. Con una inhalación profunda, enterrando todo en el fondo de dónde nunca debió salir, hizo lo que mejor sabia hacer, y no, no era tener sexo como la cortesana que era, sino seguir adelante, ignorar el dolor, continuar…
— … porque soy hermosa. No soy ciega y mucho menos tonta, Algodón de Azúcar, se cómo me miran todos, con adoración, con deseo, con fascinación, con devoción… si eso puede ser de ayuda para mis nakamas, entonces lo usare. Si debo besar 3.600.000 veces a Marco para pagar otro Flush Royal, lo hare sin dudarlo… — comento sin girarse a verlo, su voz al principio hueca fue tomando forma — … claro que quiero descubrirlo… — suspiro, esta vez volteándose para apoyar su trasero en la baranda y mirar a su oyente — … lo intento, cada día, solo que… voy a mi ritmo. ¿Sabes? Es nuevo para mí: la libertad… — esbozo una sonrisa, aquella hermosa mujer de larga cabellera celeste, con un pijama de tiburón, se veía etérea y vulnerable a la vez — … si, lo sé — ella mejor que nadie conocía lo que los hombres podían hacer — … tampoco quiero que te pase nada, solo quiero tu bienestar… Algodón de Azúcar. Tu eres mi única estrella en un universo vacío — pronuncio en un hilo de voz casi imperceptible, de todos sus nakamas, él fungía como el protagonista, dueño y señor de su lealtad, por quien haría cualquier cosa sin refutar, sin juzgar — … ¿un bar? Suena bien para mí, aunque antes debería cambiarme… se pueden asustar si ven llegar a una sirena tiburón — bromeo recuperando algo de su alegría, y acercándose al sujeto, con las manos entrelazadas a su espalda, ámbar sobre amarillo — … gracias por ser el hombre que sabía que eras… — le sonrió, se refería a lo que pensó antes, sobre que todos los hombres eran iguales, su medico resulto ser una pieza diferente… él no sucumbió a la lujuria — … Diez minutos, solo diez minutos — aseguro, alejándose hacia su camarote — … quizás quince por si me pierdo en los caminos sinuosos del Flush Royal — advirtió teniendo en cuenta su peculiar desorientación y fácil distracción.
Al ir caminando, la joven pensó que desde ahora reservaría sus besos, justo como dijo Hyakinthos, no podia besar a cualquiera. Cuando puso la mano en el pomo de la puerta un pensamiento fugaz vino: Si estaba casada, los besos le pertenecían a su esposo ¿No? ¡Un esposo al que nunca más vería! ¿Acaso estaba condenada a la abstinencia total? ¿Debería anunciarle el divorcio en su próxima postal? Bueno, no, aun no… tal vez después, cuando se aburriera de escribirle… porqué inevitablemente iba a aburrirse ¿Cierto? Su humor mejoro, cuando pensó que tal vez, el perfecto marine nunca había besado a alguien… lastima por él, que ella no lo pensó cuando el pato ataco, porque podría haberle dado un inolvidable beso como despedida.
THE END...
Karma Fanático: Hyakinthos.
![[Imagen: mmocheja.png]](https://i.ibb.co/WNPnSwH9/mmocheja.png)
![[Imagen: mmocheja.png]](https://i.ibb.co/WNPnSwH9/mmocheja.png)
