29-03-2026, 09:34 AM
Cuando la pesada lona se hizo a un lado, la tenue luz le permitió ver las etiquetas impresas en las cajas y, aunque esperaba encontrar alguna pista, no fue nada que pudiera sacarlo de su confusión, al contrario, las etiquetas arrancadas y rayadas, eran imposibles de leer. Al médico le pareció que, quien fuera que se encargara de los inventarios en el almacén sabía bien como cubrir sus huellas, bueno…al menos las más evidentes, pues aun quedaban algunos símbolos que el doctor, de inmediato, reconoció como peligrosos…al menos con eso se daba cuenta de que, sea lo que sea que contuvieran esas cajas, debía ser tratado con cuidado.
—Tsk…están pesadas —murmuró cuando intentó mover una para después chasquear la lengua y cruzarse de brazos por unos segundos. No es como que no pudiera mover las cajas, seguro podría cargarlas con facilidad, pero eso generaría ruido: La madera de una caja friccionando con otra, con la pared o la nieve. No, no podía darse el lujo de ser indiscreto. Suficiente tenía con los pasos pesados de Maki que, para el médico, parecía moverse como si quisiera ser descubierta. —Tampoco puedo moverlas descuidadamente, lo que llevan en su interior ha de ser peligroso…si tuviera una palanca para abrir una de las cajas con cuidado y sin tanto ruido sería mucho mejor —dijo más para sí mismo que para la chica, aunque, al final de su frase, se giró para verla, como si quisiera comprobar que ella le seguía el juego.
—Deberíamos intentar entrar al almacén, tal vez dentro pueda encontrar una palanca que ayude a abrir estas cosas y, además, seguro encontraremos más sobre…lo que sea que hagan aquí —. Sus ojos dorados brillaron con emoción, solo podía imaginar el tipo de cosas que podía llegar a encontrar dentro del lugar. —Aunque no estoy seguro si la puerta estará…
El pelirrosa se había movido hacia la enorme puerta y colocó una de sus manos sobre el pomo metálico de la puerta, eso lo hizo temblar, pues aún con sus guantes puestos, el frío traspasó la tela e hizo que su piel se erizara, era una sensación horrible; sin embargo, a pesar de la molestia, el rostro del hombre no mostró esa expresión quejumbrosa que habría tenido en otro momento, si no que se iluminó con ilusión y sorpresa: la puerta estaba abierta.
—Bingo —. Era su día de suerte, pues, aunque el chirrido de la puerta resonó en el interior de la estancia, por ahora, nadie había salido en defensa del lugar, aún así, pensó en las huellas que antes vio en la nieve, pero, sea quien sea que haya estado antes ahí, parecía que se había apartado. Eso era una buena casualidad. —Sígueme en silencio, Maki…de verdad…con todo el silencio que puedas —. El susurro fue tan bajo que no estuvo seguro de que su compañera lo haya escuchado, pero tenía que hacerle entender que debía ser discreta.
No cerró la puerta tras de sí, esperó que Maki lo hiciera, pues el pelirrosa empezó a caminar enseguida hacia el interior del lugar, prestando atención a cada esquina, analizando con su mirada las enormes estanterías y, sobre todo, intentando moverse con sigilo entre los pasillos en donde los frascos de vidrio estaban a la orden del día; sin embargo, lo que más le llamaba la atención era esa sensación que daba el lugar, como si los que trabajaban ahí hubieran desaparecido por arte de magia en medio de sus tareas cotidianas.
El médico frunció el ceño, algo estaba mal, ese lugar le daba una mala sensación y, aún así, no podía detenerse, quería saber el por qué del secretismo con este sitio y la razón por la cual ese otro médico había sido asesinado después de haber avanzado tanto en su investigación.
Con cuidado, evitando un frasco mal cerrado que, evidentemente, contenía alguna sustancia que prefería no tocar sin el equipamiento correcto, el médico decidió acercarse a una de las cosas que más le llamó la atención en la habitación: un libro de control.
—Pss, Maki —llamó la atención de la mujer iguana con un siseo apenas audible. —…mira esto, parece una bitácora —. Colocó el libro sobre la mesa de forma que ambos pudieran leer la información contenida, dejando en evidencia la última anotación apresurada en donde la tinta se veía chorreada y la última palabra que intentaron escribir quedó a medias. —Es como si alguien los hubiera atacado o los obligaran a salir de alguna manera… ¿Crees que sea por lo que averiguó el médico? Aunque…no tiene sentido que dejen aquí los resultados de sus investigaciones, a menos que…estas sean solo muestras fallidas…
Miró hacia la otra mesa, en donde se encontraban varias herramientas de trabajo y, luego, miró el frasco mal cerrado. Por un momento se vio tentado a tomarlo para sentarse a averiguar, en ese mismo lugar, qué cosas componían aquella sustancia y, además, muchas de las otras que estaban en los estantes, de hecho, para este punto, encontrar una palanca para abrir las cajas de afuera, era algo que había quedado en segundo plano.
—Aquí no hay nadie…entonces…supongo que no haría daño si me tomo la molestia de seguir con esta investigación —. Movió las páginas del libro de control hasta que llegó a la página “1” y, en ella, pudo ver las primeras entradas que, justamente, señalaban sustancias que estaban en el pasillo con el mismo número. Levantó la cabeza y observó que cada corredor tenía un número al inicio, así que no tardó en ubicarse en el pasillo correspondiente, aun con el libro en mano.
—Sé que dije que puede que no haya nadie, pero ¿Puedes vigilar por mí? No quisiera sorpresas —. Le sugirió a la mujer mientras él se adentraba en el pasillo “1” para encontrar aquellas sustancias que el libro de control mencionaba que habían sido almacenadas en ese lugar. —Si tengo suerte, tal vez pueda llevar con nosotros alguna que otra “muestra” o tal vez encontremos en este libro la ubicación de ese laboratorio en...¿Cómo se llamaba la isla que dijeron los locos de los dinosaurios? ¿Ababwa?
Botiquín. Solo abrir en caso de emergencias.
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