30-03-2026, 02:38 AM
(Última modificación: 30-03-2026, 10:30 AM por Kibai.
Razón: Correcciones ortográficas menores y añadir gasto de energía.
)
La isla de Drum no tenía nada que envidiarle al clima de Roshwan, pensó Kibai mientras se quitaba los restos de nieve de la capa. Por fortuna, las luces de Bighorn pronosticaban que aquella noche al menos dormirían bajo techo con el reconfortante calor de una hoguera para guarecerse.
Si a él, que tenía una capa de protección natural gracias a su pelaje, le costaba mantener el ritmo y la disciplina en aquellas condiciones meteorológicas, no quería ni pensar en los pobres humanos que lo acompañaban. Aún así, toda la comitiva cumplió debidamente con sus obligaciones, y consiguieron llegar al pueblo sin mayores incidencias.
El mink hizo un respetuoso saludo con la cabeza hacia el viejo Tom. Cualquier persona que llegase a sus años dedicándose a lo que se dedicaba y aún por encima en un ambiente tan agreste y duro como una isla de invierno merecía ser tenido en consideración, eso desde luego.
— Soldados descarguen todo… … … Tom… vamos pongámonos al día, que agradable es verte.
Tras recibir la orden del sargento Strongheimer, Kibai se dispuso a orgnanizar los alimentos que habían traído, animando a los soldados que ponían peor cara tras el extra de trabajo encargado, mientras muchos de ellos miraban con deseo la puerta de la taberna local, con obvias ganas de aliviar el cansancio y el entumecimiento de los dedos ateridos por el frío en una buena jarra de cerveza al calor del fuego.
— Venga, venga, menos malas caras compañeros, cuanto antes descarguemos la caravana antes podremos comprobar la calidad de las hospitalidad local. — dijo Kibai dando una palmada a un joven marine que se soplaba las uñas con las mejillas coloradas del frío. Dando un ligero salto, el mink se subió al carro, comenzando a pasar los diversos bultos y cajas que habían traído hasta la aldea.
A mitad de trabajo, el mink se percató que varios niños se les acercaban hacia la caravana. Los pequeños tenían la ropa gastada y sus caras dejaban ver a todas luces que había sido una época dura, pero no parecían estar en un estado de salud excesivamente precario. No obstante, decidió abrir una de las cajas de suministros y repartió entre los jóvenes algunas de las frutas escarchadas que había conservado desde Little Garden. Las rodajas, del tamaño de un plato de postre, estaban cubiertas de una fina película de almíbar y azúcar para preservarlas más tiempo, y eran una gran fuente de energía y sabor.
"Además, a qué niño no le gusta un dulce?" pensó el mink mientras los hombres se esforzaban por acabar de descargar las últimas cajas de la caravana. A medida que repartía las frutas, Kibai escuchó lo que los niños le contaban, arrugando el entrecejo. Un dragón? Como era posible? Aquellas bestias ya no existían, si es que en algún momento llegaron a hacerlo. Sin embargo, el hecho de que los marines caídos hubiesen sido víctimas del fuego era algo a tener muy en cuenta.
— No chico, no tengo miedo — dijo Kibai al muchacho mientras se agachaba para ponerse a su altura y le alargaba uno de los discos de fruta. — La marina está aquí para ayudaros. Si mis compañeros han caísdo valientemente, nosotros estamos aquí pra terminar el trabajo que ellos empezaron. Así que cazaremos a ese monstruo, sea lo que sea, y vuestros padres podrán volver a salir a cazar al bosque sin peligro, de acuerdo?
En ese momento, el sargento Strongheimer salió del edificio, ordenándoles formar a los hombres. El mink se colocó en su puesto, sin poder evitar dirigirle una disimulada mirada de reprobación a su superior. Su fino olfato captaba bien el olor a bebida de su aliento, aunque no era necesario, ya que los ojos vidriosos y el leve arrasatre de las palabras evidenciaban de sobra que el marine había decidido comprobar la calidad de la bebida local antes de tiempo.
— Soldados! He recibido las noticias del ex-sargento, al parecer es un animal salvaje que ataca las caravanas por lo que solo necesita a uno de nosotros para exterminar a la bestia… voluntarios?
Kibai agitaba su cola de lado a lado. Aquella era una oportunidad perfecta para explorar la isla de Drum. Además, sus insectos le proporcionarían un campo de visión más amplio en el bosque.
— Señor, me gustaría encargarme de ello, señor!
Antes de que el sargento pudiese responder, el anciano al que su superior había presentado como Tom salió de la casa a su vez
— Elías!!, creo que hemos encontrado a nuestro recluta. Es el… tiene buena forma… Tu soldado… con que armas desatas el infierno… da un paso al frente y preséntate!!—
Kibai hinchó el pecho, cuadrándose en un saludo militar.
— Soldado Kibai, de la División 60, señor!
Al parecer, la decisión debió ser del agrado del sargento Stronheimer, pues ordenó que Kibai se quedase en Bighorn para acbar con la bestia, mientras el resto de la expedición volvía a ponerse en camino. El mink los observó marcharse antes de girarse de nuevo hacia el viejo Tom, que lo guió al interior de la casa.
— Hoy puedes dormir aquí, la habitación del fondo está lista para ti. Mañana por la mañana podrmeos empezar a trabajar.
Kibai asintió mientras seguía a Tom. La habitación era sencilla pero funcional, una cama estrcha contra la pared, una mesilla de madera y una silla en un rincón. El mink se estiró la espalda, dejando su petate encima de la cama.
— Si no le importa, necesito salir un momento a respirar aire fresco, señor. No tardaré.
El hombre no puso mayores impedimentos, le alargó una llave gastada y se dirigió de vuelta al salón de la casa, sentándose delante del fuego.
Tras deshacer su petate y colocar a Raimei encima de la mesilla Kibai salió al exterior de la casa. Dando un pequeño salto, se encaramó al tejado, alzando las manos al cielo.Con un sordo zumbido, medio centenar de avispas surgieron de sus palmas, dsitribuyéndose al rededor de la casa en su acostumbrado esquema radial. El mink sonrió: aquellos insectos eran más fiables que cualquier vigía, y mantendrían la zona bien vigilada.
Una vez hecho esto, regresó al interior, y tras lavarse un poco con agua casi hirviendo para acabar de desterrar los últimos rescoldos de frío, se desvisitió para dormir.
Si a él, que tenía una capa de protección natural gracias a su pelaje, le costaba mantener el ritmo y la disciplina en aquellas condiciones meteorológicas, no quería ni pensar en los pobres humanos que lo acompañaban. Aún así, toda la comitiva cumplió debidamente con sus obligaciones, y consiguieron llegar al pueblo sin mayores incidencias.
El mink hizo un respetuoso saludo con la cabeza hacia el viejo Tom. Cualquier persona que llegase a sus años dedicándose a lo que se dedicaba y aún por encima en un ambiente tan agreste y duro como una isla de invierno merecía ser tenido en consideración, eso desde luego.
— Soldados descarguen todo… … … Tom… vamos pongámonos al día, que agradable es verte.
Tras recibir la orden del sargento Strongheimer, Kibai se dispuso a orgnanizar los alimentos que habían traído, animando a los soldados que ponían peor cara tras el extra de trabajo encargado, mientras muchos de ellos miraban con deseo la puerta de la taberna local, con obvias ganas de aliviar el cansancio y el entumecimiento de los dedos ateridos por el frío en una buena jarra de cerveza al calor del fuego.
— Venga, venga, menos malas caras compañeros, cuanto antes descarguemos la caravana antes podremos comprobar la calidad de las hospitalidad local. — dijo Kibai dando una palmada a un joven marine que se soplaba las uñas con las mejillas coloradas del frío. Dando un ligero salto, el mink se subió al carro, comenzando a pasar los diversos bultos y cajas que habían traído hasta la aldea.
A mitad de trabajo, el mink se percató que varios niños se les acercaban hacia la caravana. Los pequeños tenían la ropa gastada y sus caras dejaban ver a todas luces que había sido una época dura, pero no parecían estar en un estado de salud excesivamente precario. No obstante, decidió abrir una de las cajas de suministros y repartió entre los jóvenes algunas de las frutas escarchadas que había conservado desde Little Garden. Las rodajas, del tamaño de un plato de postre, estaban cubiertas de una fina película de almíbar y azúcar para preservarlas más tiempo, y eran una gran fuente de energía y sabor.
"Además, a qué niño no le gusta un dulce?" pensó el mink mientras los hombres se esforzaban por acabar de descargar las últimas cajas de la caravana. A medida que repartía las frutas, Kibai escuchó lo que los niños le contaban, arrugando el entrecejo. Un dragón? Como era posible? Aquellas bestias ya no existían, si es que en algún momento llegaron a hacerlo. Sin embargo, el hecho de que los marines caídos hubiesen sido víctimas del fuego era algo a tener muy en cuenta.
— No chico, no tengo miedo — dijo Kibai al muchacho mientras se agachaba para ponerse a su altura y le alargaba uno de los discos de fruta. — La marina está aquí para ayudaros. Si mis compañeros han caísdo valientemente, nosotros estamos aquí pra terminar el trabajo que ellos empezaron. Así que cazaremos a ese monstruo, sea lo que sea, y vuestros padres podrán volver a salir a cazar al bosque sin peligro, de acuerdo?
En ese momento, el sargento Strongheimer salió del edificio, ordenándoles formar a los hombres. El mink se colocó en su puesto, sin poder evitar dirigirle una disimulada mirada de reprobación a su superior. Su fino olfato captaba bien el olor a bebida de su aliento, aunque no era necesario, ya que los ojos vidriosos y el leve arrasatre de las palabras evidenciaban de sobra que el marine había decidido comprobar la calidad de la bebida local antes de tiempo.
— Soldados! He recibido las noticias del ex-sargento, al parecer es un animal salvaje que ataca las caravanas por lo que solo necesita a uno de nosotros para exterminar a la bestia… voluntarios?
Kibai agitaba su cola de lado a lado. Aquella era una oportunidad perfecta para explorar la isla de Drum. Además, sus insectos le proporcionarían un campo de visión más amplio en el bosque.
— Señor, me gustaría encargarme de ello, señor!
Antes de que el sargento pudiese responder, el anciano al que su superior había presentado como Tom salió de la casa a su vez
— Elías!!, creo que hemos encontrado a nuestro recluta. Es el… tiene buena forma… Tu soldado… con que armas desatas el infierno… da un paso al frente y preséntate!!—
Kibai hinchó el pecho, cuadrándose en un saludo militar.
— Soldado Kibai, de la División 60, señor!
Al parecer, la decisión debió ser del agrado del sargento Stronheimer, pues ordenó que Kibai se quedase en Bighorn para acbar con la bestia, mientras el resto de la expedición volvía a ponerse en camino. El mink los observó marcharse antes de girarse de nuevo hacia el viejo Tom, que lo guió al interior de la casa.
— Hoy puedes dormir aquí, la habitación del fondo está lista para ti. Mañana por la mañana podrmeos empezar a trabajar.
Kibai asintió mientras seguía a Tom. La habitación era sencilla pero funcional, una cama estrcha contra la pared, una mesilla de madera y una silla en un rincón. El mink se estiró la espalda, dejando su petate encima de la cama.
— Si no le importa, necesito salir un momento a respirar aire fresco, señor. No tardaré.
El hombre no puso mayores impedimentos, le alargó una llave gastada y se dirigió de vuelta al salón de la casa, sentándose delante del fuego.
Tras deshacer su petate y colocar a Raimei encima de la mesilla Kibai salió al exterior de la casa. Dando un pequeño salto, se encaramó al tejado, alzando las manos al cielo.Con un sordo zumbido, medio centenar de avispas surgieron de sus palmas, dsitribuyéndose al rededor de la casa en su acostumbrado esquema radial. El mink sonrió: aquellos insectos eran más fiables que cualquier vigía, y mantendrían la zona bien vigilada.
Una vez hecho esto, regresó al interior, y tras lavarse un poco con agua casi hirviendo para acabar de desterrar los últimos rescoldos de frío, se desvisitió para dormir.
A la mañana siguiente...
La mañana sorprendió a Kibai con un cielo despejado de nubes, aunque los rayos del sol ni siquiera tenían el calor necesario para derretir la nieve que se había ido acumulando durante la noche. No obstante, el paisaje era de una belleza sobrecogedora. El mink, sentado sobre la barandilla del porche de la cabaña de Tom, balanceaba distraídamente una pierna mientras dejaba que la fresca brisa le acabase de despertar y saludaba con la mano a los habitantes de Bighorn que pasabn por delante de la casa de camino a realizar sus actividades matutinas.
Kibai observaba sus rostros, cansados pero aún con un brillo de esperanza renovado ahora por los suministros que había traído la marina y la promesa de acabar con lo que fuese que aceñaba en el bosque. El mink sabía que tendría una ardua tarea por delante, aunque esperaba que todo se solventase correctamente y así aquellas buenas gentes pudiesen retomar sus vidas sin miedo a que el bosque reclamase más vidas.
— Oye marine, entra de una vez, el desayuno está listo! — gritó el anciano desde la casa.
No hacía falta que lo jurase. El olor de los platos había servido más qu ede sobra para que el mink salivase profusamente. Entre el aroma y su conocimiento de cocinero, se podía deducir claramente que aquel hombre sabía lo que se hacía manejando los fogones.
Ansioso tanto por la comida como por empezar con su misión, Kibai bajó de un salto de la barandilla y se dirigió al interior de la cabaña, notando como las tripas le rugían sonoramente.
Kibai observaba sus rostros, cansados pero aún con un brillo de esperanza renovado ahora por los suministros que había traído la marina y la promesa de acabar con lo que fuese que aceñaba en el bosque. El mink sabía que tendría una ardua tarea por delante, aunque esperaba que todo se solventase correctamente y así aquellas buenas gentes pudiesen retomar sus vidas sin miedo a que el bosque reclamase más vidas.
— Oye marine, entra de una vez, el desayuno está listo! — gritó el anciano desde la casa.
No hacía falta que lo jurase. El olor de los platos había servido más qu ede sobra para que el mink salivase profusamente. Entre el aroma y su conocimiento de cocinero, se podía deducir claramente que aquel hombre sabía lo que se hacía manejando los fogones.
Ansioso tanto por la comida como por empezar con su misión, Kibai bajó de un salto de la barandilla y se dirigió al interior de la cabaña, notando como las tripas le rugían sonoramente.
— Si vamos a salir al bosque, señor, me gustaría saber si en el pueblo hay algun lugar dónde pueda adquierir una prenda de abrigo más gruesa. No me fío para nada del frío, y es muy probable que nos soprenda una nueva nevada meintras estamos fuera.
La Caja de Pandora
