03-04-2026, 07:26 PM
Día 75 de Verano | Año 15
Normalmente, siempre tenía el té en casa para su consumo diario. Y sí, normalmente, porque ese día no era normal. No había té. De repente, ninguno de los sirvientes, como tampoco nadie de su familia podía darle razón de qué pasó con el té. Era seguro que se trataba de un complot para castigarla. ¿Castigarla porqué? Bueno, no hacía mucho ya había estado yendo a apostar y habían algunas cosas de la casa que se habían desaparecido. Y cuando le preguntaron a ella, dijo que no sabía qué había ocurrido. Y que le dijeran lo mismo con el sabroso y delicioso té que necesitaba para funcionar durante el día era un castigo que no tenía comparación, según ella. Una cosa es una cosa, otra cosa es otra cosa.
Molesta como estaba, por la falta de teína en su cuerpo que le ayudara a sus neuronas a hacer sinápsis, Yuuki se marchó al mercado en busca de algún comerciante o cafetería que le pudiera dar algo de lo que ella ya consideraba su vicio personal. Las manos no paraban de temblarle mientras caminaba por la calle y los dedos tamborileaban de forma repetida y ascendente. Si no consumía té pronto, iba a causar un alboroto que seguramente a nadie le iba a gustar. Ni un poquito. Y es que hasta el mechón de pelo que solía levantarse sin importar que tan bien se peinara estaba temblando. Las plumas de sus alas andaban también desacomodadas y no hallaba Yuuki cómo calmarse.
Iba vestida, además, con un vestido. Los odiaba. Como nunca los odiaba. Y es que de un momento a otro, en su casa, sus pantalones también se habían desaparecido. Seguramente eran sus padres obligándola a vestir de cierta manera para presentarla con alguien. Otra vez. Pero como siempre, iba a hacer un berrinche y dejar en claro que ella no iba a casarse nunca con nadie. Detestaba sentirse atada; ya lo estaba a la voluntad de sus padres, no lo estaría a la de algún extraño que se apareciera.
Mientras caminaba, refunfuñaba y se mordía el dedo índice, mirando los anuncios de las tiendas y olvidando por completo el camino por el que debía andar. Al fin y al cabo, lo conocía bastante bien. Pero por más que conociera bien el camino, no prestar atención era un riesgo para ella misma y para cualquier otro que también caminara por allí. Constantemente chocaba con gente y luego de avanzar varios metros, ya había más de un curioso queriendo saber qué pasaba con la chica de alas blancas que parecía estar a punto de volverse loca. El morbo de la gente era una cosa aterradora, si se ponía a pensarlo. Pero para Yuuki, solo importaba encontrar un vendedor de té.
Pero el día no iba a ponérselo fácil a la mujer berrinchuda, y cuando finalmente vio un aviso de una tienda de té, volvió a chocar. Esta vez con un poste. Se dio en la frente tan fuerte que incluso rebotó y cayó al suelo vergonzosamente, llevándose las manos a la cabeza para tratar de calmar el dolor que más que sufrimiento por el mismo, le hacía sentirse humillada y miserable. Algunos se reían y otros miraban con pena.
Los ojos de Yuuki se llenarían de lágrimas y quería llorar. Pero no les iba a dar ese gusto. No. Así que se levantó y se quedó allí de pie, esperando a que la gente se aburriera de verla mientras seguía muriéndose de vergüenza. Y nadie aparecía para ayudarla tampoco.

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