15-11-2023, 05:29 PM
Mientras Erika cuidadosamente recogía la botella que había dejado de lado, Ikirami se sumergió en el análisis de los documentos que se extendían sobre la mesa. Eran en su mayoría albaranes de venta, hábilmente alterados para simular legalidad. Pero uno de ellos, de aspecto menos oficial y más personal, capturó su atención. Tenía inscrito "Por orden de Glatus" seguido de una firma desconocida. Aunque el nombre no le resultaba familiar, el contenido del papel era revelador: eran órdenes de enviar un cargamento específico, justamente el que Ikirami había sido encargada de inspeccionar. En él, se listaban artículos clandestinos no mencionados en los documentos oficiales; vino, licor, tabaco y pólvora. Ese documento era el hallazgo crucial que necesitaba. Con cuidado, lo guardó en su bolsa y se preparaba para continuar su investigación cuando Erika inició una conversación sobre su pasado.
Erika había crecido en un ambiente complicado, por decir lo menos. Desde joven, había estado rodeada de alcohol, una presencia constante y abrumadora en su vida. Con un gesto significativo, dejó la botella de licor de cereza sobre la mesa. Ikirami observó cómo las palabras de Erika destilaban un dolor profundo, evocando recuerdos tristes y difíciles.
La conversación tomó un giro personal cuando Erika le preguntó a Ikirami sobre su infancia.
-Lo fui, una vez -respondió Ikirami, con una mirada perdida en la mesa y una sonrisa triste y nostálgica dibujada en su rostro. Recordó con cariño a sus padres amorosos y sus dos hermanos menores, con quienes jugaba en su hogar. Aquella era una vida que consideraba perfecta en todos los aspectos. - Pero me la arrebataron. Yo... Perdí a toda mi familia y mi hogar por culpa de unos piratas.
Al girarse hacia Erika, Ikirami vio en sus ojos la dureza de alguien que también había tenido que enfrentar la vida por sí misma, de alguien que siempre había anhelado algo que constantemente se le negaba. Esos ojos le recordaban dolorosamente a los suyos propios.
Originalmente, Ikirami había pensado en llevarse la botella de licor para invitarla como un gesto de agradecimiento por la ayuda. Sin embargo, tras escuchar su revelación, comprendió que era lo último que debería ofrecerle.
-Ninguna niña debería tener que vivir eso. Que le den al licor -exclamó con determinación, agarrando la botella y lanzándola contra el suelo, donde se hizo añicos y su contenido se esparció-. ¿Qué te parece si vamos a tomar un zumo? Invito yo.
Le ofreció una sonrisa reconfortante y extendió su mano hacia Erika, una invitación a dejar atrás el sombrío almacén para un lugar más tranquilo donde pudieran continuar su charla.
Erika había crecido en un ambiente complicado, por decir lo menos. Desde joven, había estado rodeada de alcohol, una presencia constante y abrumadora en su vida. Con un gesto significativo, dejó la botella de licor de cereza sobre la mesa. Ikirami observó cómo las palabras de Erika destilaban un dolor profundo, evocando recuerdos tristes y difíciles.
La conversación tomó un giro personal cuando Erika le preguntó a Ikirami sobre su infancia.
-Lo fui, una vez -respondió Ikirami, con una mirada perdida en la mesa y una sonrisa triste y nostálgica dibujada en su rostro. Recordó con cariño a sus padres amorosos y sus dos hermanos menores, con quienes jugaba en su hogar. Aquella era una vida que consideraba perfecta en todos los aspectos. - Pero me la arrebataron. Yo... Perdí a toda mi familia y mi hogar por culpa de unos piratas.
Al girarse hacia Erika, Ikirami vio en sus ojos la dureza de alguien que también había tenido que enfrentar la vida por sí misma, de alguien que siempre había anhelado algo que constantemente se le negaba. Esos ojos le recordaban dolorosamente a los suyos propios.
Originalmente, Ikirami había pensado en llevarse la botella de licor para invitarla como un gesto de agradecimiento por la ayuda. Sin embargo, tras escuchar su revelación, comprendió que era lo último que debería ofrecerle.
-Ninguna niña debería tener que vivir eso. Que le den al licor -exclamó con determinación, agarrando la botella y lanzándola contra el suelo, donde se hizo añicos y su contenido se esparció-. ¿Qué te parece si vamos a tomar un zumo? Invito yo.
Le ofreció una sonrisa reconfortante y extendió su mano hacia Erika, una invitación a dejar atrás el sombrío almacén para un lugar más tranquilo donde pudieran continuar su charla.
