17-04-2026, 12:58 AM
No podía decir en voz alta lo mucho que la cercanía del rubio, el sonido de su voz y ahora ese tono color cielo de sus ojos, tan hipnotizante, estaban logrando que sus defensas, de por sí débiles, cayeran aún más…No es que no quisiera expresar sus emociones, sino que el alcohol en su sangre le había robado la capacidad de formular pensamientos coherentes y, ahora, todo lo que quedaba eran sus instintos respondiendo a acciones tan simples como usar unos lentes ajenos.
Si pudiera hacer una comparación, ahora mismo sentía que su piel quemaba con el mínimo roce, pues al sentir los dedos colocando con delicadeza aquellos lentes oscuros y rozando apenas con la piel de su cara, fue similar, para el médico, a lavarse el rostro con agua tibia de esas que se encuentran en aguas termales, incluso sintió sus mejillas arder, el calor subiendo por su nuca y, podía estar seguro, de que la rojez en sus mejillas ya no era solo culpa del ron.
Abrió su boca para intentar decir algo, pero su garganta lo traicionó y cualquier palabra que pensara pronunciar quedó atorada en medio de sus cuerdas vocales, de repente sintió su boca seca y no por falta de bebida, si no por una urgencia mayor.
Escuchó la voz del rubio de nuevo, decía algo sobre el naranja y el rosa, le gustaría haberle entendido mejor, pero solo asintió dándole la razón a lo que sea que estuviera diciendo, como si fuera un chico obediente…nada más alejado de la realidad.
Desde el momento en que los lentes le fueron colocados, dejó de pensar, olvidó por completo ese luto obligado que sentía hacia alguien que, ahora, parecía empezar a desvanecerse de su cabeza ¡Qué idiota! Llorar por alguien que no le llegaba ni a los talones al hombre que tenía ahora a su lado, de hecho, casi suelta una carcajada al darse cuenta de que sus lágrimas no habían valido la pena y que era mejor saber todo sobre el rubio que iluminaba su presente que seguir lamentándose por un pasado que no podía cambiar.
Entonces su corazón empezó a acelerarse gracias a las posibilidades que empezó a imaginar, a todos los datos que podría averiguar e, incluso, con la esperanza de que esa sensación de familiaridad que le daba el rubio lo lleva a averiguar algo de ese pasado que había quedado enterrado en lo más profundo de su memoria.
Estaba decidido, esta no sería la última vez que vería al rubio…no importa si tenía que forzar los próximos encuentros.
Aunque…podía pensar en eso después ¿no?
En medio del tren de pensamientos hubo un espacio para volver a la realidad, justo en el momento en que notó los bellos ojos celestes mirando sus labios descaradamente… ¿Había preguntado de más o…?
No le dio tiempo de pensar mucho más cuando la calidez de los labios ajenos lo hizo consciente de la suavidad del beso que estaba recibiendo. Cerró sus párpados y, tal como adolescente encantado, se dejó llevar por el momento. Empezó por subir sus manos para enrredarlas con suavidad en las hebras de cabello rubio, además de acercar más su cuerpo al ajeno para profundizar el beso mientras que disfrutaba de sabor amargo del alcohol que estaba impregnado en los labios que hacían contacto con los suyos.
Podría quedarse ahí todo el tiempo que quisiera, podría olvidarse que estaban bajo un puente en uno de los puertos pesqueros de la ciudad, podría olvidarse de que alguien, a pesar de que la noche ya había caído y que solo las luminarias alumbraban las calles, podía verlos, pero…en ese instante, el beso se rompió de manera repentina, aunque, en honor a la verdad, el momento en sí no parecía haber terminado del todo.
Tomó aire y, a través de los lentes naranjas, observó con detenimiento el bello rostro frente a él, esta vez si le prestó atención a su pregunta, algo que lo hizo reaccionar al menos por unos segundos, aunque, más que nada, hizo que se dibujara en su rostro una sonrisa socarrona imposible de ocultar.
—¿Importa el nombre? —Susurró cerca de los labios, robando ahora un beso fugaz antes de seguir hablando. —Tu tampoco me has dicho el tuyo…seguro ha de ser tan magnífico como tu persona ¿O me estoy equivocando? —Volvió a sonreír de medio lado para acercarse a la boca ajena de nuevo y robar un beso aún más largo, saboreando la humedad de la piel y el sabor del licor, además, sus manos bajaron del cabello a la espalda ajena, eso sí, manteniendo la delicadeza de sus caricias, como si tuviera miedo de romper a quien tenía en frente; sin embargo, como si lo estuviera provocando a propósito, volvió a separarse. —De todos modos, aunque te diga como me llamo…creo que estamos tan borrachos que…lo olvidarías al día siguiente, pero si insistes, soy…
Antes de poder terminar su informal presentación, unos pasos apresurados y pesados se escucharon desde arriba del puente, seguidos del refunfuño de alguien que parecía estar molesto por algo, de hecho, si alguno de los dos hubiera mirado hacia arriba, entre las rendijas de las tablas del puente, habrían podido darse cuenta de que el dueño de esos pasos era un muchacho bastante pesado que parecía querer estar en cualquier otro lugar que no fuera ese y, sobre todo, se habrían dado cuenta del peligro inminente que este chico representaba, pues en sus manos llevaba un tanque que, por la dificultad con la que lo cargaba, lucía bastante pesado.
No pasó más de un segundo entre los pasos y un sonido mas estruendoso que hizo eco en todo el puerto: el chico se había tropezado y, con él, lo que llevaba aquel tanque en su interior había salido disparado por los aires quedando regado en todo el puente…algo que no habría supuesto problema alguno de no ser porque el chico en verdad cargaba con la pesca de mariscos del día, una que había sido colocada en hielo que se había comenzado a derretir y que se impregnó del olor de todas esas especies marinas que habrían servido para la venta.
Claro, el agua e incluso, algunos mariscos pequeños, se colaron entre las rendijas del puente y terminaron empapando a los dos hombres que estaban muy cómodos debajo de este.
El pelirrosa reaccionó casi de inmediato. La frialdad del agua y un par de camarones que terminaron en su cabello lo hicieron separarse por inercia del rubio, además de dejarlo sentado en la arena, agitado y asustado, con la cabeza mirando hacia abajo para evitar que a sus ojos cayeran más de esa agua con olor a mar.
—¡Puaj! ¿¡Qué…!? ¿Qué mierda? —A pesar de su débil olfato, al acercar una de sus manos a su nariz para comprobar si olía mal o no, pudo sentir con claridad el olor que el agua había dejado en él y, por lo tanto, también en el otro hombre. —Dios…esto…esto era lo que faltaba… ¡Agh! —Se levantó del suelo para limpiarse como podía, mientras que, desde arriba, escucharon a alguien que gritaba un “perdón” o algo por el estilo.
El pelirrosa suspiró y, cuando se quitó los camarones de la cabeza, extendió su mano para ayudar al rubio a ponerse de pie.
—Dime, por favor, que conoces un hotel o que vives cerca de aquí…yo ni siquiera recuerdo como llegar a mi apartamento —. Fue sincero y más elocuente que las veces anteriores, a fin de cuentas, el chapuzón parecía haberlo despertado de su borrachera. —Y…cierto…preguntaste por mi nombre, soy Hyákinthos, sé que es difícil de pronunciar, así que puedes llamarme Hyak o Cherry, ya sabes…por el color de mi cabello —. Suspiró, agotado y avergonzado. —¿Sabes? Ahora mismo no me molestaría también oler a cerezos en lugar de a…esto…
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