18-04-2026, 08:24 PM
Una vez en el roqueo, llegó el momento de ponerme a buscar esas bonitas y funcionales caracolas. Siempre me consideré un cangrejo exigente a la hora de seleccionar cosas de valor, no me valía cualquier concha que viese por el suelo. Cuando llegué, el calor aún apretaba con fuerza, pero, a medida que los minutos se convertían en horas, este daba paso a un ambiente tibio acompañado de una fresca brisa que se deslizaba por las protuberancias de mi caparazón.
Me detuve por un momento, y me puse de cuclillas para descansar un poco las piernas —No estoy teniendo suerte…— Murmuré justo antes de exhalar un profundo suspiro —Bueno, aún tengo tiempo— Algo me faltaba, como de costumbre, pero ¿Qué era? —¿Será que estoy buscando en el lugar equivocado?— Me desplacé a otra zona dentro del mismo roqueo, pero el resultado no variaba, conchas mediocres, de las que solo podrían salir burbujas mediocres… Todo esto me hacía plantearme cosas. ¿Estaba buscando una caracola? ¿O me estaba buscando a mí mismo? Seguramente no era tan serio, pero nunca se sabe.
Tras pararme a pensar un poco más, una chispa encendió la luz en las penumbras que inundaban mi cabeza, si quería encontrar una caracola, tenía que pensar como una. ¡Ser una! Y de todas las personas, nadie más que yo tenía la forma de hacerlo. En un suspiro, mi forma de un crustáceo de tres metros se redujo a la de una tortuga de apenas 40 centímetros de altura y 2 metros de largo, un impresionante reptil cuya mayor cualidad era su gran caparazón —En cierto modo es una concha, jeje…— Me dije a mí mismo con orgullo.
Estaba dispuesto a continuar con mi misión, pero el sonido de una dulce y aterciopelada voz se robó mi atención. Subí con dificultad las rocas sobre las que me encontraba, aún en mi forma de reptil, clavando con fuerza mis garras en estas, y pude avistar el origen de aquel cántico. Al verla perdida en su mundo, no pude evitar querer unirme a ella —♫♪Es muy simple decir, que no hay más que pedir♫♪— Si bien yo no era ni mucho menos un cantante experto, y mi voz era algo rasposa, solía cantar con recurrencia en la ducha, además, a María siempre le gustaba oírme cantar (O eso había pensado siempre jejej)
Una vez la muchacha terminó de cantar, me presenté como es debido —Muy buenas, Juan Sebastián a tu servicio— Dije mientras agachaba mi escamada cabeza para saludar —¿Por casualidad no conocerás algún sitio donde pueda encontrar buenas caracolas? No estoy teniendo suerte, la verdad— Mientras le preguntaba, la observaba con detenimiento, con mis grandes ojos llenos de determinación. Era una presentación idónea, de no ser por un pequeño, minúsculo e insignificante detalle… Me había olvidado de que seguía siendo una tortuga, lo cual podría no ser la manera más común de iniciar una conversación…
Me detuve por un momento, y me puse de cuclillas para descansar un poco las piernas —No estoy teniendo suerte…— Murmuré justo antes de exhalar un profundo suspiro —Bueno, aún tengo tiempo— Algo me faltaba, como de costumbre, pero ¿Qué era? —¿Será que estoy buscando en el lugar equivocado?— Me desplacé a otra zona dentro del mismo roqueo, pero el resultado no variaba, conchas mediocres, de las que solo podrían salir burbujas mediocres… Todo esto me hacía plantearme cosas. ¿Estaba buscando una caracola? ¿O me estaba buscando a mí mismo? Seguramente no era tan serio, pero nunca se sabe.
Tras pararme a pensar un poco más, una chispa encendió la luz en las penumbras que inundaban mi cabeza, si quería encontrar una caracola, tenía que pensar como una. ¡Ser una! Y de todas las personas, nadie más que yo tenía la forma de hacerlo. En un suspiro, mi forma de un crustáceo de tres metros se redujo a la de una tortuga de apenas 40 centímetros de altura y 2 metros de largo, un impresionante reptil cuya mayor cualidad era su gran caparazón —En cierto modo es una concha, jeje…— Me dije a mí mismo con orgullo.
Juan Tortuga
Estaba dispuesto a continuar con mi misión, pero el sonido de una dulce y aterciopelada voz se robó mi atención. Subí con dificultad las rocas sobre las que me encontraba, aún en mi forma de reptil, clavando con fuerza mis garras en estas, y pude avistar el origen de aquel cántico. Al verla perdida en su mundo, no pude evitar querer unirme a ella —♫♪Es muy simple decir, que no hay más que pedir♫♪— Si bien yo no era ni mucho menos un cantante experto, y mi voz era algo rasposa, solía cantar con recurrencia en la ducha, además, a María siempre le gustaba oírme cantar (O eso había pensado siempre jejej)
Una vez la muchacha terminó de cantar, me presenté como es debido —Muy buenas, Juan Sebastián a tu servicio— Dije mientras agachaba mi escamada cabeza para saludar —¿Por casualidad no conocerás algún sitio donde pueda encontrar buenas caracolas? No estoy teniendo suerte, la verdad— Mientras le preguntaba, la observaba con detenimiento, con mis grandes ojos llenos de determinación. Era una presentación idónea, de no ser por un pequeño, minúsculo e insignificante detalle… Me había olvidado de que seguía siendo una tortuga, lo cual podría no ser la manera más común de iniciar una conversación…

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