19-04-2026, 10:01 PM
A medida que todos los allí presentes pudieron salir de las enormes puertas acorazadas que guardaban sus respectivas salas, aquellas en las que habían luchado, sangrado y, en algunos casos, muerto, contra los monstruos que aquel macabro lugar había reservado para ellos, se encontraron en un pasillo bañado por una extraña luz roja. Las estridentes sirenas continuaban sonando por todas partes, haciendo vibrar sus tímpanos como verdaderos tambores. Todo temblaba, como si hubiese una especie de terremoto, o algo peor. Algunos, incluso, pudieron percibir cómo, por las ranuras de la puerta del vertedero, la única que permanecía cerrada y sellada, podía observarse la luz intenta y oscilante de grandes llamaradas. La propia puerta expelía calor, como un horno.
Al final del pasillo, a uno de sus lados, unas escaleras metálicas parecían llevar a una puerta abierta, desde la que entraba una corriente de aire frío. Por frío que fuese, sin embargo, todos lo podrían apreciar, pues era indudablemente aire fresco, o todo lo fresco que se podía encontrar en aquella dichosa isla, que entraba en aquel lugar como un vendaval.
Fuera, una tormenta arreciaba. Llovía a mares, y el viento huracanado amenazaba con arrancar de cuajo cualquiera de las precarias estructuras metálicas que se repartían por el lugar. El lugar en el que habían estado durante todo aquel tiempo era completamente subterráneo, con apenas algunas salidas de aire y conductos de ventilación como única comunicación con el exterior, a excepción de aquella puerta que se había abierto en el pasillo. El cielo sobre ellos se había cubierto de densas nubes negras, que se arremolinaban sobre la maltrecha Kutsukku casi como una extensión macabra del abundante humo que exhalaban las incontables chimeneas chimeneas presentes por las ciudades de la isla, urbes que quedaban casi ocultas tras el horizonte, en la lejanía.
El lugar estaba rodeado de todo tipo de infraestructura eléctrica en deplorable estado; enormes cables pelados, chispeando de forma terrorífica bajo la lluvia y produciendo diluvios de chispas que caían para morir en el suelo; generadores de origen incierto que debían de haber dejado de funcionar hacía años, y trozos de aparatos y maquinaria industrial oxidados, desparramados por el suelo embarrado como vulgares pedazos de basura. No lejos de las instalaciones en las que todos ellos habían estado hasta hacía breves instantes, los restos oxidados y oscilantes de una novia a medio derruir permanecían casi en horizontal, sobresaliendo de una maraña de cables y lodo. Todo el recinto estaba rodeado por altos muros de alambre, cubierto en su zona superior por espino oxidado, del que colgaban señales de peligro de descarga eléctrica. Fuese lo que fuese aquel lugar, estaba claro que había quedado en la ruina hacía mucho. La única salida visible a través de la valla era una enorme verja, sobre la cual colgaba un enorme cartel pintado a mano, tan desvencijado como el resto de la infraestructura: NEW ERA JOY PARK. Próxima inauguración: año 3.
Más allá de aquella verja, solo una cosa era visible: el mar, enrabietado, oscuro y temible. Y, como si hubieran estado esperándolos a todos de vuelta, los mismos barcos en los que habían llegado, atracados frente a la costa y mecidos por las olas, como si estuvieran nerviosos, deseosos de emprender un nuevo viaje.
Al final del pasillo, a uno de sus lados, unas escaleras metálicas parecían llevar a una puerta abierta, desde la que entraba una corriente de aire frío. Por frío que fuese, sin embargo, todos lo podrían apreciar, pues era indudablemente aire fresco, o todo lo fresco que se podía encontrar en aquella dichosa isla, que entraba en aquel lugar como un vendaval.
Fuera, una tormenta arreciaba. Llovía a mares, y el viento huracanado amenazaba con arrancar de cuajo cualquiera de las precarias estructuras metálicas que se repartían por el lugar. El lugar en el que habían estado durante todo aquel tiempo era completamente subterráneo, con apenas algunas salidas de aire y conductos de ventilación como única comunicación con el exterior, a excepción de aquella puerta que se había abierto en el pasillo. El cielo sobre ellos se había cubierto de densas nubes negras, que se arremolinaban sobre la maltrecha Kutsukku casi como una extensión macabra del abundante humo que exhalaban las incontables chimeneas chimeneas presentes por las ciudades de la isla, urbes que quedaban casi ocultas tras el horizonte, en la lejanía.
El lugar estaba rodeado de todo tipo de infraestructura eléctrica en deplorable estado; enormes cables pelados, chispeando de forma terrorífica bajo la lluvia y produciendo diluvios de chispas que caían para morir en el suelo; generadores de origen incierto que debían de haber dejado de funcionar hacía años, y trozos de aparatos y maquinaria industrial oxidados, desparramados por el suelo embarrado como vulgares pedazos de basura. No lejos de las instalaciones en las que todos ellos habían estado hasta hacía breves instantes, los restos oxidados y oscilantes de una novia a medio derruir permanecían casi en horizontal, sobresaliendo de una maraña de cables y lodo. Todo el recinto estaba rodeado por altos muros de alambre, cubierto en su zona superior por espino oxidado, del que colgaban señales de peligro de descarga eléctrica. Fuese lo que fuese aquel lugar, estaba claro que había quedado en la ruina hacía mucho. La única salida visible a través de la valla era una enorme verja, sobre la cual colgaba un enorme cartel pintado a mano, tan desvencijado como el resto de la infraestructura: NEW ERA JOY PARK. Próxima inauguración: año 3.
Más allá de aquella verja, solo una cosa era visible: el mar, enrabietado, oscuro y temible. Y, como si hubieran estado esperándolos a todos de vuelta, los mismos barcos en los que habían llegado, atracados frente a la costa y mecidos por las olas, como si estuvieran nerviosos, deseosos de emprender un nuevo viaje.
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