21-04-2026, 09:44 PM
(Última modificación: 21-04-2026, 10:17 PM por Hasegawa Shin.)
[personajeinvalido=3422]
Sus ojos se mantuvieron abiertos, estaba de pie. Ni siquiera sabía el motivo de semejante inconsistencia, pero en plena consciencia de la situación entendió rápidamente que quizás, había muerto, o estaba en sus últimos instantes lúcidos, observando el infinito paraje a su alrededor, un suelo de apariencia líquida y al mismo tiempo sólido, color azul oscuro, como si las noches estrelladas se mezclaran con un cielo celeste totalmente despejado. La cúpula, techo, o lo que sea que estuviese sobre su cabeza mantenía el mismo color, volviendo aquel espacio una extraña celda onírica que lo contenía únicamente a él.
O al menos eso creía en un principio.
Estaba deslumbrado con la belleza que lo rodeaba, y una voz suave, preciosa y perteneciente mayormente a sus sueños lo hizo abrir los párpados con una sorpresa que en principio pareció aterrarlo. Como si hubiese sido atrapado finalmente por todos sus fantasmas.
—Te hiciste esperar, Shin... —sonaba a resignación, cantarina incluso en emociones negativas. Era Himari, y el albino sólo pudo voltearse de inmediato, observando su cabello rosado caer a la altura de su cuello, con aquel vestido blanco que tanto le encantaba, finísimo en textura, pues había sido un regalo conjunto de los clanes que criaron al propio Hasegawa. —Pensé que nunca te vería por aquí... ¿no que el chico super poderoso y perfecto? —le sacó la lengua, prácticamente burlona.
—Himari... —el único susurro de Shin, sus ojos cerúleos mostraron un reflejo cristalino particular. Llorosos, como prácticamente nunca nadie lo había visto, pero aquello duró un instante, momento donde cerró los párpados y esbozó una sonrisa suave, caminando hacia ella y sentándose a su lado, aceptando por dentro la situación que poco a poco empezaba a entender. —Los años te han sentado fatal. —mintió, en ese extraño y ficticio reencuentro. Era más hermosa de lo que recordaba, incluso.
—¿Y qué más da? No voy a cambiar mi cara por mucho que lo lamente. —negó con la cabeza, manteniendo intacta su energía. Shin sólo pudo reír, aún incapaz de abrir los ojos, y agachando la cabeza con cierto deje de pesimismo, aunque gradualmente sintiendo una felicidad extraña.
Alivio.
—Supongo que ha sido todo. —confirmó lo que temía, y al mismo tiempo, añoraba.
—¿Realmente lo crees? —su cuestión iba cargada de intriga genuina, sentada a su lado, y volteando a mirarlo.
—De otra forma, no estaría aquí. —abrió los ojos. Tardó más segundos de los que imaginaba en volver a mirarla, hacer contacto visual, y fue al ver sus iris color ámbar que lo recorrió un dolor descomunal, atravesando su pecho de abajo hacia arriba, quitándole todo el aire de los pulmones y dejando su boca abierta sin palabras que expresar.
—No estás muerto, Shin. Tus amigos siguen peleando ahí fuera, Dimitri, Nyra, Choi... Kael. —entonces se dio cuenta, mirándola fijamente y borrando esa pequeña sonrisa que había aparecido.
Volvió a bajar la cabeza.
—No eres real... realmente soy un estúpido. —cabizbajo, negó con la cabeza.
Ella murió, hace años. Imaginar un reencuentro en el más allá era absurdo, así que de algún modo debía seguir vivo, hablando con su propia consciencia en forma de la persona que más amó en toda su vida. Una Himari imperturbable ante nada de lo que Shin le dijera, como en aquellos días.
—Debes volver, aún te necesitan. —ignoró la acusación, incluso en un entorno tan difuso seguía siendo ella misma.
—No, ya no. Están en buenas manos. —una confesión entre dientes, siendo sincero consigo mismo.
—¿Y qué? No eres el tipo de persona que deja solos a sus amigos —una sonrisa amarga se formó en los labios de Shin. —Salvo que hayas llegado a un razonamiento que nunca me hayas dicho. —el albino frunció el ceño. A los pocos segundos su gesto se volvió a transformar.
—Yo... —no encontraba la manera de continuar. ¿Qué era exactamente? ¿Miedo a volver a perderlos? No, algo como eso jamás afectó sus sentidos. ¿Frustración por no haber progresado genuinamente en todos esos años? Quizás, pero tampoco.
Himari lo esperó, en completo silencio, permitiéndole ese espacio, regalándoselo, hasta que finalmente Shin pareció encontrar el núcleo de sus sentimientos, levantando la cabeza hacia ese extraño cielo, tan difuso como sus ideas hace escasos segundos.
—Estoy cansado. —soltar aquellas palabras le quitó un enorme peso de los hombros, liberándolo de una carga inmensa —No quise reconocerlo, porque entonces me habría rendido mucho antes de empezar de nuevo. Pero ya no quiero nada de esto. —se giró hacia ella, pero esta vez era Himari quien no lo estaba mirando.
—Sólo quiero volver a verte. Y que sea real.
—No te recordaba tan egoísta. —interrumpió súbitamente, sus manos temblaban. Rabia contenida. —¿Desde cuando te atreves a pensar sólo en ti? —e incluso así, su voz seguía sonando igual de dulce.
—Ah... supongo que eso te lo debo a ti. —Shin sonrió, memorias agradables atravesándolo, envolviéndolo.
—¿Recuerdas lo que me dijiste cuando nos conocimos? —la pregunta tomó desprevenido a Hasegawa, quien no pudo responder —"Pertenecemos a mundos distintos". —las palabras hicieron sucumbir aquel extraño espacio, como si de pronto un terremoto lo hubiese destrozado todo, cambiándolo de lugar. En un parpadeo, ambos estaban de pie, de espaldas el uno al otro.
—Eso era...
—Una verdad. —interrumpió Himari —Y sigue siéndolo a día de hoy. —la oscuridad atrapó la silueta de Himari, mientras que Shin se alejaba poco a poco de ella, hacia una luz saturada, colores bellos que lo arrastraban, empujándolo aún y si su alma no quería. —No puedes dejar a Kael. A tus amigos. No puedes permitir que nuestros sueños lleguen hasta aquí. —Shin intentaba resistirse, volteándose hacia Himari, intentando alcanzarla, y fallando. —Si estás cansado, dilo. Si necesitas llorar, permítelo. Si tu corazón quiere volver a amar, no dejes que me convierta en un impedimento. —aún de espaldas, sólo el rostro de la mujer se perfiló, sin hacer contacto visual —Dijiste que serías el mejor marine de la historia, y confío en ti. Pero recuerda que tú tampoco eres invencible. Confía en ellos. —la boca de Shin permanecía abierta, intentando articular palabras, contradecirla, decirle que se equivoca, pero fue incapaz.
Cuando vio su sonrisa, todos sus argumentos se desmoronaron.
Entonces le dio la espalda, tras una muy larga última mirada.
—Eres demasiado molesta. —fue vencido de nuevo, dispuesto a mantener la misma máscara, con el leve detalle de haber sentido la calidez de Himari una vez más. Para no volver a caer a tal punto de verse en una situación como esa. —Si crees que vas a convencerme, es que todavía no me conoces bien. —afirmó, totalmente seguro de sus palabras, en el mismo tono egocéntrico de siempre. —¡Vamos! ¿No vas a decir nada? —esperaba una de sus típicas respuestas, las mismas que siempre lo dejaban en el suelo, pero al darse la vuelta...
...no había nadie.
Shin no borró su sonrisa, pero tampoco pudo evitar que el tamaño se reduzca. El silencio le hizo darse cuenta de lo mucho que la presencia de ella rellenaba todos los espacios que siempre habitó, durante un tiempo pareció haberse acostumbrado, pero sentirla cerca destruyó en un segundo todo el esfuerzo acumulado.
Se mantuvo cabizbajo, en apariencia abatido. —No me dejaste despedirme. Otra vez. —negó con la cabeza, culpándose en el fondo —Realmente te odio. —una nueva mentira. Pero no una que fuese a detenerlo de entregarse a aquel brillo que seguía reclamándolo. —La próxima, me quedaré contigo. Hasta entonces supongo que no puedo descansar. —elevó la vista, totalmente decidido.
—No te alejes tanto de mí, Himari. O te lo vas a perder. —sus sueños, los compartidos y los propios. Cada objetivo nuevo que fuese a cumplir. Las amistades actuales y venideras, junto a quienes querían verlo existir todos los días.
Jamás iba a poder olvidarla, pero por un momento pareció perder su propio horizonte, ese que le hacía entender, muy en el fondo, que su recuerdo era el verdadero motor de sus acciones.
Uno que a su manera, lo hacía una mejor persona.
En su estado de inconsciencia no pudo percibir absolutamente nada, pero los hechos no cambiaban. Su intento de sacrificio fue en vano considerando que al final la decisión nunca estuvo en su poder, y Barald estuvo a punto de ser eliminado.
Shin no se enteró de eso, ni tampoco del momento en que Kael creó una sala para él en aquella extraña fortaleza que aún no había presenciado, sin embargo tampoco podría haberse negado a ingresar, a completa voluntad de su amigo en aquel instante.
Sus ojos permanecían cerrados, descansando en donde Omuyaga decidió que reposara, liberándose él también del extraño mecanismo alrededor de su cuello. Al menos le quedaría de anécdota haber sido esclavo por un día, alguien se reiría de sus payasadas comentando aquello con sumo detalle y alguna que otra exageración, pero a esas alturas el mundo fuera de su propios delirios inconsciente y de la fortaleza del marine azabache le resultaba algo desconocido.
Nunca se enteró del escape de las salas, ni del momento en que su amigo abordó el Tempestad, cargando con el propio Hasegawa y manteniéndolo a salvo de cualquier peligro considerando la alta densidad de piratas en los alrededores, pero de alguna manera lo consiguieron, a pesar de los incontables riesgos y de que, a perspectiva futura del albino, él había fallado.
Siguió descansando a bordo del navío de la División Setentaicinco, en el interior de la fortaleza de Kael, quien lo llevaba consigo a cada lugar donde decidiera moverse.
Por primera vez en mucho tiempo, sin poder de decisión sobre absolutamente nada.
Por primera vez en mucho tiempo, en manos distintas a las suyas.
Pero se aseguraría de que no volvería a pasar, de una forma u otra.
Lo recordaría por siempre, justo como el día en que perdió a Himari.
●●●
Sus ojos se mantuvieron abiertos, estaba de pie. Ni siquiera sabía el motivo de semejante inconsistencia, pero en plena consciencia de la situación entendió rápidamente que quizás, había muerto, o estaba en sus últimos instantes lúcidos, observando el infinito paraje a su alrededor, un suelo de apariencia líquida y al mismo tiempo sólido, color azul oscuro, como si las noches estrelladas se mezclaran con un cielo celeste totalmente despejado. La cúpula, techo, o lo que sea que estuviese sobre su cabeza mantenía el mismo color, volviendo aquel espacio una extraña celda onírica que lo contenía únicamente a él.
O al menos eso creía en un principio.
Estaba deslumbrado con la belleza que lo rodeaba, y una voz suave, preciosa y perteneciente mayormente a sus sueños lo hizo abrir los párpados con una sorpresa que en principio pareció aterrarlo. Como si hubiese sido atrapado finalmente por todos sus fantasmas.
—Te hiciste esperar, Shin... —sonaba a resignación, cantarina incluso en emociones negativas. Era Himari, y el albino sólo pudo voltearse de inmediato, observando su cabello rosado caer a la altura de su cuello, con aquel vestido blanco que tanto le encantaba, finísimo en textura, pues había sido un regalo conjunto de los clanes que criaron al propio Hasegawa. —Pensé que nunca te vería por aquí... ¿no que el chico super poderoso y perfecto? —le sacó la lengua, prácticamente burlona.
—Himari... —el único susurro de Shin, sus ojos cerúleos mostraron un reflejo cristalino particular. Llorosos, como prácticamente nunca nadie lo había visto, pero aquello duró un instante, momento donde cerró los párpados y esbozó una sonrisa suave, caminando hacia ella y sentándose a su lado, aceptando por dentro la situación que poco a poco empezaba a entender. —Los años te han sentado fatal. —mintió, en ese extraño y ficticio reencuentro. Era más hermosa de lo que recordaba, incluso.
—¿Y qué más da? No voy a cambiar mi cara por mucho que lo lamente. —negó con la cabeza, manteniendo intacta su energía. Shin sólo pudo reír, aún incapaz de abrir los ojos, y agachando la cabeza con cierto deje de pesimismo, aunque gradualmente sintiendo una felicidad extraña.
Alivio.
—Supongo que ha sido todo. —confirmó lo que temía, y al mismo tiempo, añoraba.
—¿Realmente lo crees? —su cuestión iba cargada de intriga genuina, sentada a su lado, y volteando a mirarlo.
—De otra forma, no estaría aquí. —abrió los ojos. Tardó más segundos de los que imaginaba en volver a mirarla, hacer contacto visual, y fue al ver sus iris color ámbar que lo recorrió un dolor descomunal, atravesando su pecho de abajo hacia arriba, quitándole todo el aire de los pulmones y dejando su boca abierta sin palabras que expresar.
—No estás muerto, Shin. Tus amigos siguen peleando ahí fuera, Dimitri, Nyra, Choi... Kael. —entonces se dio cuenta, mirándola fijamente y borrando esa pequeña sonrisa que había aparecido.
Volvió a bajar la cabeza.
—No eres real... realmente soy un estúpido. —cabizbajo, negó con la cabeza.
Ella murió, hace años. Imaginar un reencuentro en el más allá era absurdo, así que de algún modo debía seguir vivo, hablando con su propia consciencia en forma de la persona que más amó en toda su vida. Una Himari imperturbable ante nada de lo que Shin le dijera, como en aquellos días.
—Debes volver, aún te necesitan. —ignoró la acusación, incluso en un entorno tan difuso seguía siendo ella misma.
—No, ya no. Están en buenas manos. —una confesión entre dientes, siendo sincero consigo mismo.
—¿Y qué? No eres el tipo de persona que deja solos a sus amigos —una sonrisa amarga se formó en los labios de Shin. —Salvo que hayas llegado a un razonamiento que nunca me hayas dicho. —el albino frunció el ceño. A los pocos segundos su gesto se volvió a transformar.
—Yo... —no encontraba la manera de continuar. ¿Qué era exactamente? ¿Miedo a volver a perderlos? No, algo como eso jamás afectó sus sentidos. ¿Frustración por no haber progresado genuinamente en todos esos años? Quizás, pero tampoco.
Himari lo esperó, en completo silencio, permitiéndole ese espacio, regalándoselo, hasta que finalmente Shin pareció encontrar el núcleo de sus sentimientos, levantando la cabeza hacia ese extraño cielo, tan difuso como sus ideas hace escasos segundos.
—Estoy cansado. —soltar aquellas palabras le quitó un enorme peso de los hombros, liberándolo de una carga inmensa —No quise reconocerlo, porque entonces me habría rendido mucho antes de empezar de nuevo. Pero ya no quiero nada de esto. —se giró hacia ella, pero esta vez era Himari quien no lo estaba mirando.
—Sólo quiero volver a verte. Y que sea real.
—No te recordaba tan egoísta. —interrumpió súbitamente, sus manos temblaban. Rabia contenida. —¿Desde cuando te atreves a pensar sólo en ti? —e incluso así, su voz seguía sonando igual de dulce.
—Ah... supongo que eso te lo debo a ti. —Shin sonrió, memorias agradables atravesándolo, envolviéndolo.
—¿Recuerdas lo que me dijiste cuando nos conocimos? —la pregunta tomó desprevenido a Hasegawa, quien no pudo responder —"Pertenecemos a mundos distintos". —las palabras hicieron sucumbir aquel extraño espacio, como si de pronto un terremoto lo hubiese destrozado todo, cambiándolo de lugar. En un parpadeo, ambos estaban de pie, de espaldas el uno al otro.
—Eso era...
—Una verdad. —interrumpió Himari —Y sigue siéndolo a día de hoy. —la oscuridad atrapó la silueta de Himari, mientras que Shin se alejaba poco a poco de ella, hacia una luz saturada, colores bellos que lo arrastraban, empujándolo aún y si su alma no quería. —No puedes dejar a Kael. A tus amigos. No puedes permitir que nuestros sueños lleguen hasta aquí. —Shin intentaba resistirse, volteándose hacia Himari, intentando alcanzarla, y fallando. —Si estás cansado, dilo. Si necesitas llorar, permítelo. Si tu corazón quiere volver a amar, no dejes que me convierta en un impedimento. —aún de espaldas, sólo el rostro de la mujer se perfiló, sin hacer contacto visual —Dijiste que serías el mejor marine de la historia, y confío en ti. Pero recuerda que tú tampoco eres invencible. Confía en ellos. —la boca de Shin permanecía abierta, intentando articular palabras, contradecirla, decirle que se equivoca, pero fue incapaz.
Cuando vio su sonrisa, todos sus argumentos se desmoronaron.
Entonces le dio la espalda, tras una muy larga última mirada.
—Eres demasiado molesta. —fue vencido de nuevo, dispuesto a mantener la misma máscara, con el leve detalle de haber sentido la calidez de Himari una vez más. Para no volver a caer a tal punto de verse en una situación como esa. —Si crees que vas a convencerme, es que todavía no me conoces bien. —afirmó, totalmente seguro de sus palabras, en el mismo tono egocéntrico de siempre. —¡Vamos! ¿No vas a decir nada? —esperaba una de sus típicas respuestas, las mismas que siempre lo dejaban en el suelo, pero al darse la vuelta...
...no había nadie.
Shin no borró su sonrisa, pero tampoco pudo evitar que el tamaño se reduzca. El silencio le hizo darse cuenta de lo mucho que la presencia de ella rellenaba todos los espacios que siempre habitó, durante un tiempo pareció haberse acostumbrado, pero sentirla cerca destruyó en un segundo todo el esfuerzo acumulado.
Se mantuvo cabizbajo, en apariencia abatido. —No me dejaste despedirme. Otra vez. —negó con la cabeza, culpándose en el fondo —Realmente te odio. —una nueva mentira. Pero no una que fuese a detenerlo de entregarse a aquel brillo que seguía reclamándolo. —La próxima, me quedaré contigo. Hasta entonces supongo que no puedo descansar. —elevó la vista, totalmente decidido.
—No te alejes tanto de mí, Himari. O te lo vas a perder. —sus sueños, los compartidos y los propios. Cada objetivo nuevo que fuese a cumplir. Las amistades actuales y venideras, junto a quienes querían verlo existir todos los días.
Jamás iba a poder olvidarla, pero por un momento pareció perder su propio horizonte, ese que le hacía entender, muy en el fondo, que su recuerdo era el verdadero motor de sus acciones.
Uno que a su manera, lo hacía una mejor persona.
●●●
En su estado de inconsciencia no pudo percibir absolutamente nada, pero los hechos no cambiaban. Su intento de sacrificio fue en vano considerando que al final la decisión nunca estuvo en su poder, y Barald estuvo a punto de ser eliminado.
Shin no se enteró de eso, ni tampoco del momento en que Kael creó una sala para él en aquella extraña fortaleza que aún no había presenciado, sin embargo tampoco podría haberse negado a ingresar, a completa voluntad de su amigo en aquel instante.
Sus ojos permanecían cerrados, descansando en donde Omuyaga decidió que reposara, liberándose él también del extraño mecanismo alrededor de su cuello. Al menos le quedaría de anécdota haber sido esclavo por un día, alguien se reiría de sus payasadas comentando aquello con sumo detalle y alguna que otra exageración, pero a esas alturas el mundo fuera de su propios delirios inconsciente y de la fortaleza del marine azabache le resultaba algo desconocido.
Nunca se enteró del escape de las salas, ni del momento en que su amigo abordó el Tempestad, cargando con el propio Hasegawa y manteniéndolo a salvo de cualquier peligro considerando la alta densidad de piratas en los alrededores, pero de alguna manera lo consiguieron, a pesar de los incontables riesgos y de que, a perspectiva futura del albino, él había fallado.
Siguió descansando a bordo del navío de la División Setentaicinco, en el interior de la fortaleza de Kael, quien lo llevaba consigo a cada lugar donde decidiera moverse.
Por primera vez en mucho tiempo, sin poder de decisión sobre absolutamente nada.
Por primera vez en mucho tiempo, en manos distintas a las suyas.
Pero se aseguraría de que no volvería a pasar, de una forma u otra.
Lo recordaría por siempre, justo como el día en que perdió a Himari.
Let there be light
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